viernes, 24 de abril de 2009

El último escalón © (Sinopsis y extracto del capítulo 1º)


Sinopsis:

Dos periodistas que investigan la vida de un importante hombre de negocios argentino afincado en Cataluña, son asesinados, quemándoles vivos dentro de su coche. Su compañero, un americano, es agredido, pero la bala que tenía la misión de matarlo no lo consigue y salva la vida milagrosamente gracias a la rápida intervención de los médicos.
César Aurelio Ribó, un inspector de policía a punto de jubilarse, es encargado de llevar el caso.
Martin Sabbagh se jura que vengará la muerte de sus amigos y emprende una investigación por su cuenta hasta descubrir, uno a uno, a los hombres que cometieron la fechoría.
Ribó, a su pesar, se verá incapacitado para frenar la determinación del americano, mientras Sabbagh se va infiltrando, poco a poco en los oscuros recovecos de los crímenes cometido en el mandato de Videla.
Violeta Guibert recibe un paquete que su amiga Nuria le hace llegar después de su muerte. Y su contenido la envolverá en la venganza de Sabbagh, sin poder hacer nada por remediarlo, mientras el dolor por la pérdida común les une.


ONCE DE JUNIO. SÁBADO.


El automóvil efectuó un adelantamiento indebido, las ruedas derechas asaltaron parte de la acera y acabó frenando con un ensordecedor chirrido de neumáticos. Antes de que el vehículo se detuviera por completo se abrió la puerta trasera dando paso a un hombre de baja estatura, cuello grueso y cabellos grises, que atravesó los pocos metros que le separaban de la entrada de la clínica entre las acaloradas protestas de los peatones.
Ribó hizo un gesto despectivo con la mano y subió de tres en tres los escalones para empujar las puertas batientes como si se tratara de un enemigo. Pasó por la recepción con un agilidad poco acode con su aparente edad y se plantó, acalorado, ante los ascensores. Apretó el pulsador, esperó menos de diez segundos y, maldiciendo entre dientes, abandonó la idea para ganar el terreno que daba acceso a las escaleras.
Cuando llegó al tercer piso su regordete rostro estaba granate y estaba a punto de sufrir una apoplejía, pero ni aún así se detuvo. Sus vivarachos ojillos verdosos se posaron unos segundos en ambas direcciones hasta localizar la numeración que buscaba, pero al final de la galería la presencia de un sujeto uniformado le dijo dónde estaba su objetivo. Un instante después llegó hasta el agente, sacó algo del interior de su chaqueta, lo puso delante de las narices del policía y volvió a guardarlo antes de dejarle leer sus credenciales, entrando acto seguido en la habitación 327. Cuando el agente quiso reaccionar y detenerlo, Ribó se encontraba ya en medio de tres sujetos con bata blanca que centraban su atención en el hombre postrado en el lecho.
El doctor Calafell se volvió a tiempo de ver al policía tomar al intruso del brazo y su expresión pasó del asombro a la irritación.
-¿Qué hace este hombre aquí?
-Lo siento, doctor… -se disculpó el policía-, no he podido detenerlo.
Ribó se deshizo de la mano y sacó nuevamente su identificación para ponerla frente al médico.
-Soy el inspector Ribó –le dijo, como si eso justificase su poco ortodoxa entrada en el cuarto-.
-Salga de aquí –Calafell le dio la espalda, regresando su atención al enfermo-.
-Escuche, doctor… Llevo este caso, ya le he dicho que soy el…
El de bata blanca se giró en redondo y sus espesas cejas formaron una sola, acallándolo.
-¡Me importa un bledo quien sea usted, hombre! ¡Largo de esta habitación! Laguna, por favor, acompañe a este caballero afuera –pidió a su ayudante-.
-Usted no puede… -intentó protestar Ribó-.
-Desaparezca de mi vista o le echo yo de una patada en el trasero.
La voz serena del médico dejó a Cesar Aurelio Ribó, inspector de policía, acostumbrado a mandar desde hacía años, asombrado. Nunca se sintió tan ridículo desde que en el colegio le pusieran en vergüenza por orinarse en los pantalones. No reaccionó hasta que se encontró de nuevo en la galería y escuchó la puerta cerrarse a sus espaldas.
Miró estúpidamente al agente, que sonreía como si le estuvieran clavando alfileres en los riñones y su voz fue un murmullo cuando pregunto.
-¿Quién es ese hombre?
-El doctor Joseph Calafell, inspector. Está tratando a Sabbagh.
-Me ha echado. A mí.
-No podemos decir que usted haya entrado de un modo muy correcto, señor.
Ribó introdujo la diestra en el bolsillo de la chaqueta, sacó un habano y se lo llevó a la boca para morder un extremo y escupirlo. Antes de poder sacar las cerillas, la mano del agente le detuvo.
-Aquí no está permitido fumar, señor –señaló con la barbilla el cartel que colgaba de la pared-.
Cesar Aurelio Ribó le miró como si quisiera asesinarlo.
-¿Qué coño se puede hacer entonces en esta clínica?
-Puede sentarse en la sala de espera, relajarse y aguardar a que el doctor Calafell salga, si es que le interesa hablar con él, inspector.
-¡Maldita la gana que tengo yo de hablar con ese matasanos! Quien me interesa es el herido.
El agente suspiro resignadamente.
-Me temo que no podrá verlo hasta que el doctor lo permita. Acaba de recobrar el conocimiento según he escuchado.
-Por eso estoy aquí, tengo que hacerle algunas preguntas.
El policía le indicó en silencio la sala de espera y Ribó aceptó la derrota. Entró y se dejó caer en uno de los sillones de okay. Mordió de nuevo el habano pero ya no hizo intención de encenderlo, dedicándose a destrozarlo entre los dientes.
Dio un vistazo a la esfera de su reloj digital, regalo de su esposa en el último aniversario. Las tres y media. El estómago le empezaba a demandar atención y la úlcera le había estado molestando toda la mañana, lo que acrecentaba su mala leche. Llevaba una semana con aquel caso y ya había conseguido sacarlo de sus casillas. La repercusión en la prensa fue sonada y los titulares empezaban a clavar puyas sobre la incapacidad de la policía para encontrar pistas que condujeran a los culpables de aquel horrible asesinato.
Acabó estrujando el habano entre los dedos y lo arrojo a una papelera.
-Maldita sea –gruño asustando a una señora de edad que mataba el tiempo leyendo una revista medica-.


10 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Esta novela es actual y de suspense? Me parece super interesante.

Bss.
Marta

Anónimo dijo...

Hala otra novela que me interesa.

Un beso.

María

IVAN RUIZ MUÑOZ dijo...

¡¡¡Hola!!! ¿Qué tal el día del libro? La novela que nos presentas en esta entrada parece interesante...a ver si puedo conseguirla en Barcelona.
Discúlpame por no visitarte. Estos días han sido de infarto para mí. ¡Qué difícil es salir de abajo en este mundillo...jejejeje! Menos mal que creo en mí...

¡Un fuerte abrazo! ¡Y ánimo!!!!

Iván

Anónimo dijo...

Esta novela es distinta a las demás ¿verdad? ¿Policíaca?
Esto es una caja de sorpresas !!!

CARLOTA

solima dijo...

Hola Nieves, por lo que se ve tocas otro subgénero ¡bien por ti! Seguro que será una novela fantástica como todas las que escribes.

Un abrazo

Anónimo dijo...

Jejeje, me gusta entrar en tu blog y ver con qué nueva novela nos vas a sorprender.

Besos
Mayte

Anónimo dijo...

Pues esta también me gusta.

Estoy terminando Orgullo sajón y estoy emocionada. Me encantaaaaaa!!

Un beso,

Ceci

Rosamina dijo...

¡Anda, una actual! Me ha gustado el argumento, espero poderla leer completa pronto. Un beso,

Rosa

NUR dijo...

QUE PINTA TAN ESTUPENDA.

ESPEREMOS QUE LA PUBLIQUEN PRONTO GUAPAAA.

BSSSS,

NUR

Nieves Hidalgo dijo...

Bueno pues sí, esta novela es actual y es policíaca. Me alegra que os guste.

Un beso a todos.