domingo, 13 de diciembre de 2009

Cuento: Dhara y el rajá de Karapán (1ª parte)

CAPITULO 1

La época del monzón había pasado y Dhara y su hermana Reena volvieron al mercado para vender sus bonitos jarrones de cristal. La gente acudía a su pequeño puesto porque eran los jarrones más bonitos de todo Karapán, con piedrecitas incrustadas en el vidrio, que brillaban bajo la luz del sol formando un encantador arcoiris.
Dhara y Reena eran felices con su trabajo y no le pedían a la vida más que poder seguir comerciando con sus jarrones y tener unas monedas para comprarse algo de comida de vez en cuando. Apenas sacaban para ir tirando, pero ellas no se quejaban de su suerte. Además, se encargaban de cuidar a tres animalitos, a los que habían salvado de la muerte:
Un lagarto, al que encontraron sin cola y llorando desconsoladamente. Le recogieron y le llamaron Valiente.
Una gaviota, a la que curaron un ala rota y que desde entonces vivía con ellas. A ésta, la llamaron Pía.
Y por último, habían acogido a un pequeño ratoncillo, al que encontraron prisionero en una trampa de queso, porque era muy comilón. Dhara le puso el nombre de Genaro.
Así que los cinco, las dos hermanas y sus tres amiguitos, vivían encantados en una choza de barro, aunque muchos días apenas tenían para comer y las goteras inundaban su casa en la época de las lluvias.
Sin embargo, una persona las envidiaba. Un hombre poderoso, el más poderoso de Karapán, que deseaba conocer el secreto de aquellas preciosas piezas de cristal, para fabricarlas él y ganar más dinero del que ya tenía: el rajá, Savir.
Savir poseía de todo. Era el amo y señor del reino. En su palacio, de mármol rosado y negro había criados, cocineros, jardineros y cocheros. Y un cuerpo de guardia que le acompañaba siempre, formado por soldados grandes, fuertes y bravucones.
Pero el rajá de Karapán quería más. Siempre quería más. Todo el pueblo le temía y le odiaba, porque mientras él nadaba en la abundancia sus súbditos pasaban hambre. Su codicia por conseguir todo lo que fuera bonito, le había llevado a fijarse en los jarrones de las dos hermanas. Y quería ser él quien comercializara las vasijas, venderlas en el extranjero y ser más famoso aún de lo que ya era. Su vanidad le convertía en un ser rencoroso y perverso.
Por eso, un día, cuando sus espías le dijeron que habían sido incapaces de encontrar el secreto de los jarrones, mandó que secuestraran a la más pequeña, Reena, con la intención de interrogarla, encerrándola en las mazmorras de su palacio hasta que les proporcionara la fórmula del cristal.
Dhara lloró y lloró durante noches, temerosa por la suerte de su hermana.
Fue uno de sus animalitos, la gaviota Pía, quien le llevó noticias de Reena.
-Está en las mazmorras del rajá –la dijo-.
-Entonces estamos perdidas. Nadie ha conseguido nunca salir de la prisión del palacio de Savir –lloró Dhara más fuerte, creyendo a su hermana perdida ya para siempre-.
-Vaya –intervino el lagarto, Valiente-. Todo es cuestión de robar la llave de las mazmorras.
Dhara le miró, sin entender.
-Y ¿cómo haremos eso? –se limpió las lágrimas-.
El lagarto, verde brillante, se paseó por la choza pensando, pensando, pensando…hasta dar con la solución.
-¡Ya lo tengo! –gritó al fin- Pero debemos actuar todos juntos para rescatar a Reena.
Se sentaron los cuatro alrededor de la mesa baja y destartalada, único mueble que tenían, escuchando con atención el plan de Valiente.
-Lo primero es entrar en el palacio –les dijo-.
-Todas las puertas están cerradas con rejas y bien custodiadas por los guardias. Será imposible –repuso Dhara-.
-Yo puedo colarme por una ventana. Escalaré el muro y buscaré un lugar por el que pueda colarse Genaro. Uno de mis antiguos camaradas me dijo una vez que el rajá guarda la llave de las mazmorras en un agujero del muro, donde nadie se imagina que está.
-Yo puedo coger la llave entre mis dientes –intervino el ratón-. Y llevarla hasta una ventana.
-Y yo volaré hasta allí y recogeré la llave en mi pico.
-¿Y luego? -preguntó Dhara, más animada ya, pero con ganas de volver a llorar al ver la audacia de sus amigos, decididos a arriesgar su vida por salvar a su hermana pequeña-.
-Entonces, tú abrirás la puerta de las mazmorras y sacarás a Reena –dijo Valiente-. Luego nos iremos muy lejos, a otra ciudad, donde el perverso rajá Savir no pueda encontrarnos nunca.
Dhara no las tenía todas consigo. El plan de sus amigos era arriesgado. Pero sabía que la puerta de la prisión no estaba custodiaba por los guardias del rajá, porque creían que la cárcel era inexpugnable. De manera que, tal vez, tendrían una oportunidad. Sin embargo, si les descubrían, corrían el riesgo de acabar los cuatro en los calabozos del palacio.
Estudió el plan una y otra vez. No quería poner en peligro a sus amigos. Después de tres días más sin tener noticias de su hermanita, decidió que debían actuar.
De modo que se pusieron en camino hacia el palacio.



(Continuará...)


Por favor, cuando estéis leyendo estos cuentos a vuestros hijos, acordaros de esos otros que nada tienen, que ni siquiera poseen la capacidad de soñar porque la pobreza, las necesidades y las enfermedades lo hacen imposible.

Estas son fechas para disfrutar, para estar con los seres queridos, para colmar a los niños de golosinas y regalos. ¿No podemos dar un poquito, sólo un granito de arena de lo que tenemos? El desierto se compone de granos de arena y es inmenso. Igual de inmensa puede ser nuestra ayuda, la de todos, colaborando con
Save the Children







4 comentarios:

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Nieves, lástima que mis hijos son muuuy creciditos, porque es un cuento precioso, como de las Mil y una Noches, pero para niños, como Aladino o Alí Babá. Eres un cielo, ya me gustaría a mí o a mi Ona ilustrar este cuento maravilloso.
Bsitos al ratoncito a la gaviota y al lagarto, y a las dos ñinas, al malo que lo zurzan, !ale!

Irdala dijo...

Uy, Natàlia, qué idea más buena. Voy a pensar, jeje.
Besos

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Humo saldrá de tu cabechita, te pillé pillina. Sería un honor, desde luego, bsooooo.

Soe dijo...

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