sábado, 18 de febrero de 2017

Lee Hijos de otro barro

Nos arrastramos por el puerto de Yorktown con los tobillos ceñidos por argollas y unidos a una corta cadena que apenas nos permitía caminar. Nuestro aspecto era el de auténticos asesinos: sucios, los rostros demacrados y sin afeitar, el cabello revuelto y un olor nauseabundo a bodega de barco. Miré de reojo al sujeto que, junto a mí, hacía esfuerzos para no caer de bruces y sentí una tristeza infinita. Por mí, por mis compañeros de presidio, por toda la sociedad, que nos había abocado hasta aquella agónica situación.

Mis lejanos estudios de filosofía me ayudaron a encontrar siempre el lado bueno del ser humano. Al principio. Después, mi condena dio al traste con esa visión y, sobre todo, con mi confianza en un mundo justo. Me sentía víctima de las circunstancias pero, más aún, víctima de la estupidez de los hombres, esos seres que se auto proclamaban civilizados.

Solamente una persona entre aquel montón de podredumbre que formábamos quieres compartíamos cada soplo de aire, cada trozo de pan duro y cada sorbo de agua estancada, me insufló un poco de ánimo. Había estado conmigo desde que mis huesos dieran en la prisión de Rhode Island. Impidió que cometiera la locura de saltar por la borda en la única ocasión que tuvimos de respirar aire puro.

Chester parecía estar hecho de granito. Su mirada nunca dejaba adivinar sus flaquezas. Era de otra pasta. Seguramente por eso se lanzó contra el carcelero que me agredió el día anterior. Seguramente por eso tomó como suya mi ofensa. El carcelero recibió una patada en la cara

que a punto estuvo de fracturarle la mandíbula. Y tomaron venganza. Cruda y deshumanizada. Me preguntaba aún cómo era posible que aquella mañana, cuando fue descolgado del grillete que le sujetaba, se pudiera mantener en pie. La fe le mantenía consciente, negándose a regalar a sus torturadores el más leve gemido, aunque sus dientes apretados y su palidez delataban su dolor.

Una vez desembarcamos, nos montaron en un carromato que antes había transportado estiércol y nos trasladaron a las dependencias de la prisión de Richmond. El enjuto militar a cargo del penal se desfiguraba entre el sol y la sombra y su gesto de profundo desagrado fue perceptible cuando su pareja de guardia le susurró algo al oído. No era para menos. A nuestro horrendo estado sólo le superaba nuestro olor, una mezcla de la pestilencia de las bodegas del Embrees y del tufo a excrementos de nuestro reciente medio de transporte.

Dos soldados ingleses, armados con bayonetas, nos obligaron a formar en medio del patio. Nos inspeccionaron del modo más humillante, como si fuéramos reses. Volvieron a hablar un poco apartados de nosotros y después nos arrastraron a los cuatro hasta una celda, separados del resto.

Nos miramos sin saber qué suerte nos depararía ahora el destino. Sólo Clayton se atrevió a violar el pegajoso silencio.

—Creo que no pasaremos la noche en prisión, muchachos.

—¿Qué quieres decir? –preguntó Willson.

Ray Willson era el mayor de todos nosotros. Alto, delgado y moreno. Sus ojos saltones conferían a su cara una expresión siempre asustada. Y en esa ocasión lo estaba.

Realmente no había dejado de estarlo desde que fue condenado a dieciocho años de prisión, acusado de traición a Inglaterra. Pero se sentía seguro junto a Chester y le admiraba, siempre atento a sus palabras. Le admiraba, como el resto de nosotros.

—¿Os habéis fijado en el que vestía de paisano? –nos preguntó Clayton—. Tiene aspecto de hacendado burgués. ¡Por Dios! –exclamó— Hasta ahora no me había dado cuenta de que tiene el mismo aspecto que mi padre.

—No es momento para bromas –objeté, incómodo.

—Seguramente ese tipo –continuó—, busca mano de obra. Quizá para alguna plantación de tabaco o algodón. O mucho me equivoco o viene por nosotros.

—¡Mano de obra! –exclamó Donald Freeman, compañero mío de universidad, de asambleas revolucionarias y de carreras frente a los soldados ingleses. Un joven apocado y rubio con quien solamente me unía una ligera amistad—. ¡Quieres decir que nos traen en calidad de esclavos!

—¿Acaso no lo somos?

Me dejé caer en el suelo, desalentado, arrastrando a Freeman, encadenado a mí. Cuando le miré, mi cara era una máscara angustiada.