viernes, 25 de diciembre de 2009

Cuento: El Reino de las Burbujas (1ª parte)


CAPITULO 1


Jimena era una niña de seis años. Vivía con sus padres y su hermano Enrique en una pequeña aldea en el norte de España y su mayor ilusión era tener una muñeca de cabellos rubios y vestida de princesa. Pero eran pobres y sus padres no podían comprarla.
A falta de otros juguetes, Jimena se entretenía haciendo malabarismo con cualquier objeto, ya fuesen piedras o palos. Lo había aprendido de su abuelo Tomás, que trabajó en un circo. Todos los habitantes del pueblo admiraban su habilidad, pero aquélla no les sacaba de la pobreza. El único que podría haber ganado suficiente para mantenerlos era su hermano, pero estaba tullido del brazo derecho desde hacía cinco años y los médicos no sabían cómo curarlo.
Aquellas navidades, Jimena tuvo un único regalo: una bonita bola de cristal, dentro de la cual había una pequeña muñequita de cabello rubio. La niña agradeció el presente como si de una joya se tratara y dormía con ella a su lado, sin querer separase de ella.
Dos noches después, medio dormida, le pareció escuchar una canción. Encendió la vela de la mesilla y observó la bola de cristal. Dentro de ella, la muñequita, que curiosamente se había sentado en una piedrecilla, cantaba con tristeza.
Jimena se quedó asombrada. ¿Cómo era posible? ¿Estaba soñando? Se pellizcó con fuerza y gritó de dolor. Pues no, no dormía. Puso la bola cerca de sus ojos y miró con detenimiento al extraño personaje. Y la muñeca dejó de cantar y se acercó corriendo hacia el vidrio.
-¡Ayúdame! –gritó desde dentro- ¡Ayúdame!
A Jimena se le pusieron los pelos de punta. ¡También hablaba! ¡Estaba viva!
-¿Eres de verdad o una ilusión? –preguntó, muy bajito, para evitar que su familia la escuchara-.
-Soy real –dijo la muñequita-. Me llamo Lucrecia y soy el hada del Reino de las Burbujas.
-Yo me llamo Jimena. Y nunca oí hablar de ese extraño lugar –contestó la niña, aún sin estar convencida de que aquello la estuviera pasando-.
-Mi reino se encuentra detrás de la cascada de la laguna y es muy diminuto. Por eso no lo conocéis los humanos.
-¿Eres un hada de verdad?
-Claro que sí.
-Y ¿qué haces dentro de esta bola?
-La malvada bruja Luja me encantó, metiéndome aquí dentro. Y tiene prisionero a mi esposo, el bondadoso hechicero blanco, Iván. La bruja Luja –le explicó-, se ha apoderado de mi varita mágica y ha convertido el Reino de las Burbujas en un lugar triste, donde nadie ríe. Ya no se gastan bromas y todos están desolados.
Vaya con la bruja, pensó Jimena. Parecía un ser despreciable. A ella lo que más le gustaba era bromear con su hermano Enrique y no concebía la vida sin esos momentos placenteros.
-¿Cómo puedo ayudarte? –le preguntó-.
-Recuperando mi varita mágica.
-Pero ¿de qué modo? ¿No dices que tu reino es diminuto? Yo no podré entrar.
-Sácame de esta bola y yo te diré el modo de hacerlo.
A Jimena la entristecía tener que romper su bonito regalo para liberar al hada Lucrecia, pero pensó que sus papás no se enfadarían, porque era por una causa justa. Así que golpeó el cristal contra el borde de la mesilla y éste saltó en pedazos. El hada era tan pequeñita, tan pequeñita, que hubo de rebuscar por el suelo hasta encontrarla. Había caído al lado de una de las patas de la cama. Se la puso sobre la palma de la mano y Lucrecia se acicaló el cabello, un poco despeinado tras el trompazo.
-¿Te has hecho daño? –le preguntó la niña-.
-No ha sido nada. Las hadas somos inmortales, no te preocupes. Ahora debemos ir a la laguna.
Jimena se vistió con rapidez y, a hurtadillas, salieron de la casa. Caminó rauda, llevando al hada en el bolsillo de su raído abrigo, atravesaron el pueblo y llegaron hasta el pequeño estanque en el que tantas veces nadara con Enrique, antes de que él tuviera el accidente y se quedara inválido.
Depositó a Lucrecia en el suelo con mucho cuidado y prestando atención para no perderla de vista, porque era tan diminuta que casi quedaba oculta bajo la hierba.
-Para hacerte de mi tamaño debes masticar aquellas bayas verdes –le dijo el hada, señalando un matorral-.
-¿Cómo Alicia en el País de las Maravillas?
-Eso es. Muerde solamente tres bayas y espera unos minutos a que hagan efecto. Luego podremos atravesar la cascada y entraremos en el Reino de las Burbujas.
Jimena así lo hizo, aunque aquellas bolitas sabían a rayos. Se sentó en el suelo, con Lucrecia sobre su rodilla y esperaron. El tiempo pasaba y nada sucedía y Jimena se quedó medio dormida.
-¡Despierta, Jimena! ¡Despierta! –la alertó una voz-.
Al mirar a su lado, vió que el hada era de su mismo tamaño. O lo que era más asombroso, ella se había reducido y era tan pequeñita como Lucrecia.
Aún asombrada por lo que le estaba sucediendo, se dejó tomar de la mano y rodearon la laguna para atravesar la cascada. Curiosamente, el agua no las mojó. Jimena estaba cada vez más sorprendida.



(Continuará...)


Por favor, cuando estéis leyendo estos cuentos a vuestros hijos, acordaros de esos otros que nada tienen, que ni siquiera poseen la capacidad de soñar porque la pobreza, las necesidades y las enfermedades lo hacen imposible.

Estas son fechas para disfrutar, para estar con los seres queridos, para colmar a los niños de golosinas y regalos. ¿No podemos dar un poquito, sólo un granito de arena de lo que tenemos? El desierto se compone de granos de arena y es inmenso. Igual de inmensa puede ser nuestra ayuda, la de todos, colaborando con
Save the Children






1 comentario:

Mientras Lees dijo...

Qué relato más bonito!!!, esperaré impaciente la continuación