martes, 8 de diciembre de 2009

Cuento: Rosas para Aurora (1ª parte)


CAPITULO 1



Nuestra pequeña protagonista se llama Aurora y vive, con su madre, en un barrio alejado del centro del pueblo, en la zona más pobre.
Su mamá, una mujer guapa y joven, que enviudó hacía años, de hermosa caballera oscura y grandes ojos azules, cuida de Aurora lo mejor que puede, pero no gana mucho dinero trabajando de sol a sol. Limpia las casas de los lugareños ricos, lava su ropa, cose sus vestidos. Cada noche, al acostarse, le da un beso a su hija y cae rendida en la cama.
Nuestra heroína no tiene apenas juguetes, pero tiene unas tabas con las que se divierte muchísimo. ¿Qué no sabéis que son las tabas? Vaya. Pues son huesos de la pierna del cordero, tienen cuatro lados que se llaman: hoyos, lisos, tripas y carneros. Se pueden pintar de colores. Se esparcen sobre la mesa, tiráis una piedrecita hacia arriba y mientras volvéis a recogerla tenéis que poner todos los huesos, uno a uno, en la misma posición. Si lo conseguís, habréis ganado el juego. Es fácil, ¿no?
Bueno, como os decía, Aurora tenía unas bonitas tabas con las que jugaba al salir del colegio, una vez acabados sus deberes.
A pesar de su pobreza, era feliz junto a su madre. No pedía otra cosa en la vida que crecer, ganar algo de dinero y poder regalar a su mamá un enorme ramo de rosas rojas, porque le encantaban.


Por el contrario, Isadora vivía en una casa muy grande y muy bonita y su padre, viudo también, le daba todos los caprichos que pedía.
Nuestra niña rica tenía un montón de amiguitos que iban todos los días a su casa, a la salida del colegio, para jugar con ella y merendar de lo lindo.
Isadora tenía un cuarto lleno de muñecas, bicicletas, trenes eléctricos, coches automáticos, pelotas… Y cada día pedía un juguete nuevo porque se aburría de ellos con mucha facilidad. Le cansaba ver que funcionaban solos y se olvidaba pronto de ellos, dejándolos en un rincón sin hacerles caso nunca más.
Pero tenía a sus amigos. O lo que ella creía que eran amigos. Porque aquella tarde de septiembre, cuando se fracturó una pierna al caerse de la bicicleta, se dio cuenta de que aquellos que la visitaban tarde tras tarde, esos que reían todos sus chistes, que la alababan, que le decían lo bonita que era… sólo iban a su casa buscando las buenas meriendas que les preparaba la criada y los helados de chocolate que les obsequiaba su papá. Es decir, por el interés.
Al pueblo había llegado una feria y ella deseaba ir a ver a un oso amaestrado del que todos hablaban. Pero su herida la impedía salir de casa. Como la feria iba a estar una temporada por allí, les pidió a sus amigos que esperaran a que se curara para ir todos juntos.
-De eso nada –respondió la hija del médico del pueblo-. Yo me voy ahora mismo a ver a ese oso.
-Dicen que es muy gracioso verlo bailar –dijo el hijo del carnicero-. Me voy contigo.
-¡Esperarme, esperarme! –gritó la hija del fabricante de coches-. Os acompaño.
Y así, uno a uno, sus amigos se fueron a la feria dejándola sola y muy irritada.
Aburrida como una mona, porque no tenía a nadie con quien jugar aquella tarde, se asomó a la ventana. Y al hacerlo, observó que una niña pequeña, como ella, miraba fijamente las rosas rojas de su jardín.
A la pata coja llegó hasta la puerta y la abrió.
-¿Quién eres? –le preguntó- No pensarás robar mis flores, ¿verdad?
Aurora dio un brinco. ¿Robar ella?
-Solamente las miraba porque son bonitas –le contestó-.
-Bueno, pero no se te ocurra arrancar ninguna o llamaré a los guardias.
Y se metió en casa de nuevo, cerrando la puerta de malos modos. Lo que nunca se debe hacer.
Afuera, Aurora observó la gran mansión y hasta sintió un poco de envidia al ver su tejado de pizarra negra, sus muros rojizos y sus amplias ventanas blancas. Agachó la cabeza y se dispuso a regresar a su casa para ayudar a su madre en las labores del hogar.
-¡Espera!
Se volvió al escuchar que la llamaban. Era aquella niña rica que la tachara de ladrona. Se apoyaba en la puerta y se frotaba la pierna con gesto de dolor.
-¿Qué quieres?
-¿Cómo te llamas?
-¿Para qué quieres saber mi nombre? ¿Para llamar a la policía? No he arrancado ninguna flor de tu jardín.
Isadora se sintió un poco avergonzada por su anterior conducta.
-No. No es para eso. ¿Jugarías un rato conmigo?


(Continuará...)

Por favor, cuando estéis leyendo estos cuentos a vuestros hijos, acordaros de esos otros que nada tienen, que ni siquiera poseen la capacidad de soñar porque la pobreza, las necesidades y las enfermedades lo hacen imposible.

Estas son fechas para disfrutar, para estar con los seres queridos, para colmar a los niños de golosinas y regalos. ¿No podemos dar un poquito, sólo un granito de arena de lo que tenemos? El desierto se compone de granos de arena y es inmenso. Igual de inmensa puede ser nuestra ayuda, la de todos, colaborando con
Save the Children




4 comentarios:

Mientras Lees dijo...

Qué cuento tan hermoso!!!!!!!!

Gracias por brindarnos momentos así.

Sobre lo que dices de los niños pobres o enfermos, tienes mucha razón, deberíamos pensar más en ellos, y ver que nuestras vidas son perfectas.

Un fuerte abrazo y beso lleno de cariño.

Anabel Botella dijo...

Yo siempre pienso que los hijos son un tesoro, que deberíamos presevar la infancia de los más pequeños, darles toda la felicidad que se merecen, y hacer de este mundo mejor de lo que lo hemos encontrado.

Es un cuento muy hermoso, para hacernos reflexionar.

Yo llevo tres años apoyando a la fundación de Vicente Ferrer con el apadrinamiento de un niño, y con frecuencia le recuerdo a mi hijo la suerte que tiene de estar en donde está.

Un besito ;)

Bego dijo...

Que buen comienzo, me voy a seguir leyendo el segundo capítulo.

Anónimo dijo...

Precioso Nieves!! Como todo lo que escribes.
Un abrazo
Marta