jueves, 21 de abril de 2011

Brumas, primeros capítulos.


Aquí tenéis el prólogo y los dos primeros capítulos de Brumas.

Prólogo

Se quedó allí, afrontando un silencio que rompía el repicar
monocorde de la lluvia azotando las baldosas, en un goteo helado con el que un cielo preñado de nubes oscuras castigaba la tierra y mezclaba con sus lágrimas amargas.
El espanto de un cuerpo grotescamente retorcido yacía en un charco de sangre. Un cuerpo que había sido esbelto y grácil en vida. Pero la muerte lo teñía de ignominia convirtiéndolo en una masa estrafalaria, en los restos de un organismo que repugnaba.
Dejó caer la carta que la víctima escribió antes de arrojarse al vacío para estrellarse fatalmente contra el suelo. En ella contaba que era imposible seguir viviendo, que sus esperanzas se habían roto, que el hombre por el que respiraba se había casado y esperaba un hijo.
El papel revoloteó y fue a posarse sobre el charco de sangre que seguía manando de su cabeza abierta. Se empapó en rojo y las letras se fueron diluyendo bajo la lluvia incesante y desaparecieron, se difuminaron como se desvaneció la risa de la muchacha que ahora yacía muerta.
Pero sus ojos habían leído y jamás podría olvidar las palabras escritas. Como tampoco olvidaría nunca al causante de aquella desgracia: Clifford Ellis, duque de Ormond.
Y ante el cuerpo que cuidó y amó, por el que habría dado hasta su último aliento, el testigo mudo de la tragedia elevó su mirada al tenebroso cielo y juró venganza.
—Sí —dijo en voz alta, quebrada por el llanto—. El duque de Ormond pagará. Dedicaré a ello mi vida entera si es preciso.


Capítulo 1

Ducado de Ormond. Inglaterra

La bruma se filtraba a través de los muros como una mano
húmeda y siniestra dispuesta a atraparla. Ululaba el viento
en el exterior y ella se tapó los oídos para no oírlo.
Tiritó de miedo, clavando su mirada en los leños de la
chimenea, crepitantes lenguas de fuego que acaparaban
su atención.
A Mariam, duquesa de Ormond, se le dilataron las pupilas
al desviar su atención al rincón del cuarto donde otras veces se le había aparecido aquella silueta fantasmal. Donde oyera el tétrico susurro de una voz que parecía llegar desde el Más Allá. Ahora la rodeaba el silencio, pero ella sabía que volvería a buscarla. A ella y al hijo que llevaba en su vientre.
Fuera del castillo, el viento arreciaba en ráfagas sibilantes que, a modo de presagio, parecían indicarle que aquella noche se cumplía su plazo. Ahogó un sollozo y se cubrió hasta la barbilla con la sábana, pero no pudo apartar su errática mirada del rincón. Aguardó y rezó con toda la fe que pudo reunir para que el fantasma no volviera, para que la dejara en paz. Le castañeteaban los dientes y era incapaz de controlar sus estremecimientos.
El hálito helado que castigaba los muros cesó de súbito y una cortina de agua comenzó a golpear la imponente mole del castillo. Estúpidamente, Mariam se dijo que acaso el espectro no acudiese con un tiempo tan lamentable, y el insensato pensamiento produjo en ella un acceso de risa histérica.
Hacía sólo algunos meses que se había instalado en Hallcombe House y desde entonces su vida había cambiado por completo. Los muros grises, los interminables pasadizos, las galerías inferiores, incluso el gran salón donde se celebraban audiencias y se administraba justicia en tiempos remotos, le resultaron lúgubres y fríos. Odió el castillo apenas verlo. Como odió al hombre con el que su madre la obligó a casarse.
El clima de aquella parte de Inglaterra tampoco ayudaba.
Ni el terreno abrupto y áspero de los montes de Cumberland.
Estaba acostumbrada a los pastos de su amado Gales, donde vivía, pero tuvo que dejar atrás su casa y sus amigos. Todo cuanto amaba. Era aún muy joven, apenas cumplidos los diecisiete, y con aquel matrimonio se evaporaron sus sueños de libertad. Ahora era la esposa de Clifford Ellis, duque de Ormond. Y esperaba un hijo.
Se sintió sola y atemorizada no bien lo hubo conocido. Era muy alto y ella apenas le llegaba al hombro; su complexión y su mirada dura y gris la hacían sentirse insignificante. De inmediato supo que no congeniarían. Y no lo hicieron. Por eso volcó su afecto en aquel criado de carácter débil, como ella misma, con el que se sentía cómoda.
Al principio, Mariam había intentado poner distancia entre los dos, pero le resultó imposible. Cargaba sobre sus hombros con un apellido ilustre, con un título que no le permitía cometer errores. Una reputación que la ahogaba. Pero acabó teniendo al muchacho como confidente y de los secretos pasaron a roces sutiles. Eran almas gemelas y aunque les separaba su nivel social terminó por unirles un cariño sincero que les estaba vedado.
El aguacero azotaba con furia el cristal y a Mariam se le escapó un gemido que se convirtió en grito cuando la ventana se abrió de repente, baqueteando la pared y lanzando ráfagas de agua helada al interior, apagando las luces de las velas del candelabro que había dejado encendidas para que le infundieran valor. Saltó de la cama, y trancó de nuevo la ventana. La lluvia empapó su camisón y regresó al lecho tiritando. Las sombras se habían agudizado, pero no se atrevió a moverse, el miedo la paralizaba. Y sus pensamientos volvieron al hombre con el que ahora estaba casada.
Clifford la había tratado bien. Con corrección exquisita. Era un individuo extraño al que todo el mundo respetaba. Con ella se había comportado de modo caballeroso y siempre estaba pendiente de que alguien —nunca él— atendiera todas y cada una de sus necesidades.
Mariam asumió desde el principio que era solamente la vasija donde se engendraría un heredero. Ésa era su función y no otra. Pero el cariño no tenía cabida en un matrimonio que no había supuesto más que una mera transacción comercial para el duque. Por fortuna, le había visto poco desde la boda, porque sus obligaciones ducales y sus compromisos con la Corona ocupaban todo su tiempo. Y ella se encontró desplazada, relegada como un objeto más y añorando su vida anterior.
Su padre la mimó desde la cuna. Se le escapó un hondo suspiro al recordarlo mientras le narraba historias hasta que el sueño la vencía y procurándole cualquier capricho. Su muerte repentina lo cambió todo. Su madre era una mujer fría y calculadora, y la propuesta del duque significó para ella una baza con la que alcanzar, por fin, la posición social que siempre había deseado y no encontró en vida de su esposo. Casarla a ella con uno de los hombres más ricos de Inglaterra le supuso un triunfo personal.
Mariam no podía negar que su marido, Clifford Ellis, trataba a todos con justicia. Los criados y arrendatarios se mostraban complacidos con su aplicación de la ley. Pero ella no estaba cómoda. El duque la amedrentaba.
La lluvia pareció remitir y Mariam se recostó en los almohadones preguntándose si no sería más sensato acudir a la habitación de su esposo. Debería haberse sincerado con él después de la tercera aparición. Con seguridad, Ellis hubiera puesto en fuga al espectro. Sin duda lo habría hecho. Era un hombre aguerrido que se hubiera enfrentado incluso a las fuerzas del infierno.
Ahora, sin embargo, le parecía pueril despertarle a media noche para advertirle de sus visiones. ¿Qué pensaría, salvo que eran fantasías paranoicas? ¿Cómo iba a explicarle que estaba aterrorizada por una sombra que la visitaba desde el mundo de los muertos? Y aunque estaba convencida de que aquella noche debía temerlo más, si cabía, la paralizaban sus propias dudas.
Oyó lo que le pareció un rasgado de ropas. Como si las arañaran. Atisbó en la oscuridad, pero no vio nada. Intentó relajarse diciéndose a sí misma que todo era fruto de su imaginación y que el embarazo la tenía demasiado tensa.
—¡Mariam...!
Se llevó el embozo de la sábana hasta la boca, espantada.
¡Allí estaba otra vez! Se le erizó el vello de la nuca y se hundió
en los almohadones, con los ojos abiertos como platos.
—Déjame en paz —suplicó temblorosa.
Una risa cascada y neutra rompió el silencio acompañada
de un arrastrar de cadenas. Otro susurro. Y de nuevo
la voz pastosa y rota que la enloquecía.
—¡Ha llegado la hora, Mariam...!
Echó las mantas a un lado y corrió hacia la puerta. No podía quedarse allí. El miedo la ahogaba, el corazón le latía con fuerza retumbándole en los oídos, temblaba como una hoja. Resbaló, cayó dolorosamente de rodillas y miró hacia atrás. No veía a nadie, pero sabía que estaba allí, acechándola, persiguiéndola, amenazándola. Se incorporó con pesadez porque el abultamiento de su vientre y sus piernas hinchadas la entorpecían. Tenía que escapar porque el espectro quería acabar con ella y con su hijo. Y amaba al ser que estaba gestando. Necesitaba ser fuerte por él.
Con un impulso desesperado abrió la puerta y salió a la galería seguida del ruido de las cadenas que se deslizaban por el suelo al ritmo de unos pasos, y se lanzó a una carrera enloquecida. Deseaba gritar, pero no podía, el nudo de pánico que ceñía su garganta se lo impedía.
Recogió el ruedo del camisón y corrió como una posesa hacia las habitaciones de su esposo, al otro lado del pasillo. Maldecía el hecho de que estuvieran tan alejadas de la suya porque ahora, más que nunca, necesitaba su ayuda y su protección. Pero el ser infernal que la perseguía parecía estar en todas partes y se lo topó de frente, cortándole el camino. Mariam volvió sobre sus pasos y huyó en sentido contrario, alejándose así de las dependencias del duque.
Despavorida, los ojos saliéndosele de las órbitas, se desplazaba sobre las frías baldosas tan rápido como le era posible, intentando perder de vista al ser que seguía sus pasos. Y en su inconsciencia, se fue dirigiendo hacia la torre sur.
Sus pies descalzos pisaron el primer escalón de la angosta escalera que ascendía a la torre, perdió la estabilidad y cayó de bruces, golpeándose el vientre. Se ahogó en el dolor pero se obligó a levantarse y, medio a gatas, subió la escalera, presa ya de histéricos sollozos. Su largo cabello le cubrió el rostro, tropezó una vez más, volvió a caer...
El espectro la seguía. La seguía. Y alternativamente reía y la llamaba.
Mariam consiguió llegar al final. Sólo pensaba en escapar. Pero las pisadas de aquella esencia infernal ganaban escalones subiendo tras ella. El tintineo de las cadenas la estaba volviendo loca. Al llegar a la puerta recordó que siempre estaba cerrada y el terror la paralizó. Desquiciada, empujó con todas sus fuerzas y, por alguna causa, la madera cedió. Por su propio impulso, cayó de bruces.
La lluvia la golpeó sin piedad. Arrastrándose, rasgando la fina tela de su camisón, se alejó cuanto pudo. Los truenos la ensordecían y los relámpagos la cegaban. Frenética, volviendo sobre sí misma, sin levantarse, buscó al fantasma mientras el aguacero caía sobre ella. En su desvarío, se acercó al borde de la torre.
Jadeando, prisionera del delirio, muda de terror, se apoyó en el muro. Sus helados dedos asieron la piedra resbaladiza y cubierta de líquenes y consiguió ponerse en pie al segundo intento. Entonces oyó de nuevo aquel sonido que parecía salido de un sepulcro. Se volvió, con los ojos dilatados por el miedo, sacudida por el llanto y temblando de frío.
Allí estaba.
Aquella cosa se silueteaba en la oscuridad.
Una masa informe y aterradora. Donde debería estar la cabeza sólo había una capucha vacía. Y dentro de ella...
El grito desgarrador de Mariam se mezcló con el estampido de un trueno, sofocándolo.
Los ojos, si es que eran ojos, semejaban solamente dos puntos brillantes y fieros que la obsesionaban.
—¡Mariam...!
La joven duquesa de Ormond dejó escapar un nuevo alarido y retrocedió un paso, gesticulando con las manos para alejar la infernal visión que se le iba acercando.
—¡Nooooo!
Sus piernas toparon con algo, perdió la estabilidad y su cuerpo se ladeó peligrosamente. Sus pies resbalaron y se precipitó hacia al foso del castillo. Mientras caía hacia las tinieblas, se repitió aquella negación a lo irrefutable, aquel grito desesperado, ronco y dolorido, desgarrador.


Algunos meses después...

Clifford se despertó de repente, alterado y cubierto de sudor. Sus ojos se movieron de un lado a otro buscando situarse en el mar de oscuridad que le rodeaba.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que había sufrido una pesadilla. Una más. A pesar del tiempo transcurrido no desaparecían, se repetían una y otra vez, acosándole con insistencia.
—¿Qué sucede? —preguntó una voz somnolienta a su lado.
Parpadeó, totalmente desubicado y se incorporó para encender una vela. Una mujer ocupaba el otro lado de su cama. Aturdido, se preguntó qué hacía allí, hasta que recordó. Echó a un lado las mantas y se levantó. Se frotó los párpados. Un dolor agudo en las cuencas de los ojos le anunciaban la impertinencia de una jaqueca. Soltó una imprecación y encendió un par de velas más. En la penumbra localizó su batín arrugado en el suelo y se cubrió
con él. Fijó los ojos en su compañera y ella le regaló una sonrisa lánguida.
—¿Qué haces aquí?
El tono desabrido y brusco la despabiló por completo. Si le quedaba alguna esperanza de intimidad posterior con él, desapareció de inmediato. Salió de la cama, recogió sus ropas y tal como estaba, sin vestirse siquiera, con una disculpa en los labios, se encaminó a la salida.
Cliff se mesó el revuelto cabello echando hacia atrás los irritantes mechones que le caían sobre la cara. El sonido de la puerta al cerrarse estalló como un trueno en su cerebro y otra grosería se le vino a los labios. Se dejó caer cuan largo era sobre el lecho desordenado que aún olía a sexo.
Permaneció así mucho rato, como alelado, absorto en la superficie del techo. Le sacudió un escalofrío, eslabón final de su angustioso sueño. Su difunta esposa gritaba y gritaba, corría y corría, y tropezaba... Caía al vacío... Las imágenes de su muerte, agobiantes y descarnadas, le perseguían desde aquella noche con el aleteo negro de un ave de presa. Y la frustración regresaba a él con cada pesadilla, en oleadas, espantosa y opresiva, dejándolo abatido y descompuesto. Porque, en cada sueño, él trataba de alcanzarla, de evitar lo inevitable, de salvarla. Y se sentía tan inútil en la alucinación como lo había sido en la realidad. No había llegado a tiempo y ella se precipitó al vacío desde lo más alto de la torre.
Revivió con una sacudida el impacto seco de su cuerpo al estrellarse contra el suelo.
Se recostó en el cabecero y estiró la mano para alcanzar la jarra de vino que había dejado junto a la cama la noche anterior. Bebió con avidez y el líquido le cayó como un puñetazo en el estómago, pero le hizo recobrar la cordura y poner coto a sus lamentos. Se levantó y se acercó al ventanal, acomodándose en el asiento de piedra. El sol empezaba a despuntar ya en el horizonte y él volvió a preguntarse qué sentido tenía su vida.
Nunca consideró su matrimonio con Mariam como algo más que un trato. Y en él, ninguno de los dos ganó nada y ambos perdieron mucho. Ella la vida y él... Maldijo el instante de debilidad en el que una cara bonita ganó la batalla a su determinación inicial de no casarse. Porque fue su lujuria la que había matado a Mariam. De no haber contraído matrimonio, de haber hecho honor a su juramento de soltería, ella seguiría viviendo felizmente en Gales y él no se habría convertido en un ser taciturno, agrio y huraño, atormentado por un suceso dramático que no dejaba de perseguirle. Mariam había sido una mujer débil, siempre temerosa y escasamente resuelta a cumplir el rol que se le exigía. Su muerte le pesaba como una losa. Y su
mortificación era mayor porque ella, en su delirio, había acabado con lo que él más deseaba: un heredero. Sólo el germen de una duda amainaba su dolor. El que sembrara aquel sirviente que segó su existencia colgándose de una viga de la cocina, dando paso a un rumor que se esparció como la pólvora. ¿Realmente el hijo que Mariam gestaba era suyo?
Golpes que devastaron su alma y minaron su orgullo.
No podía evitar sentir ira cada vez que pensaba en ello.
Porque era consciente de que Oswald Trenan, el sirviente que siempre se comportó como el perrillo faldero de su difunta esposa, pudo haber engendrado el vástago que hubiera llegado a ser su heredero. Pero nunca sabría la verdad y eso le encolerizaba. Ya no podría quitarse de la cabeza la duda lacerante de que ella, la mujer a la que dio su apellido, a la que convirtió en su duquesa, le hubiera convertido en un cornudo.
¡Condenado fuera si consentía en volver a pasar por el altar! Lo que menos deseaba en el mundo era casarse de nuevo, volver a confiar en una mujer. ¡Al infierno Ormond, su herencia y su puñetera descendencia!
Primero su madre y después Mariam le habían fallado estrepitosamente. Y la traición de ambas se atrincheraba en su alma, enconándose cada día que pasaba. De niño, se preguntó un millón de veces si su madre les habría abandonado por su culpa, por algo que él hubiera hecho. Siempre tenía la sensación de que las frecuentes discusiones con su padre no eran más que el reflejo de su odio hacia él, y marcaron aquella parte de su niñez. Ahora, cuando ya creía recuperada su confianza, surgía de nuevo la alevosa sospecha del engaño de Mariam. Así que el resentimiento hacia el bello sexo se había pegado a él desde la noche en que ella murió, como una lacra de la que no podía, ni quería, librarse. Mejor recelar de ellas que aparecer de nuevo ante todos con la tacha de un infeliz.
Por desgracia, la Corona no opinaba lo mismo. Y, lo que era peor, tampoco su condenada abuela. Era la mujer más terca de la Creación y parecía haberse confabulado con Satanás para volverlo loco. Él acababa de cumplir treinta y un años, ya no era un adolescente y estaba capacitado para elegir una esposa por sí mismo, de haberla querido. Pero no la quería. Sin embargo, tanto para su abuela como para el Estado eso carecía de importancia.
¡Por todas las calderas del infierno! Apenas habían pasado unos meses de la muerte de Mariam cuando se veía acosado por distintas candidatas a ocupar el puesto de duquesa de Ormond. Y no encontraba forma de librarse de tan despiadado hostigamiento. Por eso había decidido, por fin, dedicarse a la tarea de buscar esposa. Por ese mismo motivo se había emborrachado la noche anterior y llevado a aquella mujer a su cama.
Sin duda estaba perdiendo los papeles. Pero era eso, casarse de nuevo, o acabar a los pies de los caballos de las pautas sociales. No tenía más remedio que ceder, se casaría, tendría un heredero, ¡y que el infierno se llevara a todos!
Se acercó a la cama y tiró del cordón de llamada a la servidumbre. No hubo de esperar para que su valet asomara por la puerta.
—Buenos días, milord —le saludó—. ¿Ha descansado bien?
—Perfectamente. Como si me hubieran pateado durante toda la noche.
—Si me permite decirlo, señor, son las secuelas de la bebida.
—Ojalá siguiera borracho. Que me preparen el baño, por favor. Y consígueme algo para el dolor de cabeza.
Su ayuda de cámara asintió y se marchó y él regresó al hilo de sus cavilaciones.
Odiaba Londres. No era más que una ciudad donde la aristocracia se prostituía en los pasillos del poder y en el boato de las fiestas. Alimañas vestidas de seda y rostros empolvados, insensibles a los menos favorecidos y preocupados solamente por su propio encumbramiento. Nunca estuvo cómodo entre ellos. En eso había salido a su padre. Además, era conocido su desapego entre la alta sociedad. Eso sí, su fortuna le franqueaba la entrada inmediata a cualquier evento. Y no había padre que no soñara por tenerlo como yerno. Al fin y al cabo, ¿qué importaba su fama de hombre poco accesible con tal de casar a la niña? Él había alimentado una imagen de indiferencia y no tenía intenciones de modificarla. Era el escudo con que se protegía de invitaciones molestas.
Entonces llegaron sus criados, y tras saludarle empezaron a preparar el baño.

Capítulo 2

Londres estaba cumpliendo las expectativas de Lea, aunque de cuando en cuando la asaltaban los escrúpulos por haber engañado a su familia. Escaparse de su casa como lo hizo sólo podría acarrearle funestas consecuencias si llegaban a enterarse.
Desechó el incómodo resquemor de culpabilidad y se centró en cuanto la rodeaba. Había acudido a aquella fiesta para divertirse y eso pensaba hacer. Se miró de reojo en el ventanal y arrugó la nariz. El vestido prestado de su amiga era horroroso. Y rosa. No le gustaba aquel color, pero no había otro que le sirviera y Tina había insistido en que le sentaba estupendamente. No era verdad, parecía una muñeca sosa e infantil. Le fastidiaba transmitir aquella imagen. Si no se hubiera rasgado su traje de fiesta con las prisas...
—¿En qué piensas, Eleanor?
Se volvió hacia su amiga y se obligó a sonreír. Tina... Clementina, nombre que la muchacha odiaba y nunca utilizaba, se encontraba a su lado. Hija del conde de Bermont, se conocieron en la escuela y se convirtieron en inseparables.
Ahora vivían distanciadas, pero su amistad permanecía inamovible, aunque eran muy distintas. Lea era una escocesa terca con ideas propias. Apreciaba por igual ir a una fiesta que salir a cazar al monte envuelta en un tartán y con una daga al cinto. Tina, por el contrario, era como una mariposa: siempre inmaculada, correcta, sin saltarse nunca las normas. Tal vez sus diferencias eran las que las mantenían unidas.
—En la pareja que elegiré para el siguiente baile —contestó Lea—. Y en lo espantoso que es este vestido.
—El vestido no tiene nada de espantoso, cariño, sólo a ti te lo parece. Fíjate en los jóvenes que no dejan de mirarte. A juzgar por la cantidad de peticiones de baile que te han hecho, te sienta estupendamente. Creo que te lo regalaré. Y ahora en serio, ¿en qué estabas pensando?
Lea se rindió. Tina parecía a veces algo cándida, pero tenía el olfato de un podenco.
—No puedo ocultarte nada, ¿verdad? Pensaba en mi padre. Y en mis hermanos.
—Mira que eres aguafiestas.
—Olvidaremos que existen por esta noche.
—Si hubiese sabido que ibas a cometer la locura de presentarte en Londres sin decir nada en tu casa, me habría mordido la lengua y no te habría puesto al corriente de las fiestas.
—Te agradezco que no lo hicieras, Tina. Edimburgo me resultaba aburrido y no podía resistirme a pasar unos días contigo. No tienes la culpa de mis locuras.
—Pero las alimento.
—Gracias a Dios. —Le guiñó un ojo.
—Sólo espero que no descubran el engaño.
—Amanda me cubrirá, le escribí antes de venir. Ya sabes que es una vieja amiga de la familia y seguramente está tan loca como yo. Dije que me iba a Aberdeen, así que nadie tiene por qué saber que no estoy allí.
Tina arrugó cómicamente su nariz, sin acabar de tenerlas todas consigo.
—Cualquier día te buscarás un problema gordo.
Lea asintió y suspiró. Lo sabía, sí. Pero le era imposible soportar el tedio y necesitaba evadirse de vez en cuando de la monotonía de su casa. Y lo que era más importante, de la agobiante protección de su padre, Neal McKenna, y sus tres hermanos.
Los músicos regresaron tras un corto descanso y un nuevo compás invitó a las parejas a ocupar la pista de baile. De inmediato, ambas muchachas se vieron rodeadas de caballeros. Tina apretó el codo de su amiga en un silencioso mensaje de afecto y, desestimando con una sonrisa a quienes la invitaban, se tomó del brazo de un admirador abandonando a Lea a los suyos.
Lea aceptó bailar con un joven atractivo y de aspecto melancólico. Pero tan pronto salieron a la pisa lo lamentó.
Hizo lo posible por seguir los torpes pasos de su pareja mientras volvía a fustigarse pensando en su escapada. Si la descubrían estaría metida en un buen lío.
Nadie de su familia compartía su afición por Londres. Recelaban de los ingleses que durante siglos les habían perseguido y que habían hecho sufrir a uno de sus hermanos. Así que siempre planeaba ardides para poder visitar a Tina y disfrutar del ambiente distendido de la capital.
Ahora, lo que la preocupaba era un posible castigo. Los que se había ganado hasta entonces no pasaron de unos cuantos días encerrada en la torre sin poder salir a cabalgar con sus hermanos. Sin embargo, en esa ocasión, su arresto domiciliario podría llegar a durar una década. O dos. Eso si su padre no la mataba después de volver a gritar por millonésima vez que estaba harto de sus intrigas.
Su compañero de baile tropezó, la pisó y dejó de bailar. Lea le miró, un tanto molesta. Él no disimulaba un gesto de desagrado y ella siguió la invisible línea de sus ojos al tiempo que los rumores se extendían por la sala.
—¡Por Dios! —murmuró su acompañante—. Nunca pensé que tuviera el valor de presentarse hoy aquí.
—¿Qué sucede?
—Ormond —dijo él por toda explicación.
—¿Quién?
El soso adonis señaló con la barbilla.
—Hay que tener mucho valor y muy poca vergüenza para venir a la fiesta. Después de lo sucedido...
—¿Sucedido? ¿A quién?
El joven la sujetó por el codo y la condujo fuera de la pista.
—Lo lamento, señorita McKenna, debo marcharme.
Lea se quedó perpleja al ver alejarse a aquel cretino.
Los invitados cuchicheaban en grupos y no dejaban de echar ojeadas hacia la entrada del salón. Se aupó de puntillas cuanto pudo para tratar de averiguar qué era lo que había causado tanto revuelo. Un individuo, junto al anfitrión, parecía captar la atención de todos. Alguien se le situó delante y lo perdió de vista. Palmeó levemente el hombro del caballero y le dijo:
—¿Le importaría hacerse a un lado?
El hombre que acababa de llegar era alto, ancho de hombros y cabello oscuro. ¿Qué tenía de especial, aparte de un porte excelente?, se preguntó Lea. ¿Por qué todos parecían tan afectados?
—Es increíble —oyó que decía Tina a su lado.
—¿Quién es?
—Ormond.
Lea aguardó a recibir más información. Pero no la obtuvo. Era como si aquel apellido, a secas, lo aclarara todo.
—¿Quién demonios es ese tal Ormond, si puede saberse?
—¡Cuida tu vocabulario, Eleanor!
—Vamos, vamos, vamos —la apuró—. Mi pareja de baile se ha esfumado como si hubiera visto a un fantasma, los demás no pueden disimular su incomodidad y tú no me aclaras nada.
Tina se la llevó hasta la salita donde se servían los refrigerios.
—Es Clifford Ellis, el duque de Ormond.
—Nunca he oído hablar de él.
—Porque hace mucho tiempo que no vienes a visitarme. No estás al día. Es un individuo extraño y tosco que se mantiene alejado de la aristocracia. Vive aislado en Hallcombe House.
—Ese nombre sí me suena.
—Todo el mundo lo conoce por el Castillo de las Brumas.
—Bueno... —Lea estiró el cuello en dirección al recién llegado—. Pues desde aquí no parece tan extraño —murmuró fijándose en su elegante figura.
—Se dice que mató a su esposa embarazada.
Lea prestó toda su atención a su amiga, ahora ciertamente
intrigada.
—¿Estás de broma?
—No. —Se sonrojó un poco, como si de un secreto se tratara—. Bueno, todo el mundo dice que la mató. De todos modos, no pudieron probarlo. Se despeñó desde una de las torres del castillo durante la noche. No hubo testigos.
Las perfiladas cejas de Lea se arquearon.
—Si no hubo testigos, como dices, entonces son solamente
habladurías.
—Es un hombre horrible.
—¿Por qué?
—Pues porque... porque... —Se acentuaba el sonrojo en el bonito rostro de Tina—. No disimula lo que piensa. Dice que somos unos parásitos.
—Eso también lo dice mi padre. Le he oído decir mil veces que las personas deben hacer algo productivo en lugar de vivir de las rentas y mariposear entre salones de baile o clubes de caballeros. Y no me atrevería a decir que mi padre es un hombre horrible. Terco, sí. Recalcitrante, posiblemente. Pero nunca horrible.
—Ya salió tu vena de abogada de causas perdidas. ¿Alguna vez te pondrás en el lugar del resto de los mortales?
28
—Se irritó su amiga— Ellis es un tipo... intrigante, sombrío. Hasta se rumorea que tiene poderes.
—¿Poderes?
—Ya me entiendes... Poderes ocultos.
—¡Qué tontería! La gente tiene demasiada imaginación—Centró de nuevo toda su atención en el recién llegado. Le hubiera gustado que él se volviera para poder verle la cara—. Lo único que yo veo es un cuerpo impresionante. No me lo imagino hablando con espíritus.
—Además, se ha acostado con la mitad de las mujeres de Londres.
—¡Qué potencia! —bromeó Lea. De inmediato se puso seria ante el gesto enfurruñado de su amiga—. Los libertinos no me asustan, Tina. En todo caso, me desagradan.
—¡Eres imposible! Supongo que será tu sangre escocesa. Pero, por una vez en tu vida, deberías tener en cuenta lo que te digo, querida. Ormond es peligroso. Algunas veces me he preguntado qué es lo que ven las mujeres en él. Resulta tan amenazador...
Tina se marchó con un revuelo de faldas, moviendo su abanico con celeridad, como un escudo contra los malos presagios.
Y Lea se propuso observar más de cerca a Satanás. Un demonio con una apariencia inmejorable, de negro riguroso, muy a contrapié de los colores de moda. Emanaba un halo intrigante que excitaba su curiosidad. Sí, ¿por qué no decirlo?... Resultaba ligeramente enigmático. Se preguntó si su rostro haría honor a su cuerpo. ¿Y Tina no entendía qué veían las mujeres en aquel sujeto? Seguramente estaba perdiendo vista. Se acercó cuanto pudo sorteando invitados. Fantaseó con la idea de que se lo presentaran, pero el anfitrión dejó escapar un disimulado suspiro de tranquilidad cuando el sujeto se despidió con una ligera inclinación y se dirigió a la salida.
Lea sólo acertó a ver unos mechones de cabello oscuro que caían sobre un rostro atezado. Pero justo en ese instante, antes de cruzar el umbral, Ellis se volvió hacia los presentes, como si los retara. Y algo se agitó en Lea ante unos ojos acerados, suspicaces e inteligentes. Y un punto amenazadores. Ojos de diablo. Pero, eso sí, un ángel del mal excitantemente atractivo.
Entonces, Ellis se fijó en ella.
A Lea se le paró el tiempo cuando se encararon en la distancia. Aquellas pupilas quemaban y una desazón incómoda corcoveó por su columna vertebral.
Pero el hechizo se rompió: una dama se acercó a Ormond y posó la mano en su brazo. Ellis pareció perder su interés e intercambió algunas palabras con ella. Surgió en Lea una repentina y estúpida animadversión hacia la mujer, que aumentó al auparse para susurrarle brevemente al oído, levantando apagados murmullos.
Ormond encogió un hombro, ahuecó de su brazo la mano de la dama, desanduvo sus pasos hacia el anfitrión y dirigió su vista a Lea. El conde de Westtin escudriñó a su alrededor, la miró directamente y cuchicheó algo al duque. Éste asintió, se volvió ligeramente para verla una vez más, como lo hiciera antes, y a ella le sobrevino la sensación de que la estaba desnudando en público. Un leve rubor le cubrió las mejillas, aunque nunca había
sido propensa a las muestras de timidez. Pero, a pesar de la comezón, se mantuvo firme, sin desviar su atención de él. Se propuso tratarlo con el mismo descaro y así lo hizo. La incomodaba sobremanera ser el centro de atención, pero sacó fuerzas de flaqueza y elevó el mentón.
Él parecía un lobo entre ovejas. O algo peor, se dijo Lea. Un ángel caído entre devotos creyentes. ¿Fue fruto de su imaginación o el duque le hizo una ligera inclinación de cabeza?
Lea no reaccionó cuando él se hubo ido, pero sí cuando Tina se la colgó del brazo.
—¡Te ha mirado! ¡Oh, Dios, te ha mirado, Eleanor!
—Me haces daño.
—¡Dime que no le conoces!
—Pues claro que no le conozco, Tina. ¿Qué es lo que te pone tan nerviosa?
—¡Oh, Señor...!
—Por cierto, ¿quién era esa mujer?
—¿Qué mujer?
—La que ha estado hablando con él.
—Amelia Hossman. Es viuda de un aristócrata austríaco, aunque nunca ha vuelto a utilizar el título desde que murió su esposo. Seguramente es la única amiga de Ormond y se rumorea que mantuvieron un romance. Ella parece estar lo bastante loca como para insistir en volver a conquistarlo.
Lea rastreó a la dama, que se perdía ya entre los bailarines que ocupaban de nuevo la pista. El demonio se había ido y los mortales retornaban a la actividad, se dijo.
Durante el resto de la velada no hubo otro tema de conversación que no fuera la corta e inquietante visita, y Lea escuchó tantas historias disparatadas que acabó hartándose y decidió abandonar la fiesta.
Mientras el carruaje que la devolvía a casa de los Bermont
traqueteaba por las oscuras calles londinenses, no pudo dejar de pensar en Ellis. ¿Realmente era un asesino?, se preguntaba. Lea no se dejaba influenciar fácilmente por comentarios maliciosos. Para hacerse un juicio de valor siempre intentaba conocer las dos partes. Sin embargo, algo le decía que cuanto más lejos estuviera de Ormond, mejor para su tranquilidad.


31 comentarios:

Estefania Álvarez dijo...

Me encanta el ambiente gótico de la novela, y sus personajes me han hipnotizado y agradado en solo unas páginas. El prólogo me ha absorvido por completo.

Pesadillas, accidentes vistos como asesinatos. ¡Un tétrico castillo y fantasmas!

¡Cuánto misterio!

Estoy deseando leer la novela :) Mucha suerte!

Lily dijo...

Hola :)
Acabo de conocer el blog y me encanta :)
¡Me apasiona leer y me ha encantado este capítulo!
¡Sin duda te sigo!

Un besito


El rincón de los sueños perdidos

Nieves Hidalgo dijo...

Estefanía,
muchísimas gracias por leer este avance. Espero de verdad que te guste la novela. Misterios y aventura hay muchos en ella.

Un beso muy fuerte.

Nieves Hidalgo dijo...

Lily,

muchísimas gracias por entrar a este blog y leer el inicio de Brumas. Tampoco yo conocía tu blog, pero me he pasado y es precioso.
Espero que nos sigamos una a la otra.

Miles de besos

Amparo dijo...

!Chica! ya me parecio que seria interesante cuando colgaste la Sinopsis y comentamos la portada, ya se veia venir que tendria intriga, pero ahora que he leido lo que acabas de colgar tengo clarisimo que tendra de todo y bueno, yo ya me la he encargado en Navlan para cuando salga por si acaso se agota enseguida. Te pronostico un gran exito, del cual me alegrare muchisimo. Recibe un fuerte abrazo.

Nieves Hidalgo dijo...

Amparo, eres un sol.
Gracias por tu ánimo y por encargarla. De verdad, espero que te guste, ya me contarás.

Un beso muuuuuuy fuerte.

Anónimo dijo...

Me gusta mucho cómo ha comenzado la novela. Me ha dejado con muchas ganas de seguir leyendo, como siempre claro!!! ya queda poquito para tenerla..... je je je. Va a ser un nuevo éxito seguro!!!
Un besazo.Marta

Nieves Hidalgo dijo...

Marta, un millón de gracias por haber leído estos capítulos.
Espero haber dado el punto suficiente de intriga como para teneros inquietas durante la trama. Ya me contarás tu opinión.

Niña, te quiero un montón.

raquel dijo...

...pero Nieves me tiro unas semanas sin aparecer y me encuentro con ésto? A ver, qué te hemos hecho nosotras para que siempre nos dejes a medias?? jooo!aunque bueno ya queda menos para mayo, hasta nada, y tendré que hacer dos huequillos en la estantería, que como siga así se cae fijo!! por cierto "una repentina y estúpida animadversión hacia la mujer"?? ESO SON CELOS MONINA!! y desde el minuto uno, anda que no nos queda nada con la muchachita!! MUCHAS GRACIAS POR TODO.

...suerte y un besazo a todas todas...

Nieves Hidalgo dijo...

Raquel, lo sientooooooooo. Que no quiero que tengas un problema doméstico con la estantería, de verdad.
No tengas celos de Lea, que es un amor y te caérá bien, ya lo verás. Si lo va a amar tiernamente, mujer...

Montones de besos, guapetona.

Natàlia Tàrraco dijo...

NIEVES, disculpas he estado fuera en Italia, hasta ahora no he podido leerte, pero nunca es tarde si la dicha es mucha, como adivino en esta nueva obra tuya, brumosa, vengativa, fascinante en el prólogo.
Mañana sigo leyendo amiga mía, que esto promete muuucho.
Besitos y suerte y éxitos.

Nieves Hidalgo dijo...

Natàlia, preciosa, es que no paras de darte la vida padre. ¡Ay, Italia! ¿A que es una maravilla?

No te preocupes por entrar o no, yo sé que estás siempre ahí. Tampoco yo he tenido tiempo para visitar blogs amigos, pero de esta semana no pasa, ya sabes que me fascina todo lo que vas colgando.

Besos y abrazos.

Willowgreen dijo...

Hola, holita, linda;

Jooooopé, me ha encantado lo que he leído. Me he quedado atrapada nada más empezar y llena de curiosidad. Estoy deseandito que llegue mayo para que salga el libro y devorarlo de una sentada. ¡Qué intriga!
El conde (O es duque? se me ha ido la cabeza, serán las horas jaja)es de los personajes que más me gustan; misteriosos, malotes en aspecto, pero segurísimo que de lo más tiernos.
La escocesa también me ha encantado. Se ve que tiene carácter. Espero que se coma con patatas fritas a la viuda y ponga firme al maromo malote :)

Un besote fuerte. Mucha suerte con la novela.

Nieves Hidalgo dijo...

Willowgreen, siempre tan amable y visitando este humilde blog.
Gracias por leer los primeros capítulos. Te aseguro que intriga y misterio hay bastante en Brumas.

Mil besos y mil besos más

Natàlia Tàrraco dijo...

!Nieves! ahora sí que le he leído los dos capítulos.
Chica, te superas, en el primero he creído volver al Manderley de "Rebeca", fantasmas, muros fríos, brumas, lluvia, terror y angustia. ünicamente le faltó la tétrica ama de llaves. Atmósfera intensísima de misterio escrito soberbiamente, casi visualmente.¿Nos deleitarás con una novela impregnada de misterios, poderes ocultos y una pasión que ya se intuye?
Cambio de escenarios, aunque Escocia te es muy grata, Londres no desmerece, ni ese baile de aristócratas tachados de inútiles, !bien dicho Lea!
Ayyy ese duque inquietante y atractivo, ayyyy, no será tan duro como la piedra ¿o si?
Lea se perfila como una de tus protagonistas, decidida, nada mojigata, rebelde, indomable.

Te sigo amiga descabalgando camino de Marsella, con los cruzados. Besitoooo a la espera.

Nieves Hidalgo dijo...

Natália, guapetona!!!
Eres un cielo.
No te preocupes, que hay personajes misteriosos y... ama de llaves, sí. jejeje., No podía faltar un ama de llaves en la residencia de un duque.

Mil besos.

Pilar Cabero dijo...

Uy, que primeros capítulos más intrigantes. Quiero más.
Menos mal que sale este mes^.^
Besitos

Nieves Hidalgo dijo...

Pilar, tú y yo estamos de parto casi. jajajja.

Besos, guapetona.

Arlette dijo...

Mira que el título me atrae, me dice tantas cosas en una sola palabra.
Muchas felicidades Nieves, aunque no te hacen falta.

Un beso guapa.

Nieves Hidalgo dijo...

Arlette, ya sabes que vuestra opinión vale su peso en oro. Si te gusta, hemos avanzado mucho.

Un beso, guapetona

Carolina dijo...

Buenoooo, paso por aquí deprisa, volando, porque quería dejarte mi abrazote y besos, para que tenga éxito, que seguro lo tiene.
No he leído nada pero me gusta, jor, jor...;))))

Nieves Hidalgo dijo...

Un beso fuerte, Carolina.

Isabel dijo...

Acabo de terminar Brumas y me ha encantado (salvo la palabra "rebobinar" :-D)
Mi pregunta es: ¿Habrá serie? (sería grato leer un "sí")
La descripción de los personajes secundarios, y su trama, está tan bien perfilada que se lo merecen (al menos a mí me lo parece).
Felicidades.

Nieves Hidalgo dijo...

Isabel, mil gracias por leerla.
Me has dejado intrigada con la palabrita, voy a buscarla porque no la recuerdo.
Siento decir que de momento no se trata de una serie, aunque muchas lectoras piden la historia de Sean y Tina, pero hay otros proyectos que terminar.

Un beso muy fuerte.

Nieves Hidalgo dijo...

Isabel, como lo prometido es deuda, te contesto a lo de "rebobinar". Es que me habías dejado intrigada, de verdad.

Es posible que al leer "el cerebro de Lea rebobinó a propósito de Cliff", hayas pensado en electricidad.

Es lógico, porque el algo con lo que convivimos a diario. Pero la frase nada tiene que ver con ciruítos eléctricos, como imagino habrás entendido, ya que rebobinar significa también enrollar/desenrollar, que es a lo que me refería en esa parte de la novela.

Te agradezco el comentario porque así, si alguna otra lectora se había quedado con la duda, lo hemos aclarado.

Un beso.

Anónimo dijo...

Ojalá que cuando termines tus otros proyectos (o cuando necesites relajarte un poco), puedas pensar en continuarla. La historia de Tina y Sean con Sam y Dauly en el medio daría un toque humorístico, y sus diálogos serían todo un reto. Incluso hasta el fantasma Mackenna podría dar un toque especial. Aun así entiendo que hay otras cosas por hacer, y a veces es mejor dejar descansar a los personajes. Suerte en tus nuevos proyectos.
Isabel.

Nieves Hidalgo dijo...

Isabel, te agradezco tus palabras en lo que valen.
No lo dudes, tomo nota de lo que me dices (otras muchas lectoras me han pedido esa historia).

Te mando otro beso.

Anónimo dijo...

Acabo de terminar el libro y Nieves, no dejas de sorprenderme. Me ha enganchado desde la primera línea.
Gracias por estas maravillas.
Un saludo, María

Nieves Hidalgo dijo...

María,
gracias a ti por dejar tu comentario. Eres un cielo.

Muchos besos

lorenna dijo...

hola nieves, somos unas lectoras del foro "abrete libro" y hemos leiso juntas tu libro Brumas, nos ha gustado mucho... pero nos ha quedado una duda ¿que pasa con sean y tina? si puedes pasarte x el foro y decirnos si hay 2º parte te lo agradeceriamos, saludos. lorenna

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, Lorenna.
He intentado contestarte por el foro, pero no me ha sido posible, así que te contesto por aquí. Espero que veas la respuesta.

La historia de Sean y Tina no está escrita, son simplemente personajes secundarios de Brumas que, es posible, en su momento tendrán su propia historia. De momento, hay otros proyectos en marcha que me impiden escribir sobre ellos.
Gracias por interesaros.
Un millón de besos para ti y para todas las chicas del foro Ábrete Libro.