lunes, 14 de diciembre de 2009

Cuento: Dhara y el rajá de Karapán (2ª parte)


CAPITULO 2


Era noche cerrada. Apenas veían a un metro de distancia y la enorme y oscura silueta del palacio les amedrentó por unos momentos. Casi estuvieron a punto de regresar a casa. Pero Valiente, por algo se llamaba así, fue el primero en ponerse manos a la obra. Escaló el muro con una habilidad asombrosa, como solamente un lagarto podía hacerlo. Y se coló por una de las celosías de las habitaciones de raja.
Savir dormía a pierna suelta, sin imaginar siquiera que alguien estaba a punto de frustrar sus planes.
Valiente recorrió el amplio cuarto de un lado a otro, buscando un resquicio por el que pudiera entrar Genaro. Pero no lo consiguió. El ratón no podía escalar la pared como él y se desesperó hasta que encontró un hilo que sobresalía de la alfombra que adornaba las baldosas negras del cuarto.
-¡Eureka! –dijo-.
Y sin pensarlo dos veces, comenzó a tirar de aquel hilo, deshaciendo la costosa alfombra. No hizo ruido, para evitar despertar al rajá. Cuando el hilo fue lo suficientemente largo, con él entre los dientes, subió a la ventana y lo lanzó hacia el exterior, haciendo señas a Genaro para que escalara por él.
El ratón tampoco se lo pensó y en un par de minutos llegó al cuarto del rajá, sudoroso pero contento de su hazaña.
Entre ambos localizaron muy pronto el agujero, a un lado de la enorme cama de Savir, donde se guardaba la llave de la prisión. Pero les surgió un dilema: había dos llaves.
-¿Cuál de ellas será? –dudó Genaro-.
-Toma las dos –le dijo Valiente-.
Genaro las agarró entre los dientes, subió a la ventana y emitió un silbido, al que acudió con rapidez la gaviota Pía, que aguardaba, ansiosa, sobre la veleta que había encima del tejado de palacio.
Dhara dio saltos de alegría cuando se vio con las llaves en las manos. Aguardó a que todos sus amiguitos estuvieran a su lado y los cuatro juntos se encaminaron, escondiéndose entre las sombras, hacia la puerta que daba a los calabozos. Como ya sabían, no había guardias custodiándola. Así que abrieron la puerta –les costó dos intentos porque hubieron de probar ambas llaves y mucho esfuerzo empujarla porque era grande y pesada-, y entraron en las oscuras galerías que daban a las celdas.
Empezaron a ponerse nerviosos al no encontrar a Reena en un primer momento. Casi estaba amaneciendo y con el alba, el palacio se llenaría de guardias y criados que comenzarían sus quehaceres diarios. Podían descubrirles.
Por fortuna, cuando ya desesperaban, escucharon el llanto apagado de una niña, que provenía de la última celda, la que estaba más al fondo. Corrieron hacia allí y, en efecto, en ella se encontraba Reena. Sus grandes ojos oscuros estaban cuajados de lágrimas, pero sonrió al ver a su hermana y a sus camaradas, olvidando ya la pena por estar encerrada y lejos de ellos.
-¡Habéis venido a salvarme! –gritó, dando saltos-.
-Shhhh –Genaro se llevó un dedo a la boca-. No hagas ruido o los guardias del rajá nos descubrirán.
En el más absoluto de los silencios, probaron la segunda llave. Y para alegría de todos, aquella era la que abría la celda.
Cuando consiguieron salir al exterior, el disco solar despuntaba ya sobre el horizonte. Escondiéndose entre las vasijas de barro llenas de vino y aceite y otros bultos, trataron de pasar inadvertidos, pero uno de los guardianes les vio, dándoles el alto. Ellos, no hicieron caso y corrieron como galgos para escapar. La gaviota Pía se elevó en el cielo llevando sobre sus alas al lagarto Valiente; Dhara atravesó el patio como una exhalación, llevando a su hermana de la mano y al ratón Genaro en el bolsillo de su raído vestido.
Se internaron el bosque mientras escuchaban las trompetas de palacio dando la alarma. Y hasta ellos llegaron los gritos del rajá, al que despertó el barullo, cuando se dio cuenta de que le habían robado las llaves de las mazmorras.
De inmediato, Savir hizo preparar su enorme elefante blanco y, seguido por un nutrido grupo de sus más aguerridos guardias, emprendió la persecución de los fugitivos.
-¡Os haré picadillo cuando os tenga en mi poder! –gritaba, encolerizado, bamboleándose sobre el elefante -¡Os haré picadillo!
Atemorizados y agotados, Dhara, Reena y sus tres amiguitos hicieron un alto junto a un río. Las pisadas del elefante y de los caballos de los guardias se escuchaban cada vez más cerca. No podrían escapar de la ira del rajá yendo a pie.
Dhara, para salvar a todos, pensó que lo mejor sería entregarse. Mientras distraía al rajá, los demás podrían escapar cruzando el río, y llegar al país vecino, donde les darían cobijo.
Ya estaba dispuesta a ofrecer su vida a cambio de las de los demás, cuando Genaro la detuvo.
-Espera –le dijo-. ¿No sabes que los elefantes temen a los ratones?
Las dos hermanas le miraron como si estuviera loco. ¿Temer un elefante miedo de un ratoncillo que apenas se veía entre la hierba?
Genaro no espero a que le creyeran. Salió de su escondite y se puso delante de la montura del rajá. En un primer momento temió estar realmente demente, porque aquel elefante era grandísimo, su trompa podía golpearle y mandarle por encima de los árboles, sus orejas provocar tanto aire que le mandaría al otro lado del río volando, sus pezuñas… Mejor no pensaba en sus pezuñas. Plantó sus pequeñas patitas en el suelo, se irguió, abrió sus delgados brazos y emitió un chillido. Tan fuerte como pudo.
Y ¿sabéis lo que sucedió?
Pues que, en efecto, el elefante, aquel enorme paquidermo, frenó en seco, barritó y se alzó sobre sus patas traseras. A consecuencia de aquello, el rajá de Karapán salió despedido, estrellándose contra el suelo, donde quedó desmayado.
Sus fornidos guardias, pensando que quienes les atacaban eran los espíritus del bosque, salieron de estampida, abandonando a su amo. El mastodonte, por su parte, desapareció entre el follaje y no volvieron a verlo.
Jubilosos por la batalla ganada, Dhara y los demás corrieron hacia el río para ponerse a salvo al otro lado de la corriente. Pero la niña se paró y se volvió para mirar al rajá, al que le sangraba la brecha que se había hecho en la cabeza al caerse.
-Vamos –apuró Valiente, aún encima de Pía-. Huyamos ahora.
Dhara se negó en redondo.
-No podemos abandonarlo. Está malherido.
-Le está bien empleado, por ser tan malvado –dijo el ratón Genaro-. Dejémosle ahí, los tigres darán buena cuenta de él y todos, en Karapán, serán más felices.
-Eso, eso. Déjale ahí –apoyó Valiente-.
-Que se lo coman las alimañas –argumentó Pía-.
Dhara y Reena habían aprendido de sus padres a ser cariñosas y ayudar a todos cuantos lo necesitaran. La mayor miró uno a uno a sus amiguitos y les regañó:
-¿Qué hubiera sido de ti, Valiente, si mi hermana y yo te hubiéramos abandonado cuando te cortaron la cola? ¿Y tú, Genaro? Si no te hubiésemos sacado de la trampa con queso, habrías acabado en un cubo de basura. En cuanto a ti, Pía –prosiguió- ¿hasta dónde habrías llegado con un ala rota?
Los tres animalitos agacharon la cabeza, abochornados. Dhara tenía razón. Ellas les habían salvado la vida y ahora querían que abandonara al rajá. Nunca se sintieron tan avergonzados de su proceder.
Entre todos, llevaron a Savir hasta el río, lavaron su herida y le dieron agua y algunas bayas para que se repusiera. Hasta arrancaron algunas hojas enormes para cubrirle y que no se enfriara.



(Continuará...)


Por favor, cuando estéis leyendo estos cuentos a vuestros hijos, acordaros de esos otros que nada tienen, que ni siquiera poseen la capacidad de soñar porque la pobreza, las necesidades y las enfermedades lo hacen imposible.

Estas son fechas para disfrutar, para estar con los seres queridos, para colmar a los niños de golosinas y regalos. ¿No podemos dar un poquito, sólo un granito de arena de lo que tenemos? El desierto se compone de granos de arena y es inmenso. Igual de inmensa puede ser nuestra ayuda, la de todos, colaborando con
Save the Children








2 comentarios:

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Y ese elefante, impresionante, gran trompa, patas anchas como torres, orejas como hojas de palmera, jajaja y ante un ratón, echa a correr, cobardón. Cuanta emoción en la huída, los tres animalitos y las dulces niñas !qué gran corazón!Y en vez de dejar al rajá, allá tirado, la vida le han salvado. ¿Ay, cómo acabará este delicioso cuento?

Mientras Lees dijo...

Me encanta como escribes, eres adorable.

Te dejé un premio en mi blog, espero que te guste ;)