domingo, 26 de febrero de 2017

Lee Lobo

El contacto de una mano en su hombro alejó a Carlos de los aciagos recuerdos. Prestó atención a Pascual, el hombre que le salvase la vida y que, desde entonces, había permanecido a su lado convirtiéndose en su mano derecha y confidente.

—¿Qué hay, Pascual?

El aludido le puso una capa sobre los hombros.

—Hace un frío de mil diablos, señor. ¿Qué está haciendo aquí?

—Pensando, amigo mío. Pensando.

—Debemos irnos, nos están esperando. ¿Va a despedirse?

Carlos echó un vistazo hacia el salón iluminado. En el interior, los invitados continuaban divirtiéndose y hasta ellos llegaban las notas musicales de un arpa.

—¿Para qué? Mi abuelo ya está acostumbrado a mis desapariciones y los invitados no me echarán de menos.

Pascual le siguió dos pasos por detrás mientras rodeaban la mansión, camino de las caballerizas. Proteger las espaldas del marqués era una costumbre adquirida hacía años de la que era difícil desprenderse. Desde que arriesgó el cuello para salvar a Carlos de Maqueda siempre iba a su vera, protegiéndolo, pendiente de sus órdenes, ojo avizor a cualquier peligro. Se había convertido en su perro guardián y se sentía cómodo con su trabajo. Había cosas, sin embargo, con las que no estaba del todo de acuerdo con su patrón, pero se jugaría la vida por él si era preciso, porque si bien era cierto que él lo llevó hasta la hacienda tras la salvaje paliza de Germán, también lo era que el joven le correspondió salvándolo de la horca cuando le incriminaron con el secuestro. Carlos había pasado varios días en cama y hasta temieron por su vida. La fiebre lo mantuvo postrado y pocos daban una moneda por su recuperación. Entretanto, Pascual se pudría entre rejas a la espera de un juicio que lo llevaría al cadalso, dando carpetazo a una vida de desgracias, a una existencia vacía y sin futuro, siempre con la Ley pisándole los talones. Sin embargo, cuando el joven marqués de Abejo recuperó la conciencia, y su abuelo le relató lo sucedido, no perdió el tiempo para tomar cartas en el asunto.

—Confesó haber matado a su compañero —le había dicho don Enrique—. ¡Pobre diablo! Pero no lamentaré que lo cuelguen por lo que te han hecho.

En contra del criterio de su abuelo, Carlos envió una nota a las autoridades. En ella, no solo retiraba los cargos contra el asaltante, sino que exigía su liberación inmediata. Su nombre y su título tuvieron el peso suficiente para que a Pascual lo dejaran libre. El cadalso debería esperar para mejor ocasión.

A pesar del tiempo transcurrido, Pascual seguía notando un cosquilleo incómodo recordando el episodio. Pero el mal trago le había servido para abandonar definitivamente el mal camino. Desde ese día, pues, el antiguo bandido había vivido a la sombra de Carlos de Maqueda, fue su compañero en su andadura por América y, poco a poco, se convirtió en su hombre de confianza, a veces en el compañero de juergas. A su regreso de tierras americanas para establecerse definitivamente en España, una vez superado el dolor por la traición de Margarita, supieron de la muerte de la muchacha. Pascual no se alegró, pero tampoco elevó una oración por el alma de aquella arpía. Según les contó don Enrique, el barco que ella y su amante tomaron en la costa portuguesa había naufragado cerca de las Azores. La vida del de Abejo parecía tomar un rumbo nuevo, lejos del martirio sufrido y, sin embargo, los hechos que acontecían en la ciudad lo habían lanzado a emprender un camino sinuoso. Fue entonces cuando Pascual se convirtió, también, en su cómplice. Cómplice de una nueva identidad que muy pocos habían llegado a conocer.