viernes, 10 de julio de 2020

reseña: Rivales de día, amantes de noche

Siempre es un placer leer una buena reseña de uno de tus libros. En esta ocasión, agradezco profundamente a Tanya, de Mi mundo entre libros, el tiempo que ha dedicado a escribir su opinión sobre mi novela Rivales de día, amantes de noche. Estoy encantada de que le haya gustado tanto. Os comparto un trocito de la reseña y os invito a visitar el blog.

Y no voy a contar nada más, que aún quedan un par de misterios y sorpresas.
Robos, secretos, deseo y pasión, entre otras cosas, es lo que nos encontramos en esta novela.
Es lo primero que leo de Nieves y puedo decir que me ha conquistado y ya estoy con la siguiente entrega de la saga, porque te atrapa y no te deja ir.
¡Enhorabuena!

 

Artículo: La aldaba

Ahora tenemos timbres, pero en las épocas antiguas no existían estos llamadores modernos, así que en las puertas se colocaba una pieza, más o menos llamativa, de modo que el que llegaba la golpeara contra la madera. A mí me resulta mucho más bonito llamar así en lugar de usar ese estridente sonido de timbre, aunque suene a campanillas. 

Pero ¿qué sabemos de la aldaba? Vamos, demos una vuelta por tiempos pasados y lo averiguamos.

En la Edad Media, por norma, se ponía algo parecido a un martillo pequeño, casi siempre sujeto por una argolla, en el exterior de la puerta de entrada a las casas particulares. Solían ser sencillos, sin muchos adornos, y se usaba el hierro forjado para confeccionarlos. Así y todo, hay verdaderas maravillas. 

Pero siempre ha habido clases, de manera que, dependiendo de la casa en cuestión, ese martillito podía convertirse en el escudo heráldico de la familia, la cabeza de un león ―como las de algunas catedrales del siglo XI o XIII―, en una mano, una cabeza de león, un grifo, la testuz de un caballo o las fauces de un lobo. No faltaban tampoco las aldabas en forma de lagarto, de caballito de mar o incluso de pez, dependiendo de la zona o país. 

Además, al estar sujetas por la argolla, servían también para cerrar la puerta, que en esas épocas eran bastante grandes y pesadas. Golpear la aldaba de una iglesia podía significar pedir refugio, y quienes eran acogidos en su interior estaban a salvo de sus perseguidores.

Todo cae en desuso, pero la aldaba ha permanecido en las puertas de conventos, iglesias y castillos, aunque convertida ya solo en un adorno. Su valor ya es más artístico que otra cosa, aunque algunos pueden alcanzar altas cifras debido a tu belleza y antigüedad. 

Tal vez una de las más hermosas muestras de aldaba la tengamos en la catedral de Bayona. Es de hierro, representa la cabeza de un grifo, tiene la argolla en la boca y es de una esmerada confección del siglo XIII. 

Pero no nos olvidemos de las españolas, de las existentes en alguna calle de Burgos, en modestas casas de Ávila, en palacetes señoriales de Toledo, en mansiones de Barcelona, o en la mismísima catedral de Sevilla, en la que en el centro de la cabeza del grifo tiene una estrella. 

Aunque más raros, también se hicieron aldabones de piedra con variadas figuras.

De la época del Renacimiento quedan aldabas fascinantes, auténticas obras de arte que, por mucho que queramos, nunca quedaran relegadas en un rincón. Tal vez porque al verlas podemos imaginarnos otros tiempos, dejando volar nuestra imaginación. 

***La foto es de pixabay

 

viernes, 3 de julio de 2020

Artículo: Las muñecas

Se dice que la muñeca es el juguete más antiguo, y hay pruebas de que ya existían 2100 años a. d. C., representando mujeres, bebés o niñas pequeñas. De hecho, se han encontrado algunas en tumbas egipcias confeccionadas de trozos de madera, en la que habían pintado prendas de vestir y tenían ristras de cuentas simulando el cabello. Se trataba, ni más ni menos, de los sirvientes que atenderían las necesidades del que ocupaba la tumba, en el otro mundo. 

En la antigüedad era normal que, cuando se enterraba a un niño, se introdujeran en la tumba algunos de sus juguetes, aunque, en otros casos, se pintaban en la sepultura.

Durante la época de romanos y griegos existían muñecas articuladas, que podían moverse por medio de hilos, creando así los niños historias más reales cuando jugaban con ellas. Según he podido descubrir, las muchachas que iban a casarse ofrecían las muñecas con las que habían jugado de pequeñas en el templo de Venus. Y se han descubierto casitas de muñecas, o casitas de bebés, hechas durante los primeros albores del cristianismo. 

Los materiales usados para confeccionarlas son muy variados: madera, papel doblado (como las antiguas muñecas japonesas), cartón, tela, lana, porcelana, o piel de foca, como las de los esquimales. También se ha usado marfil o cera. 

Pero en realidad, las muñecas no se inventaron como juguete, sino como objeto religioso, a veces vinculado a la magia. Una muestra de ello son los muñecos utilizados en las Antillas para la práctica del vudú, al que se le clavan alfileres para dañar a la persona contra la que se efectúa el rito. 

Otro ejemplo es el de algunos pueblos indios de EEUU, como los Hopi, los Tiwa o los Zuñi, que confeccionaban muñecas de cactus, llamadas «kachina», y con ellas enseñaban a los más pequeños sobre las divinidades a las que adoraban.

Un rito interesante es el japonés, conocido por la fiesta de las muñecas, que proviene del período Heian, allá por el 800. En esta celebración, los magos liberaban de sus pecados e indignidades a las personas, haciendo que recayesen sobre muñecas hechas de papel, arrojándolas después al río. 

En la Europa del siglo XV se comenzó la fabricación de muñecas como industria. Inglaterra hizo famosa la conocida como Queen Anne. 

En el XIX los alemanes impulsaron la venta de muñecas que hablaban y, más tarde, otros sacaron las que caminaban.

Algunas de las muñecas más conocidas son: Frozen Charlotte, de mediados de siglo XIX; Raggedy Ann, inventada por Gruelle, un estadounidense, patentada en 1915; Mariquita Pérez, ideada por Leonor Coello en 1938.  


***El dibujo es de Pixabay y la foto es de Pintarest

 

miércoles, 24 de junio de 2020

Reseña de Lili, la intrépida hija del duque

Os traigo la bonita reseña que, Naitora, del blog Locas del romance, ha hecho de mi novela Lili, la intrépida hija del duque

Le agradezco mucho que se haya tomado su tiempo para colgar esta opinión en su blog y me alegra mucho que la haya disfrutado (siento de verdad que se le haya hecho corta). 

Os invito a pasaron por este interesantísimo blog y os dejo aquí un trocito de la reseña.

Ese juego de guerra de voluntades, la terca ceguera que tienen ante la mutua atracción, lo tramposa de ella, lo astuto de él, hacen de LILI, LA INTRÉPIDA HIJA DEL DUQUE, una obra que te hace reír y disfrutar ante esta batalla en donde además, el sentido de la justicia ambos personajes lo tienen muy claro, su humanidad brillará enarbolando sus principios y haciendo de este romance algo delicioso ante la deliciosa caída y rendición.


 

lunes, 22 de junio de 2020

Artículo: La cama

En este artículo vamos a hablar un poquito sobre la cama.

Si la persona era del pueblo, leemos que se acostaba en un catre; si era de la nobleza, en una cama con colchón mullido y edredones bordados. Pues ni lo uno ni lo otro, el lugar en el que acaban amándose nuestros protagonistas tiene su historia, dependiendo de la época. Y bastante curiosa, además. ¿Nos damos una vuelta por tiempos pasados? 

Asirios y egipcios se acostaban en un bastidor rectangular, uno de cuyos extremos era algo parecido a un cabecero, y apoyado sobre unas patas. En las casas del pueblo llano eran sencillos, normalmente de madera; sin embargo, los más acaudalados poseían muebles que eran auténticas joyas de patas en forma de pezuñas de animales, adornados incluso con piedras preciosas o recubiertos de oro. 

Los persas, algo más presumidos, se hicieron camas con baldaquinos que recubrían con telas costosas y bordadas, e incrustaban en la madera incluso perlas. No había nada que no se pudiera añadir al lecho con tal de que quedara ostentoso. Pero los tapices con que los cubrían no eran solo para presumir, sino para guardar el calor. Y si hablamos de los romanos, pues hasta utilizaron madera de ébano y rellenaron sus colchones con plumas, relegando al olvido los sacos de burda paja. 

Más o menos por el siglo VII las camas se compartían como si de un sofá se tratara. ¿Que llegaba un invitado y se quería quedar bien con él? Pues se le invitaba a dormir en la cama del dueño de la casa. No, no, el dueño no se iba a otra. Y su mujer, tampoco. Todos juntos en buena compañía, incluso con la de los canes. En aquellas camas, de grandes dimensiones algunas veces, cabía todo hijo de vecino y no era extraño que la familia al completo se acostase en una de ellas. 

Llegados a la Edad Media, en la el mundo retrocedió en muchos aspectos, era normal que la soldadesca echara una simple manta en el suelo, junto a las chimeneas. Los señores feudales, en todo caso, usaban almohadones de pluma y se cubrían con pieles de animales. Nada que ver con la pompa de siglos atrás, aunque no faltaron ejemplares con patas torneadas. Pero no fue hasta el siglo XIII cuando volvieron las ornamentaciones y las pinturas en los lechos de los pudientes. También en estos tiempos solían acostarse los miembros de una familia en una sola cama que, a veces, era ocupada también por los criados. En las posadas donde pernoctaban los peregrinos, se compartían las camas con otras dos o tres personas, así que ya os podéis hacer una idea de lo que era aquello, dada la poca higiene de la época. Y si, a media noche, se iba uno de los clientes, ocupaba otro su lugar. Es que no me da la imaginación, por mucho que fuera para estar calentitos en invierno, la verdad. Sobre todo, porque, según he leído, acostumbraban a acostarse desnudos… aunque con un gorro para mantener la cabeza caliente. A la Iglesia no le agradaba este tipo de aglomeraciones, como es lógico, y acabó por prohibirlas. 

He sabido que lo de las «camas nido» no es nada nuevo. Algunas camas de nobles tenían un jergón debajo de ella, que sacaban por la noche para que se acostara en él un sirviente de confianza y velara su sueño. 

Podríamos pasarnos horas hablando de este tema, pero no quiero aburrir. Y tampoco quitaros la ensoñación de esos lechos con doseles, elegantes edredones, finas sábanas y mullidos almohadones donde descansan nuestras heroínas.




viernes, 5 de junio de 2020

Rivales de día, amantes de noche, en Babelio

A través de la romántica, ha dejado una preciosa reseña en su blog y en Babelio para mi novela Rivales de días, amantes de noche. Le agradezco mucho la reseña y estoy encantada de que haya disfrutado de la historia. Os invito a pasaros a leerla y aquí os dejo un pequeño fragmento.

Una novela fascinante, llena de romance, amor, misterio, intriga y una pizca de acción. Con una pareja perfecta y una historia de amor entre ellos que se va fraguando de forma exquisita. Una trama muy bien trazada. Además, la autora utiliza un lenguaje sencillo y una narración ágil, con unos diálogos chispeantes, todo ello hace que el lector se sumerja fácilmente en la historia. Esto es lo que nos ofrece esta obra, y es solo el principio de la trilogía, así que a seguir leyendo las siguientes.


 

jueves, 21 de mayo de 2020

Artículo: El bastón

Muchos de nuestros protagonistas de novela romántica lo utilizan y, algunos, llevan un estoque en su interior, lo que les ha servido para salir airosos de un peligro. Pero ¿qué sabemos de su origen? 

El bastón no es, por norma general, más que una vara de madera, aunque se han fabricado de otros materiales más caros como la plata, el marfil e incluso el oro, dependiendo del uso que se le fuera a dar o del poder adquisitivo del dueño. 

En Babilonia su utilización era habitual y se realizaban trabajos de auténtica artesanía con ellos, adornándolos como distintas figuras en la empuñadura. Porque, aunque eran de uso común entre el pueblo llano, también determinaban la clase social de las personas, y representaban sus cargos de mando. 

En el mundo romano se entregaba un bastón de marfil a quien nombraban cónsul y de oro a los pretores. Pero no eran ellos los únicos que podían ganarse un bastón que les distinguiese, más de un gladiador, después de haber arriesgado su vida en la arena del circo y salido vencedor durante años, tenían el privilegio de recibirlo de manos del mismísimo emperador, como reconocimiento a su buen hacer y valentía. Y los generales que regresaban rodeados de gloria tras alguna campaña, eran obsequiados con un bastón adornado con hojas de laurel. 

Si nos vamos a la antigua Grecia, los encontramos también como símbolo de mando de embajadores y generales del ejército. Pero no solo en ellos. Los filósofos utilizaban uno nudoso y quienes recorrían el país narrando a Homero llevaban dos: si portaban uno de color amarillo recitaban La Odisea; si era rojizo, La Ilíada. 

Fue a partir del siglo XVI cuando el bastón pasó a ser más un adorno que un palo en el que apoyarse o mostrar al resto el poder de sus cargos. Todo caballero que se preciase, salía a la calle con uno y las clases altas se los mandaban confeccionar incluso con piedras preciosas en la empuñadura. Fueron varios los monarcas europeos que adquirieron bastones de distinta índole, llegando a tener colecciones extraordinarias, como Carlos V y Luis XIII de Francia. Y, claro está, algunos se hicieron retratar con ellos en la mano. Al parecer, también el cardenal Richelieu era amante de los mismos. 

La demanda fue en aumento de tal forma, que ya no solo se confeccionaban en marfil, oro o plata, sino que se empezaron a utilizar materiales diversos como maderas procedentes de Asia o Egipto, piel de serpiente o caparazones de tortuga. Sin faltar, por descontado, las gemas o perlas en sus empuñaduras con cabeza de caballo, de lobo o de otros animales. A más sofisticado, mayor empaque en la sociedad. 

En alguna parte he leído que Voltaire consiguió tener unos setenta y cinco bastones. 

A mediados del XIX la moda se había extendido desde París hasta Madrid. Y en los finales del siglo se vendían en Inglaterra casi medio millón, lo que significó que los operarios y orfebres que los decoraban fueran en aumento, convirtiéndose en un comercio de importancia.


lunes, 18 de mayo de 2020

Trilogía Los Gresham

Hace ya unos años que publiqué la trilogía los Gresham, pero a día de hoy aún hay lectoras que siguen comentando mis libros y disfrutando de ellos. Recientemente, Soley Aragonés ha publicado en su blog una reseña de la trilogía completa. Le estoy inmensamente agradecida por esta bonita reseña y os invito a leerla así como a visitar el blog de Soley que es una maravilla. Os dejo un trocito aquí y además acompaño este post con la foto que ha hecho para la entrada en el suyo:

Me he quedado encantada. No, super super encantada. Los libros de Nieves Hidalgo me conquistan el corazón y muchas veces me cuesta elegir cuáles de ellos son mis preferidos. De nuevo estos tres están en mi lista de sus libros más queridos. Y los tres por igual. Ninguno ha decaído en acción ni entretenimiento. Han sido todas historias preciosas y muy emotivas.
Y felicito a la autora por lograr escribir estas tres historias por igual.