lunes, 22 de abril de 2019

Artículo: White, el club londinense para caballeros


Situado en la parte superior de la calle St. James el club White era vecino de los no menos importantes y relevantes clubes Boodle, Brook y Crockford. Lugares exclusivos para el público masculino y frecuentados por hombres de la misma clase social. Los clubes de caballeros durante el periodo de la Regencia eran una parte indeleble de la aristocracia inglesa. El club al que se pertenecía proclamaba quién se era, cuáles eran sus creencias políticas e incluso lo que se comía (existía un club del bistec). Cualquier caballero que tenía la menor pretensión de estar a la moda, pertenecía a un club. 

En Londres, allá por el 1800, había solo unos pocos clubes para caballeros (Almack, Boodle, Brook y White ya habían abierto sus puertas). Muchos de ellos operaban sin local y algunos fueron de carácter efímero. Habitualmente los socios se reunían, semanal o mensualmente, en cafés o tabernas. En el siglo XIX comenzaron a proliferar un gran número de estos clubes y tenían ya un carácter exclusivo y un local fijo de reunión. Se estima que en el periodo de la Regencia alrededor de 1200 caballeros eran miembros de alguno de estos clubes, incluso de más de uno. 

Club de caballeros White comenzó siendo un local donde se degustaba el chocolate. Propiedad del inmigrante italiano Francesco Bianco, quien cambió su nombre a Francis White, fundó el establecimiento en 1693 en el nº 4 de Chesterfield Street y era conocido como La casa del chocolate de Mrs. White. Allí se vendía chocolate caliente y otras exquisiteces hechas con ese producto. Por aquella época, el chocolate era un lujo poco común que solo los ricos podían permitirse. Además de la venta de chocolate se vendían también entradas para las obras que se representaban en el Royal Drury Lane Theatre, entre otros. La venta de las entradas ayudaba a sufragar los elevados costos del chocolate y el mantenimiento del establecimiento. Durante el reinado de Carlos II, las casas de chocolate eran lugares de encuentro para la élite de Londres. White fue una más de la serie de casas de chocolate que con el tiempo se convirtió en un club de caballeros. 

En 1773, después de un incendio, el local se trasladó al 37-38 de la calle St. James (donde aún permanece a día de hoy), a tiro de piedra del Palacio y no lejos de Westminster. Zona de moda por aquellos entonces, se consideró que era la mejor ubicación posible para el prestigioso club. 

En el siglo XIX, White era el club de caballeros más exclusivo y contaba ya con 300 miembros. En 1814 el número de socios era de 500. Los hombres que lo integraban eran de clase social alta y la mayoría de sus miembros eran aristócratas. La etiqueta era muy importante. Todos los caballeros solicitaban su ingreso en el club. Era tal el clamor por ser miembro del club que en 1745 se decidió crear, bajo el mismo techo, un Club joven. El grupo original era el Club viejo. A medida que iban quedando plazas vacantes en el Club viejo, las iban ocupando miembros del Club joven. Alrededor de 1780, los dos clubes se fusionaron. Sin embargo, la membresía estaba reservada para los hombres más ricos e influyentes de la sociedad y alineados con el partido conservador. White ha sido considerado como el club de los Tory, de hecho, en 1783 el club fue la sede oficial del partido Tory. Brooks, por el contrario, acogía a miembros del partido liberal. El príncipe de Gales fue durante un tiempo socio de este club pero cambió su preferencia a White cuando a su íntimo amigo Jack Payne le fue vetado el derecho a formar parte del club. 

El proceso de admisión de un nuevo socio era entonces tan riguroso como lo es hoy en día. Se necesita ser propuesto por algún miembro del club y avalado por otros dos miembros más. Conseguido esto, el comité estudiará rigurosamente la propuesta y votará si se es apto o no para ser miembro del club. Este sistema de votación consiste en introducir en secreto una bolita blanca o negra en una caja especial, y son estas bolas quienes le dan la respuesta al candidato. Una sola bola negra significa la no aceptación de la candidatura. Si se era admitido, el nuevo miembro, además de comprometerse a cumplir una serie de rígidas reglas, pagaba una cantidad en concepto de cuota de afiliación. En 1814 esa cantidad era de 11 guineas anuales. A día de hoy, el importe a pagar son 850 libras al año. En la actualidad, igual que entonces, el privilegio de pertenecer a este exclusivo club es un sueño reservado para unos pocos. Las inmensas fortunas no eran ni son garantía de contar con el estatus imprescindible para formar parte del club. 

Desde que White se estableció como club de caballeros proporcionó a sus miembros un lugar exclusivo, tranquilo, anónimo y privado donde relajarse y socializar sentados en elegantes butacas de cuero, mientras charlaban, comían, tomaban una copa, leían el periódico, boicoteaban a solicitantes no deseados, llevaban acuerdos entre caballeros, o jugaban a las cartas y otros juegos de salón. Todos estos rituales apuntalaban la propia importancia del hombre, incluso la del miembro más patán del club. El club era sagrado, tan sagrado, que no sólo no se le permitía la entrada las mujeres sino que una mujer que a partir de determinada hora de la tarde apareciera por la calle St. James, a pie o en coche, podría esperar ser condenada socialmente. Sin embargo, si aparecía por esa calle por la mañana con su criada o criado, no corría ese riesgo, probablemente, porque la mayoría de las actividades masculinas se iniciaban en la tarde o la noche. 

La conocida ventana de arco situada en la planta baja y construida en 1811, fue rápidamente coto y propiedad de Beau Brummell y sus amigos. La mesa situada junto a esa ventana estaba reservada a los miembros de honor y era símbolo de prestigio social. Otros miembros que frecuentaron también esa mesa fueron el duque de Argyll, Sir Worcester, Sir Alvanely, Sir Foley, Sir Sefton... 

White se ha caracterizado también por sus altas apuestas en el juego. El Whist era la opción de juego hasta la Regencia, posteriormente, sus miembros, que lo consideraban aburrido, votaron reemplazarlo por otros juegos de cartas. El objetivo del club era la búsqueda del placer y el bienestar, y de la misma forma que podía ser un sitio donde charlar y discutir cualquier tema distendidamente, también se podía pasar la noche perdiendo una fortuna. O haber ganado y celebrarlo yendo después a gastarlo con las cortesanas de Londres. 

El código de honor era primordial. Las deudas contraídas por el juego se esperaba que fueran pagadas dentro de los próximos tres días. Pagar la deuda era mucho más importante que pagar las deudas a los comerciantes, y no pagarla era más grave que seducir a la mujer del vecino. Daba igual despojar de su fortuna al caballero que se la había jugado y que se había quedado en la miseria, o que sus hijos y familia se vieran abocados a la pobreza. Pagar las deudas de juego era con lo que se medía el honor de un caballero. 

Una de las cosas más curiosas de White es su famoso libro de apuestas. Cualquier miembro podía apostar cualquier cosa y en sus páginas se tomaba nota de todo. El perdedor debería pagar con prontitud o se arriesgaba a sufrir la ira de sus compañeros (incluso se jugaba la exclusión del club). Las apuestas iban desde quién se casaría con quién, cuándo y en qué fecha, pasando por apuestas sobre la derrota de Napoleón, los hijos ilegítimos que engendraría X en el periodo de dos años, predicciones políticas, de moda, etcétera. El libro recogía también apuestas excéntricas, como aquella en la que dos caballeros que se jugaron 3000 libras a ver cuál de dos gotas de agua resbalaba primero hacia el final de la ventana. Se cuenta también de un miembro que apostó 1.000 libras a que un hombre podía vivir bajo el agua durante 12 horas. Este contrató a un hombre para llevar a cabo el experimento. Obviamente perdió la apuesta porque el hombre murió. 

El libro de apuestas siempre estaba abierto sobre la mesa para que sus miembros anotaran la apuesta de naturaleza más trivial que en cualquier momento pudieran establecerse. 

Hoy en día White sigue siendo un club de élite donde muchos de sus miembros han tenido que aguardar hasta nueve años de lista de espera. En la actualidad uno de sus clientes es David Cameron, cuyo padre era el presidente del club. 

Fue en White donde el príncipe Carlos celebró su despedida de soltero. 

Los miembros pueden invitar a personas ajenas al club a comer allí. 

El príncipe William va con frecuencia al White a jugar al billar. 

Entre la larga lista de personajes que se cuentan como miembros de White se incluyen una gran cantidad de duques, barones, marqueses o vizcondes. Estos son algunos de esos reconocidos personajes: el duque de Devonshire, el conde de Rockingham, Doddington Bubb y Sir John Cope, el príncipe Arturo, Churchill, Randolph, Evelyn Waugh, David Niven, Oswald Mosley, Horatio Walpole, Eduardo VII y el príncipe Carlos. 



jueves, 18 de abril de 2019

¿Conoces la historia de Dargo?

Si no conoces aún la historia de Dargo, el protagonista de mi novela Lo que dure la eternidad, te invito a que leas este trocito y, si te animas, a continuar con todo el libro.



LO QUE DURE LA ETERNIDAD 


—No hace falta que alarméis a la buena de Miriam, mi señora. Me iré por donde he venido en cuanto dejéis de mirarme. 

—¿Que yo le miro? —gritó Cristina—. Y deje de hablarme como si estuviésemos en el siglo XVIII. 

—Lo siento si no me expreso bien. —Sus ojos destellaron con un amago de risa, y el corazón de Cristina dio un vuelco—. He intentado ponerme al día durante estos siglos, pero debo reconocer que esta forma de hablar, con tantas palabras malsonantes intercaladas en el vocabulario, me resulta difícil. 

—¿Durante estos siglos? —preguntó ella, parpadeando con rapidez—. Ya sé. Usted se ha escapado de un manicomio cercano. O es un maldito y desgraciado estúpido, hijo de perra, que me ha tomado por idiota y... 

—¿Veis a lo que me refiero, mi señora? De cada tres palabras, una subida de tono. —Hizo chascar la lengua varias veces. 

—¡Sólo faltaba que, además, intente enseñarme modales! 

—Sin lugar a dudas podría hacerlo. Por ejemplo, esos pantalones que lleváis son demasiado ceñidos. Os dejáis abierta la blusa de modo provocativo. Esas cosas apestosas que os ponéis en la boca y echan humo... 

—¡Suficiente! —se enfureció Cristina, señalando la puerta con una mano temblorosa—. ¡Salga ahora mismo de aquí! Mañana aclararé este asunto con la señora Kells. 

—Me encuentro muy cómodo en este cuarto —comentó Dargo, divertido por su enojo. Resultaba gratificante que, por fin, alguien le plantase cara sin miedo—. Antes era el mío. 

—Antes de que le internaran, supongo. ¡Fuera! 

Una sonrisa hermoseó el atractivo rostro del hombre, aunque ella no pudo apreciarlo. Él se le acercó lentamente y Cristina, a su pesar, se vio obligada a retroceder hacia el cuarto de baño. Aunque había salido de las sombras, Cris seguía sin ver su rostro con claridad, como si algo lo velase expresamente. Dargo se detuvo a tres metros, divertido, para evitar que ella se escabullera en el aseo, aterrada. 

—¿Me echaríais vos? 

La burla hizo erguirse a Cristina y, aunque su voz no sonó demasiado convencida, lo amenazó: 

—¡Por supuesto! Y le aseguro que soy capaz de atacarle donde más le duela. 

Dargo enarcó una ceja, sin entender. La miró intensamente por un instante. 

Aquella mirada ardiente la hizo desear que él siguiera avanzando y la tomase en sus brazos para luego bes... ¡Por Dios! ¿Qué estaba pensando? 

«Que te encantaría ser besada por este loco, mujer. Eso es lo que estás pensando», le pinchó su maldita conciencia de nuevo. 

—Sea como queréis. —Su voz ronca le hizo sentir un cosquilleo en la columna vertebral—. Os recomiendo que no digáis nada de esto a la señora Kells, ni a los demás. No sería acertado, creedme. El conde de Killmar os da las buenas noches —dijo, haciendo una reverencia que parecía copiada de una película de Errol Flynn. 

En ese mismo instante desapareció. Simplemente se evaporó. Se difuminó. ¡Puf! 

Cristina sintió que se mareaba, que todo le daba vueltas, que las paredes se le venían encima y que su corazón se paraba de golpe. Se desmayó por segunda vez en su vida. En esta ocasión, por fortuna, cayó sobre la mullida alfombra.

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martes, 16 de abril de 2019

Estupenda reseña en el blog Promesas de amor



Agradezco profundamente a lady Isabella, del blog Promesas de amor, la preciosa reseña que ha hecho de mi última novela, Ódiame de día, ámame de noche. 

Os dejo un trocito, pero si queréis leerla entera no dejéis de pasar por el blog, porque además de esta crítica encontraréis un montó de reseñas estupendamente redactadas y argumentadas.


domingo, 14 de abril de 2019

Artículo: El divorcio

Divorcio. Palabra casi prohibida en las novelas románticas, salvo que se ajuste a personajes secundarios. ¿Por qué? Pues porque nuestros protagonistas no se divorcian y se acabó. O lo hacen para luego volver a unirse. Eso de aquí se acabó todo y tú sigues tu camino y yo el mío, nada de nada. No lo admitimos. Tienen que acabar casados y bien casados, como está mandado. 

Ahora bien, puede resultar interesante aclarar la aparición de un divorcio en una novela romántica y echar la vista atrás para conocer esta práctica en los antiguos pueblos. 

El divorcio viene de lejos, casi desde que se instauró el matrimonio. Solo algunas culturas no lo admiten por causas religiosas. 

La Historia nos demuestra que en tiempos pasados (retrocedamos hasta los babilonios), romper con una unión estaba admitido bajo ciertas normas. En Babilonia cualquiera de los cónyuges podía solicitarlo aunque, para volver a darnos de cabezazos contra la pared, si el divorcio se pedía debido a la infidelidad de la mujer, ésta era rea de muerte. Me suena esto a pesar de haber pasado siglos. Los tiempos cambian, pero la mente de los humanos no tanto. 

Los aztecas no eran tan cerrados: entre ellos igual uno que otro podía demandarlo, siendo libres después para contraer nuevo matrimonio. 

Los celtas podían tener más de una esposa, pero también se consentía la separación. 

Los hebreos podían tener varias mujeres y repudiarlas sin más argumento que el de me he cansado de ellas. 

Entre los griegos, si se divorciaban o el hombre repudiaba a la mujer, tenía que devolverse la dote. Este pueblo pensaba, por algo han tenido filósofos que, aún hoy, podrían dar clases a más de uno. 

Pero qué duda cabe que los romanos se llevaban la palma. Allí te casabas si había algo que dejar a los herederos; en caso contrario (como pasaba con los esclavos), vivir juntos sin ceremonias de por medio era más que suficiente. ¿Para qué papeleo innecesario? 

Como vemos, con sus más o sus menos, pudiendo pedir el divorcio el caballero o la dama, siempre se ha admitido romper ese vínculo. 

Hasta que llegó el cristianismo. 

Palabras mayores. 

Porque al tomarse el matrimonio como un sacramento divino, no había marcha atrás. Ahora bien, siempre hubo quien se lo saltó a la torera o consiguió anular su unión argumentando no haber tenido relaciones sexuales, por mucho que fuera incierto. El poder y el dinero, ya se sabe, hacen milagros. 

Dejando a un lado distintas costumbres, quiero hacer una pequeña referencia a los divorcios en la época en que están inmersas muchas de nuestras novelas románticas, para que esas lectoras que abren los ojos como platos, pensando en que hay un error, lo vean más claro. 

De todas es sabido que muchos matrimonios se basaban en los intereses pero, así y todo, era la meta para cualquier joven. Permanecer soltero era un desastre, por mucho que la mayoría de nuestros protagonistas masculinos se defiendan (al principio) como gato panza arriba para no ir al altar, y las heroínas pasaran a ser unas pobres solteronas, mal vistas por la sociedad en cuanto se les empezaba a pasar el arroz. Para unos y otros permanecer soltero era un fracaso, se mirara por donde se mirase. Además, las mujeres eran educadas para convertirse en esposas y madres porque, sumado a todo ello, el sexo femenino carecía, la mayoría de las veces, de medios propios y económicos para ser independiente. 

Tuvieran o no los medios, pesaba más quedarse soltera que perder las propiedades a favor del esposo, quien se hacía con el dominio de todo. 

Afortunadamente, no todas pensaron así, comenzaron a movilizarse y ya en 1790, en Francia, donde el papel de la esposa era la sumisión, se auparon contra el abuso exigiendo que se impusiera el divorcio como medio para paliar la degradación de la mujer. 

En la Inglaterra de 1857 se consiguió un cambio que facilitó la ruptura del vínculo matrimonial haciéndolo menos oneroso, llevándose a cabo unos 600 divorcios anuales al finalizar el siglo. 

No por ello supuso la panacea de todos los males: la mujer seguía infravalorada y muchos consideraban el nuevo estado como un escándalo mayúsculo. 

Pero fuera bueno, malo o peor, se divorciaban.

jueves, 11 de abril de 2019

Un pedacito de Destinos cautivos

¿Has leído Destinos cautivos? Aquí te dejo un trocito para que, si no lo has hecho, te animes a hacerlo.


DESTINOS CAUTIVOS 

Ronroneó satisfecha al contacto de las manos masculinas sobre sus hombros, y la suave fragancia inundó sus fosas nasales. Le dejó hacer, aunque se mantuvo rígida. 

—Relájate, cariño, relájate. 

¡Sería necio! ¿Qué mujer podría hacerlo en sus circunstancias, con las manos deseadas sobre ella? Sin duda, se burlaba. Aun así, puso todo su empeño en aflojar sus tensos músculos, olvidándose de que era él quién la tocaba, desechando de su mente su propia imagen tumbada sobre la camilla y Diego a su lado, apenas cubierto, extendiendo el aceite balsámico sobre sus hombros, sobre su espalda, hasta casi el inicio de las nalgas. Bajando delicadamente la toalla para tener un mejor acceso a la zona lumbar... No, no era sencillo relajarse cuando lo que más deseaba era volverse, quitarle la maldita toalla y envolverlo en sus brazos. 

Resistió la tentación con todas sus fuerzas con la creencia de que no conseguiría tranquilizarse. Sin embargo, a medida que avanzaba el masaje, Elena comenzó a ser víctima de una flacidez maravillosa desplegándose por todo su cuerpo. 

De tanto en tanto, Diego se paraba para untarse las manos de aceite haciendo esfuerzos titánicos para que no le temblaran las manos. Ahora, desde los dedos de los pies, ascendiendo luego a lo largo de sus piernas, hasta las corvas, las friegas inducían a Elena a una placidez anestesiante, completamente entregada ya a la deliciosa sensación, y hasta comenzaba a amodorrarse. Se encontraba en el séptimo cielo cuando recibió una palmada en el trasero que la sorprendió y la devolvió a la realidad. 

—Arriba, perezosa. 

Ella se volvió para mirarlo, sujetando la tela contra su pecho, y se despejó en el acto. Diego le sonreía mientras se limpiaba las manos. ¡Dios, qué guapo era! Con el cabello húmedo y los ojos con una chispa brillante, retornaba a ella la imagen del pícaro muchacho de antaño, compañero suyo de travesuras. Y ella, altiva pero imbécil, se resistía a caer en sus brazos. ¿Qué tenía de malo si se le entregaba allí y ahora? Estaban casados y... Sí, estaban casados, ahí radicaba el problema. No porque ella hubiera accedido libremente, sino porque se lo habían impuesto. Se irritó con solo recordarlo. Se levantó, acercándose al baúl en el que él guardase sus ropas. Pero antes de abrirlo quiso poner la guinda al pastel que Diego había horneado y, con sorna, le preguntó: 

—¿Se supone que ahora debería yo complacerte de igual modo? 

La nuez masculina se convulsionó y los ojos de Diego se ensombrecieron. Imaginar por un segundo que ella pudiera agasajarle con un masaje lo dejó turbado. No apartó los ojos de los de Elena y su voz, al responder, sonó casi amenazante. 

—No, si quieres salir del hammam tan virgen como entraste.

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domingo, 7 de abril de 2019

Artículo: El bordado

Todas nuestras protagonistas tenían que saber coser sí o sí. Igual da que sean damas medievales o victorianas. El hecho de que algunas de las que aparecen en nuestras novelas no sean virtuosas de la aguja, prefiriendo otros entretenimientos menos femeninos, nada tiene que ver con el hecho de que la mujer tenía que saber coser y punto. De modo que, si os apetece, vamos a darnos una vuelta por épocas pasadas, para saber un poco más acerca del bordado.

Se utilizaban hilos de seda de variados colores, de oro y de plata; muchas veces, dependiendo de qué tipo de trabajo estuvieran haciendo, ensartaban lentejuelas (es muy posible que esta moda viniera de Arabia), piedras preciosas e incluso perlas.

En Egipto y en Asia se confeccionaron bordados bellísimos. Parece ser que el arte de bordar surgió en Babilonia y los egipcios consiguieron superar en elegancia y sutileza esos trabajos. Por desgracia, no han podido hallarse vestigios, sin embargo, historiadores y pinturas han dejado de manifiesto que existieron. Como existieron también en Grecia y Roma.

Es a partir de la Edad Media cuando los bordados comienzan a ser, ya no solo trabajos de adorno, sino auténticas piezas de lujo. Mucho tuvieron que ver las Cruzadas, que impulsaron a los artesanos a realizar magníficas obras en las que se podían ver los escudos heráldicos y otros motivos caballerescos. Por lo que he podido saber, hay varias clases de punto: pasado, cadeneta y cruzado. El de cadeneta, no sé si porque era el más complicado de hacer, fue desapareciendo, quedando el punto plano. Cada vez se utilizan más los hilos de oro y plata, todo noble que se preciara tenía operarios para confeccionarle costosos bordados y el precio de una de esas piezas podía llegar a ser desorbitante. Caras o no, España fue, desde el siglo XV, uno de los países donde más se encargaban ese tipo de trabajos. En el XVI aparece el bordado a canutillo, que ha prevalecido hasta nuestros días.

Todos hemos podido admirar en los museos de las catedrales, las casullas bordadas. Pues bien, algunas de estas eran incomodísimas de llevar por su peso, debido a la cantidad de metal y repujados. En la catedral de Colonia se puede ver una que data de 1740 y pesa nada menos que 13 kilos.

Pero adelantándonos en el tiempo, llegamos a lo que más nos interesa en nuestras novelas de época: el bordado en la vestimenta de los caballeros. Aquí ya podemos admirar multitud de casacas o chalecos confeccionados en seda. Se bordaban los cuellos, las bocamangas, las pecheras… Colores variados y vistosos, oro, plata e incluso seda negra. Los dibujos podían ser flores pequeñas, ramas o cualquier otro tipo de dibujo.

La llegada de la industria, en el XIX, hace que el trabajo a mano vaya siendo sustituido por las máquinas, pero los artesanos del bordado nunca desaparecerán mientras no desaparezca el gusto por una obra de arte. Las máquinas puede que hagan el mismo trabajo, pero los dedos de quienes bordan impregnan la pieza de amor. Yo me quedo con los segundos. Y, de vez en cuando, me doy una vuelta por el Madrid antiguo, por la calle dedicada a estos artesanos: Bordadores. Para los que no hayan pasado por allí, les diré que en esta céntrica calle tenían sus tiendas los que bordaban en seda y, debajo de una de las capillas de la iglesia de San Ginés, había un oratorio donde lunes, miércoles y viernes se practicaban ejercicios espirituales. Imagino que para dar las gracias por ser un artista. 

Espero que os haya gustado este artículo.

jueves, 4 de abril de 2019

Un capítulo de La página rasgada

Si aún no has leído esta novela, te dejo aquí un trocito para ver si te animo a hacerlo:



LA PÁGINA RASGADA 

Fue una de esas tardes, entre viaje y viaje al centro del patio, cuando Emilia resbaló y se torció un tobillo. El intenso dolor arrancó lágrimas a la muchacha, que fue incapaz de incorporarse. A su alrededor se congregaron varias vecinas que acabaron avisando a su madre. Fue Ginés quien, solícito, la tomó en brazos para llevarla dentro y dejarla sobre la cama. Al accidente no se le dio mayor importancia y las vecinas recomendaron a Isabel mil y un remedios para bajarle la inflamación y el dolor. —Compresas de agua fría —decía doña Evarista, que vivía al final de la escalera, una zaragozana gruesa como un tonel, de rostro surcado por venillas rojizas que delataban su pasión por la bebida. —¡No diga tonterías, por Dios! —protestaba doña Angustias, a quien se consideraba una autoridad en remedios caseros, vaya usted a saber por qué si apenas daba para leer un prospecto a trompicones—. Lo que hay que poner es un emplasto de vinagre. —En todo caso, vinagre frío, ¿no? Y si no hay vinagre, pues vino. 

—Usted sería capaz de recetar vino incluso para resucitar a Nuestro Señor Jesucristo, doña Evarista. 

—Pues mire usted: a lo mejor así lo hubiera hecho antes del tercer día. 

—¡Qué barbaridad! —exclamaba la otra, persignándose. 

Era el clásico choque de dos mujeres que servían de comodilla a la vecindad. Una, atea declarada; la otra, santurrona de misa diaria. Aunque en el fondo, dos seres próximos, bien dispuestos al auxilio comunal que no dudaban en prestarse patatas o cebollas. 

Entonces, los vecindarios no eran colmenas donde la gente vive sin conocer siquiera al de la puerta de al lado y a lo más que se llega es a dar los buenos días por la escalera o en el ascensor, por eso de la buena educación. En ese tiempo los vecinos hablaban, se prestaban utensilios, se contaban sus cosas, se ofrecían para reparar los desperfectos en casa ajena, según su profesión. Se ayudaban. Las mujeres solían sentarse a coser en los patios o en la puerta de las casas donde vigilaban a los chiquillos y, de tanto en cuanto, veían pasar algún automóvil. Los hombres se encontraban en la taberna de la esquina para discutir de fútbol, de la Casa Real, de la República, que tenía que llegar porque España estaba de vergüenza; de la última faena de toros, o de la actriz de moda, un auténtico jamón, con permiso de la prójima. 

—¿Y qué me decís de la leche? —metía baza entre asta y asta don Benito, que era cerrajero y según decían había conseguido abrir la caja de un banco cuando era joven, por lo que le cayeron seis años de penal—. El artículo del ABC lo deja muy clarito: nos quieren envenenar. 

—¿Te refieres al artículo de Sánchez Pastor? —preguntaba el padre de Ginés, el enamorado de la abuela—. Me lo han leído en Casa Valiña, ya sabéis, la botillería de la calle Mayor. Yo creo que es una exageración. 

—De exageración nada. 

—Si tú lo dices... 

—Ese tío no tiene pelos en la lengua, dice lo que piensa y lleva más razón que un santo. Lecheros, carniceros y tenderos de comestibles se están poniendo las botas vendiendo género averiado, como dice él, y aquí no se mueve ni la puta de bastos. 

—¡Alto ahí! —clamaba entonces don Cosme—. Benito, por mí puedes poner en el ojo del huracán a los lecheros y a los carniceros, pero, ¡ojo!, que yo tengo una tienda. ¡Y no consiento que nadie dude de mí! 

—No me refería a ti, Cosme. 

—Por si acaso. 

—Mi mujer compra en tu tienda desde siempre y sabemos que eres honrado. Tanto, que sé de buena tinta que ni siquiera mezclas las judías de un año con otro. 

—¡Ni a las judías ni a la madre que me parió! 

Entonces se hacía notar don Pedro, que estuvo en la guerra de Cuba, para apaciguar los ánimos cambiando de tercio. 

—¿Os habéis enterado de que el fiscal que lleva el crimen de Gilbuena pide la pena de muerte? 

—A ése le colgaba yo de los huevos —no dudaba Cosme, cargado de razón. 

—¿Al fiscal? 

—No, hombre, no. Al asesino.

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