domingo, 27 de febrero de 2011

SU ALTEZA, EL PEÓN (Historia de Elena y Diego)


Habéis sido much@s l@s que, de todas las maneras posibles, me habéis hecho llegar vuestro deseo de que escribiera la historia de Elena y Diego, personajes secundarios que aparecen en Amaneceres cautivos.

¿Cómo negarme a tantas peticiones cuando ha habido quien, incluso, se ha aventurado a mandarme un relato con la historia de esta pareja? Imposible dejaros con las ganas.
Así que, que sepáis que en ello estoy.

A continuación os copio un borrador con el inicio del que será el libro donde se narre la aventura de Elena y Diego. Llevará por título "Su Alteza, el peón".

A ver que os parece.


SU ALTEZA, EL PEÓN (Borrador de la histora de Elena y Diego)


CAPÍTULO 1


Trujillo. Hacienda La Antillana. 1517.


Se había casado aquella misma mañana.

Y había roto su matrimonio antes de finalizar el día.

Todo un récord. Incluso para ella, la impulsiva, imprudente, pertinaz y temeraria Elena Zúñiga.

El omnipotente y soberbio Enrique Zúñiga de Valbuena, su padre, aquel que se vanagloriaba ante quien quisiera escucharlo de haber acompañado en su lecho de muerte a don Alonso de Cárdenas, maestre de la Orden de Santiago, lo dejó todo dispuesto antes de morir. Y su madre, una mujer pusilánime que siempre vivió cohibida por una personalidad tan absorbente, no se atrevió a desairarle ni aún después de que descansara en una caja de pino.

El único apoyo le llegó por parte de su abuela, una inglesa dispuesta y flemática. De ella había heredado no solamente su cabello rubio y sus ojos azules, sino genio, bravura y también cinismo. Legados que, aderezados por su testarudez, alimentaron continuos enfrentamientos en vida de su progenitor.

Pero él había ganado, al fin, aquella batalla de arrestos. Aún después de muerto impuso su voluntad. Sin alcanzar la mayoría de edad, sólo podía doblegarse y aceptar el matrimonio con Diego Martín y Peñafiel, conde de Bellaste.

Y lo aceptó.

Otra cosa iba a ser la convivencia que exigía el matrimonio.

Había nacido libre, hablaba tres idiomas, conocía las letras y las matemáticas, podía tocar un clavicordio de 38 teclas… Lo que era más importante, tenía un cuerpo. Una cabeza, dos brazos y dos piernas. Éste dato era ya de por sí suficiente, según su abuela, para que nadie le impusiera su santa voluntad. Claro que una cosa era la lógica y otra la práctica. En un mundo de hombres, un pensamiento libre como el suyo, topaba siempre con cada varón que se le acercaba. Sobre todo con su padre, que en nada se parecía al difunto abuelo. Si él hubiera estado vivo…

Así que viajó hasta Trujillo acompañada de su abuela, tres sirvientas y un número de soldados, algo bisoños, pero suficientes como para hacerse respetar durante el trayecto desde Toledo. 166 largos kilómetros de polvo, mosquitos, zanjas y cansancio hasta llegar a la ciudad donde celtas, fenicios, romanos y árabes dejaron su huella a lo largo de la Historia. De intrincadas callejuelas, iglesias y palacios. Tierra de encinas, alcornoques, robles y quejigos.

No la importó el viaje. Amaba Extremadura y parte de su infancia transcurrió a caballo entre sus llanuras y las de Castilla. A lo que se opuso desde un principio, fue a regresar a la hacienda de los Bellaste, La Antillana. Y a casarse con Diego.

Pero ya no había remedio. El padre Agustín, al que conocía desde niña, les unió en santo matrimonio. Unos esponsales que duraron lo que dura la ceremonia, el convite y las felicitaciones.

A la hora de retirarse al tálamo nupcial, Elena despidió a damas y sirvientas y esperó la llegada de su reciente esposo en tensión pero decidida a afrontar la prueba de fuego que se avecinaba.

Minutos después, aquel hombre sobrio, gallardo y aristocrático con el que la habían casado, entró en el cuarto. No dijo ni palabra, pero vio la decepción pintada en su cara. Aún vestía de novia y no le aguardaba con un delicado y sensual camisón, como dictaba la tradición.

Ella continuó de pie junto a la ventana ojival que se abría al jardín. Rosas, rododendros y jazmines conferían al lugar un halo mágico del que siempre estuvo enamorada. Al fondo, el pequeño laberinto en el que tantas veces se perdieron ambos, cuando eran unos niños.

Diego cerró y se acercó.

Lo disimuló, pero un escalofrío recorrió la espalda de Elena ante su proximidad. Olía bien el condenado. Se acodó en el alféizar, aunque seguía sus movimientos por el rabillo del ojo. La mano de Diego, acercándose, la paralizó. Si intentaba… Solamente tomó entre sus dedos un mechón de aquel cabello casi platino que le fascinó siempre, acariciándolo, maravillándose de su textura sedosa y su brillo. El perfil de Elena resultaba patricio. Era hermosa. Y distante.

-¿Nerviosa? –le preguntó, apoyando los dedos en su nuca-.

Ella se alejó hacia el otro lado de la habitación. No sabía donde poner las manos y el corazón amenazaba con salírsele del pecho. Inspiró profundamente y se le enfrentó. Por un instante, se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Rechazarle era de locos. Diego era un hombre muy atractivo. Tenía fortuna, un título y gozaba del favor del regente de España, el cardenal Cisneros. Con él podría disfrutar de lujos que nunca paladeó en casa de su padre, poco dado a lo que él denominaba gastos superfluos. Y también gozar en su cama. De eso no le cabía la menor duda, si daba pábulo a las habladurías que circulaban sobre el disoluto conde de Bellaste.

Incómodo por el silencio de su flamante esposa, Diego se echó el cabello hacia atrás.

No lo llevaba largo, apenas le cubría la nuca, pero aquellos remolinos de color cobre veteados de oro le recordaron a Elena un día muy lejano, cuando le volcó un cubo de barro en la cabeza. Él, en venganza, había buscado una navaja y cortado su larga trenza, de la que estaba orgullosa. Tres días completos estuvo llorando a causa de aquella escabechina. Claro que a él aún debían escocerle en el trasero los correazos que le propinó su padre, el difunto conde.

Sin proponérselo, se le curvó una sonrisa en los labios y él avanzó un paso, acaso creyendo despejado el camino.

Elena apoyó la palma sobre su pecho y le detuvo. Se armó de valor y le dijo:

-Diego, no deseo este matrimonio.

El desconcierto tintó de blanco el bronceado rostro masculino.

-¿De qué hablas?

-Hablo de que no lo elegí yo, me fue impuesto. Siempre supiste cómo pienso, así que no te hagas el pasmado ahora.

-¿Y por qué seguiste adelante? Juraste ante un sacerdote.

-Juré, sí. ¿Qué otra opción me dejaron? Juré respetarte, serte fiel, cuidarte en la enfermedad. Y lo cumpliré.

-¡Y amarme! –estalló él-.

-Pues mentí. Sólo amaré al hombre del que me enamore, Diego. Y tú no eres ese hombre.

Pocas veces en su vida se había sentido tan confundido. Hasta creía estar ya de vueltas de casi todo. Sin embargo, aquella belicosa tozuda le estaba demostrando que aún quedaba espacio para la sorpresa.

-¿Y si decidiera tomar lo que me pertenece por derecho? ¿Sabes que podría exigirte cumplir con tus obligaciones matrimoniales?

Claro que Elena lo sabía. Como sabía que nadie iba a pedirle cuentas si aquella noche la poseía, aunque fuera por la fuerza. ¿Qué podía hacer una mujer en esos casos? ¿Quién salvaguardaba sus deseos? ¿Por qué, desde que el mundo era mundo, debían ellas someterse a ellos? Se envaró y señalándose con el índice le advirtió:

-Ni te atrevas, Diego. Ni te atrevas.

El de Bellaste no se acercó a ella. Se limitó a observarla, bebiendo sus finos rasgos, casi vikingos, el nácar de su rostro, el cielo de sus grandes ojos, el oro de sus largas pestañas. El corpiño, donde decenas de perlas proyectaban chispitas bajo la luz del candelabro, se ajustaba a su pequeño y altivo busto, ciñéndose a una cintura estrecha que él podría abarcar casi con las dos manos. Por sobre la prenda, la carne trémula y clara de sus pechos le llamaba como el canto de una sirena. Se volvió, sorteando la evidencia con que su cuerpo respondió a su embrujo. Se acodó en la ventana, dándole la espalda.

-Así que deseas ser la condesa virgen –comentó con un deje de ironía-.

-Quiero tiempo, Diego. Solamente eso.

-¿Tiempo? –sus ojos frustrados se volvieron ámbar- ¿Cuánto tiempo? ¿Una semana, un mes, un año?

Elena se sentó en el borde de la cama. Se fijó en la punta de sus escarpines blancos y murmuró:

-No lo sé.

-Y ¿cómo vas a solucionar la muestra de tu virginidad en las sábanas? Sabes que vendrán a comprobarlo.

-Me… Me cortaré –balbuceó-. Un poco de sangre y…

-¡Por Cristo! Has pensado en todo, ¿verdad?

Ella agachó más la cabeza.

Le oyó suspirar profundamente, pero no se atrevió a mirarle. Le estaba pidiendo mucho, demasiado. Su título necesitaba un heredero y ella se lo estaba negando. Eso, y el sexo. Para un hombre como Diego, acostumbrado a tenerlo todo, a conseguir lo que deseaba con sólo chascar los dedos, era un insulto. Y podría tomar represalias, hacerla la vida imposible, encerrarla en un convento. Estrujó la seda del vestido entre sus dedos, trémulos ahora.

-Sea entonces, señora –dijo él al cabo de un interminable silencio-. Nuestro matrimonio será solamente una farsa, una obra de teatro que representaremos cada día. No te tocaré, si es lo que quieres. No te pondré una mano encima, Elena, aunque sólo Dios sabe si acabaré de enloquecer por tanta concesión. No sé lo que aguantaré. Entretanto no podrás negarme que trate de seducirte. Y eso, te juro que pienso hacerlo.

¿Seducirla? ¿Qué no había entendido cuando le pidió tiempo? Pero no quiso abusar de su buena disposición.

-Gracias –musitó-.

-Naturalmente, al menos en público, te mostrarás como debe hacerlo la condesa de Bellaste.

-Sabes que no suelo callar lo que pienso, pero procuraré…

-¡Pues muérdete la lengua! –explotó Diego. Y esta vez sí se acercó, su rostro atezado y enojado a un palmo de ella-. Te comportarás como corresponde y si no es así me desvincularé de nuestro acuerdo y aunque me odies hasta la muerte, me meteré en tu cama y te convertiré de hecho en lo que ya eres por ley: una mujer. Mi mujer.

Él se fue y ella quedó allí, digiriendo la amenaza de Diego legalmente irreprochable y cargada de la lógica que acompaña la razón.



18 comentarios:

Carolina dijo...

¡Magnífico! menudo comienzo, maremía, qué ganas de leerla enterita... ya estoy enganchá, bruja, no sé cómo lo haces... bueno sí, pero ahora me quedo con las ganas.
Sigue, sigue y termínala pronto, por el amor de Dios!!
Besos de pendón, digo de peón que ya entró en el juego...

raquel dijo...

...pues qué nos va a parecer? estupendisísimo, está claro!! y por supuesto estoy con Carolina en que sigas, sigas y la termines pronto, por el amor de Dios!!
mientras tanto me pondré con Noches de Karnak, mi nueva adquisición!

suerte y un besazo a todas todas...

Anónimo dijo...

No se como consigues dar tanta fuerza en tus novelas, lo cierto es, que la primera obra que leí fue Amaneceres cautivos, y me cautivó.
Una grata sorpresa que te aventures ahora con "Su alteza, el peón" Me ha encantado el comienzo ya has conseguido mantenernos a la expectativa y desear tener pronto en nuestras manos el libro.
Te deseo lo mejor, un beso.

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, chicas.
No sabéis cómo me alegra que os guste el inicio. Lástima no poder colgarla aquí enterita y pasar un buen rato con vuestros comentarios.
Tranquilas, que está en marcha.

Graciaaaaaaaaaaaaaaaas a todas, sois como mi pan, con miga y todo.

Miles de besos

p.d. la foto que ha puesto Irdala me encanta, como todas. No sédónde las encuentra, pero tiene un DON.
Gracias, Irdala. Por todo.

LOLA REY dijo...

¡¡¡¡Me ha encantado Nieves!!! Gracias por acordarte de nosotras....ahora mismo voy a coger "Amaneceres cautivos" para releer todo lo que de Diego y Elena aparece.

Kasumi dijo...

Me ha encantado ese principio, y me ha hecho preguntarme por "Amaneceres cautivos" (ya sabes que soy novata con tu obra), pero si es tan buena y aparecen estos personajes me da que ya sé por donde comenzar a conocerte mejor, porque no dejo de preguntarme si aparecerán antes o durante este "peculiar" matrimonio... :D

Nieves Hidalgo dijo...

Lola, ¿cómo voy a olvidarme de vosotras? ya sabes que escribo por y para todas las que me siguen. Pedísteis la historia de Elena y Diego y, si Dios quiere, la tendréis.

Un beso, preciosa.

Nieves Hidalgo dijo...

Kasumi,
gracias de nuevo por estar aquí.
Espero que, si cae en tus manos, Amaneceres cautivos, la disfrutes.

Un montón de besos

Willowgreen dijo...

Hola!!

Cómo mola :)!!!!! No leí la anterior novela, pero en cuantito que termines esta y pueda conseguirla me la voy a zampar en un día o dos (dependiendo de las páginas jajaa). Me ha encantado el principio.

Un beso.

maica dijo...

¡Guau!, que pinta tiene esto.
Ademas de las que ami me gusta, con ambiente español.
Espero que la tengas avanzada, y la veamos pronto publicada.
Mucha suerte, un abrazo.

Amparo Santafe dijo...

Ala, a sufrir otra vez, ya nos pica la curiosidad a todas, yo si he leido Amaneceres Cautivos y no una sola vez si no que varias como ya os he dicho otras veces asi es que ahora me voy a enganchar a Su Alteza el peon. Chica esto es un no parar. Muchas gracias por hacernos pasar estos ratos tan agradables.Besitos para todas. Amparo

Nieves Hidalgo dijo...

Willowgreen, gracias por entrar a comentar.
Para esta novela aún queda un tiempo, pero intentaré acabarla cuanto antes.

Maica, te agradezco que me digas que te gusta. la novela ya está en marcha, sí. y es española de pura cepa, como Amaneceres cautivos, y con personajes reales de aquella época.

Amparo, lo mismo te digo. He colgado este capítulo para saber vuestra opinión y los comentarios me ayudan muchó. Así que... ¡a por ella!

Montones de besos a las tres por vuestro apoyo.

Anónimo dijo...

Casi un mes que no aparecía por tu ventana, debido a motivos que no vienen al caso y me encuentro con esta maravilla.... Nieves cómo consigues siempre dejarme con ganas de más?? Qué gran bienvenida he tenido al tener estos maravillosos minutos disfrutando de esta lectura.
Por cierto, leí tu última novela.... y espero con ansia si no recuerdo mal tu siguiente publicación en mayo. Cómo consigues hacerlo??
Chicas y chicos (que sé que alguno hay por ahí...)os recomiendo "Noches de Karnak", es sencillamente un libro que debéis tener entre vuestros dedos.
Un besazo. Marta

Nieves Hidalgo dijo...

Marta, tesoro, ya te echábamos de menos. Espero que no hayas tenido ningún problema importante y tu ausencia sea por cosas buenas.
Solamente puedo poner el primer capítulo del borrador, pero quería saber qué os parecía.
Gracias por tu opinión.
Y más gracias por haber confiado en Noches de Karnak y, encima, recomendala. No sabes lofeliz que me hace que te haya gustado.

Bienvenida de nuevo, preciosa.
Muchos besos

Ángeles Ibirika dijo...

¡Me encanta ese comienzo! Engancha desde las primeras líneas, como acostumbras a hacer siempre ;-) Y ese Diego, por Dios. ¡Qué poquitas pinceladas he necesitado para ver hasta lo que no cuentas!

Ya estás tardando en escribirla, Nieves. Que nos tienes ansiosas.

Besosssssssssssssssssssssssssssss, y no tardes mucho es terminar esta historia.

Nieves Hidalgo dijo...

Ángeles, gracias por tus palabras.
Sí, ya estoy con ella, aunque va a tardar un poquito.

Un beso fuerte.

Anabel Botella dijo...

Qué bien que empieza la novela. Ya me vas a tener otra vez enganchada. Elena es un personaje genial

Nieves Hidalgo dijo...

Anabel, y tú eres una mujer estupenda.
gracias por haberlo leído y darme tu opinión.

Besos y más besos