martes, 16 de marzo de 2010

Halcón negro (extracto del capítulo 3º)



Durante la semana siguiente Lorena se preocupó en primera persona de todos y cada uno de los preparativos para marchar contra el Halcón Negro.
Supervisó el adiestramiento de los caballos, casi ociosos durante los últimos tiempos y debían estar en forma porque desempeñaban un papel importante en las actividades de los guerreros. Los arzones de las sillas brillaban, las gualdrapas mostraban motivos heráldicos, los estrillos de medio círculo estaban pulidos. Cada caballero se encargaba de poner al día sus aparejos de guerra, sus lanzas, sus espadas y sus ballestas.
Uno de los hombres, Louis de Laisser, le ofreció una tarde unas maravillosas espuelas con estrella móvil, pero Lorena, aunque agradeció el ofrecimiento de corazón, se negó a lucirlas. Aunque las espuelas no estaban reservadas exclusivamente para el uso de los hombres, ella sabía que eran el mayor símbolo para un guerrero, le eran entregadas el día en que era nombrado caballero, y era lo último que se retiraba cuando aquél perdía su honor, en caso de traición. Sólo entonces se rompían, aplastándolas en el suelo.
Ella podía manejar a su enorme semental de color blanco con el leve movimiento de sus talones. Y no se había ganado aquellas espuelas.
-¿Sitiaremos el castillo de Languedoc, mi señora?
Lorena se volvió y medio sonrió a Phillip de Renoir. Desde que él la llamase lord delante de todos, en el patio, tanto servidumbre como caballeros habían adoptado aquel título como algo natural, porque, en parte, les ayudaba a hacer más llevadera la carga de seguir a la batalla a una muchacha con poca experiencia. Ella sabía que, en realidad, era el de Rendir a quien prestaban su brazo armado, y le admiraba más por dejarla ser la cabeza visible.
-No, mi buen Phillip. Los grandes asedios duran demasiado y merman las fuerzas de los atacantes, tanto como las de los sitiados. No quiero arriesgar a nuestros hombres más de lo necesario. Intentaremos un golpe rápido al castillo de Languedoc y rezaré para que sea suficiente. ¿Con cuántas máquinas de resorte contamos?
-Sólo dos, señora, pero a últimos de esta semana tendremos una más.
-¿De balancín?
-Seis, pero como son más sencillas, nuestros carpinteros podrían fabricar dos más sobre el terreno.
-Tengo entendido que el trabuco no estaba en buenas condiciones.
-Habéis escuchado bien, pero lo están reparando y seremos capaces de lanzar piedras de veinte kilos contra sus murallas, protegiendo a quienes se acerquen al castillo.
-Perfecto -asintió la joven, golpeando sus guanteletes contra la palma de la mano izquierda-. En cuanto tengamos listo el ariete marcharemos contra Languedoc.
-Puede que esté listo para finales de semana también, los herreros trabajan sin descanso.
Lorena asintió con cansancio e hizo ademán de alejarse para supervisar el número de flechas almacenado. La enorme mano del de Renoir la retuvo del brazo y ella le miró.
-Mi señora –le oyó-. ¿Estáis completamente segura?
-¿De qué?
-Sois valiente como un hombre, pero no dejáis de ser mujer. Ahora, la rabia nubla vuestros sentidos por la muerte de vuestro padre y vuestro hermano. Es natural. Pero siempre habéis sido una joven bondadosa y amante de ayudar a los demás. La muerte de nuestro señor Bertrand fue una desgracia, pero sabéis, como yo, que corren rumores y que son ciertos. Fue su testarudez quien le condujo a tan lamentable final, mi señora. Dicen que atacó primero a esos hombres.
-Lo sé –asintió ella, con un dolor en el pecho-.
-Ambos le conocimos. Y sabemos que pudo ser así en realidad. Si seguimos adelante, puede que cuando todo termine tengamos que lamentar muchas más muertes.
Lorena tragó con esfuerzo para hacer pasar el nudo que se le había formado en la garganta. Phillip la conocía demasiado bien. Había dedicado su vida a aprender a luchar como un hombre, pero también a curar las heridas de los caballeros durante los entrenamientos, a atender a los enfermos, a ayudar a las mujeres en los partos... Ella amaba más la vida que la muerte, más la paz que la guerra. Sabía que, lo que se avecinaba, pesaría como una losa sobre su conciencia.
-No me han dejado otro camino, Phillip -murmuró-. No me han dejado ningún otro.

(Extracto del capítulo 3º)


*Como en el capítulo anterior me pedisteis otro trocito, aquí lo tenéis. Epero que lo hayáis disfrutado.

12 comentarios:

Mientras Lees dijo...

Un extracto maravilloso!!!

jordim dijo...

mmm tiene muy buena pinta esto..

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Aiggg, me gusta la época, me gusta Lorena, me gusta Patrick, Nieves, me martirizas con fragmentos bellos a tu estilo hagil que engancha, documentados...¿cuando toparán esas dos hermosuras? Uyyy.

Aquí te dejo la respuesta a tu comentario en mi relato del JUEVES, gracias:
"Nieves el cognomen de Horacio el poeta, era Flaco, pero de flaco naaaa, era más bien gordito.
Quinto adora su poesía y se endosa el nombrecito, él sí que es más bien flaco, sin pasarse. Sus desventuras y penares como investigador, ayyyy, constan aquí en anteriores relatos. Uf, lo lamento, es lo que tiene escribir a salto de mata, componiendo la novela según los temas, un puzzle. Bsitooos del nene y míos, Nieves escritora. ¿Qué es del "Halcon", ya vuela? Menudo pájaro"

Nieves Hidalgo dijo...

Mientras lees, siempre tan amable. Mil gracias.

Jordim, me alegra verte por aquí.

Natàlia, gracias por la aclaración. Lo que más me gusta de tu blog son esas indicaciones que nos das al final de cada fragmento. La que sabe, sabe.

Besos a tod@s.

Bego dijo...

Si amiga, la he disfrutado, pero como siempre pasa cuando te leo..., sabe a poco.

Un fuerte abrazo.

Bego dijo...

Esto es lo que he leido en tu página cuando te comparan con tres grandes escritoras.

"Me aturde que alguien pueda comparar mi trabajo con el de autoras consagradas que me han hecho soñar durante décadas. No les llego ni a la altura de los zapatos."

Estás equivocada, en mi humilde opinión, yo si que creo que estás a la misma altura que ellas, tu también estás entre las grandes.

Nieves Hidalgo dijo...

Bego, amiga mía,
Yo te agradezco tus palabras,lo sabes. Siempre agrada leer ese tipo de comentarios.
Pero es cierto y por eso lo digo: me abruma.
Porque yo me siento una persona normalita a la que le gusta escribir y compartir las historias que danzan por mi cabeza.
Si son buenas, regulares o malísimas, sois vosotras, las lectoras, las que tienen que decirlo. Habrá a favor y en contra, como en botica. Pero para gustos se han hecho los colores, ¿verdad?
Lo que no he hecho nunca y NUNCA haré es creerme la diva de las letras, por muchas comparaciones que me hagan.
Tengo un defecto gordo, muy gordo: la mala leche.
Pero también tengo un virtud pequeñita: no dármelas de lo que, creo, no soy.

Eres un amor, como siempre.
Mil besos para ti y para todas las que, como tú, me apoyan.

Bego dijo...

Hola Nieves, a mi me encanta y no sabes cuanto, que seas una persona normalita y accesible a tus lectoras.
Como tu bien dices, para gustos hay variedad de colores..., tu eres uno de mis colores favoritos.

Besos cargados de cariño.

Nieves Hidalgo dijo...

No me gustaba internet cuando empezó a funcionar. Lo veía lioso.
Ahora, doy gracias a este invento que me ha facilitado conocer a personas como tú, Bego.

Te quiero y lo sabes.

Carolina dijo...

¿Que si lo he disfrutado?
Lo he vivido, Nieves!
Qué bien documentado, se nota el trabajo que hay detrás en tan poquitos párrafos.
Quiero más, por favor, la historia me envuelve y ya sueño con el Halcón Negro.
¿Otro pequeño extracto, por favor?
Un besote.

Carolina dijo...

Por cierto, estoy con Bego, eres una persona muy accesible y con mucho sentido del humor, y me gusta que tengas también "mala leche", ¿por qué no?, somos el día y la noche, la luz y la oscuridad.
Otro beso (y sigue contando historias, que en ellas se reflejan en cierto modo la personalidad de quien las escribe, por eso me gustan tanto).

Nieves Hidalgo dijo...

Carolina, si es que esta novela es un bosquejo...
Veré si podemos poner algo más.

Gracias por todo, sois estupendas y me encanta teneros cerca, aunque sea a través del ordenador.

Besos a montones