martes, 14 de febrero de 2017

Lee El mar en tus ojos

Andy hubiera querido que la lucha se librara sobre la cubierta del barco impostor, pero habrían de llevarla a cabo en el navío real. Poco le importaba si daba caza a aquel hombre en una u otra embarcación, porque iba a mandarlo al infierno y limpiar el apellido de su padre. Tuvo que aceptar el envite de su enemigo y modificar su plan inicial, ordenando así abordar el barco de la Reina.

Como un enjambre de abejas enloquecidas, una y otra tripulación arrojaban sus ganchos que se trabaron en las barandas y en las cuerdas de las velas. En escasos minutos, el barco del capitán White se pobló de hombres barbudos, desaliñados y exaltados que se animaban unos a otros, o se retaban, saturando el aire de un griterío ensordecedor.

En esta situación la tripulación de White pareció quedar relegada a un segundo plano. Los invasores guerreaban entre sí, circunstancia que descabalaba al capitán inglés, inmerso en una escena irreal que se acentuó sobremanera viendo saltar a su cubierta a aquella muchacha, cuyos ojos se cruzaron con los suyos durante unos segundos, un instante antes de que ella se sumase, sable en mano, como un corsario más, a la vorágine de la encarnizada contienda.

Benson no se había equivocado al evaluar los destrozos causados por sus cañones: habían barrido uno de los palos; los desperfectos en cubierta no eran muy visibles, pero habían abierto una vía de agua que, de no ser bloqueada sin demora, llevaría al barco real al fondo del mar.

Abajo, en el camarote ocupado por Isabel, la situación era ya insostenible. La Reina había desistido de calmar a las muchachas y se decidió a actuar. Lo hizo con la misma frialdad con que solía tomar todas y cada una de las disposiciones que afectaban al país. Con la misma resolución que la había llevado a sentarse en el trono frente a sus múltiples enemigos, los partidarios de María, convirtiéndose en soberana de Inglaterra e Irlanda. ¡Ella era la hija de Enrique VIII y Ana Bolena! Debía hacer honor a su estirpe y no iba a convertirse en rehén de nadie o dejar que derramaran su sangre hallándola de rodillas.

Hizo a un lado a las dos muchachas, atravesó el camarote y abrió uno de los arcones. Al volverse mostraba en su mano una daga de casi dos cuartas de largo, en cuya empuñadura lucían engarzadas tres piedras preciosas. Como arma defensiva, de poco servía, pero era todo cuanto tenía en ese momento. Pocos sabían que siempre la acompañaba cuando abandonaba la Corte, bien fuera entre su equipaje, bien entre las ropas, porque siempre se encargaba de guardar el arma personalmente.

Contempló la daga poniendo en la mirada el recuerdo imborrable de la persona de quien procedía el regalo. Un regalo de años. El presente de un hombre al que amó desesperadamente y al que hubo de renunciar por el bien de Inglaterra. Alguien a quien nunca olvidaría, y la razón última por la cual había terminado por convertirse en La Reina Virgen, una mujer amargada, calculadora y resentida.

Y sin sombra de duda, Isabel no se resistió a abrir la puerta de su camarote dispuesta a vender cara su vida.