lunes, 20 de septiembre de 2010

Luna de Oriente - Primer capítulo




Os copio aquí el primer capítulo de mi próxima novela para que os vayáis haciendo una idea de lo que podéis encontrar en el libro.
A ver qué os parece...





1

Inglaterra, 1800. Reinado de Jorge III


El bebé ronroneó y se metió un dedito en la boca,
succionando con deleite. La mujer que lo llevaba pegado
a su pecho le acunó, procurando que permaneciera
en silencio y bajó las escaleras con premura. Tenía que
escapar para proteger a su hija.
Vestía la ropa con la que llegó a la mansión, la que
siempre le perteneció y la señalaba como Shylla Landless.
Paria. Gitana. Una mujer sin tierra —como su propio
apellido indicaba—, y ahora sin futuro. A punto de
tropezar en el último peldaño, la criatura dejó escapar
un gorjeo y la apretó más contra sí, cubriendo su cabecita
con el manto. Su corazón latía con fuerza, a punto
de estallar. Alcanzó la puerta, la abrió con cuidado y
oteó el exterior. Era una noche oscura y el viento racheado
azotó su rostro. Se cubrió ella misma con la capucha
de la capa, la única prenda que se llevaba, regalo
del duque.
No se arriesgó a tomar montura o landó. Nadie de-
bía saber de su marcha o acabarían con su hija y con ella.
Al atravesar el jardín de Mulberry Hill, se permitió un
último vistazo por encima del hombro hacia la construcción,
hermosa y acogedora aún en medio de la bruma
que la rodeaba, donde fue feliz. Allí dejaba su amor
y su vida y se le escapó un sollozo angustiado. Había
alcanzado las estrellas junto al hombre que amaba y
ella, una gitana, pagaba ahora su audacia.
Tragándose las lágrimas se despidió del hombre que
la había amado y al que ella amaría hasta el fin de sus
días. Habían sido dos años de ensoñación y lujos, que
ahora quedaban atrás. Cuando le anunció la llegada del
bebé, él enloqueció de alegría, juró que se casarían, que
la convertiría en su duquesa —a Nell Highmore le importaban
poco los estamentos sociales—. Y ahora ella,
Shylla, pagaba su bondad causándole dolor. Le arrebataba
a su hija, a su heredera. Pero era eso, o arriesgarse
a que la muerte alcanzara a la pequeña.
Shylla llegó a la orilla del río, el alma desgarrada. Ya
no ocultaba las lágrimas. La corriente era fuerte, pero
ella conocía cada tramo del río y no tardó mucho en
hallar un badén para cruzarlo sin peligro. Sus pies sorteaban
las rocas de la pequeña cascada y el agua helada
los atravesó como si de mil agujas se tratara.
Minutos después, se dejaba caer sobre la hierba, aterida
de frío y agotada. La pequeña seguía durmiendo,
protegida en sus brazos. Era un ángel pequeñito y dulce.
Pensó que el mundo era injusto, que aquella criatura, que
podía haber gozado de una vida de amor, jamás conocería
a su padre. Nell, su amado Nell.
Secándose las lágrimas con el borde de la manga se
incorporó. Miró al otro lado. Sobre la loma, la mansión
parecía llamarla, rogarle que regresara al calor de su
habitación, la que compartía con su amado. No era
posible. Debía salvar a su hija del mal que acechaba en
aquella casa, de los que querían acabar con ella. La última
nota había sido clara: o desaparecía o Christin aparecería
muerta en su cuna. Nada había contado a Nell
cuando a la semana de nacer la niña se había encontrado
una daga dentro de la cuna. La había guardado entre
los pliegues de su bata para no alarmarlo, pero ya
entonces la advertencia dejaba pocas dudas. Cualquiera
podía llegar hasta la criatura y asesinarla mientras
dormía. Ni siquiera la fortuna del duque era capaz de
parar una mano asesina si aquélla decidía actuar contra
Christin. Y ella tenía miedo por su hija. Amaba a Nell,
pero había decidido sacrificar su amor por el bien de la
chiquitina.
Se quitó la capa y la arrojó al río.
La prenda se dejó arrastrar por la corriente y los
ojos almendrados de Shylla la siguieron hasta que, en
un tramo de mayor profundidad, se enganchó al ramaje
a ras de agua y allí quedó meciéndose. Si la encontraban,
probablemente pensarían que habían perecido
ahogadas.
Un relámpago iluminó a la gitana y a su bebé y pareció
cernirse sobre las altas torres de Mulberry Hill,
como el presagio de algo horrible. Shylla tiritó y, dando
la espalda al castillo, comenzó a caminar lo más aprisa
que pudo tratando de pasar el calor de su cuerpo al
de su hija. Su propia gente estaba cerca, acaso a dos
horas de marcha. Si Dios la ayudaba, antes de amane-
cer podrían partir con ellos y desaparecer para siempre.
Para cuando el duque ordenara la búsqueda, ellas ya
estarían muy lejos. El pensamiento la hizo estallar de
nuevo en sollozos, pero no aminoró el paso decidido
que la conducía a los suyos, a los que realmente siempre
fueron su gente, su familia, su verdadero hogar.
Tres horas después, aterida de frío y agotada por la
larga caminata, Shylla Landless entraba en el campamento
gitano. El alboroto que causó su presencia, alertada
por un tipo joven de guardia vino a despertar a la caravana
en pleno. Una mujer se hizo cargo de la niña porque
la muchacha llegaba sin resuello. El jefe de campamento,
un hombre de edad indefinida, alto y enjuto, con el
cabello ya plateado y los ojos como la noche, la abrazó.
Shylla rompió a llorar de forma desconsolada y se
abrazó a él.
—Hemos de irnos —dijo, cuando pudo recuperar
la compostura—. ¡Mané, hemos de irnos ahora mismo!
Las facciones severas y morenas de éste se contrajeron.
—¿Él te ha echado?
—No. Nell me ama, Mané. Me amará siempre y yo
le amaré hasta la muerte.
—Entonces... ¿A qué tanta prisa?
—Mi hija ha sido amenazada de muerte.
—¿Por quién?
—No lo sé. Pero estoy aterrorizada. Debemos partir
ahora, abandonar estas tierras. El mal se oculta tras
los muros de Mulberry Hill.
El anciano jefe de los gitanos se fijó detenidamente
en el rostro lloroso de la joven. Era hermosa. Tanto, que
él ya había previsto desde que era una chiquilla, que su
hermosura podría acarrear problemas a todo el grupo.
Ahora se cumplía aquella premonición. Pero él no era
quién para disuadir a la muchacha; ella sabía mejor que
nadie lo que debía hacerse y si decía que tenían que irse,
se irían. Habían estado muy a gusto durante largos períodos
asentados en las que eran las tierras del duque de
Mulberry, pero al parecer la tranquilidad se evaporaba.
Sus cansados huesos habían acabado por tomar afecto a
aquel paisaje, porque nadie les molestaba cuando asentaban
el campamento en el territorio, pero Shylla ahora
era la prioridad. Había que partir a otros destinos. Dio
algunas órdenes y el campamento comenzó a movilizarse.
En menos de una hora, como era habitual en ellos,
acostumbrados al nomadeo, todo estuvo dispuesto para
la partida. Hizo montar a Shylla y a la pequeña Christin
en su carromato y a un movimiento de su aún fuerte brazo,
las carretas se pusieron en marcha.
Minutos después, sólo las cenizas de las fogatas apagadas,
algunos restos esparcidos y las huellas de los carruajes,
delataban lo que fuera el asentamiento gitano.


Baristán, 1800. Al este de Turquía


El tumulto que llegaba hasta la recámara de Jabir
Ashan, que en ese instante trataba de revisar algunos
documentos presentados por su visir, le sacó de sus cavilaciones.
Levantó la cabeza de los papeles y frunció el
ceño. Sus ojos, oscuros como tizones, llamearon. Miró
al visir que se encogió de hombros ante el ruido del
barullo que ya llegaba hasta el patio.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó Jabir, incorpo-
rándose y llegando hasta las ventanas que cubrían hermosas
celosías—. Umut —ordenó a uno de sus hombres
de guardia—, ve a enterarte.
El fornido guardián hizo una inclinación de cabeza
hacia su amo y corrió presuroso al exterior. Jabir volvió
a tomar posición sobre la alfombra, con las piernas
dobladas bajo su cuerpo e indicó al otro que volviese a
sentarse, pero ya no pudo concentrarse en lo que estaba
haciendo.
—Si es otra vez culpa de Kemal, voy a arrancarle la
piel a tiras —murmuró entre dientes, sin que se le escapara
la sonrisa del visir—. ¿Qué es lo que te hace tanta
gracia, Abdullah?
—Nada, mi señor. —Pero siguió sonriendo de oreja
a oreja, sin poder evitarlo.
—Está malcriado.
—Sí, mi señor.
—Me saca de mis casillas —insistió el bey.
—Lo sé, mi señor.
—Entonces, ¡maldita sea!, ¿por qué esa sonrisa?
Abdullah no fue capaz de contenerse más y dejó
escapar una risa franca. Bajó los ojos hacia la costosa
alfombra que cubría todo el suelo de la pieza y dijo:
—Le vi tratando de subir al tejado.
—¡Por la túnica de Alá, hombre! —El bey pegó un
brinco que le dejó de pie, pálido como un muerto—.
¿No se lo has impedido?
Abdullah le miró, aún sonriente.
—¿Cómo impedirle nada a Kemal, mi señor? Es
peor que un tornado, no hace caso a los consejos, ni siquiera
a vuestras amenazas. Recordad el mes pasado
cuando le dijisteis que le encerraríais en una mazmorra
durante una semana a pan y agua, si volvía a montar
vuestro caballo preferido.
—Lo montó —rugió la voz del bey.
—Lo montó, en efecto. Y vos fuisteis incapaz de
encerrarlo. Mucho menos tenerlo a pan y agua.
Jabir comenzó a pasearse por la sala, inquieto y muy
enfadado. Su visir tenía razón. Su heredero era un caso
perdido. Por desgracia, no había tenido hasta entonces
más que niñas de sus mujeres. Su único hijo varón era
Kemal. Su primer varón. Una puñalada de orgullo le
atravesó el pecho. Otra de dolor, recordando a la mujer
que le había dado a luz, aquella hermosa inglesa
muerta hacía ya tres largos años. La había amado como
a ninguna otra, había sido su kadine, su luz. Pero se
había apagado tras una larga enfermedad que acabó con
ella y con sus ganas de seguir viviendo. A pesar del dolor,
hubo de continuar. Por su hijo, por sus otras tres
mujeres, por su país. Demasiadas personas dependían
de su vigor como para abandonarse a la pena. No había
tomado más esposas, de todos modos, manteniendo a
las tres que tenía, ni había incrementado su harén con
más esclavas, aunque debió aceptar el bienintencionado
regalo de dos hermosas muchachas. Ninguna de
ellas le había dado hijos varones, de todas formas. Por
eso Kemal era tan imposible; la pérdida de su madre no
había ayudado, ciertamente, en nada.
—La culpa de todo la tienen las mujeres.
—No podéis culparlas a ellas, mi señor. Le miman,
es cierto, pero...
—Le miman en exceso.
—Así es. Kemal es un niño que se hace querer. Les
sonríe, les regala flores...
—¡Que roba de mis jardines!
—Que roba de vuestros jardines, claro está, mi
señor —sonrió de nuevo el visir—. No pretenderéis
que una criatura de diez años vaya a comprarlas al zoco.
Los ojos del bey se encendieron por la broma, pero
se calmó de inmediato. No podía hacer pagar su malhumor
a quien tenía delante. Le servía bien, era su amigo,
su confidente, el que regía Baristán en sus cortas
ausencias al extranjero; alguien en quien podía confiar.
El guardián entró en ese momento. Se notaba la palidez
de su rostro a pesar del ébano de su piel.
—¿Y bien? —interrogó el bey.
—Parece que se ha roto una pierna, mi señor. Está
en el jardín de las gozde, mi amo.
—¡Por la tumba de Carlomagno! —bramó Jabir. Y
salió corriendo de sus dependencias.
Atravesó dos patios, llegó al de las gozde, unas doce
mujeres, a cual más bella, que se afanaban en atender al
muchacho. Hubo un revuelo ante la aparición del bey
en el lugar, puesto que él no acostumbraba nunca a entrar
en el harén, sino que mandaba llamar a sus mujeres
a sus aposentos. Con rapidez, se hicieron a un lado poniéndose
de rodillas con la frente tocando el suelo, y
Jabir pudo descubrir a su heredero en medio del corro.
Se sujetaba la pierna derecha y se mordía los labios. Su
rostro, atezado y hermoso, casi como el de una mujer,
hablaba de dolor, pero el bey vio con orgullo que ni siquiera
tenía lágrimas en los ojos. A su lado, otro chicuelo
de casi su misma edad, parecía más dolorido que él.
Se plantó delante de Kemal con las piernas abiertas y los
brazos cruzados sobre el pecho.
Kemal supo de quién se trataba nada más ver las
babuchas y las piernas enfundadas en tela de raso verde.
Poco a poco alzó la cabeza y sus ojos, inmensos y
grises como el acero de las gumías, miraron sin vacilación
a su padre.
—Lo siento —dijo.
Jabir, al escuchar el tono apenado del crío, hubo de
morderse los labios para no reír abiertamente. El muy
maldito se disculpaba de un modo que más parecía un
gruñido, desde luego sin ánimo de aparentar que lo sentía
realmente.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha caído del tejado —informó la voz suave de
una mujer a espaldas de Jabir, la única que permanecía
de pie. Cuando el bey la encaró, estaba pálida—. Nos
dimos cuenta que estaba en el tejado cuando se escurrió
y lanzó una maldición, mi señor.
Jabir sonrió a la mujer y le tocó la cabeza con afecto.
Era su hermanastra y la que dirigía el harén con
mano firme. Aunque podía haber escogido vivir en
cualquier parte después de casarse con un diplomático
turco y enviudar, había preferido regresar con su hijo
al harén de Jabir, donde se crio y donde había pasado la
mayor parte de su vida. A Jabir le pareció una idea excelente
porque, desde entonces Okam, su sobrino, había
sido el único compañero de juegos de Kemal. Gracias
a ella, su hijo tuvo una segunda madre.
Jabir se volvió de nuevo hacia su hijo y cruzó otra
vez los brazos sobre el pecho, postura que sabía amedrentaba.
—¿No tienes nada que decir, jovencito?
Kemal dejó escapar todo el aire de sus pulmones.
Hizo intención de ponerse de pie delante de su progenitor,
pero la pierna le falló y no cayó gracias a la intervención
de su primo. Sus ojos se cubrieron de lágrimas,
pero con un esfuerzo elevó la mirada hacia Jabir y se las
tragó.
—Siento no poder levantarme en tu presencia, mi
señor —dijo—, pero creo que me he roto una pierna.
—Y yo voy a romperte los huesos un día de estos
—zanjó el bey, despertando las risitas de las muchachas
y el acaloramiento del pequeño—. No me das más que
disgustos.
—Ya dije que lo lamento —gruñó el crío.
—¡Y un infierno! —El pecho del bey se hinchó al
tomar aire—. Partirás a Inglaterra dentro de una semana
—sentenció.
El murmullo de las mujeres se extendió por el patio
y los ojos del muchachito se abrieron como platos. Tragó
saliva al ver la decisión reflejada en el rostro del bey
y supo que había ido demasiado lejos. Debía callarse y
acatar las órdenes de su padre y señor, pero la noticia le
hizo hervir la sangre.
—No deseo irme de Baristán —dijo en tono rotundo.
—Me importa poco lo que desees, Kemal.
—¡No puedes obligarme! —acabó por gritar.
Jabir dio un rápido vistazo a sus mujeres para ver el
efecto que la rebeldía de su hijo había causado. Todas y
cada una de ellas, incluído su hermanastra, seguían postradas
en el suelo y con los ojos bajos. Nunca, nadie, se
había atrevido a contravenir sus órdenes y... No, eso no
era cierto. Hubo alguien que no sólo contravino sus
mandatos desde que llegase al harén, sino que se le enfrentó,
luchó con él y hasta le insultó... antes de conse-
guir seducirla y convertirla en su esposa. No debía olvidar
que aquel chiquillo que ahora le devolvía una
mirada llameante de furia era hijo de aquella mujer. Jabir
pensaba algunas veces que el mocoso tenía más sangre
inglesa que turca; al menos era tan cabezota como
lo fue su madre. Le amaba más que a nada en el mundo,
pero no podía permitir que se le revolviese o todo su
mundo se vendría abajo. El harén tenía unas normas, un
modo de hacer las cosas y Kemal no podía saltárselas
todas. Achicó la mirada y sus ojos oscuros taladraron
al niño.
—No solamente voy a obligarte a partir, Kemal
—dijo—, sino que tu osadía ha traspasado los límites y
serás castigado. —Se dirigió hacia uno de los eunucos
que, en pie y silenciosos como estatuas, guardaban las
puertas del patio—. ¡Cinco latigazos!
Kemal se ahogó al escuchar el castigo. Su rostro perdió
el color y hasta se olvidó de su pierna rota. Apoyándose
en el suelo se incorporó y consiguió quedar de pie
ante su padre. Si las miradas hubieran podido herir, Jabir
luciría un hermoso corte en el pecho. Encajando los
dientes para soportar el dolor de la pierna, Kemal, príncipe
de Baristán, alzó el mentón y retó una vez más al bey.
—Cinco latigazos, como a las mujeres que te desobedecen
o te irritan. No soy una mujer, padre. ¿Por
qué no diez? —preguntó con tanto orgullo y rabia que
las mujeres dejaron escapar una exclamación de asombro
y Jabir parpadeó.
El bey miró fijamente a su hijo. Era tan orgulloso
como lo había sido su madre. Tan orgulloso como un
maldito inglés. Pero también como él mismo. Acabó
por asentir en un gesto seco y dijo:
—Sea. Diez latigazos.
La sentencia hizo que algunas de las muchachas alzaran
su rostro e incluso Corinne, la tía del muchacho,
como un resorte, adelantó un paso al visir.
—No.
—Jabir, por favor.
—Mi señor...
Jabir esperó a que las protestas se apagaran y las
súplicas remitiesen. También espero, en vano, que se
disculpara Kemal. Sólo consiguió la mirada helada de su
hijo.
No solía asistir a los castigos.
Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no se imponía
castigo a nadie en palacio. Jabir no era partidario
de ese tipo de represalias y prefería mantener incomunicado
al infractor durante varios días dándole tiempo
a que recapacitase sobre sus actos.
Kemal se había pasado de la raya. Lo había retado
en público y no podía tolerarlo. Sus costumbres, su
modo de vida, las tradiciones, se sostenían a partir de
que él era la ley, dueño y señor de hacienda y personas.
Si dejaba que un chiquillo de diez años se le enfrentase
podía producirse un caos en su casa.
Por eso, en esta ocasión, asistió al castigo de Kemal,
aunque no fue en público, sino en las salas privadas del
bey.
El muchacho fue despojado de su túnica y atado a
uno de los postes de la enorme cama de doseles. No
había nadie a la vista, aunque Jabir intuía que todo el
mundo estaría pendiente de los berridos que, con seguridad,
se le escaparían al muchacho. No era frecuente lo
que iba a suceder y había pocas oportunidades en el
harén para que las mujeres olvidasen el acontecimiento,
aunque todavía no acababan de creerse que el bey
fuese capaz de castigar a su hijo, al que amaba más que
a la vida. Seguramente, cada una de ellas, eunucos incluídos,
esperaban que en el último momento anulase
la pena.
Jabir tragó saliva al ver la espalda desnuda del niño.
Hizo un gesto al kizlar agasi o jefe de los eunucos, una
imponente figura de casi dos metros de altura, de piel
negro oscuro y poderosa musculatura. Ismet asintió de
modo imperceptible, lamentando profundamente lo que
iba a hacer porque también amaba al muchacho, echó el
brazo hacia atrás y aplicó el primer latigazo.
Kemal apretó los puños y a Jabir le recorrió un escalofrío
cuando el cuero golpeó la carne. A pesar de
saber que aquel golpe y los siguientes serían todo lo leves
posible, siguió el movimiento de Ismet echando el
brazo hacia atrás y estuvo a punto de ordenarle que
parase. Afortunadamente, la mano de su visir sobre su
brazo le hizo ver que estaba haciendo lo correcto.
Una vez terminó la azotaina, la espalda de Kemal
mostraba marcas cárdenas que, sin lugar a dudas, irían
a peor. Pero el jovencito no se había quejado ni por su
pierna entablillada ni por los azotes. A Jabir, a pesar de
todo, el orgullo se le escapaba por cada poro de su piel.
Diez días después de aquello, y sin dirigirle aún la
palabra, Kemal Ashan partía del puerto de Baristán
hacia Inglaterra.



15 comentarios:

Anabel Botella dijo...

Otra novela tuya. Me va a gustar Kemal, seguro. Tiene una portada preciosa. Me lo quiero leer yaaaa.
Te deseo toda la suerte del mundo con esta nueva obra.
Tus admiradoras estamos de suerte ;)

Carolina dijo...

Síii, Anabel tiene razón (y me enterado por ella que habías colgado el primer capítulo). Yo también tengo muchas ganas de tenerlo y leerlo.
Suerte, suerte!! Salaam Aleikum!!

Marta L.Esteban dijo...

Bueno...solo el primer capitulo y ya estoy en ascuas!! Ays que llegue pronto!!
Un abrazo muy fuerte!

Saya dijo...

Hola!!!

Wow que bien! otra novela tuya!
La portada me parece preciosa y yo también creo que Kemal me va a gustar, y también Jabir!

Nieves Hidalgo dijo...

Buenos días, amigas.
Falta poquito para ver a Kemal en papel.

Anabel, eres un cielo.
Carolina, como siempre, original.
Marta, espero que te guste, de verdad.
Saya, gracias por estar aquí.

Niñas, de verdad, es una sueerte teneros.

Besos y más besos

Eleanor Atwood dijo...

Hola Nieves,

Este primer capítulo pinta realmente genial. Aunque vivo fuera, intentaré conseguir el libro cuando salga.

Saludos.

Carmen dijo...

Otra novela tuya..otro sueño para nosotros y un éxito más en tu carrera.
Este otoño gracias a Mar y a ti, va a ser muy entretenido, que gusto!!

Por cierto, ya he terminado con unos clásicos a los que le tenía muchas ganas y ahora estoy leyendo Orgullo Sajón, como diría mi padre "Jacqueline, los tiene bien puesto..."jeje

Besazos

Nieves Hidalgo dijo...

Eleanor, gracias por tus palabras. Y yo espero que puedas conseguirla, ya se están metiendo algunas en Amazon y podrán llegar a todos lados.

Carmen, ya me darás tu opinión sobre la novela y sobre Wulkan. Gracias por leerla.

Besos a las dos

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Ainnnns, !Nieves!, dos ambientes, dos mieles en la boca, una lavanda, otra romero oriental...
Ainssss, Nieves, das en el tema gitano cuando más duele, hoy en Francia, por ejemplo.
Ainssss, Nieves, a Turquia me llevas y la conozco, me fascina y me fascinas de nuevo.
!Cómo eres! ainnnns, por el Cuerno de Oro, por el Topkapi!!!
Kemal siii, pero Ataturk, nooo.

Besitooos muuuchos, "habibi" quiere decir amor mío, Jabir???

Anónimo dijo...

Que bonito primer capítulo Nieves!! Me ha encantado pero como siempre... quiero más!!! ja ja ja
Gracias por ofrecernos este precioso regalo
Un besote Marta

Ángeles Ibirika dijo...

Precioso primer capítulo, Nieves. Es prometedor y engancha con rapidez. Menos mal que ya queda poco para leerla de un tirón.

Y lo digo por tercera vez… (creo) La portada es fantástica, y, por lo que veo e intuyo, hace justicia a la novela.

Un abrazo enorme.

Nieves Hidalgo dijo...

Natália, criatura, sabía yo que estabas loca (porque solamente los geniso lo están), jajaja.
Me entusiasma que te guste el tema. Y es que Topkapi es mucho Topkapi, ¿verdad? Tenía que haceer algo de eso porque me quedé fascinada de Turkia.

Marta, no sabes lo que me alegra que te guste el trocito que os he puesto. Los ánimos con qu eme arropáis no tienen precio.

Gracias y más gracias a la dos.
Besooooooooooooooooos

Nieves Hidalgo dijo...

Ángeles, tu opinión es importante y lo sabes, porque escribes como tu nombre.
Gracias, preciosa.

Mil besos

Anónimo dijo...

hola , me murto de ganas de tenerlo ja mismo cuando abra la llibreria ire a comprarlo XD .
es increible es el tipo de libro que me gusta i he estado buscando tanto

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, amigo/a anónimo.
Me alegro si te gusta el argumento y espero tus comentarios si al final la lees.
Gracias por entrar aquí, ya sabes que estás en tu casa.

Un abrazo