martes 17 de enero de 2012

Tierra salvaje - Capítulo 43


CUARENTA Y TRES


El hambre les devoraba.
Apenas cerrar la puerta del cuarto, Malory la emprendió con la ropa de Abby. Y ella no se quedó atrás, la dominaba una ansiedad que igualaba la de él. Tomando la iniciativa, ella le arrancó la camisa, sus manos abiertas se recrearon en un pecho granítico, unos hombros anchos, unos brazos fuertes. Ken era pura piel de seda que comulgaba con la fortaleza de unos músculos que ella deseaba tocar. Notar que sus descaradas caricias aceleraban la respiración masculina era un elixir que la arrastraba aumentando su codicia. Se sintió dueña y señora, pérfida e inocente, mujer y niña.
Malory se pegó a ella dejándola notar su excitación, le permitió hacer cuanto se le antojara. Intentaba no comportarse como un chiquillo en su primera cita amorosa, pero su sangre bullía en las venas, apenas podía respirar sintiendo las manos de Abby sobre la piel, adulándolo, agasajándolo como si fuera poco menos que un dios. Ella tomaba y entregaba a la vez y él, como un menesteroso, bramaba por sus besos.
Cuando ella echó mano a la hebilla del cinturón, atrapó sus muñecas apartándola. Si no frenaba, estaría perdido. Se estaba ahogando en un mar embravecido en el que ella, y sólo ella, era la barca salvadora. La tomó en brazos. A tientas, como un beodo, se acercó a la cama para tumbarla. Torpe como nunca, le fue quitando la ropa, besando cada porción de piel que dejaba al descubierto.
Abby era toda sensualidad, una belleza que obnubilaba su mente, que lo dejaba en un estado de desamparo desconocido a la vez que se sentía dueño del mundo. Le urgía libar cada milímetro de su piel, explorar cada valle, subir a cada cumbre, perderse en ella. Quería estar rodeado por sus largas y esbeltas piernas, entrar en su carne de satén caliente, inhalar su perfume, respirar su aliento.
Con mirada brillante de pasión, la admiró en su desnudez. Ella tenía las mejillas sonrosadas, sus ojos grises hablaban el idioma secreto que no necesitaba palabras, demostraban desearle de un modo completo, sin inhibiciones, complejos o vergüenzas.
Ken pegó su boca a la de ella para saborear sus labios, néctar puro, verdadera ambrosía. Dejó que los suyos resbalasen luego hacia el mentón, se recreó en su garganta, allí donde latía desbocada una vena, se desvió hacia su clavícula.
Abby se deshacía en emociones, intentaba abrazarlo, soldarle a ella, pero sujeta como estaba sólo podía debatirse en el océano ardiente que configuraban los labios de Ken haciéndola temblar. Arqueó el cuerpo cuando la boca de él se apoderó de la cúspide de uno de sus pechos. Malory jugaba con ella, la martirizaba con sus caricias, la hacía desear y se retiraba, regresaba a ella para mordisquear levemente el pezón. La recorrían lenguas de fuego. Se retorció al tiempo que gemía, sumida en un remolino de excitación, a medias entre la gloria de sus lisonjas y el infierno que se desataba entre sus muslos exigiendo liberarse.
-Te quiero dentro.
A Malory, una petición tan directa le volvió loco. Se irguió para quitarse los pantalones y las botas. Le dolía hasta el alma de necesidad. Estuvo a punto de derramarse sobre la colcha viendo que los ojos femeninos, ebrios de deseo, se clavaban en su dolorida masculinidad. Ella se ofreció, le tendió los brazos. Secuestrado por la ninfa que lo reclamaba, acopló su cuerpo al de Abby, entró en ella, se dejó atrapar por su feminidad sintiéndose como un bajel a la deriva. Pujó hasta el fondo, se retiró, volvió a fundirse en su interior. Las manos de Abby le impulsaban, presionando sus nalgas, a incrementar un ritmo ya de por sí frenético.
Ella ahogó un grito contra su hombro alcanzando la cumbre del placer, haciendo que se uniese a ella en esa danza mágica que, desde tiempos inmemoriales, une a los amantes.
Sin fuerzas, con la respiración agitada y la sangre tronando en sus oídos, Malory se dejó caer al tiempo que la abrazaba. Poco a poco, como el que despierta de un sueño, tomó conciencia de lo sucedido. Se hizo a un lado liberándola de su peso, cubriéndose los ojos con un brazo, intentando recuperar el ritmo normal de su corazón que palpitaba como un potro desbocado en su pecho. Ahora que todo había terminado, que había probado de nuevo las delicias de hacer el amor a Abby, regresaban las espantosas dudas. ¿Qué haría ahora? Bramaba interiormente por confesarle que la quería, pero no podía ofrecerle nada porque no sería un hombre completo hasta haber vengado a Lidia. Abby era una mujer increíble que lo daba todo sin pedir nada a cambio, la mujer con la que deseaba compartir el resto de sus días. Y él se había comportado como un loco, como un irresponsable, como un perro en celo. Se le dibujó un rictus amargo en la boca diciéndose que no la merecía.
Abby se apoyó en un codo para besarlo en el pecho.
Y no fue ajena a esa mueca de disgusto.
Se le cayó el mundo encima. Un dolor lacerante la atravesó como una puñalada. Porque, ¿qué otra cosa podía pensar sino que él se arrepentía de lo que habían compartido? Una mezcla de rabia y desconsuelo se abrió paso en su pecho. Hubiera querido morirse allí mismo. Pero lejos de echarse a llorar, que era lo que realmente quería, se rehízo, como el junco al que azota el viento irguiéndose de nuevo tras la tormenta. Se tragó las lágrimas de mortificación, se levantó y buscó sus ropas. Carraspeó para evitar que se le escapase un sollozo y dijo:
-No ha estado mal.
Malory clavó los ojos en ella, sin comprender.
-¿Qué?
-No voy a repetírtelo –dejó escapar algo parecido a una carcajada-, ya eres demasiado orgulloso para echarte flores. Pero quiero aclarar, para que no haya malos entendidos entre nosotros, que espero que no confundas lo que ha pasado.
-Maldito si te entiendo, Abby.
-Te creía más inteligente. Hemos pasado un buen rato. Ahí acaba todo.
Ken estuvo a punto de tragarse la lengua. La observó fijamente mientras ella se adecentaba el peinado, sin acabar de creerse lo que escuchaba. Ella se mostraba distante, tranquila, como si realmente no acabaran de hacer el amor de un modo desenfrenado, como si todo hubiera sido un juego, un simple intercambio de… ¿De qué?
El orgullo no es bueno. Y Malory tenía demasiado. Fue ese orgullo el que le precipitó a conclusiones que le hirieron en lo más profundo. Así que todo se trataba de retozar durante unos minutos, sin más connotaciones sentimentales. Ella había encontrado a un macho que le agradaba y él había ejercido como tal. Fin.
La hubiese estrangulado. Se le hacía difícil escuchar sus palabras despegadas de todo sentimiento cuando, momentos antes, se le había entregado con frenesí. De pronto se sintió ridículo, viéndose como una marioneta al antojo de los hilos que ella manejaba. Lo había utilizado del modo más vil y él, sin ser consciente, había caído en su tela de araña como un imbécil. ¿Qué venía ahora? ¿Devorarlo como la amantis religiosa que estaba demostrando ser? Merecía que lo ahorcasen por haber creído que ella sentía algo más que simple lascivia, por darse cuenta de que se le había metido debajo de la piel, por amarla como un desesperado. Porque la amaba, sí, ¿a qué negarlo? Merecía que lo ahorcasen, desde luego, por gilipollas. Sólo le consolaba no haberle declarado lo que realmente sentía por ella. De haberlo hecho, ahora la mofa sería mayor.
-Deberíamos bajar a cenar –la oyó que decía con voz templada.
Se tiró de la cama, recogió sus pantalones y se los enfundó de dos zarpazos. Buscó sus botas y su camisa, ciego de ira. Con ellas en la mano abrió la puerta que golpeó en el muro, se volvió y sus ojos, coléricos, la miraron de arriba abajo. ¡Ah, no!, se dijo. Si ella era una diosa de hielo, él podía muy bien ser un dios de escarcha.
-Me alegra que tomes lo que ha sucedido como un simple intercambio, St. James. Me sabría mal tener que destruir más tarde sueños infantiles.
Abby, ahogándose por retener un llanto que pugnaba por escapársele, respingo ante el portazo. Al quedar a solas, ya no lo soportó más, estalló en sollozos dejándose caer de rodillas y cubriéndose el rostro con las manos. ¿Qué había hecho? ¿Cómo era posible que hubiera entregado su corazón a semejante desgraciado? Había sido un títere en sus manos, se había entregado a sus caricias, le había dado todo. ¡Condenada fuese el alma negra de Malory!
Lloró hasta que ya no tuvo lágrimas, sumida en la compasión por sí misma, odiando a Ken y amándolo a la vez.



Capítulo 44

14 comentarios:

Marta L.Esteban dijo...

¡¡Ayyyy!! ¿Serán capaces de guardarse el orgullo por una vez y decirse lo que sienten? Por Dios, vaya par de dos!! Que alguien los de un collejón!!

Annie dijo...

Hay que fuerte, no es por mala pero la culpable fue Abby por adelantarse a los hechos.
el orgullo es un arma de dos filos creo que ya se dieron cuenta
Muy intensa

Nieves Hidalgo dijo...

No me acordaba, no me acordaba.
Puñetero orgullo, Martita. Es para matar a los dos.
No sé cómo he podido poner a ambos tan cabezotaaaaaaaaaaaaas.

Besitos y besitos

Amparo dijo...

Pero este chico no tiene remedio, mira que ponerse a reflexionar si se la merece o no, despues de semejante acto. Claro lo pilla con la guardia baja y catapun, se fastidio el invento.
Bueno vamos a tener fé.
Ahora estan los dos muy alterados por los hechos, pero nada que no se pueda arreglar con una buena explicacion. ¿No es asi Nieves?
Espero esta noche en candeletas para ver si hacen las paces.
!Uf! que nerviada.
Besitos. Muaaaaaa.

Mariana dijo...

Arghh!!¿pero estos dos que hacen? después de semejante encuentro y se ponen a filosofar si se merecen el uno al otro o si se han arrepentido...pues malentendido al canto!si es que no se puede dejar hablar al orgullo sin pensar!vaya par de mulas testarudas...se lo tienen merecido!Solo espero que la pelea no les dure mucho que me da que se van a necesitar mucho en breve...además lo mejor de las discusiones de estos dos es como las terminan...jeje(guiño).
Gracias Nieves por regalarnos una pareja tan intensa.Un beso enorme para todas.

Willowgreen dijo...

Maaaaaadre mia!!! Pero vaya par de cabezones, orgullosos y tontorrones. De un puntapié en el culo les espabilaba yo. Vaya cagada de ambos después de semejante revolcón.
En fin, como dice Amparo, esperemos que hagan pronto las paces porque sino va a ser un viaje muuyy laaargo y tormentoso.
Besos fuertes.

Nieves Hidalgo dijo...

Amparo, Mariana, Willowgreen:
Pero sila salsa es qe estén como el perro y el gato, jajaja. Si se arreglan, se nos acaba la historieta.

No os quejaréis de la foto que nos ha regalado Irdala para el capítulo. Es genial.

Besoooooooooos a todas

Nieves Hidalgo dijo...

Annieeeee, me acaba de saltar tu comentario. Internet está para darse un tiro en la cabeza.
Gracias por seguir aquí, guapa !!

Muchos besos

Anónimo dijo...

Pero mira que son los dos... de todas formas ella explota enseguida!! parece una gaseosa!! Antes de cabrearse así... enfín debería tratar de averiguar!!! Y más sabiendo su historia.. je je je (hoy le salvo a él). están los dos que saltan chispas cuando se tocan y después se enfrían así??? por dios esto no es bueno para el corazón!! Nieves déjamelos un poco tranquilos después de semejante revolcón!! si es que no les has dado tiempo ni a saborear... Eres muy malota!!
me encanta je je je. (que perversa soy... ) primero digo que se lo tomen con calma pero en el fondo me gusta que sufran ja ja ja
besotes. Marta.

Nieves Hidalgo dijo...

Marta,

Yoooooo soy rebelde porque el mundo me hizo asíííííííí, laralalá.
Me encanta que discutan, no puedo remediarlo, jejeje.

Besitos y abrazos.

Bego dijo...

De verdad Nieves, pero que par has creado.
Pero..., estupenda escena.

Besos.

Marta L.Esteban dijo...

La verdad es que tienes razón Nieves, la salsa está en que discutan, si se acaramelan tan pronto parece que llegamos antes al final. Que discutan, que discutan, qué así será mas intenso el desenlace amoroso.
Viva!!!

Un beso enorme para todas :D

Yuli dijo...

jajaja wooo!!! eso estuvo peor que un volcàn, la verdad los dos tienes su lado de la culpa el por ponerse a pensar en eso y ella por decir lo que dijo.
Nieves es usted maravilloza le vuelvo a decir me fascinan sus novelas, gracias por escribirlas saludos desde Panamà!!!!

Nieves Hidalgo dijo...

Bego, Martita, July

es un placer veeros por aquí con tanta frecuencia. Trabajar para vosotras es un regalo.

Os quiero.