martes, 24 de enero de 2017

Lee Lady Ariana

Cuando se mitigó la molestia volvió a abrir los ojos buscando a su amigo. Pero no fue a él al que vio. A los pies de la cama en la que se encontraba, afianzando los dedos en el armazón, estaba ni más ni menos que aquella arpía de ojos violeta. Ella rodeó la cama, se puso a su lado y le enjuagó la frente con un paño húmedo.

—Procure descansar —le dijo.

Se cruzaron sus miradas y él intuyó que la joven le estaba suplicando silencio. Le concedió la merced, más por encontrarse sin fuerzas que por hacerle el maldito favor a la muy pécora. Ya habría tiempo de ajustarle las cuentas cuando se encontrase mejor. Se dejó atender por la joven permitiendo que le sujetara la cabeza para darle de beber, acomodándole luego sobre los almohadones, que mulló solícita.

De modo que primero le metía una bala en el cuerpo y ahora ejercía de buena samaritana. De haber estado en mejores condiciones la habría estrangulado, pero se sentía como un niño de pecho.

Mientras ella trajinaba con los utensilios de la cura que había sobre la mesilla de noche, la observó a placer. Ahora que la luz del día se lo permitía, se daba cuenta de los cambios experimentados en ella. Había dejado de ser aquella chiquilla que él conoció; los tirabuzones infantiles habían dado paso a una melena cuidada y hermosa recogida sobre la coronilla, el rostro redondo y con espinillas de otro tiempo se veía ahora terso y suave; sus antiguas formas de muchachito revoltoso se habían trocado en un cuerpo delgado pero exquisito de estrecha cintura y pechos altivos. El vestido de tonos violeta que llevaba puesto le sentaba divinamente bien.

—¿Te encuentras con fuerzas para explicarme qué ha pasado, Rafael? —quiso saber Henry.

—Me atacaron.

—¿Quién era? ¿Pudiste verlo?

El conde de Trevijo dirigió una mirada irónica a Ariana que, con gesto contrito, permanecía muy erguida junto a su abuelo. Hasta parecía azorada, la muy tunanta.

—No —respondió Rafael tras un suspiro—. Estaba oscuro.

—¿Es posible que fueran furtivos? –aventuró Seton.

—Sí. Cazadores de conejos. Debieron de confundirme con uno.

Ariana bajó la cabeza y se mordió los labios. Y él hubiese jurado que batallaba por esconder una sonrisa.

—Peter y ella te encontraron por casualidad.

—¿Quién es Peter?

—Mi hombre de confianza. Trabaja desde hace cuatro años para mí y es al único hombre al que puedo confiarle mi vida y la de Ariana.

Así que el gigante barbudo se llamaba Peter. Tomó buena nota de ello. Otro con el que debería ajustar cuentas en cuanto pudiese salir de aquella maldita cama. Porque iba a pedirle compensación, vaya si iba a hacerlo. Más por tener que permanecer encamado que por el asalto en sí. No le gustaba estar enfermo, se le agriaba el humor cuando no podía valerse por sí mismo.

—Sé que no es el mejor momento, pero quiero presentarte formalmente a mi nieta —dijo Henry advirtiendo la incomodidad de su invitado que no quitaba ojo a la muchacha.

—Ya nos conocíamos.

—Claro, pero entonces era solo una niña. Ha cambiado bastante, ¿no te parece?

La mirada de Rivera se volvió casi negra. «No soy un lerdo, me he dado cuenta» estuvo a punto de contestar. Y muy a su pesar, reconocía que la mocosa se había convertido en una auténtica belleza capaz de hacer perder la soltería a cualquier hombre, salvo a él. No respondió a Henry porque intuía que, el muy mezquino, intentaba meterle a la joven por los ojos. No iba a dejarse convencer por una cara de ángel y un cuerpo estupendo cuando le había descerrajado un tiro horas antes. No, desde luego, si quería salir airoso de aquel condenado trato.