CUARENTA Y NUEVEEl piel roja se detuvo en seco y en su rostro se dibujó la sorpresa.
El seco aviso de Ken, cortando el silencio de la noche, hizo que Abby abriera los ojos. Entonces vio que, casi sobre ella, se encontraba un individuo que le produjo un sobresalto, obligándola a lanzar un grito.
Pero en contra de lo que el intruso y el propio Malory esperaban, Abby se revolvió para coger su revólver y empuñarlo con decisión, encañonándole. Al mismo tiempo, Ken escuchaba una voz ronca y conocida hablándole en comanche:
-Algún día seré capaz de pillarte desprevenido.
Abby alzó más su colt, su dedo se curvó sobre el gatillo… Solamente los inmejorables reflejos de Malory libraron al indio de recibir una bala entre ceja y ceja, lanzando la pierna y alcanzando la muñeca de ella, haciéndola soltar el arma que se disparó al caer. El proyectil salió alto, pasando por encima de la cabeza del recién llegado y haciéndole respingar. Como por arte de magia, tres guerreros de aspecto feroz, invisibles hasta ese instante, se materializaron tras él. Malory y Abby se encontraron rodeados.
-¡Alto!
La tajante orden del que comandaba el grupo de indios les detuvo. Abby, que ya maldecía a voz en cuello a Ken por haberle impedido disparar, cosa que no entendía, enmudeció al ver que les estaban encañonando. La traspasó un temblor de pánico. Altos, fuertes, medio desnudos… una estampa magnífica y temible a la vez.
Malory se puso en pie y guardó su revólver con gestos comedidos. Alcanzó luego el de Abby y se lo devolvió indicándole con un gesto seco que lo guardara.
-Ahora podrías estar muerto –habló con tono arisco mientras se levantaba, en un idioma que Abby no entendió.
La repentina carcajada del indio asombró a la muchacha. Y su desconcierto aumentó más cuando, a una señal, los demás bajaron sus rifles, acercándose al fuego, alrededor del cual se sentaron. El que les dirigía enfundó el cuchillo, tomó asiento con las piernas cruzada y estiró las manos hacia las brasas.
-Podría estar muerto, sí, pero no por tu mano, Lince Blanco –contestó al cabo de un momento, dejando que otra carcajada flotara en el aire-. Tus reflejos siguen siendo buenos, pero casi se te adelantan –echó una rápida mirada a la joven-. Una mujer con arrestos, ¿eh?
Abby estaba muda. Era la primera vez en su vida que se quedaba sin palabras. ¿Qué estaba pasando? ¿Quiénes eran aquellos salvajes? ¿Por qué parecían estar confraternizando con Malory? Lo que era más intrigante, ¿de qué hablaban? No se atrevía a moverse, sintiéndose observada. Le habían empezado a sudar las manos, tenía la camisa pegada al cuerpo y, tras su impetuosa reacción de supervivencia, que de poco había servido, el miedo se había apoderado de ella.
Malory le tendió la mano ayudándola a incorporarse del suelo, pegándola luego a su cuerpo. Ella no se negó a apretarse contra el pistolero, con el corazón bombeándole en las sienes, recordando atropelladamente antiguas plegarias aprendidas de niña. Porque el gesto de Ken, lejos de tranquilizarla, se le antojaba un aviso de peligro. ¿Qué otra cosa podía pensar sino que hablaban de ella? ¿Tal vez estaban intentando intercambiarla? Había oído que era práctica habitual entre los indios. Se mareó de solo pensarlo y tragó saliva cuando los ojos oscuros se clavaron directamente en los suyos. Se mordió los labios para darse valor, pero desvió la mirada. Fue peor, porque descubrió a otro de los sujetos, un tipo algo más bajo, fornido, de ojos ardientes, que la observaba con algo muy parecido al odio.
-Tranquila St. James –oyó que le decía Ken-. Son amigos.
-¿A…a…amigos? –se maldijo viendo que le había temblado la voz.
-Te presento a Ave Veloz. Ella es la señorita Abby St. James, de Boston.
-Un placer –la saludó el indio en un inglés con fuerte entonación-. ¿Tu mujer? –regresó a su idioma al interrogar a Malory.
-No –repuso Ken, pero su brazo oprimió más el talle de ella. Ante el gesto de sorna del otro aclaró:- Me contrató como guía.
-¿Ahora te dedicas a eso? ¿Mataste ya a...?
-Este trabajo es sólo un interludio en mi búsqueda –cortó Ken-. ¿Has sabido algo sobre el hombre al que persigo?
-No, pero mis guerreros siguen atentos.
-Hay carne, si tenéis hambre –zanjó Malory el tema.
Ave Veloz se comunicó por señas con sus hombres y dos de ellos se acercaron para preparar espetones sobre los que poner a los animales. Sentados alrededor del fuego, nadie volvió a hablar mientras los indios comían.
Con el transcurso de los minutos, Abby fue recobrando parte de la serenidad y el aplomo perdidos, estudiando con atención a sus forzosos invitados sin apartarse un ápice de Malory, lo único que le daba cierta seguridad. ¿No era ese indio al que él se había referido con amistad, incluso con cariño? Aparentemente no tenía nada que temer, pero no se fiaba de unos salvajes cuyos movimientos eran pausados pero poco amistosos, permaneciendo alerta en todo momento.
Cuando dieron por terminada la cena, el llamado Ave Veloz volvió a interesarse en ella. Sonrió, moviendo la cabeza y se dirigió a Ken:
-Estamos acampados a unas cuantas millas. Ojos de Gacela se sentiría feliz si nos hicieras una visita.
-¿Sigue tan respondona como siempre?
Se escuchó de nuevo la risa del comanche. Se estiró como un felino, recostándose sobre un codo para juguetear con una ramita entre las brasas.
-¿No tienes nada de beber para ofrecer a tus visitas? ¿Dónde ha quedado tu hospitalidad?
Sonriendo, Malory se incorporó para llegar hasta sus alforjas, sacó una botella de whisky y se la lanzó antes de regresar junto a Abby. Ave Veloz dio un trago largo, pasando después el alcohol a sus hombres.
-Ojos de Gacela nació respondiendo –contestó luego a la pregunta de su amigo-. Pero es la mejor mujer a la que podría haber unido mi vida.
-¿No has buscado nuevas diversiones?
-¡Por Manitú, hombre! Ella me despellejaría como a un venado –regresó su atención a la compañera de Ken, porque le intrigaba, adivinaba en ella el mismo coraje que en su propia esposa y eso le agradaba-. Es bonita tu mujer.
-No es mi mujer, Ave Veloz, ya te lo he dicho.
-Pues debería. Cualquier guerrero daría seis…
-¿Les importaría hablar en cristiano? –intervino Abby, cansada ya de no enterarse de la conversación, pero intuyendo que hablaban sobre ella.
-Perdón. Decía que es usted muy bonita y que cualquier guerrero daría seis buenos caballos por hacerla suya.
Maldijo haber pedido que dejaran de hablar en comanche porque el comentario la hizo tensarse y arrimarse más al pistolero, repentinamente espantada. Así que no se había equivocado, estaban a medias de una transacción. Interrogó a Ken con la mirada. Que se mantuviera impávido ante una oferta por ella, la irritó y le provocó desconfianza.
-Estoy seguro de que los darían –le oyó decir.
-Tiene el cabello como los rayos de la luna. ¿De veras no es tuya, Lince Blanco?
-No soy de nadie, señor Ave Veloz –respondió por sí misma ella, digiriendo a la vez el nombre con el que el piel roja había llamado a Malory.
El indio sonrió de oreja a oreja y ella hubo de aceptar que resultaba no sólo guapo, sino fascinante. Debía tener más o menos la edad de Ken, aunque las ligeras arruguitas alrededor de sus oscuros y fieros ojos decían que era un hombre más dado al humor que su adusto guía. Su cuerpo era magnífico, delgado pero fuerte, donde los músculos parecían cuerdas.
-Y su voz es suave como la brisa de la primavera –continuó Ave Veloz como si no la hubiera escuchado-. Cabello de Luna –murmuró después-. Un nombre muy apropiado para ella, ¿no te parece, Ken? Si no estuviera enamorado de Ojos de Gacela te ofrecería incluso ocho de mis mejores caballos por ella.
-Creo que no me ha entendido, señor –se enojó Abby escuchándole-. Le he dicho que…
-La escuché, señorita –se rio él-. La escuché. ¿De veras me hubiese disparado hace un rato?
-Le salvó la campana, como suele decirse.
-¿Cómo?
-Eso es un sí, Ave Veloz –tradujo Malory.
-Ya veo –los ojos del comanche se achicaron al mirarla-. Quiere decir que me salvó tu intervención.
-Exactamente.
-Gracias entonces.
-No hay de qué.
-¿Dispara usted bien, señorita?
-Sería capaz de arrancarle la pluma de la cabeza a cincuenta pasos.
-¡Vaya! Bien, –dijo con clara admiración-, espero que no le importe que descansemos aquí esta noche.
Abby se encontró asintiendo, dando su conformidad a una situación que le resultaba ya no sólo incómoda, sino ciertamente preocupante. Porque esos indios parecían pacíficos, Malory decía que eran amigos, pero… ¿quién lo confirmaba?
-Dormiré con un ojo abierto, de todos modos –respondió.
El comanche dejó fluir su diversión ante un comentario tan punzante. A una palabra suya los guerreros buscaron acomodo para pasar la noche, salvo uno, que se alejó para montar guardia. El indio que no había parado de observarla de modo persistente, se tumbó cerca de ella. Como respuesta, Ken acomodó su manta justo a su lado, entre ambos, enlazando después su cintura, instándola a dormir. A ella, ese gesto, aparentemente sin importancia, le pareció un claro aviso de propiedad al piel roja, lo que la hizo sentirse reconfortada por un lado y enojada por otro. Colocó su colt bajo la manta que le servía de almohada, cerca de su mano.
Capítulo 50
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