sábado, 19 de diciembre de 2009

Cuento: El palacio de hielo (1ª parte)



CAPITULO 1

Blanca era una niña muy friolera. Odiaba el invierno, detestaba hacer muñecos de nieve, aborrecía ponerse gorros y bufanda y solamente deseaba la llegada del verano para disfrutar del sol y la playa. De casa al colegio y vuelta, iba en coche y nunca se quedaba a jugar con sus compañeros al salir de clase.
Pero aquel día, tenían que hacer una redacción que puntuaba para el examen final. Un trabajo sobre un cuadro, el que más les gustara del museo. Como le encantaba sacar buenas notas, y se esforzaba en conseguirlo, se arropó hasta las cejas y se encaminó al museo, siguiendo a su profesora y a sus amigos. Eso sí, renegaba por lo bajo porque se le estaba quedando helada la nariz.
Las salas estaban repletas de óleos que mostraban paisajes, bodegones, batallas, retratos… Ninguno le llamaba la atención como para hacer una redacción sobre él y volvió a lamentar haber pasado frío para perder el tiempo viendo pinturas que no le gustaban.
Hasta que observó uno de los lienzos.
Estaba en un rincón, medio olvidado. Era un paisaje nevado y triste, con árboles cargados de copos y un cielo plomizo y sucio. Tiritó al mirarlo y decidió marcharse. Pero algo le llamó la atención. Al fondo del helado paisaje había pintado un palacio. Y era muy bonito, a pesar de que sus tejados estaban cubiertos también de nieve. Se acercó un poco más para verlo mejor y dio un brinco cuando le pareció observar movimiento en una de las altas ventanas de una torre.
Blanca no era dada a las fantasías y pensó que se trataba de un guiño de la luz, pero estuvo observando aquella lejana ventana mucho rato. Tanto, que cuando se volvió, la profesora y sus compañeros habían desaparecido y las luces del museo comenzaba a apagarse. Presurosa, salió de allí y se fue a casa, quejándose entre dientes de la ventisca y deseando llegar al calor de la chimenea de su hogar.
Aquella noche no pudo dormir. La imagen de alguien moviéndose en la ventana de aquel palacio de hielo la hizo dar vueltas y más vueltas en la cama.
Tan obsesionada estaba que al día siguiente, con abrigo, gorro, bufanda y guantes, regresó al museo para volver a mirar aquel extraño lienzo.
Y como el día anterior, volvió a ver que algo se movía en el cuadro. Pero… Eso no era posible, pensó. Los paisajes no cobraban vida así, de repente. De todos modos, sacó la lupa que siempre llevaba consigo y que utilizaba en las clases de botánica y se acercó al óleo. Y en efecto, allí había alguien. Un niño le hacía señales desde la ventana de la torre. Pasmada por el descubrimiento, tocó la pintura con un dedo… ¡que desapareció al instante!
Podéis imaginar el susto que se llevó Blanca. Creía que estaba soñando. Pero lo intentó de nuevo y aquella vez fue toda su mano y parte del brazo lo que desapareció.
Y aquel pequeño seguía pidiendo mudo socorro, agitando su manita tras el cristal empañado por el hielo.
Blanca era friolera, pero también era valiente. Por eso decidió que tenía que hacer algo para salvar a aquel pequeñín. Sin embargo, ¿cómo conseguirlo? Si le contaba a alguien lo que había visto la encerrarían en un hospital y le pondrían una camisa de fuerza. Nadie iba a creerla. Ni siquiera sus padres o hermanos. Dirían que todo era fruto de su fantasía, que era una alucinación.
Sólo había un modo de resolver aquel misterio y era entrando en el cuadro. A pesar de la nieve, de la escarcha que cubría el lago y el río que rodeaba el palacio de hielo. Simplemente, no podía dejar de escuchar las súplicas de aquel niño que le pedía socorro desde el otro lado.
Así que, aquella misma noche, se puso dos pares de pantalones, botas de esquiar, dos jerseys, una cazadora de piel, gorro con orejeras, guantes y una gruesa bufanda. Y con todo aquel vestuario, más adecuado para subir a la montaña que para ir a un museo, y su mochila a la espalda, burló la vigilancia y se coló dentro. Tenía un poco de miedo, porque las salas estaban vacías, las luces apagadas y las pisadas de los vigilantes sonaban siniestramente en el silencio mientras hacían la ronda.
Una vez delante de la pintura, metió una mano. Luego el brazo. Después la cabeza. Cuando se quiso dar cuenta, estaba ya dentro del cuadro y era parte de él.


(Continuará...)

Por favor, cuando estéis leyendo estos cuentos a vuestros hijos, acordaros de esos otros que nada tienen, que ni siquiera poseen la capacidad de soñar porque la pobreza, las necesidades y las enfermedades lo hacen imposible.

Estas son fechas para disfrutar, para estar con los seres queridos, para colmar a los niños de golosinas y regalos. ¿No podemos dar un poquito, sólo un granito de arena de lo que tenemos? El desierto se compone de granos de arena y es inmenso. Igual de inmensa puede ser nuestra ayuda, la de todos, colaborando con
Save the Children







1 comentario:

Mientras Lees dijo...

Me encantan todos tus cuentos, me gustaría poder leer alguna de tus novelas!!

Además, las portadas son tan hermosas.. *suspiro*

Eres una escritora increíble!:)

Besitos!