jueves, 7 de enero de 2010

Elena y Diego (Escena del primer beso)



Son muchas las lectoras amantes de las series y sagas, que a menudo me envían correos preguntándome si alguno de los personajes secundarios de mis libros publicados tiene historia propia. Son muchas también, las que me instan a escribir la historia de tal o cual personaje, pero los que sin duda se llevan la palma son Elena y Diego. Para quienes no hayan leído Amaneceres cautivos, os diré que ellos son dos secundarios de este libro que han levantado pasiones. Tantas, que he decidido escribirlo y ahora mismo estoy creando su historia.
Algunas lectoras se han animado a recrear posibles escenas entre ellos. De todas ellas he elegido una que quiero compartir con vosotras, y aunque mi historia no es en la época en la que la autora la sitúa y además el padre de Elena no vive, creo que es lo suficientemente entretenida y trabajada como para hacerle un huequecito aquí. Espero que la disfrutéis.
La autora es Raquel Ruiz Sanz (¡Gracias, Raquel!)


AÑO DEL SEÑOR 1515. TRUJILLO. ESPAÑA.

Diego Martín y Peñafiel, conde de Bellaste, siempre había pensado que pasar una temporada en su finca de Trujillo era lo único que necesitaba para recuperar su calma interior, hasta ahora.
Asuntos de gobierno le habían hecho aceptar un trabajo que estaba comenzando a gustarle. Y estaba empezando a dedicar su tiempo a feos asuntos de Estado y de espionaje, dejando atrás al joven entusiasta de alma cándida que se había presentado ante el rey ofreciéndole sus servicios, sin saber que con ese gesto había comprometido su vida y su futuro. Su trabajo le tenía acostumbrado a todo tipo de vilezas, pero aún conservaba intacta una parte buena de su alma, que parecía resurgir a la superficie cada vez que pisaba esa tierra que le había visto crecer.
Pero todo había cambiado, necesitaba paz, y lo único que había conseguido durante esta última semana había sido encontrarse en el mismo infierno.
A pesar de que podía ser un perfecto villano si su trabajo así se lo exigía, siempre había conservado su honor y la palabra dada, pero en estos momentos se estaba planteando por milésima vez la posibilidad de incumplir lo prometido con respecto a Elena Zúñiga. Su padre le había pedido que cuidara de ella durante el tiempo que durara la misión que le llevaba a Alemania, y él se había comprometido a hacerlo, a cambio de los muchos favores que le debía. Pero se daba cuenta de que esto superaba con creces cualquier deuda que tuviera, y ahora entendía el suspiro de alivio que se le había escapado al buen hombre cuando Diego le dio su palabra. Esa mujer era una arpía.
Cuando su padre les presentó quedó deslumbrado por su rubio cabello, casi platino, y sus ojos azules, rasgos heredados de su abuela inglesa, que le hacían llamar la atención allí donde se encontrara. Era hermosa, muy hermosa, y su gran belleza le había hecho quedarse sin palabras por primera vez en su vida. Había tratado de encontrar algo que decir, pero cuando logró cerrar la boca, que se le había quedado abierta de admiración, no pudo pronunciar una sílaba. Se limitó a inclinarse ante ella, tratando de recuperar la compostura al tiempo que le tomaba la mano para besársela, pero su tacto le impactó aún más, haciendo que un estremecimiento le recorriera la espalda. Y cuando se alzaba de nuevo, quedó prendido de sus hermosos pechos que asomaban por el modesto escote, a lo cual su cuerpo reaccionó rápidamente, haciendo que se sintiera como un adolescente pillado en falta. A penas tuvo tiempo de disimular su incomodidad. En su vida se había sentido peor que en ese momento. Y mientras esos ojos azules se entrecerraban observándole, el ángel rubio hizo un gracioso mohín y girándose a su padre le dijo
–Ni loca me quedo con este tipo. Yo sé cuidar de mí misma perfectamente, padre, y lo sabes. Así que volvamos a Toledo, y yo me quedaré allí quietecita, esperando en casa tu regreso como una buena hija, te lo prometo.
Carlos Zúñiga dirigió una mirada implorante a Diego, y le preguntó
-¿Entonces cuidará de mi hija hasta que vuelva de Alemania?
Diego ya se lo había prometido, así que se limitó a asentir.
Entonces, aquella dama de alta cuna española, maldijo en voz alta, y dándose la vuelta se recogió el vestido y echó a correr alejándose de ellos.
- La dejo en sus manos, Diego, vigílela bien. Y con estas palabras Carlos Zúñiga le dejó a cargo de su única hija, que parecía un ángel, pero que en realidad estaba demostrado ser, en tan sólo unos días, un verdadero demonio.
La atracción que había sentido por ella desde el primer momento no había disminuido, es más, cada vez que la veía su deseo aumentaba aún más. Pero al mismo tiempo había llegado a temer su mal genio y su lengua viperina. Era indomable, empecinada, insolente…, y cada día estaba más bonita. Con todo lo cual estaba viviendo una auténtica tortura que duraba ya siete días.
Trataba de evitarla el mayor tiempo posible, aunque no podía dejar de buscarla con la mirada cada vez que intuía que estaba cerca. Y se estaba volviendo loco de frustración.
Ahora se dirigía a caballo hacia la frontera, porque uno de sus criados le había dicho que la señorita Elena había hecho una escapada a Portugal esa mañana, y, a pesar de estar anocheciendo ya, todavía no había regresado. Diego era consciente de que Elena sabía defenderse sola, de hecho manejaba bien el estoque, pero los caminos no eran seguros, y estaba empezando a preocuparse. Ella no tenía permiso para salir de la finca, y menos para ir sola por ahí, pero, como siempre, hacía lo que le daba la gana, sin hacer caso de sus órdenes. La ira de Diego iba aumentando, y se consolaba pensando en los sendos azotes que iba propinarle personalmente en cuanto la encontrara, era lo que le venía haciendo falta desde hace mucho, a ver si así aprendía a obedecer.
Entonces la vio, galopando como loca campo a través, y cuando se disponía a aterrizar junto al camino, tras saltar peligrosamente una alta valla, perdió el equilibrio y cayó al suelo. En ese momento el corazón de Diego se detuvo.

Elena se quedó momentáneamente sin respiración, y al tiempo que recuperaba el aliento se maldijo a sí misma por su torpeza. Aunque, al segundo siguiente, su mal humor ya se dirigía contra Diego Martín y Peñafiel, el causante de su caída, y en general de todas sus desgracias en los últimos siete días.
Cuando su padre le dijo que debía quedarse en España mientras él se iba al extranjero pensó que sería como otras veces, pero en esta ocasión parecía preocupado, y no quería dejarla sola. Le dijo que estaría más seguro si se quedaba con un amigo de confianza que cuidara de ella, y Elena, para tranquilizarle, le prometió que le esperaría en la finca que el conde de Bellaste tenía en Trujillo. Nunca pensó que una promesa pudiera ser tan difícil de cumplir.
Diego, en vez de un noble de mediana edad, bonachón y manejable como su padre, resultó ser un hombre guapo, demasiado guapo incluso, con un cuerpo alto y granítico, de anchos hombros, cabello revuelto y un poco largo, del color del cobre, que, cuando su padre les presentó, le había parecido tímido y callado, ¡ja! El estremecimiento que sintió cuando besó su mano debería haberla puesto sobre aviso. Pero Elena no había podido ni imaginar por un momento que aquel hombre con la sonrisa de un niño entusiasmado, que, al igual que el resto, se había sentido deslumbrado por su belleza, iba a resultar tan difícil de controlar. En realidad le había resultado imposible dominarle. Era orgulloso, empecinado, insolente, inmodesto, arrogante, pedante, engreído, en resumen, de lo más insoportable. Pero al mismo tiempo, a parte de ser un ejemplar masculino de lo más hermoso, también había descubierto que era maravilloso, fascinante, soberbio.
A pesar de estar evitándose mutuamente, Elena no lograba quitárselo de la cabeza, y por eso se había marchado lejos para reflexionar. Pero lo único que había logrado era darse cuenta de que Diego siempre estaba presente en sus pensamientos. Casi había logrado engatusarla, y eso le producía un gran terror. Ella era independiente, pero el conde le estaba creando adicción. Y encima se había caído tontamente del caballo, lo cual no le había pasado nunca, ¡y todo por culpa de ese demonio de hombre con sonrisa de niño cándido!

Soltando un bufido nada femenino, Elena comenzó a incorporarse. Entonces unas manos como garfios se engancharon en sus hombros y empezaron a sacudirla violentamente, haciendo que sus dientes castañearan.
-¡Estás loca de atar! ¡Tu actitud temeraria se acaba ahora mismo! ¡Si es preciso te encerraré en tu cuarto hasta que regrese tu padre, pero no voy a permitir que vuelvas a darme un susto semejante!– Un Diego rojo de ira seguía zarandeándola sin piedad, impidiendo que ella pudiera hablar.
Elena, que ya no podía más, empezó a llorar impotente al no poder decir nada. Ella siempre decía lo que pensaba, pero últimamente su cabeza estaba llena de incoherencias y contradicciones, y no se sentía la misma que cuando llegó. Y todo era culpa de ese hombre que la trataba cruelmente y estaba volviéndola loca.
Diego, al ver las lágrimas que inundaban esos bellos ojos color cielo, reaccionó y dejó de moverla. Dios, esa mujer estaba desequilibrando su vida y minando poco a poco su salud mental. Y ¡qué hermosa era!
Sin poder evitarlo, se inclinó lentamente sobre su rostro, atraído por sus labios rosados que le pedían un beso.
Elena, temblorosa aún, abrió la boca dispuesta a dejarse consolar por Diego, ya que él era el causante de su llanto.
Sus bocas se juntaron, y sus cuerpos se unieron en un estrecho abrazo que les hizo vibrar de pasión a ambos.
Diego intensificó el beso, y la respuesta de Elena fue de lo más ardiente.
Durante largo rato siguieron besándose, perdidos el uno en el otro. Hasta que Diego, haciendo un esfuerzo sobrehumano, y sabiendo que si no paraba ahora continuaría hasta el final, separó sus labios de los de ella.
Elena permaneció con los ojos cerrados, y un suspiro escapó de su boca, hinchada por los besos. Ahora sabía lo que era desear el cuerpo de un hombre, querer besarlo, acariciarlo, sentirlo dentro. Y no quería detenerse, lo quería todo. Pero cuando miró a Diego vio su determinación, y supo que el momento había pasado, pero con la misma certeza fue consciente de que en breve se repetiría. Sin poder evitarlo le hizo un guiño.
Diego se quedó asombrado, esa mujer que le había hecho vibrar como nadie, acababa de guiñarle un ojo como si fuera una cualquiera. Y a pesar de su respuesta apasionada, le constaba su inocencia. No era capaz de entender nada. Elena era una incógnita para él, le estaba volviendo loco, y si no tenía cuidado iba a convertirse en poco tiempo en un merluzo enamorado de una mala pécora.
Suspirando tiró de ella y echó a andar.
–Volvamos a casa, necesito un buen trago para recuperarme de todo esto- dijo. Pensó que una buena borrachera podría hacerle olvidar el sabor de esa mujer, porque si seguía pensando en ello volvería a besarla, y lo seguiría haciendo cada vez que se encontrara con ella, era superior a su voluntad, y una de las veces no lograría detenerse. El beso de antes no podía repetirse nunca.
-De acuerdo, vamos –contestó Elena- Aunque francamente, Diego, no tengo la más mínima idea de porqué te quejas.
Una sonrisa iluminó su rostro, mientras pensaba en el hermoso vestido que iba a estrenar esa misma noche para conquistar definitivamente al conde. Necesitaba tiempo para arreglarse. El beso de antes iba a convertirse en el primero de muchos. Porque ese hombre iba a acabar convirtiéndose en un zorro cazado, y ella iba a ponerle una trampa en la que caería seguro.
Diego la miró, parecía estar planeando algo. Y de repente tuvo el presentimiento de que sus verdaderos problemas estaban aún por llegar. Un escalofrío de terror le recorrió el cuerpo.



9 comentarios:

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

¿Estas tenemos Nieves? De nuevo enganchada a tus excitantes y bien escritos relatos.
Paaaas mal ese primer beso, vendrán más y problemas, !vamos anda! si te conozco pillina. !Salves a Diego el bello y a Elena la hermosa! Capa y espada, buena época en las españas del Carlos III, pregunto???.

Anónimo dijo...

¡Hala! ¡Hay quien se atreve a escribir una escena y todo!
Mira que a mi me gustaría, y mucho, pero soy negada para estas cosas, por eso me encanta leer a las personas que saben escribir bien.

Me gusta esta escena. Es muy entretenida y entre los protas hay feeling.
Enhorabuena a la persona que la ha escrito.
Cada vez que entro por aqui me sorprendo con algo inusitado.

Abrazos. Por si no lo he dicho, feliz año.

CARLOTA

Mientras Lees dijo...

Que relato más increíble!!
Me ha encantado todo, la época, los personajes, las descripciones.. todito.

Además, la foto me ha dejado sin aliento! Está que ni pintada! :D

Un besito y que hayas pasado buenos reyes!

Bego dijo...

Vaya!, menos mal que no soy la única que pensó en la historia de Elena y Diego en cuanto les conocí en Amaneceres Cautivos, ellos deben ser los protagonistas de una estupenda historia.

Enhorabuena a Raquel por esta escena y gracias Nieves por compartirla con nosotr@s.

Besos.

Anónimo dijo...

Aquí otra de las que votaban para que estos dos protas salieran del armario. jajaja.

¿De modo y manera que ya está en marchaaaaaaaa? ¡¡¡¡¡ Biennnn !!!

Me ha gustado esta escena escrita por Raquel. Me ha hecho sonreir. Vaya par de dos. jajaja

Pili

Ángeles Ibirika dijo...

Me ha encantado saber más de Elena y Diego. La leí ayer, y de vez en cuando la recuerdo y se me dibuja una sonrisa tonta.
Felicidades a la autora, y felicidades a la mami de estos dos.

Marian dijo...

Bien !!! Elena y Diego, son dos secundarios que desde que los leí en Amaneceres cautivos me dejaron con ganas de más.

Nieves dijo...

Raquel se ha esmerado escibiendo la escena, ¿a que sí?
Le ha quedado genial.

Desde aquí le doy de nuevo las gracias por recrear una escena de la historia de Elena y Diego.

Besitos a todas y ya sabéis que me encanta teneros cerca.

Anónimo dijo...

Hola a todas las que habéis pasado por este post.
No esperaba tener tan buena acogida y me ha hecho mucha ilusión saber que os ha gustado.

Si la habéis disfrutado tanto como yo mientras la redactaba, ya estoy pagada.

Muchas gracias a todas y un beso muy fuerte.

RAQUEL RUÍZ SANZ