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martes, 27 de agosto de 2019

Recordando A las ocho, en el Thyssen...

Si eres de las lectoras que me siguen, sabrás que lo mío son las novelas históricas... casi siempre, aunque es verdad que algunas de las que tengo, mezclan pasado con presente. Sin embargo, en esta ocasión, la novela está ambientada en la actualidad. ¿La habéis leído? Si no lo habéis hecho, quizá con este trocito que os pongo aquí queráis darle una oportunidad. Y si quieres leerla en catalán, también puedes hacerlo, porque el pasado 23 de abril, Selecta publicó su versión en esta lengua.



A LAS OCHO, EN EL THYSSEN 

Amarrada a él como estaba, Lucía se anticipó a Alex metiendo su brazo entre ambos cuerpos y hundiendo la mano en sus pantalones para acariciarlo por encima de la tela del bóxer. El gemido de Alejandro le sonó a música. Notó a su vez la mano de él hurgando entre sus piernas, luego un tirón acompañado de un leve rasgar de tela, y la braguita del conjunto de Intimissimi pasó a mejor vida. 

Justo en ese instante, alguien aporreó la puerta. 

Se paralizaron ambos. En la oscuridad, respirando entrecortadamente, cada uno de ellos maldijo semejante interrupción. 

La llamada se repitió, ahora era apenas un sonsonete de nudillos sobre la madera, y Lucía aflojó las piernas alrededor de las caderas masculinas para pisar el suelo. 

—Ni se te ocurra abrir —exigió él. 

Desechando su comentario, pensando tal vez que doña Elvira pudiera tener algún problema, se bajó el vestido, se recolocó el tirante y echó una mirada por la mirilla, pero sin dar la luz. Los ojos casi se le salieron de las órbitas: el rostro distorsionado de Josechu miraba al techo aguardando a que le abriera.  

—Es mi vecino —le dijo a Alex en susurros. 

—¿Tienes un vecino que llama a tu casa a las… —miró las manillas fosforescentes del reloj, hablando en el mismo tono bajo— dos de la madrugada? 

—Se ha quedado con mi perro. 

—¿Tienes un vecino que se queda con tu perro y llama a las dos de la madrugada? 

—Es gay, no pienses mal. 

—¿Tienes un vecino que es gay, que se queda con tu perro y que llama a…? 

Lucía, aguantando las ganas de echarse a reír, le tapó la boca con la mano. Por ella, hubiera mandado al infierno a Josechu y a Zeus, los besos de Alejandro bien merecían olvidarse del mundo entero. Pero el vasco, terco como una mula, insistía. Abrió apenas la puerta, medio asomando la cabeza por ella.

martes, 13 de agosto de 2019

Ódiame de día, ámame de noche. Libro 2º de la trilogía Un romance en Londres

El pasado mes de febrero salió a la venta la segunda entrega de la trilogía Un romance en Londres. Quedan ya pocos meses para que la tercera parte esté ya también disponible para su lectura. Por eso, antes de que el nuevo libro salga a la venta, te invito a leer, si es que aún no lo has hecho, esta historia que, como todas, he escrito con todo mi cariño. Aquí te dejo un trocito y espero su lectura te anime a leer la novela completa.






ÓDIAME DE DÍA, ÁMAME DE NOCHE 


Contempló el óleo de María Vélez y dio un sorbo al té, que ya se había enfriado. No sabía por qué, pero le calmaba el ánimo dejar pasar los minutos mirando aquella pintura. Y bien sabía Dios que necesita sosegarlo después del episodio del cottage, porque aún ardía de rabia por la indiferencia con que Jason la trató al terminar y, sobre todo, por la humillación de que fue objeto la tarde posterior al encuentro, cuando él, tras regresar de la ciudad, llamó a la puerta de su cuarto. 

Eloise, que le estaba abrochando el vestido elegido para la cena, cedió el paso al vizconde y salió de la habitación para dejarlos a solas. Jason colocó entonces sobre la coqueta una caja forrada de terciopelo y ella lo atribuyó a que él pretendía disculparse con un detalle por el modo en que se ausentó. Lo abrió y se deslumbró ante una finísima gargantilla de diamantes. 

─Es preciosa. 

─Y supongo que suficiente. 

─¿Suficiente? 

─Por tus servicios de ayer. 

Fue tan rastrera y nauseabunda la alusión que reaccionó con la vehemencia propia de cualquier mujer agraviada de ese modo: cerró la tapa y le arrojó el estuche a la cara, en una tentativa vana de golpearlo, que él evitó haciéndose a un lado. 

─¡Eres un miserable! 

─¿No crees que sea un pago proporcionado? 

─¡Un monstruo, un desgraciado, un malnacido…! 

─Ya veo que no. ─Recogió el presente del suelo y lo lanzó sobre la cama─. A pesar de todo, guárdatelo junto con algún otro objeto que te vaya regalando hasta que te quedes embarazada. Procuraré que el obsequio sea más de tu agrado la próxima vez que nos acostemos, querida. 

─¿La próxima vez que…? ─Se le atascaron las sílabas por el estupor que le produjo su aseveración, que tildó casi de grosería. ¿En qué se había transformado el Jason de hacía solo veinticuatro horas? ¿Qué había sido del hombre que pronunció la palabra «cariño» después de llevarla al éxtasis? Porque no fue una ilusión suya, no. Fue claro y apasionado, aunque su conducta posterior se tornara luego fría e incluso indiferente. Y después de eso pretendía pagarla con un regalo, retribuirla como si hubiera cumplido con un trabajo. ¡La estaba llamando meretriz! ¡Y la había poseído con el único fin de gestar el heredero que tanto ansiaba! 

Le odió con el furor ciego de la víctima escarnecida sin el consuelo de la venganza. Aborreció a Jason con todas sus fuerzas, como nunca pensó que pudiera llegar a detestar a nadie. 

─Eres repugnante. Sal de aquí ─le exigió, con el corazón encogido de dolor. 

─Será un placer. 

─¡¡Fuera!! 

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jueves, 8 de agosto de 2019

Trilogía Un romance en Londres - Rivales de día, amantes de noche

Rivales de día, amantes de noche, es una de mis últimas novelas, la primera de la trilogía Un romance en Londres. Quienes la han leído me comentan que les ha gustado mucho, así que si no lo habéis hecho, espero que con este trocito que os comparto os animéis a darle una oportunidad.




RIVALES DE DÍA, AMANTES DE NOCHE


─Eso no es justo, papá.

─Tu padre lleva razón. No voy a dar mi permiso a Barbara. 

La repentina intervención de Alan en la conversación, con un tono demasiado seco, acaparó la mirada de todos. 

Había intentado no inmiscuirse, quedarse a un lado mientras veía el modo en que Barbara se integraba en el grupo, fascinado por el modo en que sonreía, en cómo sujetaba los cubiertos, en la manera tan exquisita de tomar su copa, en sus jugosos labios acariciando el borde cuando bebía…. Quería saber hasta dónde era capaz de llegar, porque estaba intrigado. ¿Dónde estaba la gata salvaje que se le enfrentó un minuto después de conocerle? ¿Dónde, la arpía que intentó comprarlo con un porcentaje de la fábrica de Thomas a cambio de su libertad? Lo que ahora tenía enfrente era todo sonrisas, todo dulzura y candor, una joven recatada, educada y… anodina. Le gustaba mucho más la otra, la atrevida, la que le había taladrado con la mirada y le propuso comprar su tutoría. 

Sí, intentó quedarse al margen. 

Pero imaginar a un hombre tomando medidas a Barbara le revolvió el estómago, por mucho que dijeran de él que no constituía un problema. Y la mano de su hermano, sobre la de ella, tampoco ayudó a suavizar su repentino mal humor. No entendía qué le pasaba y eso le irritaba porque, desde hacía años, pocas cosas conseguían descentrarle. Además, nada más abrir la boca, supo que acababa de quedar como un cretino: ninguna mujer de su familia pedía permiso para nada. 

Aceptaban consejos, nunca imposiciones. 

Mucho menos para ir de compras. 

Sarah le miraba con el ceño fruncido; su sobrina, como si acabaran de salirle cuernos y rabo, y Barbara, con seguridad, pensando en cómo podría matarlo. 

Carraspeó porque, de repente, le apretaba demasiado el nudo de la corbata. 

─Quiero decir que, si tan interesadas están, y para evitar problemas o comentarios, puedo servir de escolta.

─Eso ya está mejor, tío ─manifestó su sobrina con sarcasmo─. Esa sí es la frase adecuada. De paso, ya que iremos contigo, podríamos acercarnos a un lugar que llevo tiempo queriendo conocer. Está es…

─A la modista, Lili ─cortó Alan, que imaginaba su intención de acerarse a un cubil inadecuado─. Solo a la modista. No te pases de listilla.

─Está bien. Pero quiero hacer constar aquí y ahora, que los hombres de esta familia sois un verdadero fastidio.

jueves, 25 de julio de 2019

Un trocito de El mar en tus ojos

Una de piratas, pero en este caso, es ella la pirata. ¿La has leído ya? 



EL MAR EN TUS OJOS 


Nicholas asintió. Maldito fuera si le hacía ilusión capitanear un barco bajo el mando de Francis Drake, en un acto deliberado de guerra. Cierto era que el rey español llevaba tiempo atosigándoles —aunque hubiera sido mejor decir devolviendo los golpes—, y que el conflicto estallaría a no mucho tardar, pero Drake no le gustaba. No negaba que era un hombre con coraje que, desde que en 1577 Isabel le pusiese al mando de una expedición en el Pacífico, había conseguido logros notables, extendiendo su fama no solo en Inglaterra sino en el mundo conocido. Cuando regresó de aquella expedición en 1581, la Reina le otorgó el título de caballero en una ceremonia llevada a cabo a bordo de su barco, el Golden Hind. 

Lo que Nicholas no soportaba era la faceta de Drake como traficante de esclavos. 

—De todos modos —interrumpió Isabel sus pensamientos—, no es para capitanear el Rainbow por lo que os haya hecho llamar. Eso lo hará Bellingham. 

—¿Entonces...? —preguntó intrigado. 

—¿Habéis oído hablar de un barco llamado Melody Sea? 

—No me suena el nombre, Majestad. 

—Es una nave a las órdenes de un tal capitán Cook, un corsario con patente de Inglaterra. 

—¿Qué sucede con él? 

—Está atacando nuestros barcos. 

—Pero si está bajo la protección de la Corona… 

—Lo está. ¡Por todos los infiernos que lo está! —Golpeó con fuerza el brazo del sillón que ocupaba—. Sin embargo, nos ataca, despoja a nuestros navíos de su cargamento y se da a la fuga. 

—¿Estáis segura de eso? 

—¿Os lo estaría diciendo en caso contrario? Tengo cosas más importantes que hacer que prestar mis oídos a bulos. El último comunicado me ha llegado hoy mismo. 

—¿Habéis ordenado su captura? 

—Para eso os tengo a vos. Quiero que salgáis en su busca, que atrapéis a ese condenado capitán y me lo traigáis cubierto de cadenas. 

—Aprovisionaré mi barco y... 

—No, no, no. Nada de eso. Sé que podíais haceros a la mar en pocos días, pero no deseo una confrontación abierta. 

—No sé si os comprendo, Majestad. 

—Quiero un escarmiento ejemplar. Y un hombre solo, a veces, es capaz de conseguir lo que no puede un regimiento completo. 

Los ojos grises de Russell se achicaron ligeramente, convirtiéndose en dos trozos de hielo. 

—Permitid mi osadía, Majestad, pero esa misión la puede hacer un agente de campo. 

—Os permito la osadía, sí, pero cumpliréis mis órdenes. 

—¿Pretendéis acaso, Señora, que vaya solo a la caza de ese sujeto? 

—Exactamente. Los informes que tengo dicen que fondea en la isla de Tortuga. Saldréis de Inglaterra en un barco mercante y buscaréis el modo de infiltraros en la tripulación de Cook.

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jueves, 18 de julio de 2019

Luna de Oriente, ¿la has leído?

De esta novela me hablan muchas lectoras últimamente. Supongo que más de una la acaba de descubrir. Si no la has leído, te pongo este trocito para incitarte a ello.



LUNA DE ORIENTE 


Cuando Kemal avanzó hacia ella, sintió el miedo. Se levantó de un salto y arrebató a Umut la daga que colgaba de su costado. Absortos como estaban en tantas emociones, nadie tuvo capacidad de reaccionar. Con ella en la mano se aprestó a la defensa. Un grito múltiple se expandió por el salón. Christin tenía los ojos tan abiertos que casi se le salían de las órbitas. Le temblaba el cuerpo y su mano apenas era capaz de sostener la pesada daga. Pero Kemal no veía en su mirada ni una pizca de remordimiento, sino un furor retador y para él, los desafíos siempre resultaban un acicate. Umut se adelantó hacia ella, pero Kemal le hizo una seña para que se apartara. 

—Suelta eso —le ordenó. 

Ella negó en mudo gesto y captó con el rabillo del ojo el movimiento de los eunucos que la rodeaban. En cualquier momento podían atravesarla con sus cimitarras curvas. 

—No seas idiota —afirmó Kemal—. Suéltalo antes de que tu cabeza ruede por las baldosas. 

—Antes de que eso pase, milord —mordió las palabras—, te llevo por delante. 

Una curva cínica se estiró en los labios de él. Estaba armada, ¿no? Podía atravesarle el corazón. Sabía cómo pelear con los gitanos. No era la primera vez que tenía que defender a sus gentes siendo atacados sus campamentos por desaprensivos que querían robarles y violar a sus mujeres. ¡Sí, condenación! Sabía usar el arma y ahora mismo ansiaba poder marcarle el rostro, seccionar su corazón en pedacitos. 

—Umut, perderás la lengua por dejarte arrebatar la daga —dijo Kemal, para distraerla. 

Se lanzó hacia Christin y ella, conteniendo el aire en sus pulmones, rasgó el aire sin pensarlo, pronta a su defensa. Alguien gritó. Un segundo después en el brazo derecho de Kemal se dibujó una fina línea de sangre y una docena de manos la atrapaban, retorcían su muñeca y ella perdía su arma. Asieron su melena con fuerza hacia atrás y percibió el brillo mortal de una cimitarra sobre ella.

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jueves, 11 de julio de 2019

Un poquito de Lobo

Si aún no habéis leído esta novela, os invito a leerla, y si fuiste de las que compartiste conmigo esas noches en las que os hice partícipes del borrador que estaba escribiendo (¡gracias por los buenos ratos que pasamos!), y crees que ya conoces la historia, te invito a que la leas de nuevo y veas los múltiples cambios que hice.


LOBO 


Michelle sintió un nudo en la boca del estómago cuando vio los ojos del bandolero clavarse como dagas en su tío. Parecía temible, era cierto, pero ni por asomo se acercaba a lo que aquellas dos gallinas cluecas le habían contado. ¿Horrible? A pesar de no poder ver su rostro, su estampa era magnífica. Empuñaba indolentemente un par de pistolas, evidentemente cargadas, y parecía encontrarse a sus anchas, como si la casa le perteneciera. 

—¿Qué ha pasado con los hombres de la guardia? Michelle se mordió los labios apenas hizo la pregunta. Todas las miradas se volvieron hacia ella, aunque la joven no tuvo ojos más que para aquellas pupilas oscuras e inquietantes que la devoraron. No pudo reprimir que le temblaran las rodillas al verle avanzar hacia ella y retrocedió un paso. Él se le acercó tanto que hubo de alzar la cabeza para mirarlo de frente. 

—Alguien que piensa en los demás —dijo Lobo, con un atisbo de sarcasmo en la voz, arrastrando las palabras—. ¿Quién es usted, joyita? 

Su ironía irritó a Michelle, dándole nuevos bríos. Había sucumbido al miedo y a la angustia mientras escapaba de Francia, se había dejado arrastrar por el pánico cuando las detuvieron, a ella y a Claire, a punto de tomar el barco, aunque por fortuna habían podido seguir adelante bajo sus falsas identidades. Desde ese día, se había jurado que nunca más se dejaría amedrentar, que no habría hombre o mujer capaz de hacerla sentirse nuevamente como un gusano. Y se encrespó como un gallo de pelea. 

—¿Y usted? 

Lobo se quedó mirándola. Bajo el pañuelo que cubría sus facciones, cruzó una sonrisa divertida que ella no pudo ver. Sus ojos oscuros brillaron como los de un gato, alzó una mano armada y acarició el mentón de la joven con el cañón de la pistola. Ella tragó saliva pero no se permitió retroceder de nuevo ni apartó su mirada. 

—Por aquí, preciosa, todos me llaman Lobo. 

—¿Y esos hombres qué son? ¿Su jauría? 

A Silvino le sobrevino un ataque de risa, Cosme tosió, Zoilo puso los ojos en blanco... y Lobo se acercó más a ella. 

—Eso es, hermosura. 

—Para usted, mademoiselle de Clermont. 

Cosme volvió a toser. 

—Noto un ligero acento... mamoselle de Clermont. 

—Mademoiselle —le corrigió—. Soy francesa. 

—Francesa, ¿eh? —Lobo se rascó el lóbulo de la oreja con el cañón del arma—. ¡Vaya! He oído decir que las mujeres francesas son muy ardientes. ¿Es eso cierto, preciosa? 

Doña Esperanza lanzó una exclamación y doña Laura un ahogado «Dios mío». Michelle, sin embargo, permaneció erguida y solamente dejó traslucir su incomodidad al apretar los dientes. A pesar de la peligrosa situación en la que se encontraba, no se lo pensó dos veces y lo abofeteó con ganas.

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jueves, 4 de julio de 2019

Recordando Orgullo sajón...

Orgullo sajón es una de las novelas favoritas de mis lectoras, es por ello que te invito a leerla si es que aún no la has leído.



ORGULLO SAJÓN 


—En la calle de los curtidores hay unas cuantas construcciones magníficas —seguía planeando Wulkan, ajeno al golpe que acababa de propinar—. Te visitaré todos los días. El niño, por supuesto... — aunque la miraba, sólo se veía a él mismo—, porque será un varón ¿verdad? El niño tendrá un ama de cría. Buscaré a una mujer que pueda amamantarlo. Además... 

—Wulkan — interrumpió ella, tratando de controlarse—, vas demasiado deprisa. 

—¡Por descontado que no, pequeña! —Estaba exultante—. ¡Por los clavos de Cristo, que ese niño se convertirá en un verdadero guerrero! Gilbert le enseñará... ¡No! No, no. Yo mismo le adiestraré y... 

—¡¡Wulkan!! —le gritó para poner fin a la perorata, saltando de la cama, convulsa y despechada. Él, aturdido, enmudeció. Jacqueline arrancó una manta de la cama y se la puso sobre los hombros. Se le acercó y le espetó con frialdad: 

—No consentiré que me apartes de mi hijo para criarlo a tu manera. 

—También es mi hijo, Jacky. Sólo deseo lo mejor para él. 

La iba a tratar como una querida. Necesitaba herirlo. Herirlo en lo más profundo, como acababa de hacer con ella. ¡¡Dios, cómo podía estar tan ciega!! Por un momento, hasta llegó a pensar que Wulkan la amaba. Pero no le estaba ofreciendo su corazón, sino meras concesiones para pagar el hecho de que fuera la madre de su bastardo. ¡Quería sacarle los ojos! ¡Asesinarlo! Tragándose el arrebato de violencia, elevó aquel mentón sajón tan orgulloso y le dijo, con veneno en los labios: 

—Yo no he dicho que el bebé sea tuyo, milord. 

Wulkan recibió el anuncio como una herida de arma blanca. Como un pinchazo profundo, se le iba la sangre y perdió el color. No pudo abrir la boca. Cuando lo hizo, sólo pudo articular: 

—¿Qué has dicho, Jacky? 

—Que no debes preocuparte por la educación y la crianza de mi hijo. El niño no es tuyo. Los dedos de él se convirtieron en garfios. 

—¡Mientes! 

—¿Por qué habría de hacerlo? Me ofreces todo lo que una mujer puede desear sólo tendría que continuar la farsa. Pero no soy tan mezquina ni voy a aprovecharme de tu buena disposición. No, Wulkan, el bebé no es tuyo. —Mintió a conciencia, con frialdad, aunque el alma se le rompía en mil pedazos. 

La zarandeó como un poseso en un ataque de convulsiones. Cuando pudo enfocar de nuevo la mirada en su rostro, se dibujaba el peligro. 

—¡Dime quién es el desgraciado! 

—Antes me dejaría ahorcar —le retó. 

—Jacky... 

—No, milord —negó, despechada—. Tienes a Kellinword en tu puño. Eres señor de hombres, mujeres y tierras, incluso de sus vidas. Pero hay algo de lo que no serás nunca el amo, Wulkan. — Lágrimas saladas surcaban sus mejillas, como ríos incontrolados— ¡Nunca, entiéndelo bien, maldito normando! ¡¡Nunca podrás ser dueño de mi orgullo sajón!!

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jueves, 27 de junio de 2019

Un poquito de El Ángel Negro

En esta ocasión os invito a leer unas páginas de unas de mis novelas favoritas, El Ángel Negro. Si aún no la habéis leído, espero que le deis una oportunidad.



EL ÁNGEL NEGRO 

Pero algo se interpuso en su camino. Chocó, se tambaleó y estuvo a punto de caer de espaldas. Unos brazos de hierro la sujetaron y ella enloqueció. Se revolvió, soltó puñetazos, patadas, gritó con todas sus fuerzas. Pero cada vez se estrellaba contra una pared que la retenía y, después de un corto forcejeo, se le agotaron las fuerzas y se quedó desmadejada. Entonces sí. Entonces estalló en un llanto histérico ante la realidad de aquel peligro inminente y sin escapatoria. Y oyó una voz que parecía regresar de la tumba. 

—Los tiburones no son mejores que nosotros, señora. 

Paralizada por el pánico que la oprimía sin remedio, Kelly apenas reaccionó, pero el corazón le comenzó a bombear de forma dolorosa, no podía respirar y temblaba como una hoja. ¡Aquella voz! ¡Aquella voz! ¡No podía ser cierto! A su alrededor, el jolgorio de la turba asaltante espoleaba su orgullo malherido, pero ella se encontraba varada ante aquel pecho granítico que seguía reteniéndola y se sacudía con la risa. Levantó la cabeza. Y sus ojos se toparon con dos lagos verde esmeralda que le provocaron que le diera un vuelco el corazón. Porque su temor cobraba vida, no se había confundido. Ante ella, más avasallador y atractivo que nunca, chorreando agua y fundido con la oscuridad con su vestimenta negra, estaba el hombre que le había quitado el sueño desde que lo conoció. Enderezó el cuerpo y con voz como un latigazo, dijo: 

—Suéltame de inmediato, Miguel. 

Él se quedó petrificado. Sus músculos se tensaron y se aferró con más fuerza a aquel cuerpo femenino que volvía como una ensoñación. No podía apartar la mirada de ella. Aquel rostro, aquellos ojos azul zafiro lo lanzaban de cabeza a la locura. ¿Cuántas veces había soñado con tenerla? ¿Cuántas noches había pasado en vela, recordando sus besos? Todas y cada una de las mujeres que había habido en su vida desde que escapó de Port Royal y se unió a la flota pirata de Boullant se perdieron en la nada. ¿Qué habían significado sino un mero entretenimiento, un simple desahogo? Ninguna de ellas anidó en su corazón, porque éste se lo había robado una inglesa a la que odiaba. ¡Y ahora la tenía allí mismo! 

—¡Eh, capitán! —reclamó el fulano que había sacado a Kelly del camarote—. ¡Yo he atrapado a la hembra! 

Hizo un amago de acercarse y llevársela, pero bastó la actitud de Miguel para disuadirlo. Kelly quiso aprovecharse del momento y se revolvió entre sus brazos, pero sólo consiguió que él hiciera más presión sobre su cuerpo y que una mano masculina la sujetara del cabello, echándole la cabeza hacia atrás. Y ella tembló al mirarlo, porque en los labios distendidos de Miguel vio una sonrisa posesiva y presintió que su destino iba a ser peor de lo que imaginaba. Una voz engañosamente suave le susurró: 

—Volvemos a encontrarnos, miss Colbert.

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jueves, 20 de junio de 2019

Unas páginas de Brumas...

Te invito a que leas unas páginas de mi novela Brumas, si no la has leído aún, espero que te incite a hacerlo, si lo has hecho, ojalá que te traiga recuerdos de los buenos ratos pasados con ella.




BRUMAS 


A Lea se le paró el tiempo cuando se encararon en la distancia. Aquellas pupilas quemaban y una desazón incómoda corcoveó por su columna vertebral. Pero el hechizo se rompió: una dama se acercó a Ormond y posó la mano en su brazo. Ellis pareció perder su interés e intercambió algunas palabras con ella. Surgió en Lea una repentina y estúpida animadversión hacia la mujer, que aumentó al auparse para susurrarle brevemente al oído, levantando apagados murmullos. Ormond encogió un hombro, ahuecó de su brazo la mano de la dama, desanduvo sus pasos hacia el anfitrión y dirigió su vista a Lea. El conde de Westtin escudriñó a su alrededor, la miró directamente y cuchicheó algo al duque. Éste asintió, se volvió ligeramente para verla una vez más, como lo hiciera antes, y a ella le sobrevino la sensación de que la estaba desnudando en público. Un leve rubor le cubrió las mejillas, aunque nunca había sido propensa a las muestras de timidez. Pero, a pesar de la comezón, se mantuvo firme, sin desviar su atención de él. Se propuso tratarlo con el mismo descaro y así lo hizo. La incomodaba sobremanera ser el centro de atención, pero sacó fuerzas de flaqueza y elevó el mentón. Él parecía un lobo entre ovejas. O algo peor, se dijo Lea. Un ángel caído entre devotos creyentes. ¿Fue fruto de su imaginación o el duque le hizo una ligera inclinación de cabeza? 

Lea no reaccionó cuando él se hubo ido, pero sí cuando Tina se la colgó del brazo. 

—¡Te ha mirado! ¡Oh, Dios, te ha mirado, Eleanor! 

—Me haces daño. 

—¡Dime que no le conoces! 

—Pues claro que no le conozco, Tina. ¿Qué es lo que te pone tan nerviosa? 

—¡Oh, Señor...! 

—Por cierto, ¿quién era esa mujer? 

—¿Qué mujer? 

—La que ha estado hablando con él. 

—Amelia Hossman. Es viuda de un aristócrata austríaco, aunque nunca ha vuelto a utilizar el título desde que murió su esposo. Seguramente es la única amiga de Ormond y se rumorea que mantuvieron un romance. Ella parece estar lo bastante loca como para insistir en volver a conquistarlo. 

Lea rastreó a la dama, que se perdía ya entre los bailarines que ocupaban de nuevo la pista. El demonio se había ido y los mortales retornaban a la actividad, se dijo. 

Durante el resto de la velada no hubo otro tema de conversación que no fuera la corta e inquietante visita, y Lea escuchó tantas historias disparatadas que acabó hartándose y decidió abandonar la fiesta. 

Mientras el carruaje que la devolvía a casa de los Bermont traqueteaba por las oscuras calles londinenses, no pudo dejar de pensar en Ellis. ¿Realmente era un asesino?, se preguntaba. Lea no se dejaba influenciar fácilmente por comentarios maliciosos. Para hacerse un juicio de valor siempre intentaba conocer las dos partes. Sin embargo, algo le decía que cuanto más lejos estuviera de Ormond, mejor para su tranquilidad.

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jueves, 13 de junio de 2019

¿Has leído ya Dime si fue un engaño?

Un pequeño aperitivo de la novela DIME SI FUE UN ENGAÑO



Pero era él, no le cupo ninguna duda. Vestía de modo informal, completamente de negro, y se lo veía distante, amedrentador, y mucho más fascinante y soberbio que como lo recordaba. 

—Creía que... —Carraspeó porque se le atascaban las palabras—. Creía que habías muerto. 

El vizconde de Basel se encogió graciosamente de hombros, miró la botella que había a un lado de la mesa, la cogió, olió el contenido y preguntó: 

—¿Puedo? 

Ella asintió y él bebió directamente del envase. Phillip necesitaba un buen trago de ron negro, pero el suave vino adulterado le sirvió para calmar los erráticos latidos de su corazón, que parecía querer salírsele del pecho al tenerla tan cerca. También él se tomó su tiempo para valorar los cambios en Chantal. Ya no era la muchachita de apariencia frágil que él había conocido años atrás; ahora se había transformado en toda una mujer, dueña de una belleza más serena, que, mal que le pesara, le quitaba el aliento. Su oscuro cabello le caía en ondas sobre los hombros, espeso y brillante, sólo un poco más largo de como lo solía llevar antes, y sus ojos habían perdido la inocencia de la juventud, aunque seguían siendo los más hermosos que él había visto nunca. Se encontró mirándola sin rencor y, cuando se dio cuenta, un destello de ira se activó en su interior. 

—Has cambiado —le dijo. 

—Y tú. Supongo que lo último que esperabas era que volviéramos a encontrarnos después de tanto tiempo. Una sorpresa desagradable, ¿verdad? 

Su comentario, que destilaba mordacidad, hizo reaccionar a Chantal. Abandonó su asiento y le dio la espalda para armarse de valor, enfrentándosele después. Apoyó las palmas de las manos en la mesa y se inclinó hacia él, mientras la atravesaba un torbellino de furia. 

—¡¿Por qué no te has puesto en contacto conmigo, Phillip, maldito seas?! —le gritó—. ¿Por qué no me has hecho saber que estabas vivo? 

—Querida, tú habrías sido la última persona a la que hubiera dicho que seguía en este mundo —repuso él con un retintín que la hizo estremecer. 

—Yo... 

—Phillip Villiers murió cuando me traicionaste. ¿O es que ya no lo recuerdas? 

—Yo no te... 

—El hombre al que te refieres ya no existe —volvió a interrumpirla él—. Su cuerpo fue pasto de los peces, y sus huesos, si es que aún queda alguno, abonarán el fondo del mar. Ni siquiera pudiste encontrar una excusa plausible para tu felonía, así que ni se te ocurra echarme nada en cara. 

La expresión de Phillip era pura hiel y Chantal se dio cuenta de ello. Sentía que se le iba la vida al volver a oír sus palabras, haciéndola otra vez culpable de un complot que sólo existía en su cabeza. En el pasado la había acusado de ser su perdición, de haberlo vendido, de haber mentido sobre el amor que le profesaba, y ahora, en el presente, demostraba que ni el tiempo ni la distancia habían cambiado su convencimiento. Sabía que era inútil volver a negarlo, pero aun así, le dijo: 

—No te traicioné. Lo creas o no, yo no... 

—Dejemos eso —la cortó Phillip expeditivo. 

—¿Cómo es que me has encontrado? Nadie sabe que estoy aquí salvo... 

—Damien. 

Chantal se estremeció. Damien Moreau, sí. De no ser por él, ahora estaría en una tumba olvidada. Les debía mucho a ese hombre y a Estelle, pero esa afirmación arrojaba en su alma la sombra de la duda. Si Damien había sabido durante todos esos años que Phil estaba vivo, ¿por qué no la había sacado a ella del doloroso infierno de creerlo muerto? ¿Por qué no le había dicho nada? Posiblemente, Phillip lo habría puesto como condición. ¿No acababa de decirle que ella sería la última persona a la que le habría hecho saber que estaba vivo? No podía culpar a Moreau por guardar silencio, a fin de cuentas, era su amigo y ella sólo la mujer que, incluso para el sobrino de Estelle, lo había traicionado. Intentó calmarse y razonar. La enorme sorpresa de volver a ver al hombre al que amó, la exultante alegría de saberlo aún vivo y la zozobra que agitaba su espíritu al comprobar que su odio hacia ella no había remitido, la dejaban indefensa. Hubiera querido echarse en sus brazos, besarlo hasta saciarse de su boca, decirle cuánto lo había echado de menos, cuántas noches había llorado su ausencia... Pero también ella tenía orgullo y cuentas que saldar. Y no iba a ponerse de rodillas ante un hombre que la había echado de su vida, que la miraba despectivo, a la defensiva, como si de una serpiente se tratara. Hasta ahí no quería ni debía llegar, por mucho que siguieran encendidas en su corazón las ascuas de un amor pasado. Demasiado había sufrido ya durante aquellos años, creyéndolo muerto, intentando vengarse del engaño perpetrado por Chevalier, indagando en sus trapacerías para llevarlo ante la Justicia, como para rebajarse más. Si Phillip tuviera una idea, una somera idea de las cosas que había llegado a hacer para obtener información... Por supuesto, no pensaba contárselo, sólo serviría para afianzar en él la idea de que era una ramera, como la había llamado antes de irse.

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jueves, 6 de junio de 2019

¿Has leído Lágrimas negras?

Un poquito de LÁGRIMAS NEGRAS 



Tenía que haber supuesto que buscaría cualquier triquiñuela», se lamentó Thara interiormente, viendo a los niños formar de dos en dos y salir después a escape hacia sus escondites. En segundos, el patio quedó desierto y ella se encontró en una incómoda situación: si se negaba a formar pareja con Gresham arruinaría el juego y si aceptaba... Le entró un sudor frío pensando que podrían hallarse aislados, sólo Dios sabía dónde dentro del rancio y vetusto edificio, que sin duda disponía de más de un recoveco. Nerviosa ante tan perturbadora y a la vez atractiva perspectiva, se mordió el labio inferior, como solía hacer cuando algo la inquietaba. Los profesores, liberados de sus obligaciones por la tarde de fiesta que les permitía dedicarse a sus familias, se despidieron y se marcharon y el clérigo, con aire despistado, se dirigió a su despacho, pidiéndole a Gresham que se pasara por allí cuando acabasen. Los chicos que ejercerían de batidores aguardaban impacientes a que ellos dos se escondieran. James también esperaba, pendiente de Thara. 

«¡Qué demonios! —se dijo ella, agarrando su bolsito decidida—. Encontraré el modo de mantenerlo a raya. Porque quiero mantenerlo a raya, ¿no?» 

Se le aceleró el pulso al verlo a él reírse por lo bajo. Se lo veía tan campante. El muy bellaco sabía que acababa de ponerla en un brete y estaba disfrutando a su costa. ¡Bribón! Eso sí, un bribón realmente atractivo, que conseguía que flaquearan sus convicciones. Por más que lo intentaba, no le encontraba defectos a su físico: ojos oscuros, pómulos pronunciados, nariz romana, labios... Carraspeó al llegar a ese punto, pero sin ser consciente de ello, continuó evaluando su apostura, una apostura que, junto con ese toque de personalidad entre desvergonzada y tierna, hacía imposible que nadie se resistiera a su encanto. 

—¿Qué puntuación obtengo? 

—¿Qué? 

—Me estás evaluando, ¿no? 

—¿De qué diablos hablas? 

—Me has repasado de arriba abajo como si me estuvieras tasando. 

—A ti no te funciona bien la cabeza —le reprochó ella, íntimamente sofocada porque la había descubierto. 

—Es posible, pero me mirabas como un sabueso que olfatea un hueso. 

—¡Oh! 

—Sí, ¡oh! 

—Yo... 

James se puso repentinamente serio y Thara no supo decidir si estaba más guapo así, mostrándose severo, o cuando exhibía su sonrisa pícara. En cualquier caso, le quitaba el aliento. Miró la mano morena, de largos y elegantes dedos, que le tendía. 

—Seré un ángel. 

—Y yo me lo voy a creer. 

—Esperan por nosotros, todos los demás se han escondido ya. 

—Pues que sigan esperando. 

—Moon... 

—¡No me llames Moon! —gritó, porque se le ponía la piel de gallina cuando lo hacía con aquella voz cadenciosa, de íntimos matices, que más que hablar sugería. 

—Como gustes. ¿Prefieres que nos marchemos? No lo creo, ¿verdad? Les estropearías la diversión y no vas a defraudarlos. 

—Prefiero defraudarlos a verme obligada a pararte los pies. Ve con cuidado, no sea que se me dispare un tiro. 

—No llevas tu pistola. 

—¿Eso crees? 

—Está bien, no vamos a discutir ese punto ahora. Si es lo que quieres, recogeré las facturas y nos iremos —dijo, alejándose hacia la salida del patio—. La verdad, Moon, no creía que fueses tan cobardica. —Se paró para mirarla por encima del hombro—. ¿Y tú quieres enfrentarte a un asesino, cuando tiemblas por no sé qué reticencias ante un simple juego? ¡Valiente detective estás hecha!

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viernes, 31 de mayo de 2019

Lee un poquito de Reinar en tu corazón



REINAR EN TU CORAZÓN 


Él sacó de su bolsa algunos utensilios de aseo, que dejó sobre la cómoda, así como una de las camisas limpias que llevaba, pulcramente dobladas, y que colgó de los pies de la cama. Tatiana no contaba con aquello. Frunció el cejo y preguntó: 

—¿Qué se supone que está haciendo, milord? 

—¿Qué crees tú? —respondió él, mirándola por encima del hombro—. Tenemos una cita y quiero asearme un poco. Deberías hacer otro tanto, ¿no? 

—Pero... —Se le atragantó la saliva en la garganta ante tal perspectiva, por lo que no vaciló en reprocharle—: ¡Usted no puede quedarse aquí! 

—¿Quién lo dice? 

—El pudor más elemental, señor mío. —Se le encaró con los brazos en jarras. 

—Acabásemos. Volvemos a las andadas. 

—¿A las andadas? 

—A hacerte la estrecha y todo eso. —Se quitó la chaqueta, la corbata y el chaleco, sacándose luego la camisa por encima de la cabeza. 

El rubor cubrió el rostro de Tatiana a la vista de su torso moreno y le dio de inmediato la espalda, a pesar de lo cual no pudo evitar retener en sus retinas la imagen de su espléndida figura. 

—Le ruego, milord, que busque otro cuarto para mí. 

—No queda más que éste, ya lo has oído. Te guste o no, tendremos que compartirlo. ¡Vamos, Tatiana! Deja de comportarte como una puritana escandalizada, no va contigo. Nadie va a forzarte, tómatelo con calma. Para tu tranquilidad, tú ocuparás la cama... a solas. Yo me conformaré con una manta en el suelo. 

Ella se volvió, espoleada por el descortés comentario, presta a soltarle cuatro frescas. No tuvo ocasión de ello, porque unos golpes en la puerta dieron paso a una muchacha con una jofaina en una mano y un par de toallas en la otra. Sin una palabra, lo dejó todo a los pies del palanganero, les hizo una reverencia y desapareció. 

Tatiana estaba desconcertada. Si hubiera tenido a su alcance un objeto con que golpearle la cabeza, lo habría hecho. Se le fue la vista al crucifijo, pero abandonó la idea de inmediato; aquel bárbaro no merecía que cometiese un acto sacrílego. Cuadró los hombros, cogió su bolsa de viaje y se dirigió hacia la salida. No debía seguir allí, era inadmisible que compartieran habitación. Winter estaba equivocado si pensaba que iba a consentirlo. 

—¿Adónde crees que vas? 

—Me voy con Lynton. 

—Te aseguro que en el almacén estarás mucho menos segura que aquí. 

—Me arriesgaré —contestó, empecinada, tratando de abrir la puerta. 

No llegó a hacerlo. Se lo impidió el brazo de él, que pasó junto a su cabeza cerrando de golpe. La cogió luego del hombro, haciéndola girar como una peonza, para encontrarse casi pegada a su pecho desnudo. De inmediato, Tatiana colocó la bolsa entre ambos, aun consciente de la fragilidad de la barrera y de lo pueril de esa actitud. Estaba asustada, muy asustada. Porque se daba cuenta de que, a poco que él se lo propusiera, no se resistiría a la atracción que exudaba aquel hombre. Le costaba un triunfo apartar la vista de su cuerpo, delgado y fibroso, que, en realidad, estaba deseando acariciar. No quería saber nada de dignidad femenina, quería olvidarse de todo y echarse en sus brazos, como ya lo había hecho antes. El nudo que tenía en el estómago le subió a la garganta, pero se irguió retadora; por nada del mundo iba a darle el placer de que se burlara de su flaqueza. 

—Cámbiate de vestido y arréglate el pelo, no tenemos tiempo para estupideces. 

—No pienso dormir en este cuarto. 

—Pues yo no pienso dejar que duermas en cualquier parte. 

—Entonces, búsquese otro para usted. 

—Tampoco tengo intenciones de hacer tal cosa. Por si no te has enterado, no queda ni un pajar libre en toda la maldita ciudad. Así están las cosas. 

—Esto es un chantaje indecente. 

—¡No me fastidies!

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jueves, 23 de mayo de 2019

Un trocito de La bahía de la escocesa



LA BAHÍA DE LA ESCOCESA 

Salió del estanque, se sacudió como pudo, lo agarró por el collar y se encaminó hacia la casa hecho un basilisco, dejando tras él un reguero de agua e imaginando ya un buen rapapolvo para James, porque estaba seguro de que el maldito perro era suyo. Llegó al salón de donde procedían las conversaciones y empujó la puerta con tanto ímpetu que ésta rebotó contra la pared. 

—¡¿Quién demonios ha dejado este bichejo suelto?! —preguntó a voz en grito antes de darse cuenta de que la familia no estaba sola. 

Kim dio un bote en el asiento a la vez que se elevaba un coro de exclamaciones. 

—Mis sales... Mis sales... —pedía lady Eleonor, amenazando con desmayarse. 

Kimberly apenas reparó en el sujeto, salvo para darse cuenta de que estaba empapado. Lo que la alarmó era que aquel hombre sujetaba a su perro por el cuello. Se levantó de inmediato y le arrebató su mascota al energúmeno. 

—¡Deje a mi perro en paz, señor! 

Gresham, reponiéndose de la embarazosa certeza de que estaba haciendo el ridículo, fue todo ojos para ella. No era muy alta, tal vez un poco flaca, aunque su vestido hacía resaltar unas formas tan bien dibujadas que merecía un segundo vistazo. Lo hizo. Un cabello oscuro, rizado y unos grandes ojos azul nocturno que ya había visto antes la delataron. Así que ella era la honorable Kimberly Brenton, la hermana de Adam. La reacción lógica de un caballero hubiera sido disculparse ante todos, pero la animadversión que se adivinaba en aquellos iris y el modo en que protegía al chucho contra su pecho, como si temiera que él fuera a arrebatárselo, avivaron su furia porque aquel proyecto de perro le había hecho caer al estanque. 

—No debería dejar suelto a su ratón, señora. 

—Y usted debería aprender a tratar de modo más considerado a los animales —le respondió ella sin demora. 

Chris tardó bastante más de lo normal en reaccionar. Las complacientes risitas de sus hermanos, secundadas por la tos simulada de su amigo McPearson, le llegaron como una bofetada. Americana, había dicho Mortimer. Se escudó en ese punto para justificar su inmediata antipatía hacia ella. Con una profunda inspiración, asumiendo que ya se había puesto demasiado en entredicho, inclinó la cabeza hacia lady Alice. 

—Milady. Es un honor tenerla de nuevo en Braystone Castle─. La pobre mujer no salía de su asombro. Luego, dispensó toda su atención a Kimberly y ella dio un paso atrás sin poder remediarlo. Aquellos ojos grises... Hubiera jurado haberlos visto antes. Sin proponérselo, su mirada lo recorrió de pies a cabeza. Era un demonio dolorosamente guapo, reconoció, que dejaba en paños menores a los otros tres. Campanillas de peligro sonaron en sus oídos ante su momentáneo desconcierto. 

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Darel, bailándole aún la sonrisa en la boca. 

—El chucho de la señora. Me he caído al estanque por no pisarlo. 

—¡Chucho!— A Kim se le atragantó el desdén—.Sultán no es ningún chucho, caballero. Es un perro de raza. 

—¿Sultán? —se burló Chris, soltando una carcajada—. Señora, nunca he oído un nombre tan ridículo para un ratón consentido. 

La voz de lady Agatha trataba de sobreponerse a la de lady Eleanor, que seguía pidiendo sus sales, aunque nadie le hiciera el menor caso, en un intento de quitar hierro al enfrentamiento. 

Curiosamente, Tommy, Darel y James se quedaron callados. ¿Desde cuándo Chris era tan desconsiderado con una mujer? 

—Lamento la interrupción y mis modos. —Se disculpó entonces Christopher, olvidándose de Kim—. Os veré más tarde, abuelas. Lady Alice. Ahora he de cambiarme... una vez más. Primero el barro y ahora el agua. —Chascó la lengua—. ¿Qué será lo siguiente? El día parece que promete. 

¡¡Abuelas!! ¡¡Barro!! Kim, que permanecía tiesa como una estatua, acababa de recordar dónde había visto antes aquellos ojos. En el camino. Sí, era el tipo al que habían estado a punto de arrollar. Se le fue el color de la cara y tuvo que buscar un punto de apoyo.

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jueves, 16 de mayo de 2019

Recordando Alma vikinga

Si ya leíste Alma vikinga, te invito a leer este trocito para recordar conmigo esta novela. Y si aún no lo has hecho, espero que este aperitivo te invite a hacerlo.




ALMA VIKINGA 


—¡Por los cuernos de...! — bramó Ishkar abriendo los ojos. 

Quiso incorporarse y el dolor de la cabeza se tornó agónico, obligándole a dejarse caer de nuevo sobre las pieles. 

—Quédate quieto. 

Ishkar obedeció hasta que sintió remitir un poco la molestia. A través de los párpados entrecerrados vio que se encontraba al abrigo de una tienda de campaña. Goonan aplicó un paño sobre el pecho y él respingó, soltó otra maldición y apretó los dientes, retorciéndose sobre el camastro. 

—Quieto —gruñó el pelirrojo. 

—¿Qué demonios me estás haciendo? 

—Intento evitar que te desangres, pero me lo estás poniendo difícil. 

Ishkar se fijó entonces en la herida. Seguramente había perdido mucha sangre porque se encontraba tan débil como una criatura de pecho. 

—Quémala de una vez y acabemos. 

El pelirrojo cruzó la mirada con él un segundo y luego, sin una palabra, alargó la mano tomando la empuñadura de la daga que había mantenido entre las ascuas del fuego. Sin vacilar, aplicó la hoja candente sobre el corte. 

El cuerpo de Ishkar se tensó mientras cauterizaba la herida y se expendía por la tienda el desagradable olor a carne quemada. Para cuando Goonan terminó, había vuelto a desmayarse. Regresó al mundo de los vivos horas después. Había caído la noche y su segundo, sentado en el suelo, luchaba por no ceder al sueño. 

—¿Cuánto tiempo he dormido? 

La pregunta despabiló por completo al gigante pelirrojo que, de inmediato, se acercó a él. Su siempre severo rostro se distendió en una sonrisa complacida. 

—¿Cómo te encuentras? 

—Como si me hubiese pasado por encima toda la caballería. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? 

—Tres días. 

—¡¡Tres días!! —Ishkar se incorporó de golpe y un dolor lacerante le atravesó el pecho—. ¡Condenación! 

—Parece que estás en plenas facultades — se echó a reír el otro—. Nunca he escuchado a un moribundo berrear de ese modo, así que, por fuerza, has de encontrarte mejor. 

—Búrlate encima. —Se dejó caer de nuevo—. ¿Cómo acabó la pelea? 

—Los ingleses huyeron como conejos. Y nosotros nos encontramos ahora a poca distancia de la ciudadela, que tomaremos en cuanto tú des la orden. 

—Están locos. ¿La viste? —Se incorporó apoyándose en un codo—. ¿La viste, viejo oso, o yo estaba soñando? 

—No soñabas. — Goonan escanció una copa de cerveza que le puso en la mano—. Era una mujer. 

—Era una chiquilla. 

—No tanto. 

—¡Por el caballo de Odín, Goonan! ¿Qué clase de pueblo es el que manda a las mujeres a la batalla? Pude haberla matado. 

La carcajada del pelirrojo retumbó en el silencio de la noche. 

—Fue ella la que casi nos obliga a preparar el ritual de tus funerales, muchacho. 

—Bueno... —Ishkar notó que le subía el sonrojo a la cara—. Me sorprendió. ¿Quién podía pensar que era una mujer, cuando manejaba la espada como una fiera? —Echó un vistazo a la expresión socarrona de su amigo y rio entre dientes—. Era una belleza. ¿Escapó? 

—De momento. Mientras trataba de sacarte de debajo de las pezuñas de tu propio caballo un tipo con cara de pocos amigos la montó tras él, poniéndola a salvo. 

La lona de la tienda se abrió y Erik entró envuelto en su capa de piel. Se quedó mirando a su hermano un largo momento y luego preguntó: 

—¿Cómo te encuentras? Faltó muy poco para que te matasen, hermano. 

—Faltó muy poco para que te pudieses proclamar líder, cierto —respondió él, mordaz. 

Erik apretó los puños a los costados y, aunque por sus ojos atravesó un relámpago de furia, acabó por cabecear sonriente. 

—Tu ironía habla de recuperación y yo, como el resto de los hombres, me congratulo de ello. Los habitantes de Moora aguardan a su conquistador. —Olvidándose de él, se dirigió a Goonan—. Los ingleses han enviado a un emisario. Viene en nombre de un tal Zollak. Parece que el sujeto quiere evitar más muertes y desea parlamentar con nosotros. Nos invita a que mandemos una representación a la ciudad. 

—No me fío de ellos — argumentó el pelirrojo. 

Ishkar se levantó obviando la molestia de la herida y salió de la tienda. A lo lejos, pudo ver las murallas de la ciudadela recortadas bajo la luz de la luna. 

—¿Dónde está ese emisario? 

—Atado como un buey hasta que decidas qué hacer con él. 

—Si nos avenimos a parlamentar, quiero tener en nuestro poder a un rehén. No pienso arriesgar la vida de ninguno de nuestros guerreros dejando que entren en esa ciudad como corderos. Un rehén de la familia de ese Zollak. Goonan, acompáñale. 

Volvió a la tienda y se tumbó, dejando que los otros cumpliesen sus órdenes. Le escocía la herida y volvía a dolerle la cabeza. Se quedó dormido evocando unos ojos azules, grandes e hipnóticos.

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jueves, 9 de mayo de 2019

Un trocito de Brezo blanco

¿Te animas a leer un trocito de Brezo blanco?

BREZO BLANCO 


Josleen cabalgaba erguida, deseosa de volverse para mirar al rehén, pero temiendo volver a hacerlo. Cada vez que sus miradas se habían cruzado había notado que el corazón se le desbocaba sin remedio. Sucio o no, apenas cubierto por un kilt embarrado y una andrajosa capa, con una ceja partida y el rostro manchado de sangre, le resultaba atractivo. Además, tenía una musculatura que la impresionaba. 

Fantaseó imaginándole con ese dorado y largo cabello limpio de lodo y sangre. Su nariz era recta, su mentón denotaba autoridad y todo él gritaba poder. Barry estaba loco si creía que un hombre así podía ser un triste ladrón de ganado. Lo que más le llamaba la atención, sin embargo, eran sus ojos. Unos ojos como no había visto nunca otros: dorados. Ámbar líquido. Grandes, vivaces, inteligentes y fieros, orlados de espesas pestañas ligeramente más oscuras que su pelo. Y su boca, de labios gruesos... 

Le recorrió un escalofrío dándose cuenta de que estaba siendo víctima de pensamientos erráticos. Se enderezó sobre la silla y taconeó ligeramente los flancos del animal para alejarse hacia la cabecera del grupo. 

—Un ladrón de caballos. ¡Ja! 

Kyle se olvidó definitivamente de la muchacha cuando su montura pisó un desnivel del terreno y una punzada de dolor lo atravesó como una cuchillada. Maldijo entre dientes y prestó más atención al terreno que pisaban. 

Josleen intentaba olvidar que él cabalgaba detrás, pero le era imposible porque tenía la extraña sensación de estar siendo observada en todo momento. No resistió la tentación de comprobarlo y se volvió de repente. La mirada, mitad desdeñosa mitad irónica del rehén, la hizo enrojecer y volver a darle la espalda, sintiéndose como una jovencita pillada en falta. 

«¡Realmente tiene los ojos dorados!», se dijo. 

Unos ojos de hielo y fuego. 

Kyle era plenamente consciente de cada movimiento de ella y el hecho en sí acabó por irritarlo. Una mujer del clan McDurney. ¡Por toda la corte del infierno! Solo le faltaba sentirse atraído por una arpía de un clan enemigo. Tenía que dejar de observarla y pensar en el modo de salir de la degradante situación en la que se encontraba. 

Pero, por milésima vez, sus ojos volvieron a ella.

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jueves, 2 de mayo de 2019

Te invito a leer un trocito de Lady Ariana



LADY ARIANA 


Abrió los ojos. Hubo de parpadear varias veces para aclarar la visión y se encontró fijando su atención en un techo alto adornado en las esquinas por cenefas doradas. El agudo dolor en el hombro le dijo que, al menos, estaba aún en el mundo de los vivos. 

─ ¿Cómo te encuentras? 

La voz de Henry Seton le hizo volver la cabeza y maldecir en voz alta cuando la herida le lanzó un pinchazo. 

─ No te muevas. No es grave, pero has perdido mucha sangre. 

─ ¡Dios! 

Cuando se mitigó la molestia volvió a abrir los ojos buscando a su amigo. Pero no fue a él al que vio. A los pies de la cama en la que se encontraba, afianzando los dedos en el armazón, estaba ni más ni menos que aquella arpía de ojos violeta. Ella rodeó la cama, se puso a su lado y le enjuagó la frente con un paño húmedo. 

─ Procure descansar –le dijo. 

Se cruzaron sus miradas y él intuyó que la joven le estaba suplicando silencio. Le concedió la merced, más por encontrarse sin fuerzas que por hacerle el maldito favor a la muy pécora. Ya habría tiempo de ajustarle las cuentas cuando se encontrase mejor. Se dejó atender por la joven permitiendo que le sujetara la cabeza para darle de beber, acomodándole luego sobre los almohadones, que mulló solícita. 

De modo que primero le metía una bala en el cuerpo y ahora ejercía de buena samaritana. De haber estado en mejores condiciones la habría estrangulado, pero se sentía como un niño de pecho. 

Mientras ella trajinaba con los utensilios de la cura que había sobre la mesilla de noche, la observó a placer. Ahora que la luz del día se lo permitía, se daba cuenta de los cambios experimentados en ella. Había dejado de ser aquella chiquilla que él conoció; los tirabuzones infantiles habían dado paso a una melena cuidada y hermosa recogida sobre la coronilla, el rostro redondo y con espinillas de otro tiempo se veía ahora terso y suave; sus antiguas formas de muchachito revoltoso se habían trocado en un cuerpo delgado pero exquisito de estrecha cintura y pechos altivos. El vestido de tonos violeta que llevaba puesto le sentaba divinamente bien. 

─ ¿Te encuentras con fuerzas para explicarme qué ha pasado, Rafael? –quiso saber Henry. 

─ Me atacaron. 

─ ¿Quién era? ¿Pudiste verlo? 

El conde de Trevijo dirigió una mirada irónica a Ariana que, con gesto contrito, permanecía muy erguida junto a su abuelo. Hasta parecía azorada, la muy tunanta. 

─ No –respondió Rafael tras un suspiro─. Estaba oscuro. 

─ ¿Es posible que fueran furtivos? –aventuró Seton. 

─ Sí. Cazadores de conejos. Debieron de confundirme con uno. 

Ariana bajó la cabeza y se mordió los labios. Y él hubiese jurado que batallaba por esconder una sonrisa. 

─ Peter y ella te encontraron por casualidad. 

─ ¿Quién es Peter? 

─ Mi hombre de confianza. Trabaja desde hace cuatro años para mí y es al único hombre al que puedo confiarle mi vida y la de Ariana. 

Así que el gigante barbudo se llamaba Peter. Tomó buena nota de ello. Otro con el que debería ajustar cuentas en cuanto pudiese salir de aquella maldita cama. Porque iba a pedirle compensación, vaya si iba a hacerlo. Más por tener que permanecer encamado que por el asalto en sí. No le gustaba estar enfermo, se le agriaba el humor cuando no podía valerse por sí mismo. 

─ Sé que no es el mejor momento, pero quiero presentarte formalmente a mi nieta ─dijo Henry advirtiendo la incomodidad de su invitado que no quitaba ojo a la muchacha. 

─ Ya nos conocíamos. 

─ Claro, pero entonces era solo una niña. Ha cambiado bastante, ¿no te parece?

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