sábado, 28 de enero de 2017

Lee Brezo blanco

Kyle no había podido desviar la mirada de ella durante la discusión. De hecho, le había sido imposible hacerlo desde que iniciaron el viaje, admirando a su pesar el porte altivo de la muchacha y el modo inmejorable con que cabalgaba. No sabía lo que le obligaba a estar pendiente de ella, pero lo estaba.

Había conocido algunas mujeres en su vida, algunas de ellas, verdaderamente atractivas. Aquella joven no era especialmente hermosa, pero reconocía que tenía un cabello precioso, una mezcla de fuego y oro que le llamaba la atención, un rostro agraciado y unos ojos grandes y diáfanos como un cielo de primavera. Era bonita, sí, pero nada más. Sin embargo, había algo en ella que le atraía: su orgullo, la frescura de sus movimientos, el tono de su voz incluso cuando pleiteaba con el sujeto que le había apresado. Era pura seducción.

Josleen cabalgaba erguida, deseosa de volverse para mirar al rehén pero temiendo volver a hacerlo. Cada vez que sus miradas se habían cruzado había notado que el corazón se le desbocaba sin remedio. Sucio o no, apenas cubierto por un kilt embarrado y una andrajosa capa, con una ceja partida y el rostro manchado de sangre, le resultaba atractivo. Además, tenía una musculatura que la impresionaba. Fantaseó imaginándole con ese dorado y largo cabello limpio de lodo y sangre. Su nariz era recta, su mentón denotaba autoridad y todo él gritaba poder. Barry estaba loco si creía que un hombre así podía ser un triste ladrón de ganado. Lo que más le llamaba la atención, sin embargo, eran sus ojos. Unos ojos como no había visto nunca otros: dorados. Ámbar líquido. Grandes, vivaces, inteligentes y fieros, orlados de espesas pestañas ligeramente más oscuras que su pelo. Y su boca, de labios gruesos... Le recorrió un escalofrío dándose cuenta de que estaba siendo víctima de pensamientos erráticos. Se enderezó sobre la silla y taconeó ligeramente los flancos del animal para alejarse hacia la cabecera del grupo.

—Un ladrón de caballos. Ja.

Kyle se olvidó definitivamente de la muchacha cuando su montura pisó un desnivel del terreno y una punzada de dolor lo atravesó como una cuchillada. Maldijo entre dientes y prestó más atención al terreno que pisaban.

Josleen intentaba olvidar que él cabalgaba detrás, pero le era imposible porque tenía la extraña sensación de estar siendo observada en todo momento. No resistió la tentación de comprobarlo y se volvió de repente. La mirada, mitad desdeñosa mitad irónica del rehén, la hizo enrojecer y volver a darle la espalda, sintiéndose como una jovencita pillada en falta.

«¡Realmente tiene los ojos dorados!», se dijo. Unos ojos de hielo y fuego.

Kyle era plenamente consciente de cada movimiento de ella y el hecho en sí acabó por irritarlo. Una mujer del clan McDurney. ¡Por toda la corte del infierno! Sólo le faltaba sentirse atraído por una arpía de un clan enemigo. Tenía que dejar de observarla y pensar en el modo de salir de la degradante situación en la que se encontraba. Pero, por milésima vez, sus ojos volvieron a ella.