domingo, 23 de diciembre de 2018

Artículo: El calzado

Al que se le ocurrió la grandiosa idea de poner algo en los pies, para no andar pisando los pedruscos del camino, no sé yo si deberían hacerle un monumento. Y digo que no sé porque, aunque es verdad que vamos más cómodos, para algunas mujeres es un vicio incontrolable ese de buscar zapatos. 

Ya en el Paleolítico, los humanos se dieron cuenta de que eso de andar descalzo... como que no molaba. Así que se pusieron pieles envueltas, sujetas por otras tiras de piel, y ancha es Castilla. ¿Qué no os lo creéis? Pues hay pinturas rupestres de hace más de 10000 años, que lo demuestran, mujeres de poca fe. 

Ahora bien, el zapato ha evolucionado, como todo, y es ahí donde me gustaría contaros lo que he podido encontrar. 

En Egipto no se calzaba ni el Tato, solamente el faraón y los dignatarios más importantes, tenían derecho a protegerse sus lindos pies, incluso poniendo en las sandalias adornos de oro. Hala, como siempre al pueblo que lo zurzan. 

Los griegos fueron algo más sensatos: cualquier hombre que fuera libre podía encargarse un par de zapatos y lucirlos por las calles. Sandalias, claro, que otra cosa no había en la época. Eso sí, no todas las sandalias eran iguales, había de distintos tipos dependiendo de la profesión, no eran iguales las de un guerrero -más resistentes- que la de un comerciante -más suaves-. Ojo que he dicho los hombres libres, porque allí y en Roma, los esclavos iban descalzos, no os dejéis engañar por las películas de Hollywood. 

El zapato, o sandalia, llegó a convertirse en un símbolo de status social, va cambiando, se va plegando a la moda y busca la estética. O seasé, que se va volviendo pijada. 

Curiosidades: Carlos VIII usaba zapatos de punta cuadrada porque tenía 6 dedos en los pies. Luis XIV se buscó los medios, haciendo que se pusieran de moda los tacones, porque él era bajito. 

Llega la Revolución francesa y con ella un modo distinto de ver el calzado. No solo cambia y se simplifica el zapato, haciéndolo algo cómodo y no tan emperifollado como los que se usaban en la época del Rey Sol, sino que comienza a tener adeptos los botines. Como es lógico, mucho tuvo que ver la maquinaria que se utilizó para la confección del calzado, creando una industria que ha perdurado hasta nuestros días. Las clases sociales altas, se los encargaban a los artesanos, que cobraban a veces una fortuna por unas buenas botas. Como ahora. Y si no, vete y encarga unos zapatos a medida, verás el susto que te dan. 

Otra curiosidad: antes del XIX no existía zapato del pie izquierdo y zapato de pie derecho, los dos eran iguales. 

La primera bota para mujer se diseñó en 1840, por la Reina Victoria. Queda claro que esta mujer tenía inteligencia. 

Llega el siglo XX. Llegan las guerras y escasea el material, teniendo que olvidar el cuero para hacer los zapatos más baratos. Pero la moda del calzado es ya imparable y aparecen los zapatos para mujer con tacones de aguja, que hacen la pierna estilizada y destrozan los pies por muy bonitos que queden puestos. Claro que, como las mujeres podemos ser presumidas, pero no tontas, se llevan también los zapatos bajos y cómodos. 

La excepción la encontramos en la cultura china, donde las mujeres -yo diría que los hombres-, veían en el pie pequeño un signo de hermosura. Para ello, se llevaba a cabo la atadura de pies, una práctica dolorosa y terrible que se empezaba a aplicar a las niñas más o menos a los seis años, y deformaba los huesos. A veces, incluso, se rompían los dedos de las niñas para impedir que crecieran los pies. No es que dieran pasitos cortos porque era femenino, es que no podían apenas caminar con los huesos fracturados. En un principio, solo las hijas de familias ricas lo sufrían, pero se extendió de forma alarmante entre la población. Desde el siglo X hasta el siglo XX, fue una práctica común. Y es que esos pies de apenas diez centímetros de largo, se consideraban sensuales (¿?). 

En la actualidad, el calzado es un mercado que mueve miles de millones. Lo que no puedo asegurar es que hayamos avanzado mucho en este campo, cuando veo los modelos repletos de piedras preciosas que lucen algunas actrices en la alfombra roja, o esos otros que resultan estrafalarios y que te preguntas si es posible que alguien los compre. Pues sí, los compran. Y es que el mundo ya no sabe qué hacer a veces para llamar la atención.

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