domingo, 26 de enero de 2020

Amaneceres cautivos sigue conquistando a los lectores

En Babelio, La usuaria Atravesdelaromantica, ha hecho una estupenda y preciosa reseña de mi novela Amaneceres cautivos. 

Os invito a pasar por Babelio y también a registraros y animaros a dar vuestras opiniones en esta web, pues está fenomenal. 

Agradezco profundamente a Atravesdelaromantica por la bonita reseña y me alegro mucho de que haya disfrutado con mi libro. Os dejo un trocito de su opinión:

Amaneceres Cautivos es una novela con una preciosa y apasionada historia de amor entre sus protagonistas, con un marco histórico muy bien descrito, de lectura ágil y muy amena, con momentos muy intensos y que atrapa desde la primera página. La recomiendo sin ninguna duda.


viernes, 24 de enero de 2020

Brezo blanco sigue gustando

Hoy quiero dar las gracias a Naitora, del blog Locas del romance, por esta bonita reseña que ha hecho de mi novela Brezo blanco. Estoy muy contenta de que la hayas disfrutado, Naitora. Un millón de gracias por ocupar parte de tu tiempo en reseñarla. 

Os invito a que leáis el blog de esta bloguera porque es estupendo. Os dejo un trocito de lo que ha comentado de Brezo blanco.


Todo esto aunado a un clan que se puede unir para defender a quien menos nos esperamos y que nos harán reír a carcajadas en momentos de tensión con alguna picardía. Sin duda Brezo Blanzo me ha conquistado y dejado más que satisfecha.Nieves Hidalgo tiene una pluma ingeniosa, maravillosa y romántica. Si bien ya había leído algo de esta autora, debo admitir que ahora me quedo con más ganas de seguirla probando y no voy a parar hasta descubrir todas sus obras. ¡Feliz lectura!
  

martes, 21 de enero de 2020

Artículo: ¿Una taza de chocolate?

En nuestras novelas, las damas desayunaban chocolate en lugar de café, que les resultaba más amargo. Démonos una vuelta por la historia de este producto, si os parece. 

Fruto del árbol conocido como cacao, ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo tal importancia que se consume en todo el mundo. Al parecer, los primeros que lo consumieron fueron los olmecas, una civilización del período Preclásico en Mesoamérica, y a quienes se consideró como la cultura madre. 

El cacao no solo fue una bebida, sino que mayas y aztecas utilizaron este producto como moneda de cambio para conseguir otro tipo de productos necesarios. Tan importante fue para estos pueblos, que han dejado referencias en sus jeroglíficos. 

¿Habéis visto alguna vez un árbol de cacao? Es curioso, porque tiene unas vainas de alrededor de una cuarta de largo, de un color entre rojo y marrón. Son tan duras que tenían que abrirlas a base de machete. Dentro hay una especia de almendra bastante amarga, pero la pulpa es dulce. 

Fue durante la conquista de América cuando el chocolate arribó a Europa, y Portugal fundó un monopolio para comercializarlo. El cacao es amargo, por lo que se comenzó a endulzar con azúcar y canela. Al tener relaciones con Portugal, España fue uno de los países donde primero entró este producto; de ahí pasó a Francia, a Italia y al resto de nacionales europeas, llegando hasta Asia y África. Necesita un clima cálido, así que los lugares en los que se cultiva en mayor medida son Costa de Marfil, Brasil, Asia, Nueva Guinea y Malasia. 

En sus inicios, no era sino una bebida caliente y dulce que tenía mucha aceptación, sobre todo entre las damas, pero en 1828 se comenzó a tratar el producto con maquinaria, dando como resultado, a finales de siglo, lo que ahora conocemos por chocolatinas. 

Hemos dicho que los mayas eran consumidores de cacao. Según he podido leer, en algunos de los recipientes encontrados por los científicos, había una palabra que se repetía en varias vasijas: ka-ka-wa. Pues bien, analizados los restos de estos recipientes, de determinó que habían contenido bebida de chocolate. Lo utilizaban como medicina, como reconstituyente, y solían mezclarlo con algún tipo de planta que servía para atajar las infecciones. Según los estudiosos, al cacao con agua caliente lo llamaban chacau haa, y al molido le decían tzune. También mezclaban el cacao con distintos productos que variaban su sabor, como uno parecido a la pimienta, o la vainilla. 

En referencia a los aztecas, hay quien afirma que la palabra cacao proviene de ellos, en concreto de las lenguas mixezoques, ha ladas en Tehuantepec, Juárez y Chiapas. Chocolate, sin embargo, es mucho más reciente. También ellos comerciaban con el cacao, es decir con los granos, en forma de moneda de cambio. Según Pietro Martire d’Anghiera, un italiano nacido en 1457, que estuvo al servicio de los Reyes Católicos, eran los granos de cacao los que indicaban el valor de lo que se adquiría. Investigando un poco más, he sabido que 400 granos formaban un zontli, y veinte zontles son un xiquipolli. Se podía incluso comprar un esclavo a cambio de cacao; incluso se admitía como pago tributario. 

A España llegó tras el último viaje de Cristóbal Colón. Parece ser que, yendo de expedición, dieron con una canoa que transportaba este producto. Algunos documentos indican que Hernán Cortés fue el primero en probarlo, pero son solo rumores. Lo que sí parece cierto es que una delegación llegada desde el otro lado del Atlántico, trajo a la corte española, como presente, el cacao. Fue un éxito que acabó extendiéndose por el resto del mundo, y para el que se crearon recipientes adecuados, basados en los de los mayas y aztecas: vasijas en las que se removía el chocolate con varillas o con un molinillo, a fin de que creara una deliciosa espuma. Las reuniones familiares o sociales, fueron un campo estupendo para la completa difusión de este brebaje, y solía acompañarse con bizcochos. 

Unos dicen que Ana de Austria casó con el rey francés Luis XIII, puso de moda en la corte francesa beber chocolate. Otros, por el contrario, aseguran que fue la Infanta María Cristina, al casar con Luis XIV. Fuera una u otra, el caso es que el país galo se rindió a su sabor. 

¿Cuándo se introdujo en Inglaterra? Hay datos que dicen que fue allá por 1650 más o menos. Es muy posible que entre el café y el chocolate se dividieran los gustos de los ingleses del XVII, e incluso había establecimientos específicos para servir la bebida. Podéis echar un vistazo a este artículo que hice en su día: White, el club londinense para caballeros, donde os cuento algo sobre este tipo de sitios y, precisamente, uno de ellos fue este club. 

Como muchos otros productos, el chocolate ha sido objeto de enfrentamientos, entre los que querían quedarse con el monopolio, y de dudas existenciales. Como lo oís. Porque la iglesia del siglo XVII se debatía entre si una taza de chocolate iba contra el ayuno o no. Unos decían que al ser con agua hirviendo no lo rompía, otros que lo hacía si se mezclaba con leche, algunos que no era contrario siempre que no se mojara pan en él… 

Bueno, esos debates se los dejó al claro. Yo, por mi parte, voy a prepararme una tacita de cacao. ¿Gustáis?


martes, 14 de enero de 2020

Artículo: ¿Una taza de té?


Estar en Inglaterra, digamos Londres, y no pasarse por Harrods para degustar el té de las cinco de la tarde, es casi inusual. No solo se trata de tomar una taza de té, no, se trata de disfrutar de toda una tradición con sándwiches, tarta y hasta pastelillos. A veces, incluso, con una copa de champán. Cuesta caro, pero es una experiencia única, de verdad. 

El té e Inglaterra van de mano, y eso que nunca ha habido producción allí, siempre ha sido importado. Pero desde, más o menos, mediados del siglo XVII, ya se tomaba, aunque fue bastante después cuando se convirtió en tradición, concretamente en el siglo XIX, de la mano de la duquesa de Bedfor. Al parecer, una tarde que no se encontraba bien, pidió que le sirvieran té con alguna cosilla de comer, se sintió mejorada después y tomó la costumbre de invitar a los amigos. 

Ahora existe un tipo de té para el gusto de cada uno: verde, rojo, negro, blanco, amarillo, aromatizado con un sinfín de productos, desde la naranja hasta el chocolate). Y puede ser todo un ritual tomar esa taza de la tarde, con tazas preciosas y teteras que son una maravilla. Se puede tomar solo, con azúcar, sin ella o con una nube de leche. También con una rodajita de limón. Hay quien, en lugar de agua, utiliza leche, aunque más de un amante de esta bebida quisiera matarlo. 

Las hojas pueden estar enteras, rotas, tamizadas o molidas; estas últimas se usan para las bolsitas. Y a un tipo de hojas, distinto tiempo de mantenerlo en el agua hirviendo antes de tomarlo, puede ir desde 20 segundos a 5 minutos. 

Si sois muy frikis del té podéis comprar una tetera Yixing, que está hecha de arcilla, surgida en China en el XV. Al principio, los alfareros usaban una arcilla llamada zhisha, de calidad inferior, pero durante la dinastía Ming (1502-1521), un monje de Yixing fabrico una tetera con arcilla de ese lugar, comprobándose que era excelente. 

En Europa se conoció gracias a los portugueses que llegaron a India en 1497, aunque el primer cargamento llegó a Ámsterdam en 1610. A Francia llegó unos 25 años más tarde, y en Londres se puso de moda en 1657. En un principio, no se consumía en grandes cantidades, pero se fue extendiendo. 

Los países que más producen son China, India, Kenia y Sri Lanka. 

Según los chinos, al emperador Shen Nung, que se encontraba descansando a la sombra de un árbol de té, le cayeron varias hojas en el agua hirviendo, aquello empezó a oler de maravilla y lo probó. En sus inicios, se tomó a modo de medicina. Sin embargo, se extendió con rapidez y, a su alrededor, se creó toda una cultura. Tanto es así, que un grupo de comerciantes pidió a Lu Yu, un escritor conocido en aquel entonces (sobre el año 800), que dejara constancia de todo el ritual del té porque, para ellos, tenía mucho que ver la forma de prepararlo con la armonía de la existencia. Curiosamente, beber té influyó para el desarrollo de la cerámica china. 

En resumen, que podéis tomar una taza de té como más os guste. Ahora bien, no se os ocurra soplar si está caliente, hay que dejar que tome temperatura. Las damas de antes no soplaba; vosotras tampoco. 

¿Nos tomamos una taza de té?


lunes, 13 de enero de 2020

Días de ira, noches de pasión

Como ya sabéis, el próximo mes de febrero sale a la venta la última entrega de la trilogía Un romance el Londres, titulada Días de ira, noches de pasión. Os dejo una escena de la novela para que vayáis viendo un poco de qué va esta historia:


Sabrina, aturdida, perdió la capacidad de movimiento, se quedó laxa, sorprendida por una reacción que no esperaba. Pero los labios de Ken subyugaban ya los suyos, mil mariposas le revoloteaban en la boca del estómago y, sin ser consciente de estar rindiéndose, quedó a merced de la turbulencia de un deseo irrefrenable.

Mientras se plegaba a su boca, el ángel de su conciencia le advertía del peligro que representaba derribar las barreras tras las que se guarecía; en el otro lado de la balanza, el diablillo de la lujuria le exhortaba a dinamitarlas. Llevaba demasiado tiempo negándose a aceptar que de verdad lo anhelaba, que la boca de Ken hacía que perdiera la cabeza, que sus entrañas le demandaban; sin poder remediarlo, se le endurecieron los pezones y se humedeció su entrepierna.

Ya no podía ni quería limitar más a su cuerpo. Necesitaba permitir que su auténtico yo aflorara, demostrarse a sí misma que estaba viva, dejarse llevar. Corresponderle a Ken con el mismo grado de pasión, ser dueña de sus actos para acariciarle y entregarse a él sin reservas, sin ocultarse más bajo el disfraz de mujer fría.

Quería seducirlo.

El juego de palabras se le antojó incluso virtuoso para describir lo que deseaba hacer con Ken. Porque en lo que en realidad estaba pensando era en pasar sus labios por cada tramo de su piel haciéndole gemir, no escatimar besos ni concesiones.




martes, 7 de enero de 2020

Artículo: El calendario

A pesar de que contar los días y desear que llegue el fin de semana, nos va acercando a nuestro final (no me quiero poner pesimista, pero así es), el ser humano siempre ha querido y ha tenido la necesidad de controlar las fechas. Pero no siempre se tuvo un móvil para ver el día, o un calendario de esos en los que pueden aparecer bomberos. Cómo surgieron, puede ser interesante de ver. 

Desde siempre, nuestro satélite ha sido una de las principales bases para calcular el tiempo y, guiándose de las fases lunares podían saber el transcurrido. Esto eran los calendarios lunares, que ayudaban a determinar cuándo acababa un año y empezaba otro. Pero no solo se quería saber eso, se necesitaba más, dividir esos años en estaciones dependiendo de si hacía calor o frío. 

Los pueblos de la antigüedad nos han ido dejando sus aportaciones, todas ellas importantes, así que me gustaría repasarlas con vosotros. 

Al parecer, fueron los sumerios quienes inventaron el primer calendario. Dividieron el día en doce partes y cada una de ellas en otras treinta. Sin embargo, fue el pueblo de Babilonia el que dejó el día tal y como lo conocemos ahora: 24 horas divididas en sesenta minutos. No era perfecto, desde luego, puesto que existía una descompensación que solucionaron añadiendo un mes más a su calendario anual. 

Alrededor del 1800 a.C. los egipcios también medían el tiempo, pero para ellos el dios supremo era Ra, el sol, y por él se guiaban. Nadie ignora que este pueblo era el que más conocimiento tenía de astronomía, que incluso sus construcciones guardaban un equilibrio entre las distancias del cosmos y sus estructuras. Fueron ellos los que se dieron cuenta de que el año podía dividirse en 365 días. 

Los griegos usaban el calendario solar y sus conocimientos ayudaron a llevar un orden más o menos cronológico de los años que transcurrían. 

En el año 45 a.C. los romanos cambiaron las cosas. Julio César puso en marcha el calendario juliano, de 365 días, considerando como bisiestos los años que fueran múltiplo de 4. 

De una forma u otra, el calendario seguía siendo imperfecto, había desfases. No muy grandes, pero lo suficiente como para que los astrónomos no cesaran de intentar hacerlo más perfecto. Y por fin, en 1582, Gregorio XIII, Papa, quiso se revisara con el fin de ajustarlo. Al calendario romano le sobraban días, los que César añadió a los 365 pensando que era lo correcto. Gregorio mandó eliminarlos, hicieron un salto el 4 de octubre pasando directamente al 15 de octubre. Fue el comienzo del calendario gregoriano. 

Es curioso saber de dónde viene el nombre de los meses del año, y el de los días de la semana. Cada mes está relacionado con un dios o un personaje importante: 

Enero, con el dios Jano; febrero, con el dios Februs; marzo, con el dios de la guerra, Marte; abril está dedicado a la diosa Venus; mayo a la diosa Maya; junio a la diosa Juno; julio se puso en honor a Julio César; agosto en memoria del emperador Augusto; septiembre no está dedicado a ningún dios, se lo llamó así por ser el mes séptimo del calendario romano, que se iniciaba en marzo; octubre era el octavo y viene del vocablo octo; noviembre viene del latín novem y era el que ocupaba la novena posición; diciembre estaba dedicado a la dios Vesta. 

Los nombres que se le dieron a cada día de la semana, sin embargo, tiene que ver con la Biblia, y con la creencia de la formación de la Tierra y el firmamento. El lunes es el día de la luna, el martes el de dios de la guerra, el miércoles el día de Mercurio, el jueves el de Júpiter, el viernes el día de Venus, el sábado viene del hebrero Sabbath, y el domingo es el día del Señor, cuando, supuestamente, descansó después de crear todo. 


martes, 31 de diciembre de 2019

Artículo: La costumbre de mandar postales

Mucho antes de que te tomara la mala costumbre de felicitar los cumpleaños, los santos y las navidades a través de las redes sociales, la gente compraba tarjetas acordes con el evento, se escribían a pluma o bolígrafo, se metían en un sobre donde aparecía la dirección del destinatario y se enviaban con Correos. Pero ¿cuándo se empezaron a utilizar las postales? ¿Cuándo las felicitaciones navideñas? 

Al parecer, las tarjetas empezaron a ponerse de moda allá por el 1865, en Prusia. Según he leído, el Consejero Postal pensó que era un gasto inútil tener que emplear un sobre para este tipo de felicitaciones, cuando podían confeccionarse unas cartulinas decoradas con una variedad infinita de imágenes, en cuya parte trasera hubiera espacio para escribir el corto mensaje de felicitación. Sin embargo, por distintas circunstancias, no se pusieron en funcionamiento hasta cuatro años después, en 1869. 

Enmanuel Hermman, de la Academia militar austriaca, escribió un artículo en el que hablaba de este nuevo tipo de correspondencia. El tema, al parecer, interesó bastante al Director de Correos, y lo aprobaron de inmediato. 

Dependiendo el país, las tarjetas postales eran más o menos elaboradas; en algunos lugares se lanzaron con dibujos coloreados, con fotografías, o solo con orlas decorativas. No eran muy grandes, solo lo necesario para escribir una frase corta, la dirección y poner el franqueo. Y poco a poco se hicieron tan populares, que acabaron vendiéndolas en los establecimientos. 

Entre 1890 y 1914 algunos artistas de renombre empezaron a decorar las tarjetas, muchas personas comenzaron a coleccionarlas y hasta había intercambio de tarjetas repetidas, como si fueran cromos. 

Los alumnos solían estar internos en las escuelas, pero tenían vacaciones en Navidad. Algunos profesores les pedían escribir sencillas frases de felicitación a los familiares, antes de que se marcharan a sus casas. Pero no eran más que eso, sencillas frases en una cuartilla. 

No fue hasta 1843 cuando surgió lo que realmente conocemos como tarjeta navideña, gracias a Sir Henry Cole. Cole encargó a su amigo John Calcott que le diseñara un dibujo para una tarjeta navideña, y a este se le ocurrió pintar a una familia, poniendo de paso una frase que se viene repitiendo desde entonces: Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. A Cole le gustó tanto el diseño, que mandó que le imprimieran 1000 tarjetas, enviando muchas de ellas a los amigos y familiares, en un modo de llevar su felicitación de forma original. Al sobrarle muchas, las vendió a buen precio, haciendo negocio de paso. 

Sin duda, Cole fue el precursor de la tirada en serie de las tarjetas navideñas en Inglaterra. Con el tiempo, las peticiones de particulares fueron en aumento, se veía elegantes mandar confeccionar estas tarjetas. Y cuando en 1893 la mismísima reina Victoria encargó una buena cantidad de ellas para su propio uso, la clase alta, deseosa siempre de imitar a sus gobernantes, ayudaron a que la costumbre se hiciera permanente.