lunes, 26 de noviembre de 2018

Artículo: Historias de amor: Alfonso y Mercedes

Una preciosa historia de amor. Una vida de novela con un trágico final. 

Alfonso XII y María de las Mercedes de Orleáns, son los protagonistas de una de las páginas de amor más románticas y sentidas de nuestra Historia. 

María de las Mercedes de Orleáns y Borbón nació el 24 de Junio de 1860 en el Palacio Real de Madrid. Sus padres fueron la Infanta Luisa Fernanda y Don Antonio de Orleáns, duques de Montpensier. En el momento de su nacimiento, Alfonso, hijo de Isabel II de España (hermana de la Infanta Luisa Fernanda), tenía dos años y medio. 

El nacimiento de Mercedes en el Palacio Real fue por pura casualidad, ya que sus padres residían en Andalucía, en Sanlúcar de Barrameda, lugar al que volvieron al poco tiempo del feliz alumbramiento. Fue bautizada al día siguiente de su nacimiento, dentro de un gran ritual digno de una Infanta, en la capilla de Palacio. El 18 de Julio, con apenas un mes, siguiendo una tradición que llega hasta nuestros días, es presentada a la Patrona de la Corte, Nuestra Señora de Atocha. 

Mercedes fue una niña de carácter sereno y dócil, poseedora de extrema bondad, lo que le hizo disfrutar de una inusitada libertad de movimientos. Se llevaba muy bien con cuantas personas acudían a la hacienda familiar. Estos son los motivos por los que -según cuenta la leyenda- cierto día se acercó hasta ella una gitana que, sabedora del buen corazón que la niña tenía para los más necesitados, le solicitó una limosna. Como era de suponer, Merceditas (así la llamaban en su casa), le dio unas pocas monedas a la anciana y ella, a cambio, quiso agradecérselo echándole la buenaventura. Tomó la mano de la infanta y presa de una gran emoción predijo: «Veo una corona real sobre tu cabeza. Hija, algún día tú serás reina». A continuación aseguró: «Serás coronada por la gracia de tus bondades y por la bondad de tus gracias y un rey se postrará de rodillas a tus pies...». Llegados a este punto, la gitana dio un grito y desapareció corriendo como alma que lleva el demonio. 

Mercedes contó lo que la gitana le dijera a su aya, a sus hermanos y a un sacerdote que acudía con asiduidad a su casa. Le aconsejaron que olvidara el asunto. Pero la razón de aquel grito tardó poco en saberse en Sanlúcar, pues siempre había gente dispuesta a divulgar cualquier patraña. 

Corría el año 1868 y sobre España se cernía una Revolución. Eso supuso el derrocamiento de Isabel II. Los duques de Montpensier y sus hijos se vieron abocados al exilio: primero a Portugal y después en Francia, a Randan, cerca de Vichy. Las familias de Mercedes y Alfonso habían estado muy unidas en otros tiempos, pero al enterarse que Don Antonio de Orleáns había tenido que ver en las intrigas políticas para destronar a su cuñada, se distanciaron sin remedio. 

Cuatro largos años pasaron ambas familias separadas. Sin embargo, en la Navidad de 1872, cuando María de las Mercedes tenía trece años de edad, aconteció la llegada de su tía y de su primo Alfonso. Ella apenas tenía unos tímidos recuerdos de unos pocos encuentros en Madrid, así que comentó con gracia y sorna al enterarse de la inminente visita: «Ea, espero que el primo no sea demasiado mandón y no venga aquí a echarnos en cara sus humos de heredero». 

Era un día después de Navidad y según mandaba el protocolo, todos los Montpensier aguardaban reunidos en la mansión familiar, vestidos como correspondía para tamaña circunstancia. Mientras esperaban, Luisa Fernanda -que con el tiempo había ganado en peso- se ocupaba de los hijos más pequeños. Unos meses antes, Don Antonio se había entrevistado en Cannes con su cuñada para hacer las paces y de allí había viajado a Viena para conocer a su sobrino Alfonso. De vuelta a casa se deshizo en elogios sobre el joven Príncipe. Mercedes y su hermana Cristina, no paraban de reírse y hacer chiste de todo y asediaban a su padre a preguntas: «¿Y es guapo? ¿Y es simpático? ¿Y cómo habla?». 

Emocionada y llorosa, Luisa Fernanda recibió a su hermana, quien, por cierto, en esos cuatro años también había ganado un considerable volumen, y ambas mujeres se fundieron en un fraternal y cariñoso abrazo. 

Por orden de importancia en el escalafón familiar, los infantes presentaron sus respetos a doña Isabel II y a Su Majestad el Rey de España don Alfonso. La reina había abdicado en su hijo y él era consciente del significado de aquel nombramiento. 

Cuando le tocó a Mercedes saludar a Alfonso XII —un chico moreno, bajito, no mal parecido y de rostro menudo— se mostró ante él y con voz clara aunque nerviosa dijo: «Buenos días, Majestad». 

«Alfonso...», susurró él, como si quisiera escuchar su nombre de aquellos dulces labios. 

Mercedes, aceptando la invitación de su primo rectificó y dijo con un suspiro: «Buenos días, Alfonso». 

Ese día se abrió el primer capítulo de la historia de amor que ambos escribieron juntos. 

Años más tarde, Alfonso confesaría recordando aquel primer encuentro: «Mercedes apareció ante mí como la imagen perfecta de la felicidad y de la virtud». 

María de las Mercedes era una muchacha de cabello y ojos negros, de estatura baja, cara redonda y tenía la belleza dulce y natural de su edad. Su sencillez y frescura dieron lugar a que el pueblo madrileño, al conocerla, la apodara «Carita de cielo». 

Aquellos días pasados en Randan, resultaron inolvidables para el joven príncipe. Mercedes despidió su primo diciéndole: «Algún día te llamarán los españoles y despertarás siendo rey y todos regresaremos a España». 

Isabel, enterada del enamoramiento de su hijo (puesto que los rumores poco tardaron en correr de boca en boca) tachó a su hermana de «casamentera», y no se cortó al decir de su sobrina: «Parece una mosquita muerta, ¡pero de aúpa!». Aunque siendo sinceros, lo que más le dolía era que «una Montpensier» pudiera llegar a ceñirse la Corona de España. 

Isabel puso en antecedentes a su hermana y con ello volvieron a interrumpirse las relaciones familiares. 

Isabel II tenía otros planes para su hijo. Sin embargo, el Príncipe estaba perdidamente enamorado de su prima y no pensaba cambiar sus sentimientos porque su madre no viera con buenos ojos su enamoramiento. Al volver de las vacaciones navideñas para seguir sus estudios en Viena, así se lo hizo saber a todos. Y así se lo contaron a Isabel aquellos que tenían la misión de vigilar al Príncipe. 

En aquella época, si unos novios no contaban con la aprobación paterna, estaban prácticamente abocados al fracaso pues resultaba imposible mantener entre ellos cualquier tipo de relación. Ni el correo ni los confidentes eran seguros, así que sólo podían aguardar una ocasión propicia o que el bendito destino pusiera en su camino un encuentro esporádico. 

María de las Mercedes ingresó como alumna en el colegio de la Asunción de Auteil, en Francia, y Alfonso en la academia militar británica de Sandhurst. El panorama que se les presentaba era la lejanía y el silencio entre ellos. No había forma de que pudieran contactar y continuar sus relaciones. ¿Alguien daría un céntimo por su amor? 

Durante unas vacaciones de verano, ambos coincidieron en París. Afortunadamente no les faltaron amigos sinceros para hacer llegar un mensaje propiciando una cita. Así que pese a todos los cuidados puestos por Isabel II, los jóvenes consiguieron verse al fin. Un día, se pararon ante una lujosa joyería de la capital francesa, y admirando las sortijas y pulseras que en el escaparate se exhibían, Alfonso comentó: «Son demasiado caras para mí ahora porque no tengo dinero, pero te compraré una bonita pulsera cuando sea rey». 

Los enamorados durante aquel periodo estival tuvieron varios encuentros en los jardines del Bois de Boulogne. A ese lugar acudía Mercedes todas las tardes con su dama de compañía. Y allí, puntual y escoltado por un ayudante de su más absoluta confianza, acudía Alfonso, que oculto entre los árboles, la veía llegar, henchido de emoción y profundamente enamorado. Fue durante uno de aquellos paseos clandestinos, cogidos de la mano, que Mercedes susurró: «Entrarás en Madrid y tú irás en un caballo blanco, completamente blanco». 

Salvando los obstáculos que pusieron ambas familias, se hicieron grandes promesas y dieron rienda suelta a unos sentimientos que ya nada ni nadie podría parar nunca. 

En España era conocido por todos el amor de la pareja y seguían con admiración y simpatía la decisión de ambos jóvenes de seguir adelante con su pasión, aun cuando ello suponía un considerable enojo por parte de Isabel II. 

Los asuntos políticos avanzaban por el buen camino y ya se daba por hecho la vuelta de la familia real a España. Así ocurrió, en efecto, en Enero de 1874. Con el pronunciamiento de Sagunto, se proclamó rey a Alfonso XII, y se inició la Restauración, lo que supuso la vuelta de los Borbones al poder. 

El día en el que Alfonso tomaba el tren que le llevaba a Marsella para continuar después su camino hacia España, la reina viuda de Fernando VII, María Cristina, temblaba de pura emoción y bendijo a su nieto con lágrimas en los ojos. Isabel II aguardaba para ofrecer a su hijo consejos y recomendaciones. Durante unos segundos, Alfonso pudo acercarse a Mercedes que estaba claramente azorada. Alfonso besó a la chiquilla y, en un susurro, le dijo: «Mercedes... espérame. Me esperarás... ¿verdad que sí?». 

El 14 de Enero de 1875 Su Majestad don Alfonso XII llegó a la estación de Atocha. Había solicitado de su amigo el Marqués de Alcañices que le preparase un caballo blanco. Y así, a lomos de un magnífico ejemplar de gran alzada, cumpliendo el sueño de su amada Mercedes, hizo su triunfal entrada en la capital de España. 

A partir de este momento se inicia «oficialmente» el romance entre Alfonso y Mercedes que transcurrirá entre cartas y breves visitas del Monarca al Palacio de San Telmo, en Sevilla, donde vive la familia de Montpensier, alejada de la Corte. 

En 1875, Alfonso cumplía 18 años. Así que una vez instalada la familia real en el Palacio de Oriente de Madrid, ya era hora de empezar a buscar a la futura esposa del Rey de España. Se habían inspeccionado a las posibles candidatas entre las jóvenes casaderas de las monarquías europeas. 

El jefe del gabinete ministerial D. Antonio Cánovas del Castillo, comenzó a decir: «En opinión de Su Majestad la Reina...», pero Alfonso fue tajante y cortó: «Jamás me casaré en contra de mi voluntad. Además, ya he elegido. Me casaré con la Infanta María de las Mercedes de Orleans. Con ella y con nadie más». Acto seguido, con paso firme, salió del despacho. 

Sobra decir que Isabel II, sus ministros y cortesanos se indignaron, sin embargo, el pueblo aplaudía la férrea voluntad del Monarca. En las Cortes se decía que la imagen del rey quedaría seriamente dañada. «Podéis quitarme la Corona, si es que lo decidís así algún día, pero nadie podrá quitarme a mi Mercedes». 

Mientras la clase política criticaba al rey, el pueblo llano elogiaba su coraje, pues decían que hacía lo que cualquier hijo de vecino, casarse con quien quisiera. 

Según ordenaba la Constitución, el rey —que no pensaba siquiera en cambiar de idea— somete al Parlamento la aprobación de la boda. Se suceden numerosas y acaloradas discusiones. Se valoran los pros y los contras del real enlace, pero no se decide nada. Al final de una larga intervención, un diputado, Claudio Moyano, termina diciendo: «Señores, podemos seguir discutiendo de todas esas cosas, pero jamás voy a discutir sobre la Infanta Mercedes, porque los ángeles, señores diputados, no se discuten». 

Asunto zanjado. Las Cortes aprueban la boda y se pide una dispensa de consanguinidad al Vaticano debido al grado de parentesco entre los contrayentes, que es firmada por León XIII. 

El 23 de Enero de 1878, Alfonso y Mercedes se casaban en la Basílica de Atocha de Madrid. A enlace, no asistió Isabel II. La capital de España estaba más bella que nunca. Tanto invitados como espectadores lucían sus mejores galas. 

alfmerc15La boda pareció sacada de un cuento. Cogidos del brazo, Alfonso XII y María de las Mercedes avanzaron por la nave central de la Catedral. Él vestía el uniforme de Capitán General con todas las condecoraciones y el sable al cinto. Ella, entera de blanco, cual princesa de leyenda. Ambos se arrodillaron ante el altar. La voz pontifical preguntó a la bella infanta: «Serenísima señora doña María de las Mercedes de Orleans y Borbón, Infanta de España, ¿quiere Vuestra Alteza por legítimo esposo y marido...?» 

Mercedes estaba muy pálida, pero muy contenta; envuelta en tules y encajes, rodeada de perlas que hacían resaltar su cutis de camelia, la reina saludaba con la más dulce de las sonrisas, mientras Alfonso, risueño y orgulloso, denotaba que había triunfado en su auténtico amor como en los cuentos de hadas». 

Tras la misa se dieron el «sí quiero» entre lágrimas de emoción de los allí congregados. 

Convertidos ya en marido y mujer, en rey y reina, recorrieron las calles de la ciudad en una elegante calesa. Saludaban a la multitud y se hacían confidencias. Hicieron las delicias de los habitantes enfervorizados de la villa y corte. Después, pusieron rumbo al madrileño Palacio de El Pardo, donde iniciarían lo que ellos pensaban sería una interminable luna de miel. 

En honor a los recién casados el pueblo inmortalizó el evento con chascarrillos y coplillas: 

El 23 de Enero se casa un rey 

con su primita hermana, ¡mira que ley! 

Quieren hoy con más delirio a su rey los españoles, 

pues por amor se ha casado como se casan los pobres. 

Fue un día de júbilo y grandes celebraciones. Se inauguraron las nuevas farolas de luz eléctrica de la Puerta del Sol, así como de los alrededores del Paseo del Prado y las fuentes de Neptuno y Cibeles. 

Mas la boda tan sólo duró 154 días. Cinco míseros meses fue lo que pudieron disfrutar la pareja de su intenso amor. Fue rápido, hermoso y triste como una leyenda romántica. 

En la primavera de ese año, la reina sufre un aborto tras un difícil aunque muy deseado embarazo. Consigue recuperarse pero su salud se resiente. Le aquejan fiebres altas, hemorragias intestinales, trastornos, vómitos, etc. Alfonso XII no se separa de ella mientras dura su enfermedad, al igual que todo el pueblo de Madrid, que se congrega en los alrededores del Palacio de Oriente a la espera de alguna noticia sobre el estado de su tan querida reina. 

Los médicos no se explican muy bien la causa de tales males. La leyenda dice que fue una tuberculosis causada por una lluvia que la sorprendió en una excursión. También se ha barajado que fuera una infección por la pérdida del bebe, intoxicación e incluso asesinato. 

María de las Mercedes, tras una larga agonía moría en brazos del desdichado Alfonso XII el 26 de Junio de 1878. España entera, enmudece de dolor cuando quince cañonazos escriben en el cielo de Madrid el parte final. 

Dos días antes, en su cumpleaños, su esposo, el rey, que no se apartaba ni un momento de su lado, depositó en la cama un joyerito de nácar con cifra en oro, que guardaba un hermoso broche de media luna de perlas, la cajita de música al abrirse dejaba salir una melodía, Para Elisa, que inundó la estancia. Una leve sonrisa iluminó el rostro de la reina, que apenas tenía ya fuerzas para sujetarla. Una frase viene insistentemente a sus recuerdos: «Las perlas traen desgracias, anuncian penas», le dijo una gitana en uno de sus paseos por el Retiro. En su boda las lucía y eso la atormentaba. Llamó a su aya y le pidió: «Guarda esta joya, Ramona, yo nunca me la pondré». 

El cuadro que ofrecía la regia cámara era tristísimo, los duques de Montpensier, sus padres, y su querida hermana Cristina rodeaban también el lecho: «Mercedes, cuando mejores, vamos a ir a nuestra Sevilla al Palacio de San Telmo, ¿te acuerdas las bromas que le gastábamos a Mr. Lattour? Qué felices éramos....». «Sí, hermana, lo recuerdo, pero yo ya nunca volveré a San Telmo...». 

El sol de aquel incipiente verano se apagó para siempre en el rostro de aquella «Carita de cielo», como se apagó el alma y la vida de su enamorado, cuyo dolor no encontró consuelo. Nada ni nadie consiguió calmar el sufrimiento de su cruda realidad. 

Madrid se tiñó de tristeza. Sus calles se cubrieron de silencio y de desolación. Los madrileños, apenados y sin consuelo, desfilaron ante los restos mortales de la Reina Mercedes, expuestos en el Salón de Columnas del Palacio de la Plaza de Oriente. La amortajaron con el hábito blanco y la toca negra de Nuestra Señora de la Merced, facilitado por las monjas del Convento de Don Juan de Alarcón. El verla así, con su vida cortada de cuajo en su tierna juventud, arrancaba lágrimas y sollozos de amargura. 

El rey, destrozado como estaba por la prematura muerte de su amante esposa, hubo de soportar otro dolor aún más intenso. Según la tradición, a los reyes hispanos se les prohibía asistir al funeral de sus consortes, por lo que hubo de ver, impotente, desde una ventana de palacio, cómo se alejaba el cortejo que llevaba a Mercedes al lugar donde descansaría... y cómo se alejaba de él para siempre. 

Su llanto, su infinita tristeza y la locura que se apoderó de él, lo arrojaron a un pozo sin fondo del que ya le fue imposible salir. 

El sentimiento de Alfonso XII quedó plasmado en la breve inscripción que mandó grabar en el sepulcro de su amada: «María de las Mercedes, de Alfonso XII la dulcísima esposa». 

Fue trasladada a El Escorial, donde fue sepultada en la Capilla de San Juan Bautista de la Basílica. Cuentan que el rey, su esposo, bajaba cada noche por una estrecha escalera que comunicaba directamente sus estancias con ésta, y pasaba allí largas horas con ella. 

Desde el 8 de noviembre del año 2000, los restos mortales de la Reina María de las Mercedes, reposan definitivamente en la Catedral de la Almudena, donde quiso el rey Alfonso XII que descansara eternamente. Dice la leyenda que en los días de primavera, acercándote a su tumba, se puede escuchar una melodía tenue y fría, esa que tanto le gustaba escuchar a ella, Para Elisa. 

El Rey se recluyó en el Palacio Real de Riofrío, Segovia, aconsejado por sus familiares y consejeros, y allí, cual fantasma, lloró la intensa pena por la pérdida de su esposa y el triste destino que le tocaba vivir sin ella. 

Hubo de contraer matrimonio por razones de Estado, y así lo hizo con la archiduquesa María Cristina de Austria, doña Virtudes, como la llamó el pueblo por su castidad y honradez posterior. 

Cierto día, conversando con Cánovas del Castillo preguntó el Monarca: 

—Mi buen amigo Cánovas, ¿qué dice el pueblo de su reina? 

—Que es toda una reina. 

—Mercedes, incluso sentada en el trono, era más mujer que reina y Cristina, incluso con un hijo en brazos es más reina que mujer. 

Solamente siete años después de la muerte de María de las Mercedes, moría Alfonso de Borbón —un rey que se hizo querer por el pueblo—, cuando le faltaban 3 días para cumplir los 28 años. Fue el 25 de Noviembre de 1885. «Pasadas las 8 de la mañana, sus ojos se abrieron y al cerrarlos, parecía sonreír». 

Atrás dejaba una larga lista de amoríos con cantantes y vividoras con quienes pretendió ahogar el recuerdo de su «dulcísima y amada esposa». 

Sobradamente conocidas sus aventuras y el íntimo drama que el rey alojaba en su corazón, el pueblo, siempre sensible y dispuesto, hizo popular una tonadilla basada en un antiguo romance español, para inmortalizar su pena, su soledad y su tristeza: 

¿Dónde vas, Alfonso XII, dónde vas triste de ti? Voy en busca de Mercedes que hace tiempo no la vi. 

Ya Mercedes está muerta, muerta está, que yo la vi, cuatro duques la llevaban por las calles de Madrid. 

Su carita era de cera y sus manos, de marfil, y el velo que la cubría, era color carmesí. 

Sandalias bordadas de oro llevaba en sus lindos pies, que se las bordó la infanta, la infanta doña Isabel. 

El manto que la envolvía era rico terciopelo y en letras de oro decía: «Ha muerto cara de cielo». 

Los caballos de Palacio ya no quieren pasear, porque se ha muerto Mercedes y luto quieren llevar. 

Los faroles de las calles con gasas negras están, porque se ha muerto Mercedes y luto quieren llevar. 

Ya murió la flor de mayo, ya murió la flor de abril, ya murió la blanca rosa, rosa de todo Madrid. 

(Romancero popular: ¿Dónde vas Alfonso XII? Anónimo) 

**Mi intención era cerrar este escrito con este triste romance, sin embargo, no puedo por menos que, aun siendo esta historia archiconocida, confesar que durante la confección de este artículo me he afligido mucho recordando el sufrimiento de estos dos amantes, a pesar de que es casi seguro que haya mucho de leyenda en la historia... 

Ay, las historias de amor quiero que acaben con un: «Y fueron felices por siempre jamás».

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