miércoles, 9 de diciembre de 2009

Cuento: Rosas para Aurora (2ª parte)


CAPITULO 2



Lo preguntó con tanta tristeza que aquella petición de auxilio llegó al corazón de nuestra pequeña heroína. La niña rica parecía muy aburrida, muy triste y, sobre todo, muy sola. Bien podía pasar un ratito con ella y luego ir a casa a ayudar a su madre. Así que aceptó.
Se maravilló Aurora de todo lo que encontró al entrar en la mansión: escaleras enormes, baldosas relucientes, lámparas con decenas de bombillas, estatuas, flores, alfombras… Era como estar en el país de la Mil y una Noches. Y se sintió un poco ridícula con su vestido desgastado y sus medias zurcidas, porque su anfitriona lucía un hermoso vestido azul de volantes, medias blancas, zapatos de charol y un encantador lazo que sujetaba su cabello rizado.
Isadora la hizo pasar a la habitación donde guardaba sus juguetes.
-Mi nombre es Isadora, pero puedes llamarme Isa. Elige el que quieras y jugaremos.
-Yo soy Aurora y puedes llamarme Auro. ¿No tienes amigos?
-Claro que tengo. Cientos de amigos. Pero se han ido a la feria para ver al oso amaestrado.
-¿Y te han dejado sola? –se extrañó Aurora-.
Isadora se encogió de hombros. No quería rebelar su irritación por la traición de sus compañeros de juego.
-Vamos –insistió-. ¿Con qué quieres jugar? ¿Con el tren?
Pusieron el tren eléctrico en marcha. Máquina y vagones empezaron a rodar sobre las vías. Una vuelta. Otra vuelta. Otra vuelta más.
-Qué aburrido es –dijo Aurora-. Sólo podemos mirarlo.
Isadora sacó entonces un mono que tocaba los platillos, le dió cuerda y el peluche se puso en marcha. Daba volteretas mientras tocaba los platillos. Una. Otra. Y otra más.
-Es tan aburrido como el tren –le dijo Aurora-.
El siguiente juguete fue una máquina de hacer palomitas. Pero las palomitas se hacían solas y después de varios minutos viendo funcionar aquel cachivache, Aurora se metió la mano en el bolsillo de su gastado vestido y sacó unos huesos de colores.
-¿Qué es eso? –preguntó Isadora, extrañada-.
-Son tabas.
Por descontado que la niña rica no tenía ni idea de para qué servían aquellos huesos pintados de azul, verde, rojo y amarillo. Así que Aurora la enseñó a jugar. Y aprendió deprisa. Una vez supo manejar las tabas, dijo:
-¿Qué apostamos?
-Yo no tengo nada para apostar –respondió Aurora-.
-¿Sabes algún cuento?
-Muchos. Mi mamá me los narra cuando no está muy cansada de trabajar.
-Apostaremos eso, entonces. Por cada partida que yo te gane, me contarás un cuento. Y por cada partida que ganes tú, podrás llevarte un rosa roja. Por cierto, ¿para qué quieres las flores?
-Para regalárselas a mi madre. Le encantan las rosas y somos demasiado pobres para poder comprarle un ramo.
-Gáname a las tabas y se lo podrás llevar.
-Trato hecho.
Empezaron a jugar y Aurora ganó la primera mano. Estaba contenta porque podría regalarle a su madre lo que más le gustaba. Pero era tal la tristeza de Isadora que decidió hacer trampas. Y empezó a perder. A cada partida que perdía, le contaba un cuento a Isadora y aquella niña acabó adorándola. Cuando finalizaron, Aurora había narrado más de veinte cuentos a la otra y ella solamente había ganado dos rosas rojas. Pero eran suficientes, porque su mamá tendría dos bonitas flores y había conseguido hacer feliz a su nueva amiga.
-¿Irás a la feria a ver al oso? –preguntó de pronto Isa-.
-No. No me gustan los animales encarcelados y me han dicho que éste tiene una argolla en la nariz y una cadena de la que tira su dueño. Me da mucha pena.
Isadora la miró con interés. Nunca se le habría ocurrido que el oso fuera un prisionero. Aquella niña pobre le estaba enseñando cosas que desconocía.
-Hola, cariño.
Las dos niñas se volvieron e Isa recibió el beso de su padre que acababa de llegar. Era un cirujano eminente y muy guapo y ella le adoraba. Aunque echaba de menos tener una mamá. Claro que no se imaginaba que Aurora echaba en falta tener un padre.
-Ella es Aurora, papi. Mi nueva amiga.
-Ya veo. Hola pequeña. Vaya, estáis jugando a las tabas. Hace siglos que no veía unas de estas.
-¿Conoces este juego, papi?
-Claro que sí. Y es más entretenido que tus juguetes mecánicos.
-Hemos hecho una apuesta –dijo Isadora. Y le contó a su padre el trato-. No te importará que Aurora se lleve un par de rosas, ¿verdad?
-Por supuesto que no. Pero se ha hecho un poco tarde y tu amiguita debería regresar a su casa.
-Es verdad –dijo nuestra protagonista, levantándose-. Hoy tengo que ayudar a mi madre a coser unos vestidos.
El dueño de la casa le revolvió el pelo cariñosamente.
-¿Tu mamá sabe coser?
-Ay, sí, señor. Es la mejor costurera de todo el país. Pero lo que hace mejor es cuidar las plantas. Las ama de verdad, les habla y ellas creo que hasta la escuchan.
-¿De veras? –se asombró él- Entonces podrías preguntarle si le interesa venir a cuidar de nuestro jardín. El viejo Alberto, nuestro jardinero, acaba de jubilarse.
-Se lo diré –aseguró Aurora, llena de gozo. Recogió las tabas y se las guardó en el bolsillo-.


(Continuará...)

Por favor, cuando estéis leyendo estos cuentos a vuestros hijos, acordaros de esos otros que nada tienen, que ni siquiera poseen la capacidad de soñar porque la pobreza, las necesidades y las enfermedades lo hacen imposible.

Estas son fechas para disfrutar, para estar con los seres queridos, para colmar a los niños de golosinas y regalos. ¿No podemos dar un poquito, sólo un granito de arena de lo que tenemos? El desierto se compone de granos de arena y es inmenso. Igual de inmensa puede ser nuestra ayuda, la de todos, colaborando con
Save the Children




3 comentarios:

Mientras Lees dijo...

Lo preguntó con tanta tristeza que aquella petición de auxilio llegó al corazón

Esta frase me mató, es hermosa, llega al corazón y te lo hace estallar de melancolía y de deseos de leer más y más.

Bellísima entrada

Bego dijo...

Que bonito Nieves.

Besos.

Anabel Botella dijo...

Los que más tienen deberían dar gracias de lo que poseen. Es maravilloso que algunos niños no vean diferencias de clase como las vemos los mayores. Cuando se ponen a jugar se olvidan de todas esas cosas que nos incomodan.

Un besito ;)