domingo, 20 de diciembre de 2009

Cuento: El palacio de hielo (2ª parte)


CAPITULO 2


Un viento helado la hizo tiritar, pero agachó la cabeza y caminó presurosa. Cruzó el bosque, refunfuñando cada vez que las ramas, al moverse, dejaban caer su carga de nieve sobre ella. A punto estuvo de romperse la crisma cruzando el lago helado y su bufanda voló por una ráfaga de aire que la dejó medio congelada.
Aunque la pintura mostraba el paisaje durante el día, cuando Blanca llegó por fin al palacio de hielo, era ya noche cerrada. Se refugió junto a la enorme puerta, preguntándose cómo iba a entrar, porque no había nadie que pudiera abrirla.
Fue entonces cuando escuchó que alguien la llamaba. Alzó la mirada y vio a un niño de cabellos dorados y pícara sonrisa, que hacía señas desde la ventana de la torre. De inmediato, descolgó una soga.
-Sube –le gritó el pequeño-.
Segura ya de que estaba loca, Blanca ascendió por aquella cuerda hasta conseguir alcanzar la ventana. Tan pronto entró la cerró, deseando acercarse a una chimenea y calentarse los huesos. Pero en aquella habitación no había ningún fuego y hacía tanto o más frío que en el exterior.
Dio patadas en el sueño y se palmeó los costados hasta entrar un poco en calor, mientras se fijaba en el lujo del cuarto. Cofres, sedas, alfombras, estatuas de alabastro… Un lugar precioso, pero helado. Sólo cuando recobró el movimiento de sus manos, prestó atención al chiquillo que la miraba fijamente, sentado en el borde de una enorme cama con colcha dorada.
-¿Quién eres? –le preguntó- Y ¿por qué me has pedido ayuda?
-Soy el príncipe Gabriel –contestó él-, y he sido secuestrado por el mago Sisebuto.
-Yo me llamo Blanca –le dijo- ¿Por qué hace tanto frío en este palacio? ¿Es que eres pobre y no tienes para leña?
-Sisebuto odia el sol y la primavera. Por eso me tiene encerrado aquí –le explicó el pequeño príncipe-. Cuando yo gobernaba, siempre era primavera en el país de Esplendor, pero ahora sólo hay nieve y escarcha y mi pueblo pasa frío.
A Blanca, aquel condenado mago le cayó mal. Nadie que odiara la primavera, sus colores, las flores, los trinos de los pájaros y el sol, podía ser buena gente.
-¿Qué puedo hacer yo para ayudarte, Gabriel? No soy más que una niña y no puedo luchar contra ese tal Sisebuto, que el demonio achicharre en el infierno.
El príncipe se echó a reír.
-Hablas muy raro.
-Cuando estoy enfadada –rió también ella-. Y ahora lo estoy porque se me están congelando hasta las neuronas.
Al príncipe le dió un ataque de risa al escucharla. Al calmarse le dijo:
-Solamente Basilio puede ayudarnos.
-¿Quién es Basilio? ¿Otro mago?
-Nooooooooo. Basilio es un dragón.
Blanca retrocedió. Ahora sí que estaba asustada. Meterse en una pintura, atravesar el paisaje helado y escalar el muro hasta la torre, no significaban nada ante el hecho de tener que enfrentarse nada menos que con un dragón.
-¿De esos que… que echan fuego por la nariz? –le preguntó, muerta de miedo-.
-Pues claro –contestó Gabriel-. Todo dragón que se precie echa fuego por la nariz, si no dejaría de serlo.
-Creo que no te voy a poder ayudar.
-No seas miedica. Basilio es un dragón buenísimo. Pero el mago le ha quitado el poder del fuego y le tiene encerrado en el patio trasero de palacio. Él podría regresar Esplendor a lo que siempre fue, un país en eterna primavera, en cuanto recupere sus llamas. Por eso te he pedido ayuda.
Blanca se sentó junto al pequeño y le miró, no muy convencida. Todo aquel jaleo le sonaba demasiado fantástico.
-Vale –dijo al fin-. ¿Qué puedo hacer?
-Debes ir al lago, zambullirte en él y traerme una botella en la que se encuentra el agua maravillosa. Cuando Basilio la beba recobrará sus poderes y acabará con el malvado Sisebuto.
Blanca se levantó como si tuviera un erizo debajo del trasero.
-¿Sumergirme en el lago? ¡Pero si está helado!
-Es la única forma.
-Hazlo tú. Te ayudaré a bajar de la torre por la soga.
El príncipe negaba.
-No serviría. La botella está protegida por un hechizo y nadie de mi reino puede recuperarla. Sólo un extranjero será capaz de conseguirla.
Blanca paseó por la habitación, dando patadas a los muebles. ¿Dónde se había metido? Aquel príncipe estaba loco. Si se tiraba de cabeza al lago para recuperar aquella dichosa botella de agua maravillosa, sin duda acabaría convertida en un témpano de hielo. Se estremeció al pensarlo.
Pero Gabriel la miraba fijamente y en sus ojos adivinó la esperanza. Confiaba en ella. Era la única que había conseguido ver sus señales de auxilio en la pintura.
-¿Cuánto tiempo hace que no es primavera en Esplendor? –le preguntó-.
-He perdido la cuenta. A mí también se me deben estar congelando las neuronas –dejó escapar una risita-. Creo que va para tres siglos.
-¡Trescientos años! –exclamó ella-.
-Más o menos, sí.
Blanca sí que le tomó manía entonces al mago Sisebuto. Aquel ser era un depravado. Pero ella le enseñaría. A pesar de temblar ante la misión que le aguardaba, dijo:
-Te traeré esa botella.
-Cuando la consigas, debes dársela al dragón Basilio. No temas, no te hará nada si le muestras mi colgante –y le entregó un medallón de oro en forma de flor-. Él entenderá. Luego, sólo debes convencer al mago para que se ponga delante de Basilio y él hará el resto.
-¿Conseguir que el mago se…? –se espantó- ¿Cómo quieres que haga eso? Me va a convertir en sapo o en algo peor.
-Sé que lo lograrás –contestó el principito con seguridad-. Una niña capaz de meterse en un cuadro para ayudarnos, se las ingeniará para engañar al mago.

(Continuará...)


Por favor, cuando estéis leyendo estos cuentos a vuestros hijos, acordaros de esos otros que nada tienen, que ni siquiera poseen la capacidad de soñar porque la pobreza, las necesidades y las enfermedades lo hacen imposible.

Estas son fechas para disfrutar, para estar con los seres queridos, para colmar a los niños de golosinas y regalos. ¿No podemos dar un poquito, sólo un granito de arena de lo que tenemos? El desierto se compone de granos de arena y es inmenso. Igual de inmensa puede ser nuestra ayuda, la de todos, colaborando con
Save the Children







1 comentario:

Mientras Lees dijo...

Como siempre un relato maravilloso, espero la siguiente parte