viernes, 3 de abril de 2020

Alma vikinga sigue conquistando lectores

Me hace muy feliz compartid con vosotros la reseña de mi novela, Alma vikinga, que han hecho en el blog A través de la romántica. Agradezco profundamente la opinión de la autora de la reseña y, como siempre digo, gracias también por haberse tomado el tiempo de escribirla y compartirla con todos los que visitan su blog. Os dejo un trocito, pero os invito a que visitéis el blog y la leáis completa.
Acción, aventura, luchas, intrigas, traiciones y mucho romance es lo que podemos encontrar en Alma Vikinga, una estupenda historia, que atrapa desde el primer momento en que empiezas a leer y no puedes parar hasta llegar al final.

martes, 31 de marzo de 2020

Artículo: Por qué escribir con seudónimo masculino

¿Por qué escribir con seudónimo masculino? 

En mi novela Lili, la intrépida hija del duque, la protagonista escribe pasquines subversivos firmándolos con una letra. Su hubiese escrito alguna novela, en el 1818, posiblemente lo hubiera tenido que hacer con nombre masculino. Y es que entonces no se valoraba que las mujeres escribieran ni poesía ni novela. Marido, hijos y casa era lo único que se admitía, como si no fuesen capaces de hacer otra cosa. Por eso eché un vistazo a autoras que hubieron de firmar con nombre masculino, y me gustaría nombrar a unas cuantas. 

Un ejemplo de lo que os digo fueron las hermanas Brontë: Charlotte, Emily y Anne, que escribieron nada más y nada menos que Jane Eyre (Charlotte, con el nombre de Currer Bell), Agnes Grey (Anne, con el nombre de Ellis Bell) y Cumbres Borrascosas (Emily, con el nombre de Acton Bell. 

Mary Ann Evans fue otra autora que hubo de utilizar el seudónimo de George Elliot para publicar. Su novela tuvo una excelente crítica y, sin embargo, cuando en 1860 se supo que era una mujer, el periódico revisó la crítica hecha en su momento y publicó otra negativa. 

Amantine Lucille-aurre Dupin de Dudevant fue para todos George Sand. Se dice que esta mujer levantaba polémica por donde pasaba, porque le gustaba usar ropa masculina, fumaba a la vista de la gente y tuvo varios affaires. Vamos, que se saltó las normas como una heroína, por mucho que en su época la dijesen de todo. ¡Bien por ella! 

Louisa May Alcott era estadounidense. ¿Qué escribió? Una novela que hemos leído todas y que se ha llevado a la pantalla en distintas versiones: Mujercitas. Apoyaba el movimiento sufragista y se vio forzada a escribir bajo el nombre de A.M. Barnard porque, además, publicó algunos relatos que eran tema tabú en esos tiempos, como el adulterio. 

Violet Paget nació en Boulogne-sur-Mer en 1856, aunque tenía nacionalidad británica, y publicó como Vernon Lee. Decían que tenía un carácter endemoniado y despectivo, que no le caía bien a sus compañeros literarios, que era una feminista empedernida, y vestía á la garconne. Ni se casó ni se sabe que tuviera relaciones con varón alguno, pero sí parece que la poetisa Amy Levy quedó tan enamorada de ella que le escribió un poema. 

Karen Blixen, la escritora de origen danés, fue quien escribió la novela Out of Africa, que se llevó a la gran pantalla como Memorias de África. ¿Quién no ha visto esta película o leído la novela? Utilizó bastantes seudónimos durante su carrera literaria, pero el nombre más conocido fue Isak Dinesen. 

Otra autora importante fue Sidonie Gabrielle Colette, nacida en Saint-Sauveur-en-Puisaye. Esta mujer contrajo matrimonio con otro escritor, Henry Gauthier Villar, que era 15 años mayor que ella. No fue una relación muy afectuosa, pero su marido, viendo que tenía dotes literarias, la animó para que escribiera una serie de novelas titulada Claudine. Eso sí, hubo de publicarlas con el apellido de su esposo, que fue quien se llevó los elogios cuando resultó ser un boom editorial. Acabó por divorciarse y, ya con su nombre auténtico, publicó Dialogos de animales

Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea nació en Suiza y era hija del cónsul Juan Nicolás Böhl de Faber. Publicó bajo el nombre de Fernán Caballero. Por ahí he leído que su padre le dijo que no escribiera, que perdía el tiempo porque no era algo que las mujeres pudieran hacer bien, que carecían de inteligencia suficiente. ¡Anda que tenía buen ojo el caballero! Alrededor de 1800 no era fácil sacar una novela si no lo hacías con nombre masculino, y menos en España, así que ella eligió el de esa localidad de Ciudad Real porque le sonaba bien. Algunas de sus obras: La Familia de Alvareda, La hija del Sol o La flor de las ruinas

Caterina Albert comenzó a escribir cuentos desde muy joven, animada por su padre. Su obra La infanticida, publicada en 1898, tuvo unas críticas feroces, primero debido al tema que trataba y, claro está, el escándalo aumentó cuando se enteraron de que era una mujer. Por tanto, continuó escribiendo con el seudónimo de Victor Catalá. 

Nelle Harper Lee nació en Alabama y utilizó el nombre de Harper Lee. No es que su nombre auténtico cambiase demasiado, pero sonaba mejor Harper y el público asumió que se trataba de un hombre. Su obra más conocida es una que habla de racismo y de la diferencia entre las clases: Matar a un ruiseñor, ganadora del Premio Pulitzer. 

Algunas otras autoras de todos conocidas también han publicado con nombres masculinos, pero ya no porque fuese imposible hacerlo con el auténtico sino por conveniencia, por diferenciar estilos tal vez. Entre ellas encontramos a Nora Roberts, que ha publicado como J.D. Robb, y a Joanne Rowling, que usó las siglas J.K. y que escribió El canto del cuco como Robert Galbraith. 

Por último, Laura Albert, que ha sido J.T. Leroy. Su novela Sarah la hizo saltar al estrellato y no se supo que era una mujer hasta 2005. Según he podido saber, ella misma eligió cambiarse de nombre para publicar, porque pensó que a nadie le llamaría la atención leer los libros escritos por una solterona de 41 años.


viernes, 27 de marzo de 2020

La Bahía de la escocesa - Reseña

Me hace mucha ilusión leer reseñas recientes de esas novelas mías que llevan ya tantos años en la calle. Ese es el caso de La bahía de la escocesa, de la que me he encontrado una preciosa opinión en el blog Scared Writer. Gracias infinitas a la reseñadora por leer la novela y por ceder un ratito de su tiempo para opinar sobre ella. 
Os dejo un trocito de la crítica, pero os invito a leerla entera en el blog.

El ritmo, el tono y la redacción tienen el sello de Nieves, lo que convierten a la novela en una historia ágil y agradable de leer. De la misma manera, lo tiene el giro de la historia ya que como siempre consigue sorprender con tramas enredadas en las que nada es lo que parece.
Sin duda, todo un acierto para mí comenzar esta saga; veremos que nos deparan los siguientes tomos que ya están esperando calentitos a que los abra.



martes, 24 de marzo de 2020

Artículo: La bicicleta

Algunas veces he pensado montar a una de mis protagonistas en una bicicleta y, dicho y hecho: Alexandra Tanner, un personaje secundario de Ódiame de día, ámame de noche ha sido la elegida al escribir su propia historia. Seguro que se le da mejor que a mí. Ahora bien, ¿qué sabemos de la bici? ¿Cuándo se inventó? Venga, demos una vuelta por ahí en dos ruedas.

Diréis que en casi todos los artículos nombro a los egipcios, y no estáis equivocadas, pero qué voy a hacerle si inventaron casi de todo. No os extrañéis, no, ya en la época de los faraones fabricaban un artilugio que tenía dos ruedas y estaban unidas por una barra, aunque suene raro. Algunos relieves babilónicos muestran grabados que pueden ser velocípedos. Los chinos, desde luego, no se quedaron atrás. 

Lógicamente, estos primero caballos de ruedas eran simples, muy simples, y no se podía hacer las maravillas que se hacen ahora. Incómodas o no, teniendo que frenar con las suelas de los zapatos o acabar con el trasero hecho polvo de los baches del camino, conseguían lo que se buscaba: alcanzar velocidad. 

Allá por el 1817, un barón de origen alemán llamado Karl Freiherr von Drais, pensó que se cansaba mucho andado e inventó un aparato que tenía dos ruedas, un manillar y un pequeño asiento para sentarse. Una auténtica máquina andante, como se dio en llamar, aunque su nombre fue “draisiana”, por su apellido. Eso sí, no tenía pedales, el que la utilizaba debía impulsarse y frenar con los pies, pero no cabe duda de que, al tomar velocidad, iban a toda pastilla, por lo que se llegaba a los sitios mucho antes.

Como curiosidad os diré que Drais no solo inventó esta primaria bicicleta, también sacó una máquina de escribir y un vehículo de cuatro ruedas con pedales. Sin embargo, se le conoce más como el padre de la bici. 

Se dice que fue un herrero escocés llamado Kirkpatrick MacMillan, treinta años después, el que le puso los pedales. Y hasta pilló a un viandante, por lo que le multaron. Las ruedas, sin embargo, seguían siendo de madera con bordes de hierro.

Desde ahí, la bicicleta fue adquiriendo nuevas formas. ¿Quién no ha visto una de esas que tenían una rueda delantera gigantesca y una trasera pequeñita? Pues fue James Starley, un inglés, el que la inventó en 1873. Y, en efecto, la rueda delantera era tres veces más grande que la trasera. 

No fue hasta 1890 cuando otro escocés, llamado John Boyd Dunlop, dedicado a la veterinaria, realizó más adelantos en la bicicleta. Al parecer, su hijo iba a la escuela en un triciclo, y el pobrecillo lo pasaba fatal con la cantidad de baches que había. Así que dicho y hecho: con una bomba para inflar balones, metió aire en unos tubos de tela y caucho, los envolvió con lona y los pego a las ruedas. Patentó este neumático y, aunque hubo de pleitear con otro escocés que aseguraba haber patentado la idea en Francia antes que él, acabó ganando.

En 1885 la bicicleta ya tenía frenos y no era tan alta.

Para terminar, es interesante saber que, en 1887 Thomas Stevens, de origen norteamericano, tuvo la osadía de salir de San Francisco y dar la vuelta al mundo montado en bicicleta. Tardó solo tres años.



viernes, 20 de marzo de 2020

Días de ira, noches de pasión - Reseña

Estoy muy agradecida al blog negra y mortal por la bonita reseña que ha hecho de mi novela, Días de ira, noches de pasión. Os dejo aquí un pedacito de la reseña, pero os invito a leerla entera en el blog y a que os deis una vuelta por él, merece mucho la pena.

La narración, con un estilo natural, pulcro y sugestivo, va dando saltos al pasado contándonos los aspectos relevantes que necesitamos conocer en ciertos momentos para la comprensión de la trama. La autora no se guarda grandes secretos para revelarlos al final y sentirte un poco engañado por ocultar esta información, como muchos otros. Sin embargo, no quita que te lleves más de una sorpresa por el devenir de los acontecimientos.



martes, 17 de marzo de 2020

Artículo: ¿Cubiertos o inocentes instrumentos diabólicos?

Nuestros personajes acuden a cenas de gala en palacetes o lo hacen dentro de una casa de labradores. Sin embargo, dependiendo de la época elegida para crear la historia, debemos tener en cuenta, no solo las normas de etiqueta, sino los cubiertos que empleaban, porque no eran los mismos en el siglo X que en el XIX. 

Si os parece, nos damos una vuelta por tiempos pasados y vemos su evolución. 

Empecemos por La cuchara. 

Un objeto tan habitual para nosotros que no le damos importancia y solo buscamos que sea bonita o útil. Ya la usaban durante el paleolítico, no penséis que comían con los dedos o sorbiendo, no. Se han encontrado algunas hechas de hueso o madera. Hace casi cinco mil años, incluso las fabricaban con preciosos mangos adornados, véanse las egipcias o las de Mesopotamia. Y en la antigua Roma utilizaban diferentes tipos de cuchara: la llamada “lígula”, que constaba de mango y de una pala ancha, y otra a la que denominaban “cochlea”, cuyo mango en forma de aguja servía, además, para pinchar o abrir moluscos. Los materiales usados solían ser el hueso, el metal o la madera, a veces concha, plata o bronce. Posiblemente, las caras eran más objetos de lujo con que distinguir la clase social del dueño que un utensilio para comer, porque se han encontrado ejemplares en ajuares funerarios. 

He leído que en Chile se dice que fue un invento del pueblo mapuche. Y en Venezuela la palabra cuchara tiene un significado distinto, así se llama la vulva, de modo que la llaman cucharilla. Que me corrijan las que lo sepan si me equivoco. 

Como el ser humano no deja de pensar, la cuchara no solo ha servido para tomarnos la sopa, sino que se ha utilizado como unidad de medida. Por ejemplo: la dosis de una cucharada de jarabe es de 10 ml, y una cucharadita es de 5 ml. Incluso se divierte uno con ellas, ¿quién no ha visto ese juego de mantener un huevo sobre la cuchara a ver a qué participante se le cae primero? 

Pasemos al tenedor, a ver qué podemos saber sobre él. 

Los griegos y los romanos ya usaban algo parecido al tenedor para trinchar las carnes, pero aparecer, lo que se dice aparecer, fue alrededor de 1077 y su origen fue, según he leído, Constantinopla. Constantino X Ducas, emperador bizantino, casado con Eudoxia Macrembolitissa, tuvo varios hijos. Pues bien, Teodora Ana, una de sus descendientes, fue una defensora a ultranza del tenedor y, cuando marchó a Venecia para contrae nupcias con el Dux, allá se lo llevó. ¿Qué pasó entonces? Pues que se topó con quienes nunca admiten los adelantos, la tomaron por una cursi, por una mujer demasiado refinada y hasta dijeron que el instrumento en cuestión era “diabólico”. Vamos, que les gustaba comerse el cordero con los dedos. 

Catalina de Médicis, tras casarse con Enrique II, también intentó introducirlo en la corte francesa. Pero allí también debía de saberles mejor comer el cochinillo o el pollo con los dedos, porque no hubo forma, al principio, de que lo aceptaran del todo. Algo curioso que he encontrado: Catalina lo usó para rascarse la espalda. Bueno, si algo no sirve para una cosa, se usa para otra, ¿verdad? 

En fin, que en el siglo XVII acabaron por darse cuenta de que se ponían perdidos y se extendió su uso por Europa. 

Y llegamos al cuchillo. 

Este sí que fue aceptado por todo hijo de vecino desde el principio, y casi es seguro que fue el primer instrumento de todos los inventados por el hombre. Después de cazar, había que trocear la carne de los animales, de modo que los fabricaron con trozos de sílex que afilaban a golpes hasta conseguir que cortaran. 

Al aparecer el hierro, todo fue más fácil. Los egipcios ya utilizaron hace cinco mil años aparejos de hierro. 

La historia hizo que el cuchillo, usado por norma para la defensa, fuera adquiriendo otras formas menos puntiagudas para ponerlo en la mesa. Pero antes, y debido a que se trataba de un instrumento que servía para matar, fue perseguido. Eso es, perseguido. Por lo que he podido encontrar, el rey español Felipe V promulgó una orden por la que se prohibía su uso. También el Consejo de Castilla puso trabas no solo para que no se usaran, sino para destruir los que se encontraran, y durante el reinado de Carlos II encerraban un par de años al que llevara un arma con filo; si volvían a pillarlo, le caían seis años o lo mandaban a trabajos forzados a las canteras. 

Espero que os haya resultado entretenido el artículo.


viernes, 13 de marzo de 2020

Lo que dure la eternidad... una reseña estupenda

Después de muchos años, mi primer libro publicado, Lo que dure la eternidad, sigue gustando y recibiendo muy buenos comentarios. En esta ocasión es Naitora, del blog Locas del romance, la que ha hecho una bonita reseña de esta novela que tantas alegrías me ha dado. Os invito a visitar este blog que es completísimo y tiene mucho contenido, y a leer la reseña completa. Yo os dejo un trocito. Mil gracias, Naitora, no sabes cuánto me alegra que hayas disfrutado de mi novela.

Sin duda Nieves Hidalgo en esta obra me ha terminado de ganar por el desparpajo que muestra, por saber crear unos personajes tan bien definidos, por trastocar mi corazón y dejarme con una sonrisa boba. ¿Recomendable? TOTALMENTE.