lunes, 27 de julio de 2009

Días de tormenta © (Extracto del capítulo 2º)


La muchacha se dejó abrazar por su progenitor y estalló en llanto.
Incómodo, Donald Hamond trató de consolarla, aún cuando él mismo estaba lejos de encontrar la calma después de enterarse de lo acontecido. Sin embargo, dos sentimientos opuestos anidaban en su corazón. Por un lado, sentía la muerte de su sobrino Emil. Por otro, seguía enfurecido por el comportamiento mezquino del joven; cuando le dio poderes para hacer y deshacer, nunca pensó que le dejaría en la ruina más absoluta. Emil no resultó el muchacho honrado que él creía y no sólo dilapidó un dinero que no le pertenecía, sino que llegó al duelo incluso por evitar pagar sus deudas.
Hacía apenas una hora que Laura desembarcara del navío que la trajo desde Francia, donde había estado los tres últimos años. Había vuelto para casarse con Emil y lo único que encontró fue a su prometido muerto y unas propiedades que ya no les pertenecían.
-Laura, pequeña…
Ella le miró, con aquellos ojos grandes y profundos de color verde mar enceguecidos por las lágrimas. Siempre fue fuerte, pero ahora estaba desolada.
-¿Por qué, papa?
Hammond suspiró y la hizo sentarse. Masajeó su largo y oscuro cabello y pasó los nudillos por su mentón. No dijo nada. Pero sí lo hizo su medio primo, hermanastro de Emil.
-El hombre que mató a mi hermano quería hacerse con la fortuna de tu padre y lo ha conseguido. ¡Qué mejor modo que liar a Emil en una partida de naipes! Él no era muy hábil en ese campo.
-Savage no necesitó una partida de cartas para ganarle todo el dinero a Emil –negó Hammond-. Se lo jugó todo, poco a poco, tratando de recobrarse de las pérdidas.
-¿Defiendes a ese bastardo?
-No. Pero tampoco defiendo la estupidez de Emil.
-¡Por Dios, tío, está muerto!
-Lo que no es causa para enterrar con él sus errores –zanjó Donald-.
Paul Levasseur hizo rechinar los dientes. Era alto y delgado, atractivo como lo era su hermanastro, de cabello cobrizo y rizado y ojos claros. Cualquier joven podía pensar que era el marido ideal, pero nunca se llevó del todo bien con Laura. Desde que Hammond se hiciera cargo de ambos críos a la muerte de su hermana viuda, su diferencia de caracteres había resultado un abismo. Paul era mezquino y déspota, presumiendo siempre de provenir de una de las mejores familias criollas, siempre metido en líos de faldas.
-¿No has retado aún a Savage? –le preguntó Laura-.
Hammond se asombró. ¿Qué le pasaba a su hija? Sin duda, la impresión de la notcia la había afectado. ¡Un nuevo duelo!
-Dos muertes en la familia serían demasiadas –repuso Paul, un tanto demudado ante la perspectiva-. Aunque sea lo que tú estás deseando.
-¡Paul! –le recriminó su tío-.
-Nunca he deseado la muerte de nadie –le contestó ella-, pero supongo que así es como actúan los caballeros.
-¡Maldita sea, mujer! –se exaltó Paul- ¿Sabes de quién estamos hablando? ¿Tienes idea de quién es ese demonio mestizo y bastardo de Karmel Savage? Por supuesto que no –se respondió él mismo-, has estado tiempo fuera. Pues te voy a informar, prima: es un maldito comanche al que le importa una mierda vivir o morir, capaz de enfrentarse a pistola o espada al más avezado duelista, capaz de conseguir los mejores negocios y hasta las mejores mujeres de New Orleáns. ¡Por Dios! Aún me pregunto como el descerebrado de Emil se enfrentó a él.
-Y ahora estamos sin nada –acabó ella-.
-Retarle yo tampoco hubiera significado cambio. No soy lo que se dice una lumbrera con la espada.
-Además, resultaría deshonroso retar a un hombre por haber matado en duelo a otro –aseguró Hammond-. Y me han dicho que Savage hizo lo posible por no matarlo, que fue un…
-¡Asesinato! –gritó Paul-.
-No es lo que se dice, muchacho.
-¿De veras’ –preguntó Laura-. Pues me gustaría conocer al hombre que no quiso matar a Emil pero le mandó dos metros bajo tierra.
-No te va bien el sarcasmo, pequeña.
-Es lo único que me queda, papá. ¡Y la rabia! Ese malnacido nos ha robado la seguridad. Nuestra casa, mi herencia y hasta a mi futuro marido.
-Recuerda que Emil se lo jugó.
-Y él cobrará la deuda.
Hammond asintio.
-Ya he recibido la nota de sus abogados para hablar del asunto. De momento, no ha exigido pago alguno.
-¡Qué encantador!
Donald se encontró sin fuerzas para seguir discutiendo. Conocía bien a su hija y sabía que sus penurias no habían acabado si ella decidía tomar cartas en aquel engorroso asunto. Sólo había visto a Savage en tres ocasiones, pero presentía que lo que decían de él era cierto y no se dejaba amedrentar. Seguramente, mucho de lo que se hablaba sobre él era incierto: que había vivido con los comanches, que llevaba sangre india… Savage jamás desmintió nada y hasta parecía hacerle gracia que todos elucubrasen sobre aquello. También decían que ganó una fortuna a las cartas. Y él tampoco respondía a eso. Lo cierto era que tenía una gran fortuna, que trataba bien a sus criados, que era inflexible con sus enemigos y que tenía a todas las mujeres tras sus calzones. Dinero, físico y misterio. Todo convergía en Savage.
-Laura, debes descansar ahora –le dijo-. El viaje ha sido largo y las noticias te han alterado.
Ella miró a su padre y alzó las cejas. ¿Alterada? Por descontado que lo estaba. Notaba la sangre hervirle en las venas. En esos momentos, era capaz de enfrentarse a Satanás en persona. De todos modos se retiró, aunque se prometió hacer algo con respecto a Karmel Savage.

(Extracto del capítulo 2º)


3 comentarios:

Anabel Botella dijo...

Me ha encantado este extrato de la novela, pero es que contigo ya no soy objetiva. Me tienes rendida, y cualquier libro tuyo que salga al mercado lo compraré sin dudarlo.
Saludos desde La ventana de los sueños.

Anónimo dijo...

Nieves.... nos dejas otra vez así... publícalo por favor....
Si me encantó el anterior este ... enfín.... que digo lo mismo que Anabel, me tienes enganchadísima.
Un abrazo
marta

Alexia Stark dijo...

Hola Nieves, últimamente apenas paso tiempo con el PC y voy poco por internet, pero eso no me impide que siempre que pueda me pase para dejarte mi comentario junto con un gran beso.

Nos vemos, cuídate!