sábado, 13 de marzo de 2010

Halcón negro (extracto del capítulo 2º)


II


El calor era insoportable y aquel año estaba resultando condenadamente abrasador. Y su semental iba tan agotado como él. Secándose el sudor que le caía por entre el cuello de la camisa y se perdía espalda abajo, dirigió a la bestia hacia la orilla del río y descabalgó. Mientras el caballo se acercaba a la corriente para beber, Patrick de Boissy se deshizo de camisa, calzas y botas y, tan desnudo como Dios lo había dejado sobre la tierra, se lanzó a la corriente.
Su largo y musculoso cuerpo atravesó el río de un lado a otro tres veces seguidas y sólo cuando ya se sentía cansado por el ejercicio salió a la orilla y se dejó caer bajo la frescura de las copas de los árboles.
Algo cayó sobre su rostro y dio un respingo, para dejar escapar de inmediato una carcajada. Hizo sus ropas a un lado y puso las manos bajo la cabeza.
-Gracias, Charbon -sonrió; dos hoyuelos hicieron desaparecer el rostro adusto del guerrero para convertirlo en el de un hombre joven y, al menos de momento, a bien con la vida-. ¿No crees conveniente que permanezca desnudo? Aquí no hay nadie.
El hermoso semental, cuyo nombre -carbón- había sido elegido debido al color de su pelaje, relinchó satisfecho, arrancándole otra carcajada y volvió a acercarse a la corriente.
Patrick suspiró y miró el azul del cielo francés a través de las copas de los árboles. Se sentía en paz. Por primera vez desde hacía tres largos años se sentía en paz. Un pinchazo de dolor le atravesó al recordar las causas por las que, sólo dos años después de que el rey decretase que el título y las tierras de Languedoc eran suyas, había abandonado aquéllas dejando todo en manos de su hermanastro Laurent. Pero ahora era un dolor más sereno, más soportable. En la corte había conocido a Isabel de Chemin, una muchacha de dieciséis años, rubia como el oro y de inmensos ojos del color del humo. La había desposado y un año después ella le regalaba un varón. La había amado; tanto, que cuando un estúpido enfriamiento había acabado con su delicada y frágil vida, él se había vuelto loco; sobre todo al enterarse de que Isabel había enfermado por acudir bajo una tormenta a entrevistarse con otro hombre. Con su amante. Por eso había abandonado todo, incluso a su hijo, y regresado a la corte para unirse a cuantas batallas el rey tuviese a bien enviarle. Desde entonces no había vuelto a confiar en ninguna mujer. Ni confiaría.
En su peregrinar había conseguido fama y un par de cicatrices como recuerdo.
Ahora, cuando la furia contra Dios y contra su difunta esposa había remitido, regresaba para hacerse cargo de sus obligaciones como conde de Languedoc. Tampoco era justo echar sobre los hombros de Laurent una tarea que no le correspondía. Además, echaba de menos a su hermana Jean y a su madre.
Sintió mal sabor de boca al pensar en su hijo. Rouen. Ahora tendría seis años recién cumplidos, se dijo. ¿Cómo sería el crío? ¿Cobarde, como lo fue su madre? Sacudió la cabeza para echar de nuevo en el olvido la imagen primorosa de aquella mujer que le había hundido en el infierno y se incorporó. Aún le quedaba un largo trecho por recorrer y aunque los caminos parecían cada vez más seguros, nadie estaba exento del ataque de ladrones. Afianzó su espada y el escudo que colgaban del lomo de Charbon y que ahora, olvidada ya la guerra, iban cubiertos por una manta oscura y volvió a vestirse. El caballo soltó un relinchó de conformidad y él volvió a reír con buen humor, palmeando el lomo oscuro.
-Amigo mío, pareces una damisela acalorada ante una visión indecente -dijo-. ¿De veras no tienes nada de yegua? -bromeó-.
Por respuesta, el enorme semental negro se alzó de patas y a punto estuvo de tirarle al suelo.
-Vale, vale. Excusez-moi –rió con ganas-.




Lorena tenía los ojos rojos por el llanto, pero mientras los cuerpos de su padre y hermano eran enterrados no se permitió soltar ni un gemido. Había estado llorando desde que llegó al castillo, avisada por un sirviente de los graves acontecimientos. Era suficiente. Delante de los criados y de los hombres de su padre, no quería mostrarse pusilánime.
Apenas pisó el salón, donde los cuerpos de su padre y hermano habían sido ya amortajados y puestos sobre caballetes para velarles, le informaron de la decisión del anciano de enviar a los hombres fuera de las murallas, de la llegada de los mercenarios del Halcón Negro y de las muertes.
Cuando las lápidas fueron puestas sobre las fosas, Lorena sufrió un temblor. Su hermana, Genéve, que apenas contaba catorce primaveras, estalló en llanto y se abrazó a su cintura. Lorena la apartó con cariño pero con fuerza.
-No debes llorar -dijo-. Sus vidas serán vengadas.
La otra alzó el rostro hacia ella y dijo:
-Sí. El rey vengará esta afrenta.
-El rey está demasiado lejos y demasiado ocupado para esto. No, hermana, la muerte de los nuestros debemos vengarla nosotros.
Genéve dejó de llorar de repente y un brillo de miedo se alojó en sus bonitos y juveniles ojos.
-No quiero perderte a ti también, Lorena.
La sonrisa de la muchacha fue diabólica. Sus inmensos ojos color miel lanzaron destellos de cólera y su mano se cerró con fuerza en la daga que siempre colgaba de su cintura.
-Se hará la voluntad de Dios -dijo con voz neutra-.
Tres días después, reunidos los más de cien hombres que habían prestado juramento de vasallaje a su padre, una Lorena de Bourguiñon vestida con calzas de cuero, camisa y justillo también de cuero, cubierta su larga cabellera cobriza con una loriga de malla, se asemejaba más a un joven que a la heredera de la baronía. Montaba su caballo a horcajadas y en su cadera lucía la espada que con tanto amor su padre había hecho fabricar exclusivamente para ella.
Lorena alzó la voz para que todos los hombres pudiesen escucharla.
-¡Caballeros de Maixent! Mi hogar y el vuestro han sido violados y muerto nuestro señor. ¡No podemos quedarnos con los brazos cruzados mientras su asesino disfruta de su crimen! -hizo un silencio para observar el rostro de los hombres. Aunque su padre la había educado como a un varón, sabía que no tenía fácil ganarse su confianza, pero debía intentarlo. Sacó la espada de su vaina y la alzó sobre su cabeza- Por mi parte, dejaré hasta la última gota de mi sangre para restituir el honor de mi padre y de mi hermano. ¿Me seguiréis?
Se hizo un silencio espectral en el patio del castillo. Los guerreros se miraron unos a otros, perplejos de la osadía de una muchacha, apenas una criatura. Habían obedecido a su señor, aunque todos sabían que no era un dechado de virtudes y muchos de ellos comenzaban a cansarse ya de la inactividad, pero enfrentarse al Halcón Negro siguiendo a una mujer para vengar la muerte del hombre al que muy pocos apreciaron en vida, parecía descabellado.
Lorena encajó las mandíbulas al darse cuenta de su duda. No podía culparles, sin embargo. La empresa que les proponía no iba a ser fácil. Incluso el propio rey, cuando se enterase, tomaría represalias.
-¡Creí que mi padre tenía a hombres en sus filas! -gritó, enfundando de nuevo la espada-.
Uno de los guerreros se adelantó unos pasos hacia el caballo de Lorena. Era alto y musculoso, casi un toro. Ella le conocía desde que era una criatura; había estado muchas veces sobre las rodillas de aquel enorme caballero. Sus ojos oscuros se clavaron en ella y como respuesta Lorena alzó el mentón con gesto decidido.
-Los tenía, milady -dijo él, sacando su espada y poniéndose a su lado, frente al resto-. Yo os sigo, señora -y luego, mirándola a los ojos gritó: -¡Yo os sigo, mi lord!
Lorena hubo de morderse los labios para no llorar cuando el estampido de hurras inundó el patio al escuchar el título masculino que el otro aplicase y todos y cada uno de los caballeros fueron tomando posición a un lado y otro de su semental. Agradeció con una mirada húmeda la confianza de Phillip de Renoir y puso una mano sobre el poderoso brazo del hombre. Conocía el poder que el caballero tenía entre los guerreros; si él la seguía, todos lo harían. Había ganado su primera batalla, se dijo. Uno de los caballeros de su padre, ahora suyos, alzó su espada al cielo y gritó:
-¡Venganza!
Y la palabra recorrió todo el castillo como una mala fiebre que la hizo temblar a pesar de todo.
-¡Venganza! ¡Venganza! ¡Venganza!

(Extracto del capítulo 2º)


7 comentarios:

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

"Halcón Negro"... Nieves ahora me martirizas con la imagen de ese bellezón en remojo ¿hasta cuando seguirán tus tretas y artes de inefable escritora?
¿Te aprovechó el asaltador de la Diagonal??? se le parece.

Me gusta el tema y los protas, ella y él, condenados a odiarse y a amarse ¿me equivoco?
Sigueeeee. ya sabes, dame mááás.
Bsito Quintíl y dos míos, hasta el cap. 3 o su extracto.

Bego dijo...

Que maravilla, ¿y ahora..., nos dejarás así sin saber nada más de esta historia?, se que no habrá satisfacción hasta que sea leída hasta el final, pero almenos otro poquito no estaría nada mal, (estoy poniendo carita de cordero degollado para darte pena)

Un abrazo querida amiga.

Carolina dijo...

Ah, Nieves, nunca me defraudas pero siempre me dejas con ganas.
Magnífica historia, ya me enamoré del Halcón negro (algo normal, pues en la red me conocen como "El Halcón" y es lógico que me atraiga, no, en serio, es que es un personaje estupendo), pero lo importante es este relato que dijiste tenerlo abandonado, y a mí me encanta. Por favor, un nuevo capítulo pronto!
Besos!

Elizabeth Baker dijo...

Sabes que siempre me enamoras con todo lo que haces... aunque apenas nos das un respiro... Ayyy, señor. Esta tiene muy buena pinta... El capítulo uno y el dos me deja con la miel en los labios, ah, pero quiero más. ¿Las novelas que subes al blog no las vas a publicar en papel como Dios manda? Pues es una pena... porque esta quedaría preciosa. besotes

Nieves Hidalgo dijo...

Natàlia, tengo que darme una vuelta por tu blog, que ultimamente no tengo tiempo ni para respirar. Vale, intenraré subir otro trocito más. ¡A sus órdenes, Quinto!

Bego, lo de la carita de cordero... ¿quieres también un trocito más?

Carolina, te digo lo mismo. Aunque sí, esta novela estaba arrinconada, pero vaaaaaaaaaaale, un poquito más.

Elisabeth, como escritora que eres, nunca se sabe, ¿verdad? Hasta es posible que la acabe del todo y me atreva.

Besos gordos a todas y gracias por estar siepre por aquí.

Doña María dijo...

Ay, Nieves. ¿No tendrás por ahí guardado un Halcón Negro de repuesto? Verás, es que tengo a mi nieta la licenciada soltera y sin compromiso y me encantaría tener a ese buen mozo como nieto político.
Si sólo existe el de ficción, tendremos que conformarnos, pero aún así intentaremos robárselo a esa Lorena.
Un abrazo

Nieves Hidalgo dijo...

Doña María, todo es posible.
Aunque no se llama Halcón Negro, seguro que le encuentro un macizorro para su nieta la licenciada.
Se lo busco y se lo envío certificado para que no se pierda.

Besos fuertes