jueves, 9 de julio de 2009

Los Ojos de Taimir © (Sinopsis y extracto del capítulo 1º)


SINOPSIS:


Bárbara Mc.Bain viaja desde Aberdeen a Londres para conocer al tutor elegido por su difunto tío. De él conoce solamente su nombre y dirección e imagina que se trata de un hombre serio y de principios. Sin embargo sir Alan Chambers está a años luz de ser el caballero sosegado que ella idealiza.
Alan, tercer hijo del duque de Hatfield es conocido en Londres por sus juergas, sus conquistas y la forma de dilapidar su fortuna.
Bárbara luchará contra la atracción hacia él y el rechazo que le despierta cualquier libertino.
Los Ojos de Taimir, una joya de incalculable valor viene a sumarse a los conflictos de la joven cuando descubre que es la heredera de uno de los más codiciados diamantes rusos que muchos desean recuperar.
Durante la Noche de Difuntos verá tan cerca la muerte que deseará no haber salido nunca de su amada Escocia.




LONDRES. 1880


Estaban a mediados de octubre y una fina llovizna empapaba caminos y prados. El cielo, encapotado, cegaba el sol, oculto en alguna parte. El carruaje pasó sobre un socavón, una de las ruedas se hundió en el barro y se balanceó peligrosamente hacia un lado provocando el juramento del cochero y el respingo de la muchacha que iba dentro.
Bárbara Mc.Bain descorrió la cortinilla cuando el coche paró. Vio bajar al cochero del pescante y trajinar en la rueda delantera. Al cabo de un momento abrió la puerta y bajó.
-¿Qué ha pasado?
-Un maldito agujero, señorita –señaló el camino-. Si llegamos con esta rueda a la ciudad será un milagro. Entre en el coche o se calará hasta los huesos.
Atendiendo a las razones del cochero volvió al interior, se retrepó en el asiento y se cubrió con la manta de viaje.
En realidad, desde que saliera de Aberdeen no habían surgido más que problemas. No le apetecía ir a Londres, pero tampoco tenía otro remedio. Hacía un mes su tío George había fallecido, apenas cumplidos los cuarenta y cinco años. Rebosaba vitalidad cuando cayó del caballo y se partió el cuello. Y la dejó sola. Terriblemente sola. Y luego, la lectura del testamento, supuso otro varapalo para ella. George contaba con una bonita fortuna que unida a la suya propia constituían un montante importante. ¿De qué la servía el dinero? Apenas había cumplido los veinte años y su tío había decidido dejarla en manos de un tutor hasta su mayoría de edad.
Sir Alan Chambers debería estar esperándola después de recibir la notificación del abogado.
El carruaje volvió al camino con un traqueteo incómodo y ella dejó vagar su imaginación preguntándose cómo sería el sujeto al que, desde ahora, debería obediencia. Sir Alan Chambers, repitió mentalmente. Sonaba a persona seria, a hombre maduro. Por fuerza debería serlo si había sido amigo de su tío.
Suspiró y cerró los ojos. No era una mojigata y sabía afrontar los avatares de modo que enfrentaría su nueva situación con entereza, como cuando quedó huérfana y al cuidado de Helen, a la que llegó a querer de veras. Sentía que la mujer no hubiera hecho el viaje con ella, pero hubiera sido injusto separarla de los suyos, por eso la dejó en Aberdeen con lágrimas en los ojos y pidiendo que la escribiera a menudo.
Su mente voló de nuevo hacia sir Alan. ¿Se llevaría bien con él? Si congeniaban no habría problemas porque ella, a pesar de su genio escocés sabía comportarse como una dama. Debía procurar ser una excelente pupila y conseguir que aquel hombre no renegara nunca de la obligación impuesta por el testamento de George Mc.Bain.



-¡Por todos los infiernos, Benjamín! –protestó el joven mirando la muñeca que le mostraban- ¿No se te ha ocurrido nada mejor que comprar?
-Señor, una muñeca es un juguete que siempre agrada a una niña –se defendió su valet-.
-Podía haber adquirido cintas de colores, un vestido, un costurero… ¡qué sé yo! Debe haber miles de regalos para una cría. Una muñeca es… poco original.
Benjamin Kipling se encogió de hombros, envolvió de nuevo la muñeca y le dijo:
-Cambiaré el regalo, señor.
Cuando el valet se marchó, Alan se giró hacia el hombre que le acompañaba desde hacía rato, soltó un bufido y miró la hora en su reloj de bolsillo.
-Has sido un poco duro con Kipling.
-Me disculparé con él, pero ¡mierda! me fastidia la vulgaridad.
-Ya. Y la expresión que acabas de soltar no lo es.
-No empieces, Conrad.
Conrad Chambers, duque de Hatfield, observó a su hermano menor. Alan había sido el tercer hijo. El más consentido, el peor criado, el más libertino y calavera de los hermanos. Nació doce años después de Lancelot y nadie supo pararle los pies a tiempo. Ahora, a sus veintiocho años, era demasiado tarde.
-¿Tienes alguna cita? –le preguntó Conrad al ver que miraba de nuevo la hora-.
-La tengo –le contestó y comenzó a cambiarse de ropa-. Y la llegada de esa mocosa me la va a fastidiar –se quedó parado y miró a su hermano-. Conrad… ¿no podrías tú….?
-Ni lo sueñes –le cortó el mayor-.
-Déjame acabar al menos.
-Sé lo que vas a decir. Yo me quedo aquí para recibir a la niña y tú te largas con tu conquista de turno.
-Conrad, es preciosa –rogó-.
-No. Tuviste una semana para responder al abogado de Mc.Bain poniendo alguna excusa para no asumir la tutoría de esa niña. No lo hiciste, por tanto asume tus obligaciones.
-¡Qué importa quién la reciba!
-Esa criatura querrá conocer al hombre que va a cuidarla a ella y a su fortuna hasta que sea una dama. Y no soy yo. Además, me espera Sarah, ya te he dicho que esta noche tenemos una fiesta.
-Sí, me lo has dicho –acabó de vestirse-. No te llevaría mucho tiempo, hermanito.
Conrad suspiró, se levantó y se dirigió a la puerta.
-Díselo a Benjamín. Puede que acceda a hacer de anfitrión hasta que te dignes regresar a casa y cumplir con tus deberes –le reprendió-. Cachorro, un día de estos te daré una paliza.
Alan se rió con ganas.
-Cuando quieras, chico.
Cuando se quedó a solas barruntó de nuevo.
-¡Tutor de una niña!
Se puso abrigo y sombrero, los guantes y tomó el bastón, saliendo del cuarto. En el pasillo se encontró son su valet.
-¿Regresará tarde el señor?
-No me esperes levantado –le guió un ojo-. Por cierto, tengo que pedirte un favor.
-El señor dirá.
-Cuando llegue la pequeña escocesa la alojas en el cuarto rosa. Me excusas con una reunión importante. Dile a Rachel que le prepare una tarta de chocolate y dale esa ridícula muñeca que has comprado. La veré mañana en el desayuno.
-Como diga el señor.
La campanilla de la puerta les alertó a ambos.
-No quiero ver a nadie ahora. Llego tarde.
Benjamín se acercó y observó por la mirilla.
-Me temo que va a tener problemas. Es la señorita Vivien Cavenfort.
-¡Mierda!
La llamada a la puerta se repitió. Y al mismo tiempo sonó la puerta de servicio.
-Debe ser la nueva criada, señor.
-Yo saldré por la puerta de servicio y recibiré a la sirvienta. Y tú dile a lady Cavenfort que me he muerto.
Benjamín no pudo argumentar nada antes de que Alan desapareciera en dirección a las cocinas. Empezaba a ser costumbre que el joven se escabullera del acoso de las mujeres por la puerta de atrás. Pero eso no era asunto suyo. Abrió la puerta principal mientras Chambers hacía lo propio con la trasera.


(Extracto del primer capítulo)


7 comentarios:

solima dijo...

Otra novela que pinta bien. Creo que siempre pregunto lo mismo pero ¿para cuando en papel?

Besos.

Anónimo dijo...

¿El prota de la novela se parece al de la foto? porque si es así y teniendo en cuenta lo que me gustan tus novelas ¡la quiero ya!

Besos,
Coni

Anónimo dijo...

Qué título más interesante. ¿Mañana pondrás otro trocito? Jeje, ya podías plantearte colgar otra novela, jajajaja.

Besitos,
Helena

Anónimo dijo...

Como todo lo que escribes, esta novela también me encantaría poder leerla completa.

Un beso,
Marta

Anónimo dijo...

Oye ¿de dónde has sacado al mazizorro de la foto? ¿Eso quiere decir que el prota está así de bueno? ¿Para cuándo esta novela?

Jajaja, menudo gancho has puesto.

Abrazos,
Vero

Anónimo dijo...

Felicidades por Amaneceres cautivos. Me ha encantado. Eres la mejor autora española a años luz.

Un cariñoso saludo.
Paula Blanco

Bego dijo...

Me encanta, me voy a por el siguiente.

Besos.