miércoles, 13 de agosto de 2008

Orgullo sajón ©



Sinopsis:

En el siglo XII la cristiandad se mueve a los impulsos de la Segunda Cruzada. Corazón de León ha dejado Inglaterra, que se desangra entre feudos por las intrigas de su hermano Juan. Normandos y sajones luchan por su control y el rey Ricardo, sorprendentemente, delega en un normando la búsqueda de un orden que lleve a Inglaterra a su unificación.
Y entra en escena Wulkan, alma normanda que buscará el sosiego junto a una dama sajona, entre pasión y conspiraciones. Sin embargo, lady Jacqueline de Lynch ha jurado no rendir vasallaje a ningún hombre, mucho menos a los que asesinaron a sus padres. Escapa para no convertirse en su esposa, pero el destino la arrastrará a Kellinword donde, a pesar de su promesa de venganza, será víctima de la atracción por su enemigo.


INGLATERRA. AÑO 1194



La segunda expedición militar contra los sarracenos había fracasado; Luis VII, rey de Francia y Conrado III de Alemania habían sitiado sin éxito la sempiterna ciudad de Damasco. Por eso, el papa Gregorio VIII ordenó predicar una tercera cruzada, prometiendo beneficios espirituales y terrenales a los combatientes en ella. Federico I de Alemania, Felipe Augusto de Francis y Ricardo I de Inglaterra, conocido como Corazón de León, contaron aquella vez con el apoyo de Isaac II, emperador de oriente. La empresa se inició bajo el manto de buenos auspicios; pero Isaac faltó a su palabra, Federico murió y las disensiones entre los reyes de Francia e Inglaterra hicieron fracasar la cruzada.
Ricardo Corazón de León regresó a Inglaterra el tiempo justo de pasar revista a sus feudos, colgar a unos cuantos infieles como escarmiento y conocer un par de cortesanas. Después, volvió a partir hacia sus propiedades en territorio francés e Inglaterra volvió a quedar, una vez más, sin la presencia de su rey.
Un sentimiento de frustración embargó el corazón del caballero que, montado sobre un semental de oscuro pelaje y poderosas patas, atravesaba las campiñas inglesas seguido de un nutrido grupo de hombres armados. No le sabía tan mal ser abandonado por su rey como la negativa de Ricardo a que le acompañase en su empresa, pero las ordenes del monarca habían sido claras y concisas:
-Deseo pacificar mi reino –le había dicho-, más aún cuando la vida entre normandos y sajones parece haber llegado a un continuo no-entendimiento. Quiero ser el soberano de todos, no el amado rey de unos y el odiado usurpador de otros. Y tú, vas a ayudarme.
De nada sirvieron sus protestas y ahora, pensar en hacerse cargo del extenso feudo de Kellinword, cuyo señor había muerto en batalla sin dejar herederos, le preocupaba. Por lo que sabía, el territorio era grande. Abarcaba al menos cinco pueblos con una población de unos cuatrocientos habitantes de media cada uno, doce aldeas y una gran cantidad de tierras de pastoreo, labranza y bosques. El anterior señor de Kellinword había ganado fama por el castillo que le había pertenecido y que, piedra a piedra, levantó con esfuerzo y con incursiones en territorios vecinos que ampliaron sus propiedades y le proporcionaron suficiente dinero para pagar trabajadores que elevaron las almenas al cielo azul de Inglaterra.
Wulkan no era hombre de asentarse en la torre de un castillo y atiborrarse de vino y manjares. Jamás conoció una casa fija y la idea de tener que hacerse cargo de tanta gente le causaba dolor de estómago.
Sabía que había tenido un padre y una madre en alguna parte, acaso hermanos y hermanas, pero no los recordaba. De vez en cuando, cuando el sueño estaba a punto de rendirle, resonaba en su cabeza una tonadilla que jamás consiguió saber donde escuchó pero que le parecía haber oído en los labios de una mujer hermosa y joven que le acariciaba el rostro y le mecía en sus brazos. Si aquella mujer fue su madre, nunca lo supo. Sólo recordaba haber despertado bajo la lona de una tienda de campaña propiedad de un tal Muderman de Levrón: borracho, mujeriego, sucio y despiadado con todos los que le rodeaban. Ladrón, embaucador, timador y a veces violador. Muderman le recogió, nunca supo si por lástima o porque necesitaba unos brazos jóvenes para montar y desmontar la lona mugrienta en la que habitaba. Fue el único padre que conoció. Al principio, Wulkan pensó que su nombre le había sido puesto por Muderman, pero después de vivir tres años bajo aquella asquerosa lona, vagar por casi toda Francia, de feria en feria, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, descubrió un medallón de oro mientras arreglaba las escasas pertenencias del hombre. Muderman entró en la tienda cuando él miraba extasiado la joya y conseguía leer con esfuerzo (conocía las letras gracias a las enseñanzas de un viejo monje) la dedicatoria en el reverso: A Wulkan, con mi amor. Entonces se dio cuenta de que era su nombre, de que otra persona distinta a Muderman se lo había puesto al nacer y le había regalado la joya. Wulkan no lo recordaba. Tampoco sabía que quienes le raptaron de la casa de su padre, pidiendo después un fuerte rescate, le arrojaron a un barranco con ánimo de matarle para que jamás pudiese reconocerles, dándole por muerto. Tenía ocho años cuando descubrió el medallón y lo único que consiguió al volverse y preguntar a Muderman de Levrón quién era él en realidad, fue la mayor paliza de su vida. Le abofeteó hasta atontarle. Después, la correa ocupó el lugar de los puños hasta dejarle desmayado. Cuando recobró la conciencia, más muerto que vivo, supo que el sujeto se había marchado. Regresó borracho al campamento y volvió a golpearle. No pudo hacer nada. Era una criatura y soportó no solamente aquella paliza sino otras que llegaron después, cada vez que Muderman se emborrachaba. Le pegaba por todo. Si colocaba sus cosas, porque no quedaban a su gusto, si le llevaba a una prostituta a la tienda y ella no le satisfacía, porque se ponía colérico, si la ramera se portaba como Muderman deseaba, porque decía que la había mirado con descaro. Siempre existió una causa para quitarse la correa y dejarle molido a azotes.
Se convirtió en hombre bajo los golpes de aquel despojo humano, y se hartó también bajo esos golpes. Hasta que contestó a Muderman con su misma moneda. El constante ejercicio y la vida al aire libre le procuraron un cuerpo fuerte y musculoso, y hubo un día en el que se dio que no tenía que soportar a aquel bastardo. Luego de fracturarle la mandíbula y tomar unas cuentas monedas como pago a las palizas del sujeto, marchó a París llevándose una mula de carga como montura.
A pesar de su siempre hosco gesto las mujeres prodigaron a Wulkan más atenciones de las que podía haber imaginado. Era un muchacho de apenas dieciséis años, alto y fuerte pero sin ninguna experiencia en el arte de encandilar a una mujer para servirse de ella. Fueron las mujeres quienes le enseñaron y lo hicieron de maravilla. La primera, una dama joven casada con un hombre que le triplicaba la edad, deseosa de carne fresca. La inexperiencia de Wulkan la atrajo. No sólo le proporcionó su primera experiencia sexual sino que le procuró ropas y maestros que le enseñaron letras y matemáticas, ciencias y geografía. Cuando el anciano esposo de la dama descubrió al mozo que proporcionaba placer a su hembra, Wulkan hubo de salir a escape de París con hombres armados pisándole los talones.
Después de aquella esposa infiel vinieron otras mujeres. Solteras, casadas o viudas, Wulkan jamás hizo ascos a ninguna de ellas, aunque jamás de fió de ninguna porque las rameras de Muderman siempre le trataron a patadas y las enseñanzas del sujeto fueron dirigidas a usarlas y olvidarlas. Aprendió el arte de las armas y acabó siendo un verdadero diablo en el manejo de la espada y la ballesta, consiguió manejar el caballo con las piernas mientras sus brazos estaban ocupados con el hacha y el escudo.
Aunque realmente lo que le impulsó hacia el éxito fue una riña. Aún ahora, después de casi diez años, sonreía recordando el muchacho que era y la causa de la disputa: una mujer. Una joven cantinera lo suficientemente hermosa como para que Wulkan perdonase su falta de medios. Y arisca. La había estado rondando una semana completa antes de convencerla para llevarla a la cama. Justo entonces había aparecido aquel hombre, mayor que él, con una melena ensortijada y la mirada ardiente. Ofreció a la muchacha una bolsa de monedas y ella aceptó encantada. Wulkan había pensado pagar sus servicios, pero jamás podría haber competido con aquella bolsa repleta. La mirada de su rival se clavó en la oscura de Wulkan con ironía. Acabaron en el patio trasero de la taberna, aunque los hombres que acompañaban al sujeto hicieron lo posible para evitar la pelea. Sin armas. A manos desnudas. Sólo poder contra poder, macho contra macho en lid por la hembra. Luego de media hora de combate, sudoroso y dolorido, con una ceja partida, sangrando el labio inferior y un hematoma de proporciones considerables en el hombro derecho, consiguió tumbar a su contrincante con un gancho a la mandíbula. El otro cayó despatarrado cuan largo era. Tenía un ojo morado y el mentón comenzaba a ponerse cárdeno. Wulkan se sintió eufórico aunque su aspecto fuese tanto o más lamentable que el de su contrincante. Hasta que uno de los hombres se acercó, miró al caído y luego le miró a él alzando una ceja.
-Muchacho –dijo con un atisbo de risa en la voz-, acabas de tumbar nada menos que a Ricardo Corazón de León.
Si le hubieran condenado a morir decapitado no se habría sentido tan asombrado. ¡Ricardo! ¡El preferido de la reina, Leonor de Aquitania! Con seguridad absoluta el heredero del trono de Inglaterra. Y él, un don nadie, había osado partirle las narices.
Aunque nadie le prohibió largarse con viento fresco de la taberna mientras intentaban reanimar a Ricardo, Wulkan permaneció sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos. ¡Por Dios, merecía que le ahorcasen! ¡A quién diablos sino a él se le podía ocurrir enredarse en una pelea nada menos que con Ricardo! Estaba perdido.
Alguien puso una mano en su hombro y Wulkan alzó la cabeza para tragar saliva cuando volvió a enfrentarse a unos ojos vivaces. Ricardo, lejos de estar enfadado, parecía divertido. Se tocó la mandíbula e hizo un gesto de dolor que encogió el estómago de Wulkan.
-Un puño que ha conseguido tumbarme de semejante forma, debe estar a mi servicio.
Se armó caballero a sus órdenes y desde entonces había estado a su lado hasta convertirse en uno de sus amigos y consejeros. Por eso ahora dolía verse abandonado y con la imposición de convertirse en señor de Kellinword y desposarse con la nieta de Enric de Lynch, su vecino sajón, a el fin de pacificar aquella parte de Inglaterra.
-Perentil dice que divisaremos el castillo en cuanto crucemos la loma y el bosque que viene a continuación –dijo alguien a su lado, haciéndole despertar de sus recuerdos-.
Wulkan echó un vistazo al guerrero que desde hacía mucho se convirtiera en su mejor camarada. Gugger de Montauband tenía siempre la sonrisa en la boca y un rostro que despertaba en las mujeres instintos maternales. Sus cabellos rubios, casi platino y sus chispeantes ojos azules le hacían parecer un bebé grande. Gugger era todo lo contrario a Wulkan. Formaban una pareja curiosa. Uno rubio, otro moreno como un demonio, Gugger de ojos claros y alegres, Wulkan de mirada parda, unas veces marrón oscura, otras verde, el primero era alto y delgado y el segundo ancho de hombros aunque tan alto como su amigo. Las mujeres adoraban la risa del rubio, siempre lista para aflorar, siempre dispuesta para una damisela, pero se enamoraban del semblante adusto y viril de Wulkan.
Suspiró y se masajeó la nuca.
-Eso quiere decir que esta noche dormiremos en sábanas.
-¿No te causaran picores? –preguntó el rubio-.
Wulkan alzó las espesas y renegridas cejas y miró a su amigo. ¿Picores? La sonrisa burlona le hizo gruñir por lo bajo.
-Piérdete en un pozo, Gugger –masculló-.
La risa divertida del rubio acabó por alegrar su oscuro humor.

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Pronto llegaría la primavera e invadiría cada rincón de Inglaterra de aromas de flor, hierba fresca y enamoramientos. Aunque aún hacía frío.
Jacqueline suspiró y dirigió el caballo pinto que montaba hacia la entrada de la casa señorial. Aceptó la ayuda de uno de los sirvientes para bajar de la montura y corrió a reunirse con dos de sus damas que observaban los ejercicios de algunos muchachos con la espada. Minutos después entró hasta la sala principal. Sorteó a dos criados que se afanaban en servir la cena y saludó a dos caballeros llegados del norte –a quienes habían dado asilo- acercándose a la cabecera de la mesa dispuesta en medio de la pieza. Se inclinó y besó a su abuelo. El hombre aún conservaba el poder de su juventud, pero en aquellos momentos parecía avejentado.
-Siento llegar tarde –se disculpó-.
Por toda respuesta, Enric de Lynch asintió con la cabeza y siguió bebiendo. Jacqueline se dio cuenta de que la carne de su plato estaba sin tocar y le extrañó porque no era frecuenta dado su buen apetito. Se acomodó en un banquito cubierto por un cojín de raso y preguntó con la mirada a su hermana menor, Aelis, que se encogió de hombros.
La cena finalizó sin que Enric hubiera probado la carne pero sí consumido dos jarras de vino. Los invitados dieron las gracias y se retiraron a las habitaciones destinadas para ellos en el segundo piso y Jacqueline aguardó incluso a que Aelis se ausentara para interrogar a su abuelo.
-¿Qué pasa?
El anciano tardó en alzar la cabeza, pero al cabo de un momento miró directamente aquellos ojos de color violeta.
-Muchacha, no tengo buenas noticias.
La joven sonrió, le hizo levantarse y llevándolo de la mano le hizo acomodarse junto a los ventanales. No se alarmó. Para Enric de Lynch el más mínimo contratiempo era una mala nueva.
-Cuenta –rogó, reteniendo las arrugadas manos entre las suyas-.
Él suspiró y dejó su mirada perdida en el negro firmamento que se divisaba entre la raja infringida al muro y que constituía la alta ventana de casi dos metros. Escurrió las manos de las de su nieta, como si se avergonzara del contacto. Desde que llegaran aquellos dos hombres, había estado dando vueltas al asunto tratando de buscar una solución, pero no existía y él lo sabía. El sello era del rey y sus ruegos eran órdenes.
-Vas a casarte –dijo-.
La noticia no alteró en absoluto la sonrisa de la muchacha. Llevaba más de tres años, desde que cumpliera los dieciséis, esperándolo. Si sus padres hubieran vivido ya estaría casada y con un par de chiquillos entre sus faldas, pero su abuelo había cedido una y otra vez ante su negativa a desposarse con alguien que no fuera de su agrado.
-¿Encontraste al hombre de mi vida? –bromeó-.
-Busca en la alacena –fue la tosca respuesta-.
Jacqueline le miró con el ceño ligeramente fruncido. ¿Qué pasaba? Su abuelo nunca era tan poco explícito. Se levantó y llegó hasta el mueble. Dentro, junto al tomillo que le gustaba almacenar para dar olor a la estancia, había un pergamino enrollado. Intrigada, lo estiró y lo leyó. Enric la observaba desde su sitio con el corazón en un puño, esperando la explosión que sabía llegaría.
-De modo que el rey sugiere que me despose con ese hombre.
-Has leído la carta igual que yo, niña.
-¿Puede hacerlo? ¿Puede obligarme a...?
-No. Nadie puede obligarte a esa boda, pero deberías reconsiderar la solapada advertencia de la misiva de Ricardo.
-No soy tonta, abuelo. Estas tierras pueden ir a parar a manos extrañas.
-Exactamente.
-¿Y si firmamos una paz con nuestro nuevo vecino?
-Sabes como yo que tanto las treguas como las paces valen poco, pequeña. Podríamos jurar sobre las Sagradas Escrituras o sobre las reliquias, nombrar rehenes garantes que se convertirían en prisioneros si falto a mi palabra, incluso estar amenazados con sanciones religiosas o la confiscación del feudo. Pero la eficacia es escasa. Podría no respetar los compromisos, como otros ya los han pisoteado antes.
-¡Tú eres un hombre de honor!
-Al parecer nuestro rey no lo sabe.
-¡Pues que lo sepa!
-Los emisarios de Ricardo han sido claros. Nada de tratados. Una matrimonio para pacificar estos territorios.
Jacqueline paseó por la sala con las manos cruzadas a la espalda, como solía hacer su padre. Después de tres largos minutos en los que Enric no se atrevió a hablar, acabó por suspirar. Era una muchacha que recapacitaba con rapidez, su padre siempre le dijo que pensaba más rápido que un hombre. Regresó junto a su abuelo y le sonrió.
-Supongo que tarde o temprano habría de pasar –se encogió de hombros-. He conseguido tres años de libertad y ahora debo afrontar los hechos. No voy a sacrificar la herencia de los nuestros por un capricho de niña. Si he de casarme, me casaré, a fin de cuentas lo mismo da un hombre que otro. Mamá decía que el cariño nace de la convivencia.
-Sí. Eso decía.
-Alegra entonces esa cara –le tomó del mentón-. Acepto el deseo de nuestro rey y te aseguro que seré una muchacha modosa que esperará la llegada de mi prometido sin queja.
Enric hubiera deseado morir en ese momento. Cualquier cosa antes de verla allí, frente a él, aceptando el matrimonio con un hombre que no sabía si era joven o viejo. ¡Por Dios, y él era quien tenía que darle la noticia! Pero había de hacerse y lo hizo. Jamás eludió una obligación y no iba a comenzar cuando acaso le quedaba poco para ver cara a cara al Altísimo.
-Es normando.
El rostro de la joven perdió el color. Sus ojos violetas se achicaron hasta convertirse en dos rendijas furiosas. Se puso en pie con tanta rapidez que el ruedo de su brial se enganchó en el asiento, volcándolo. Tenía los puños tan apretados que los nudillos se habían puesto blancos. Su voz, al hablar, se asemejó al silbido de una serpiente.
-¿Es una broma, abuelo?
Enric negó, incapaz de articular palabra.
Y Jacqueline explotó.
-¡Normando! –gritó voz en cuello alzando los brazos como quien pide ayuda al cielo- ¡Un piojoso y maldito normando!
-Jacky...
-¡No pienso hacerlo! –volvió a gritar- ¡Jamás consentiré que un bastardo normando me ponga las manos encima! –le miró con los ojos arrasados por la cólera- ¡Por Dios, abuelo, mis padres se removerían en sus tumbas si consiento en casarme con uno de la misma jauría que les dio muerte!
-Pequeña...
Enric de Lynch tenía lágrimas en los ojos y contagió a la joven que cayó de rodillas ante él.
-Oh, abuelo, no puedo. No puedes pedirme que...
-No, tesoro, no te lo pido –acarició la ensortijada cabellera-. Buscaremos la forma de evitarlo, te lo juro.
La forma fue hacer salir a Jacqueline aquella misma noche de la casa de Lynch. Ni siquiera Aelis supo lo que los dos se traían entre manos. Ricardo había enviado una carta y había sido leída, pero Enric tenía medios para hacer callar a los dos mensajeros acerca del momento en que se recibió la misiva. Simplemente, la joven habría estado ausente.
Escondida en un carro de heno y vestida como un pilluelo, Jacqueline de Lynch escapó con destino a las tierras cedidas a un matrimonio de edad que había servido a su padre. Cerca de los suyos, pero lo suficientemente lejos como para que nadie pudiera encontrarla.
Pasados unos meses acaso el normando encontrase otra dama en la que fijarse para firmar su contrato matrimonial. Aquella dama muy bien podía ser Clara de Eveling, la joven a la que sus padres recogieron como protegida y que gozaba de los mismos derechos que las nietas de Enric.







21 comentarios:

amor y libertad dijo...

la mujer vestida de muchacho sabes como yo que es un recurso frecuente en obras clásicas, y te confieso que es un recurso que me fascina

Mencía dijo...

Una novela romántica es un viaje al mundo de los sentimientos. Entre sus páginas esperamos vivir una historia de amor con sabor a eternidad y tacto terreno. Algunas nos seducen por su ternura y otras por su dureza. Las hay que nos envuelven en intriga y las que nos van deslizando en pensamientos. Pero si es una buena obra, cualquiera que sea la forma de seducción que elija la autora, entrara a formar parte de nuestra memoria como un recuerdo vivido que no leído. Orgullo sajón es una de esas obras. Grande en su sencillez, plena de emoción en su devenir.

En cuanto a su protagonista, no puedo resistirme, Wulkan…..Wulkan es…
Pedazo de normando, duro, fuerte, castigador, empecinado y conquistador, que sí, que ella con su orgullo sajón, pero yo dejo el orgullo al lado y me rindo de mil amores al normando

NUR dijo...

ESTOY DESEANDO QUE LO PUBLIQUEN Y ESPERO QUE SEA PRONTIN.

BSSS

Anónimo dijo...

Nos guste o no, la idea del hombre duro pero noble, con una infancia cruel y sin amor que se hace adulto sin los apegos del enamoradizo y que desborda fuerza y valentía con la espada, tiene un atractivo irresistible para las mujeres. Wulkan, encarna ese prototipo de hombre deseado y a la vez ecurridizo.Me ha gustado leer que como mujer no lo defines como el temible Wulkan sino como el mito que fascina.

Bego dijo...

Esta novela es de las de mi estilo, lo que he leido me gusta.
Te voy a ser sincera, hasta ayer no te conocía, pero en cuanto encuentre una de tus novelas pienso comprarla.

Nieves Hidalgo dijo...

Un millón de gracias por vuestros comentarios.

Bego, hasta ahora, la única novela publicada es "Lo que dure la eternidad"

Un abrazo.

Anónimo dijo...

¡Pues me he enamorado!
Este normando, enemigo o no de los sajones, está para comerlo.
Es que me lo imagino. y eso que no soy dada a fantasear demasiado.... ¿Cuándo sale al mercado?
¿Hay que hacer un pliego de firmas?

CARLOTA

Piluca dijo...

He disfrutado mucho fantaseando con el normando y me ha sabido a poco, quiero más....espero que la puliquen muy pronto y poder seguir disfrutando de esta fascinante novela.

Anónimo dijo...

¡Cuánto me ha gustado lo que he leído! ¿Cuándo se publica este libro?

Pilar

Anónimo dijo...

¿Y cuándo dices que publicas este libro? ¡¡¡Lo quierooooooooooooooo!!!

LUISA

Anónimo dijo...

Qué bien pinta. Me apetece mucho.

Besitos y suerte.
Carmen Casas

Anónimo dijo...

Estas son el tipo de novelas que a mí me gustan. Tiene pinta de ser como las de antaño, tipo Woodiwiss y autoras como ella. Una novela histórica como Dios manda es lo que llevo siglos esperando. Somos muchas las lectoras de histórica, pero de la de verdad, donde se plasme la realidad de entonces, no los peñazos ultramodernos que nos venden como históricos. Si tu novela es así, la quiero leer ya mismo. Me gustó Lo que dure la eternidad y me gustaría saber para cuando saldrá la siguiente. He leído en algún foro que puede ser esta (al menos hay quien dice que la ha leído, y apuesta por ella.
Por cierto, bonito blog.

Besos.

Paqui

Anónimo dijo...

¡Quiero Orgullo sajón! y lo quiero ¡Ya! Ainsssss que pinta tiene por Dios.

Raquel

Anónimo dijo...

A mí también me gusta mucho lo que he leído ¿vas a colgar algún capítulo más? Ayyyyyyyyyyy, que me he quedado con las ganas de seguir leyendooooooooooo.
Voy a seguir mirando el blog. Lo he encontrado de casualidad.

Anónimo dijo...

Ya había leído a algunas chicas que hablaban de esta novela en algún foro. Parece que las que han tenido la suerte de leerla están enamoradas de ella. Yo, sólo puedo decir con lo poquito que he leído, que me fascina. Como en otros trozos de novela que tienes colgados, me recuerda a las novelas de siempre, y me apetece un montón volver a leer románticas con aventuras de por medio.

Espero tener la oportunidad de leer este libro completo. ¿Dónde hay que firmar?

Un beso y gracias por el buen rato que he pasado recorriendo tu blog ¡me lo he leído entero y he ido desde la entrada más reciente hasta la primera!

Pilar

Anónimo dijo...

Estas son las novelas que me gustan a mí. Orgullo sajón tiene una pinta estupenda. Me he quedado con ganas de seguir leyendo.

Bss. Toñy

Anónimo dijo...

Me gusta mucho lo que he leído de esta novela. Me apetece un montón leer un libro de este estilo.

Un saludo,
Victoria

Anónimo dijo...

Estoy deseando ver en mis manos esta magnifica obra y devorarla!!!!



Un beso.
www.mjestepa.blog.com.es

Arlette dijo...

Qué ganas tengo de leerlo.
Me alegro tanto de tu éxito, lo estoy disfrutando como tú.
Un beso guapa.

Alexia Stark dijo...

Hola Nieves!
Hace nada me volví a releer Orgullo Sajón y no sé que tienen tus novelas que cada vez que las leo me gustan más, por que la primera vez me gustó mucho, pero esta vez me ha encantado! ^^

Besitos de nuestra parte y deseando leer Luna de Oriente.

Nieves Hidalgo dijo...

Alexia, gracias por este nuevo comentario.
Y gracias también por tu apoyo en mi siguiente publicación, Luna de Oriente, que espero te guste.

Hay más noticias, pero de momento no puedo adelantaros mucho. Ya os lo iré poniendo.

Besos, princesita.
Y besos para Chloe.