lunes, 20 de abril de 2009

Maracay © (Otro capítulo)


Reina Belice. 30 de Abril de 1810


La noche despareció barrida por las luces y la agitación desenfrenada que se apoderó de la mansión en segundos.
Marion se puso una bata sobre los hombros y salió de su cuarto mientras el vozarrón de Abdón seguía dando la alerta. El pasillo se convirtió en un caos. Devon asomó por la puerta de su habitación colocándose el pantalón, Sharon también se encontró en el pasillo, frotándose los ojos para despejarse y Marion la tomó en sus brazos, acunándola para que se calmara.
Cuando Abdón entró en el dormitorio de Wesley sin llamar siquiera, se estremeció al escuchar el bramido de su esposo. El enorme negro salió a la carrera y ella, con la niña en brazos, se atrevió a acercarse solamente para chocar con Wes. Llevaba puesto el pantalón, apenas abrochado e iba descalzo. La hizo a un lado con prisas y corrió tras Abdón mientras gritaba por encima del hombro:
-¡Quedaos aquí, Marion!
-¿Qué sucede? –le gritó para hacerse oír entre el bullicio, las órdenes en el porche y las voces de la servidumbre.
Wesley apenas se volvió, aferrada la mano a la barandilla.
-Cuida de ella –pidió, mirando a la pequeña Sharon-.
Luego voló sobre los escalones, bajándolos de tres en tres. Marion le vio en esos instantes como un diablo. Rabioso y temible. Pero ella no era una mujer que se amilanase y apenas apareció un asustado criado dejó a la niña a su cuidado y corrió hacia su dormitorio. Buscó en el cofre unos desgastados pantalones y una chaqueta, se vistió aceleradamente, el terror palpitándole en la garganta. Apenas se hubo calzado las botas bajó con prisas y ya en el porche pidió un caballo a gritos mientras observaba, a lo lejos, las llamas.
Mamma acudió a su lado, llorosa, sus carnes temblando por la carrera.
-Si hay un incendio puedo ser de ayuda –le dijo, saltando sobre la montura-.
-No vayáis, señora, es peligroso.
-A pesar de las diferencias entre mi marido yo, Mamma, creo que debo estar a su lado.
La negra se limpió los ojos cuando la vio volar, más que cabalgar. Era tan distinta a la antigua ama.
Fija la mirada en el resplandor del incendio, Marion rezó para que no hubiera desgracias humanas. A doscientos metros de las llamas el corazón se le encogió. El espectáculo resultaba dantesco. Las caballerizas de los potros jóvenes ardían por los cuatro costados y amenazaba con alcanzar la cabaña cercana, avivadas las llamas por el viento que aquella noche soplaba en ráfagas. Intentó distinguir a Wesley por todas partes, pero solamente pudo ver a Abdón tratando de alejar a algunas yeguas del incendio. Los esclavos se afanaban en sofocarlo y habían formado una cadena hasta el pozo. Hasta Samuel Stoker, más cerca que ninguno de las llamas, trataba de aplacar la ira de las lenguas de fuego.
Desmontó y corrió hasta el pozo para hacerse un hueco en aquella cadena humana, tomó el primer cubo que le llegó lleno y lo pasó al negro a su derecha.
El humo, negro y abundante la obligó a aguantar la respiración. Notó el calor en su piel y aceleró sus movimientos para pasar los cubos.
Fue entonces cuando descubrió a Wes, saliendo de entre las llamas que lamían el tejado y las paredes de las caballerizas, azuzando a unos cuantos potrillos aterrados. Devon le seguía, tosiendo y soltando improperios, llevando entre sus brazos a una mujer desmayada y con la ropa desgarrada.
Al volver la cabeza descubrió a un hombre herido que trataba de ponerse en pie. Soltó el cubo y corrió hacia él. Era joven y su hombro sangraba abundantemente. Tomándolo por debajo de las axilas lo arrastró fuera del peligro. Examino la herida. El hombro estaba destrozado. Buscó ayuda y vio a su esposo. Wes tenía la piel brillante por el sudor, el cabello revuelto y no paraba de bramar órdenes. Satanás escapado del infierno no podía presentar un aspecto más amenazador. Le gritó y agitó los brazos para llamar su atención, pero fue Devon quien la vio y se apresuró a llegar a su lado.
-¿Qué demonios haces aquí?
-Este hombre está mal herido.
Devon desgarró la camisa y examinó la herida con rapidez.
-Si consigo salvarle el brazo será un milagro.
Marion tosió. El humo le estaba quemando la garganta. Se incorporó, dejando a Devon al cuidado del herido y sus ojos se agrandaron al ver la pequeña cabaña rodeada ya por las llamas.
-Helen… –musitó el negro en un hilo de voz-.
Wesley se les acercó en ese momento. Su rostro y torso estaban tiznados y tenía algunos arañazos en los brazos.
-¡Stoker! –Gritó él, mientras la miraba reprobadoramente- ¡Olvide las caballerizas y dirija el agua hacia la cabaña!
-Helen ¡Heleeeeeeeeeen! –el grito aterrorizado del esclavo taladró los tímpanos de Marion que pensó que llamaba a su compañera.
Sin embargo Wes se irguió y le vio palidecer.
-¡Samuel! ¡La niña está en la cabaña!
Marion sintió que se mareaba. Se le erizó la piel.
Stoker se acercó a la pequeña vivienda sobre la que ya lanzaban cubos de agua, se llevó las manos al rostro y retrocedió.
-¡Imposible, señor Random! –Dijo desde la distancia-.
Los gritos de los esclavos se elevaron sobre el crepitar de las llamas. El techo de la cabaña comenzaba a derrumbarse.
Marion vio, desesperada, que Stoker retrocedía aún más. No pudo culparle. La vivienda era ya casi una pira. Nadie en su sano juicio se acercaría.
El llanto rabioso de una criatura la revolvió el estómago. Buscó afanosamente algo con lo que cubrirse el cabello y tomó la camisa que Devon arrancara del cuerpo del herido sin importar que estuviera cubierta de sangre. Se la puso a modo de turbante y corrió, desesperada, hacia el fuego. A escasos metros, retrocedió cuando el calor de las llamas le abrasó la piel.
Volvió a escuchar el llanto de la niña y eso acabó por decidirla.
Rezó unos segundos, tomó todo el aire caliente que pudo en sus pulmones y se lanzó hacia adelante. Apenas pudo dar cuatro pasos cuando un brazo de acero le ciñó la cintura, la volteó en el aire y la hizo caer dolorosamente al suelo. Entre el humo y las lágrimas pudo ver a Wes corriendo hacia las llamas y lanzándose en picado hacia la puerta, por la que desapareció un segundo después.
De su garganta escapó un grito aterrado que retumbó en la noche. Todos se habían quedado mudos y solamente el crepitar del fuego ahogó en parte su desesperación.
Parte del tejado se vino abajo y las chispas revolotearon en el aire como libélulas.
Dentro del infierno, Wes, cegado por el humo, medio ahogado, descubrió la cuna, afortunadamente en el lugar más alejado de las llamas. Envolvió a la criatura en una manta, la tomó en brazos y se volvió hacia la puerta en el momento en que el techo caía sobre él. Sus reflejos evitaron que ambos perecieran bajo los escombros, aunque una viga le golpeó en el hombro. No notó el dolor, ni la sangre corriendo por su brazo. Atravesó la estancia en llamas, sintiendo la mordedura de las lenguas de fuego en su piel y se tiró de cabeza hacia la salida, protegiendo a la criatura con su propio cuerpo cuando rodaron por tierra.
Atontado aún por el golpe, escuchó carreras, gritos, llantos. Alguien le arrancó a la niña de los brazos mientras todo giraba entorno a él.
Le alzaron y se tambaleó como un pelele, completamente aturdido, escuchando el fragor del incendio, los gritos de los esclavos y una voz de mujer que le hablaba.
Cuando pudo abrir los ojos encontró el rostro aterrado de Marion y sus brazos le rodearon infundiéndole ánimo.
A medias, escuchó a Abdón diciéndole que la niña estaba bien, pero sólo tenía ojos para aquella mujer que se convulsionaba ahora sobre su pecho desnudo, ahogada en sollozos.
Echando una mirada rápida alrededor, vio que la situación estaba controlada, aunque las caballerizas se habían convertido en un montón de madera humeante.
Como un autómata, alzó la mano y acarició los revueltos y sucios cabellos de Marion. Algo estallaba en su pecho. Un orgullo que nunca había sentido por Giselle. Un orgullo que nunca sintió por ser alguno. La tomó por debajo de los brazos y de las rodillas, la pegó a su cuerpo con fuerza y caminó hacia uno de los caballos.
Marion hundió el rostro en el hueco de su brazo. Wes olía a humo, a madera quemada, a sudor y a miedo. Pero para ella, en ese momento, a héroe.
Wesley Ransom depositó a su esposa sobre la silla del caballo, montó detrás, la pegó a su pecho y azuzó al animal con los talones desnudos, poniendo rumbo a la casa.


10 comentarios:

solima dijo...

Muchas gracias por este nuevo extracto. Como muy bien me imaginaba, me he quedado con muchas más ganas todavía.

Besos

Anónimo dijo...

¡Gracias! Todo un detalle que nos hayas puesto otro trozo.

Besos.
Merce

Luxuria dijo...

Así que tú ya eres una escritora profesional jeje ¡qué suerte! Gracias por afiliarnos y que te vaya muy bien con tus libros :)

Anónimo dijo...

¡¡Gracias!! Eres un encanto.

Besos,

Mayte

Anónimo dijo...

Pues........ quero seguir leyendo. Me apetece mucho esta novela. ¿Sabes para cuando podremos tener el libro?

Gracias por poner este otro trocito y un beso.

Helena

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias Luxuria y mucha suerte a vosotras también.

Besos.

Anónimo dijo...

Muchas gracias, Nieves. Siempre tan atenta a nuestros deseos.

¿Queda mucho para que nos cuelgues la novela entera?

Un abrazo.
Coni

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias a todas vosotras que seguís fieles al blog cada día. Os lo merecéis todo y no sabéis lo que agradezco vuestra continua compañía y vuestro estímulo.

En cuanto a tu pregunta, Coni, no, no falta mucho. Os lo prometí y no dudéis que la colgaré.

Un beso a todas.

Anónimo dijo...

Yo ya tengo muchas ganitas, estoy impaciente.

CARLOTA

Bego dijo...

¡¡¡Que maravilla!!!
Emocionante, fabulosa, de cine.