sábado, 18 de marzo de 2017

Lee Luna de Oriente

Kemal se encontraba apoyado en el marco ojival que daba a su jardín privado. Dos fornidos guardias negros montaban guardia como efigies de ébano. Le admiró a su pesar. Era una estatua de pantalones Burdeos y chaleco. Un suave viento mecía su oscuro cabello. Christin suspiró y se dio cuenta de cuánto tiempo había permanecido mirándole...

El leve jadeo fue suficiente para llamar la atención de Kemal, que se volvió de inmediato. Una sonrisa hermoseó su rostro... hasta que vio, no la belleza que esperaba, sino una figura cubierta hasta las cejas por una oscura capa. Su ceño se contrajo, pero se cruzó de brazos y no dijo palabra, despidiendo a Umut con un gesto que sólo él captó.

Christin se quedó allí parada, junto a la entrada, sujetando con fuerza la capa que la cubría, como si se aferrara al valor que se le estaba evaporando. Primero él la observó con atención. Luego, se aproximó. Emanaba un suave perfume que se diluía en los lagos esmeraldas que eran sus ojos. ¡Dios, pensó, aquel rostro le anulaba!

—¿No te gustó mi regalo?

—Sí. Me gustó.

—¿Entonces?

Christin disimuló una sonrisa complacida. Primer punto para ella: le había descolocado. Las lámparas derramaban un baño dorado en cuya luz veía palpitar su pecho varonil. Subía y bajaba acompasadamente y fantaseó con entretejer sus dedos en la madeja de su vello. La pequeña venganza le pareció de repente estúpida. Se despojó de la capa, respiró hondo, se mojó los labios y se aproximó a él.

—Estoy muerta de hambre, mi señor —murmuró.

A Kemal se le desprendió una sonrisa que velaba sus ojos y alentó el embrujo... sólo un segundo. La nuez de Adán le delató y Christin lo percibió: una carga de deseo que también en ella comenzaba a despertar.

—Si te toco... ¿desaparecerás como los duendes del bosque?

Se quedó muda.

Kemal acarició su rostro, la forma perfecta del mentón, el labio inferior. Un dedo se internó en su boca para tantear los dientes. Pellizcó ligeramente el labio superior y bordeó su nariz, el entrecejo, los párpados, las cejas. No podía creer que aquella mujer le fuera a pertenecer. Era un hada. Una aparición. Su cabello negro y rizado flotaba alrededor de sus hombros, etéreo como toda ella, con la rebeldía pintada en sus ojos. Su cuerpo... porcelana delicada y bellísima apenas oculta bajo la transparencia de la tela. Nunca había gastado mejor su dinero. El conjunto parecía haber sido creado especialmente para ella, para agasajar su piel. El corpiño se ceñía a su busto, realzaba su forma, bordeando apenas el suave contorno y el pantalón glorificaba sus piernas, largas y torneadas. Estaba preciosa. Y deseable. Y él, condenado fuese, la deseaba más que al aire que le mantenía vivo.

La avidez con que se regodeaba en ella enalteció a Christin. A fin de cuentas era mujer y, como tal, le halagaba sentirse admirada.

Ciñó él su talle y la pegó a su cuerpo. Atrapó su boca en un beso hambriento que ambos buscaban. Los ojos de ella estaban velados y él supo que esa noche sería suya. Y quiso entrever un acto de entrega y no la cesión de un comercio pagado. Despacio, alargando el momento, sus largos dedos acariciaron los hombros desnudos, bajaron a lo largo del brazo, se detuvieron en los codos, antes de llegar hasta sus delgadas muñecas, rodearlas y acabar entrelazándolos con los de Christin.

Ella apenas respiraba, trémula y avergonzada. Su mente le ordenaba escapar, pero su cuerpo era débil y ansiaba sus caricias. Él adivinó su sed, su agonía. Su mano, abierta y caliente, se posó en el vientre desnudo de Christin y ella ahogó un gemido.