lunes, 16 de marzo de 2009

Orgullo sajón (sinopsis y capítulo 1º completo)



El próximo 1 de Abril saldrá a la venta mi novela "Orgullo sajón".
Quince días antes de su publicación, quiero anticipar a todos los lectores de mi blog los dos primeros capítulos completos.
A lo largo de los próximos días iré poniendo más cosas sobre el libro.
Espero y deseo de corazón que os guste.

Sinopsis:

Corazón de León comanda la Segunda Cruzada e Inglaterra se desangra entre intrigas y luchas feudales. Normandos y sajones se disputan su control y el rey Ricardo concede a su más fiel servidor, Wulkan, el señorío de Kellinword y la mano de una dama sajona, con el mandato expreso de unificar y pacificar el territorio. En este cometido al que accede sin convicción, empeñará su ilusión y la búsqueda de un sosiego que no encontró guerreando.

Su prometida, lady Jacqueline de Lynch, sin embargo, ha jurado vengar la muerte de sus padres y no rendir vasallaje a ningún normando. Escapa para no convertirse en su esposa, pero el destino la arrastrará a Kellinword definitivamente, donde quedará atrapada en la atracción por su enemigo.


UNO



INGLATERRA. AÑO 1194



La segunda expedición militar contra los sarracenos había fracasado. Luis VII, rey de Francia y Conrado III de Alemania habían sitiado sin éxito la sempiterna ciudad de Damasco. El papa Gregorio VIII ordenó predicar una tercera cruzada, prometiendo beneficios espirituales y terrenales a los combatientes en ella. Federico I de Alemania, Felipe Augusto de Francia y Ricardo I de Inglaterra, conocido como Corazón de León, contaron aquella vez con el apoyo de Isaac II, emperador de Oriente. La empresa se inició bajo un manto de buenos auspicios, pero Isaac faltó a su palabra, Federico murió y las disensiones entre los reyes de Francia e Inglaterra hicieron fracasar la cruzada.
Ricardo Corazón de León regresó a Inglaterra el tiempo justo de pasar revista a sus feudos, colgar a unos cuantos infieles como escarmiento y entrevistarse con algunos nobles. Después, partió de nuevo hacia sus propiedades en territorio francés e Inglaterra volvió a quedar, una vez más, huérfana de rey.
Un sentimiento de frustración embargó el corazón del caballero que, montado sobre un semental de oscuro pelaje y poderosas patas, atravesaba las campiñas inglesas seguido de un nutrido grupo de hombres armados. No le sabía tan mal ser abandonado por su rey como la negativa de Ricardo a que le acompañara en su empresa, pero las órdenes del monarca habían sido claras y concisas:
-Deseo pacificar mi reino –le dijo-. La vida entre normandos y sajones parece haber llegado a un continuo desencuentro. Quiero ser el soberano de todos, no el amado rey de unos y el odiado usurpador de otros. Y tú, vas a ayudarme.
De nada sirvieron sus protestas y ahora, pensar en hacerse cargo del extenso feudo de Kellinword, cuyo señor había muerto en batalla sin dejar herederos, le preocupaba. Por lo que sabía, el territorio era grande. Abarcaba al menos cinco pueblos, doce aldeas y una gran cantidad de tierras de pastoreo, labranza y bosques. El anterior señor de Kellinword ganó fama por el castillo que, piedra a piedra, levantó con esfuerzo y con incursiones en territorios vecinos que le permitieron ampliar sus propiedades y proporcionar a sus arcas suficiente dinero para pagar trabajadores. Ahora, las almenas retaban al cielo azul de Inglaterra.
Wulkan no era hombre de asentarse y atiborrarse de vino y manjares. Jamás conoció casa fija y la idea de tener que hacerse cargo de tanta gente le causaba dolor de estómago.
Sabía que había tenido un padre y una madre en alguna parte, acaso hermanos y hermanas, pero no los recordaba. De vez en cuando, al rendirle el sueño, resonaba en su cabeza una tonadilla que nunca conseguía recordar dónde pero que relacionaba siempre con una mujer hermosa y joven que le acariciaba el rostro y le mecía en sus brazos. Si aquella mujer fue su madre, no lo supo jamás. Sólo recordaba haber despertado bajo la lona de una tienda de campaña propiedad de un tal Muderman de Levrón: borracho, mujeriego, sucio y despiadado con todos los que le rodeaban. Ladrón, embaucador, timador y a veces violador. Muderman le recogió. Ignoraba si por lástima o porque necesitaba unos brazos jóvenes para montar y desmontar la lona mugrienta en la que habitaba. Fue el único padre que conoció. Al principio, Wulkan creyó que su nombre le había sido puesto por Muderman, pero después de tres largos años viviendo bajo aquella asquerosa lona, vagando por casi toda Francia, de feria en feria, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, descubrió un medallón de oro mientras ordenaba las escasas pertenencias del hombre. Muderman entró en la tienda cuando él miraba extasiado la joya y conseguía leer con esfuerzo (conocía las letras gracias a las enseñanzas de un viejo monje) la dedicatoria en el reverso: A Wulkan, con mi amor. Entonces se dio cuenta de que otra persona distinta a Muderman se lo adjudicó al nacer y le había regalado la joya. Wulkan no lo recordaba. Tampoco sabía que quienes le raptaron de la casa de su padre, pidiendo después un fuerte rescate, le arrojaron a un barranco, dándole por muerto, para que jamás pudiera reconocerlos. Tenía ocho años cuando descubrió el medallón y lo único que consiguió preguntando quién era él en realidad, fue la mayor paliza de su vida. Muderman lo abofeteó hasta atontarle. Después, la correa ocupó el lugar de los puños hasta el desmayo. Cuando recobró la conciencia, más muerto que vivo, se encontró sólo. Muderman se había marchado. Regresó un par de días después, totalmente borracho y volvió a golpearlo. No pudo hacer nada. Era una criatura y soportó no solamente aquella paliza sino muchas otras que llegaron después, cada vez que Muderman se emborrachaba. Le pegaba por todo. Si colocaba sus cosas, porque no quedaban a su gusto. Si le llevaba una prostituta a la tienda y ella no le satisfacía, porque se encolerizaba. Si la ramera se portaba como deseaba, porque decía que la había mirado con descaro. Siempre existía una causa para liberar la correa y dejarlo molido a azotes.
Se convirtió en hombre a golpes de aquel despojo humano. Y se hartó también de esos golpes. Hasta que contestó con la misma moneda. El trabajo constante y la vida al aire libre le procuraron un cuerpo fuerte y musculoso, y hubo un día en el que se dio cuenta de que no tenía que soportar a aquel bastardo. Después de fracturarle la mandíbula, tomó unas cuentas monedas como pago a las palizas y marchó a París llevándose una mula de carga como montura.
A pesar de su gesto, siempre hosco, las mujeres prodigaban a Wulkan más atenciones de las que podía imaginar. Era un muchacho de apenas dieciséis años, alto y bien formado pero sin ninguna experiencia en el arte de encandilar a una mujer. Fueron ellas, precisamente, quienes le enseñaron. Y lo hicieron de maravilla. La primera, una esposa joven casada con un hombre que le triplicaba la edad, deseosa de carne fresca. La inexperiencia de Wulkan la atrajo. No sólo le proporcionó su primera experiencia sexual sino que le procuró ropas y maestros que le enseñaron letras y matemáticas, ciencias y geografía. Cuando el anciano esposo descubrió al mozo que calentaba la cama de su dama, Wulkan hubo de salir a escape de París, con hombres armados pisándole los talones.
Después de aquella esposa infiel vinieron otras mujeres. Solteras, casadas o viudas, no hizo ascos a ninguna de ellas, aunque tampoco de fió de ellas porque las rameras de Muderman siempre le trataron a patadas. Así que aprendió a usarlas y olvidarlas. Se ejercitó en el arte de las armas y acabó siendo un verdadero diablo en el manejo de la espada y la ballesta, consiguiendo manejar el caballo con las piernas mientras sus brazos se ocupaban con el hacha y el escudo.
Aunque realmente lo que le impulsó a la cima fue una riña. Aún ahora, después de casi diez años, sonreía recordando el muchacho que era y la causa de la disputa: una mujer. Una joven cantinera lo suficientemente hermosa como para que Wulkan pasase por alto su falta de medios. Y arisca. La estuvo rondando una semana completa antes de convencerla para llevársela a la cama. Justo entonces había aparecido aquel tipo, un poco mayor que él, con una melena ensortijada y mirada ardiente. Ofreció a la joven una bolsa de monedas y ella aceptó encantada. Wulkan también pensó pagar sus servicios, pero no podría haber competido con aquella bolsa repleta. La mirada de su rival se clavó en la oscura de Wulkan con ironía. Acabaron en el patio trasero de la taberna, aunque los hombres que acompañaban al intruso hicieron lo imposible para evitar la pelea. Sin armas. A manos desnudas. Sólo poder contra poder, macho contra macho en lid por una hembra. Luego de media hora de combate, sudoroso y dolorido, con una ceja en carne viva, sangrando el labio inferior y un hematoma de proporciones considerables en el hombro derecho, Wulkan consiguió tumbar a su contrincante con un gancho a la mandíbula: cayó despatarrado, cuan largo era, con un moretón sobre uno de sus ojos y el mentón desencajado y cárdeno. Wulkan se sintió eufórico aunque su aspecto fuese tan lamentable como el de su oponente. Hasta que uno de aquellos hombres se le acercó, echó una ojeada al caído y luego le miró a él alzando una ceja.
-Muchacho –dijo con un atisbo de humor en la voz-, acabas de tumbar nada menos que a Ricardo Corazón de León.
Si le hubieran condenado a morir decapitado no se habría sentido tan asombrado. ¡Ricardo! ¡El preferido de la reina, Leonor de Aquitania! Con seguridad absoluta el heredero del trono de Inglaterra. Y él, un don nadie, había osado partirle las narices.
Aunque nadie le prohibió largarse con viento fresco de la taberna mientras intentaban reanimar a Ricardo, Wulkan permaneció sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos. ¡Por Dios, merecía que le ahorcasen! ¡A quién diablos sino a él se le podía ocurrir enredarse en una pelea nada menos que con Ricardo!
Una mano en su hombro le hizo volver a la realidad. Tragó saliva con esfuerzo al enfrentarse de nuevo a aquellos ojos vivaces. Ricardo, lejos de estar enfadado, parecía divertido. Se tocó la mandíbula e hizo un gesto de dolor que encogió el estómago de Wulkan.
-Un puño que ha conseguido tumbarme de semejante forma, debe estar a mi servicio.
Se armó caballero y desde entonces estuvo a su lado hasta convertirse en uno de sus amigos y consejeros. Por eso ahora le dolía verse relegado y con la imposición de convertirse en señor de Kellinword y desposarse con la nieta de Enric de Lynch, su vecino sajón, en una alianza que contribuiría a pacificar aquella parte de Inglaterra.
-Perentil dice que divisaremos el castillo en cuanto alcancemos la loma y el bosque –dijo alguien a su lado, haciéndolo despertar de sus recuerdos-.
Wulkan miró al guerrero que desde hacía tanto tiempo se convirtiera en su mejor camarada. Gugger de Montauband tenía siempre la sonrisa en la boca y un rostro que despertaba en las mujeres instintos maternales. Sus cabellos rubios, casi platino y sus chispeantes ojos azules le hacían parecer un bebé grande. Formaban una pareja curiosa. Uno rubio como un ángel, otro moreno como un demonio. Gugger de ojos claros y alegres, Wulkan de mirada parda, unas veces marrón oscura, otras verde. Alto y delgado el primero y el segundo ancho de hombros aunque tan alto como su amigo. Las mujeres adoraban aquella risa rubia, siempre aflorando, siempre dispuesta para una damisela, pero se enamoraban del semblante adusto y viril de Wulkan.
Suspiró y se masajeó la nuca.
-Eso quiere decir que esta noche dormiremos en sábanas.
-¿No te causarán picores?
Wulkan alzó las espesas y renegridas cejas.
-¿Picores? –afloró su sonrisa burlona y gruño por lo bajo-.
-Piérdete en un pozo, Gugger.
La risa divertida de su amigo alegró su oscuro humor.



Pronto llegaría la primavera e invadiría cada rincón de Inglaterra de aromas de flor, hierba fresca y enamoramientos. Aunque aún hacía frío.
Jacqueline suspiró y dirigió el caballo pinto que montaba hacia la entrada de la casa señorial. Aceptó la ayuda de uno de los sirvientes para apearse y corrió a reunirse con dos de sus damas que observaban los ejercicios de algunos muchachos con la espada. Un momento después entró a la sala principal. Sorteó a dos criados que se afanaban en servir la cena y saludó con una inclinación a los dos caballeros llegados del norte –a quienes dieran asilo- acercándose a la cabecera de la mesa dispuesta en medio de la pieza. Se encorvó y besó a su abuelo. Éste aún conservaba el poder de su juventud, pero en aquellos momentos parecía avejentado.
-Siento llegar tarde –se disculpó-.
Por toda respuesta, Enric de Lynch asintió y siguió bebiendo. Jacqueline se dio cuenta de que la carne de su plato estaba intacta y le extrañó porque no era frecuente dado el buen apetito de su abuelo. Se acomodó en un banquito cubierto por un cojín de raso y preguntó con la mirada a su hermana menor, Aelis, que se encogió de hombros.
La cena finalizó sin que Enric hubiera probado la carne pero sí consumido dos jarras de vino. Los invitados agradecieron su hospitalidad y se retiraron a sus habitaciones en el segundo piso y Jacqueline aguardó incluso a que Aelis se ausentara para hablar con él.
-¿Qué pasa, abuelo?
El anciano tardó en responder, pero al cabo de un momento dijo:
-Muchacha, no tengo buenas noticias.
Ella sonrió, le hizo levantarse y llevándolo de la mano le obligó a acomodarse junto a los ventanales. No se alarmó. Para su abuelo el más mínimo contratiempo era una mala nueva.
-Cuenta –rogó, reteniendo las arrugadas pero aún fuertes manos entre las suyas-.
Enric dejó vagar su mirada en el oscuro firmamento que se divisaba a través del corte aplicado al muro y que constituía la alta ventana de casi dos metros. Liberó sus manos de entre las de su nieta, como avergonzado del contacto. Desde que llegaran aquellos dos hombres, le estuvo dando vueltas al asunto buscando una solución que o encontraría. Y él lo sabía. El sello era del rey y sus ruegos eran órdenes.
-Vas a casarte.
La noticia no alteró en absoluto a la muchacha. En realidad, la esperaba desde hacía años, cuando cumpliera los dieciséis. Si sus padres hubieran vivido ya estaría casada y con un par de chiquillos entre sus faldas, pero su abuelo había cedido una y otra vez ante su negativa a desposarse con alguien que no fuera de su agrado.
-¿Encontraste al hombre de mi vida? –bromeó-.
-Busca en la alacena –fue su tosca respuesta-.
Jacqueline le miró con el ceño ligeramente fruncido. ¿Qué estaba pasando? Su abuelo nunca era tan poco explícito. Se levantó y llegó hasta el mueble. Dentro, junto al tomillo que le gustaba almacenar para dar olor a la estancia, había un pergamino enrollado. Intrigada, lo estiró y lo leyó. Enric la observaba con el corazón en un puño, esperando la explosión que sabía llegaría.
-De modo que el rey sugiere que me despose con ese individuo.
-Has leído la carta igual que yo.
-¿Puede hacerlo? ¿Puede obligarme a...?
-No. Nadie puede obligarte a esa boda, pero deberías reconsiderar la solapada advertencia de Ricardo.
-No soy tonta, abuelo. Estas tierras pueden ir a parar a manos extrañas, ¿no?
-Exactamente.
-¿Y si firmamos una paz con nuestro nuevo vecino?
-Sabes como yo que tanto las treguas como las paces valen poco, pequeña. Podríamos jurar sobre las Sagradas Escrituras o sobre las reliquias. Nombrar rehenes garantes que se convertirían en prisioneros si faltara a mi palabra. Incluso pactar sanciones religiosas o la confiscación del feudo. Pero la eficacia es escasa. Bastaría con no respetar los compromisos y pisotear los acuerdos, como otros ya los han pisoteado antes.
-¡Tú eres un hombre de honor!
-Al parecer nuestro rey no lo sabe.
-¡Pues que lo sepa!
-Los emisarios de Ricardo han sido claros. Nada de tratados. Una matrimonio para pacificar estos territorios.
Jacqueline paseó por la sala con las manos cruzadas a la espalda, como solía hacer su padre. Después de largos minutos en los que Enric no se atrevió a hablar, acabó por suspirar. Era una muchacha que tomaba decisiones con rapidez. Su padre siempre le decía que pensaba más rápido que un hombre. Regresó junto a su abuelo y le sonrió.
-Supongo que tarde o temprano habría de pasar –se encogió de hombros-. He conseguido tres años de libertad y ahora debo afrontar los hechos. No voy a sacrificar la herencia de tu sangre por un capricho infantil. Si he de casarme, me casaré. A fin de cuentas, lo mismo da un hombre que otro. Mamá decía que el cariño nace de la convivencia.
-Sí. Eso decía.
-¡Alegra entonces esa cara! –Le tomó del mentón-. Me someto al deseo de nuestro rey y te aseguro que seré una muchacha modosa que esperará la llegada de mi prometido sin queja.
Enric hubiera deseado morir en ese momento. Cualquier cosa antes de verla allí, frente a él, aceptando el matrimonio con un hombre que no sabía si era joven o viejo. ¡Por Dios, y era él quien tenía que darle la noticia! Pero había de hacerse y lo hizo. Nunca eludía una obligación y no iba a comenzar ahora.
-Es normando.
El rostro de la joven perdió el color. Sus ojos violetas se achicaron hasta convertirse en dos rendijas. Se puso en pie con tanta rapidez que el ruedo de su brial se enganchó en el asiento, volcándolo. Tenía los puños tan apretados que los nudillos le blanqueaban. Su voz, cuando habló, fue un siseo.
-¿Es broma, abuelo?
Enric negó, incapaz de articular palabra.
Y Jacqueline explotó.
-¡Normando! –Gritó a voz en cuello alzando los brazos como quien pide ayuda al Cielo- ¡Un piojoso, desgraciado y maldito normando!
-Jacky...
-¡No pienso hacerlo! –Volvió a gritar- ¡Jamás consentiré que un bastardo normando me ponga las manos encima! –Sus ojos despedían cólera- ¡Por Dios, abuelo, mis padres se removerían en sus tumbas si consiento en casarme con un cachorro de la misma jauría que les dio muerte!
-Pequeña...
Enric de Lynch tenía lágrimas en los ojos y contagió a la joven que cayó de rodillas ante él.
-Oh, abuelo, ¡no puedo! No puedes pedirme que...
-No, tesoro, no te lo pido –acarició la ensortijada cabellera-. Buscaremos la forma de evitarlo, te lo juro.
Jacqueline abandonó aquella misma noche de la casa de Lynch. Ni siquiera Aelis supo lo que los dos se traían entre manos. Ricardo había enviado una carta y ésta había sido leída, pero Enric tenía medios para hacer callar a los dos mensajeros acerca del momento en que se recibió la misiva. Simplemente, la joven habría estado ausente.
Escondida en un carro de heno y vestida como un pilluelo, Jacqueline de Lynch escapó con destino a las tierras cedidas a un matrimonio de edad que había servido a su padre. Cerca de los suyos, pero lo suficientemente lejos como para que nadie pudiera encontrarla.
Pasados unos meses acaso el normando encontrara otra dama en la que fijarse para firmar su contrato matrimonial. Aquella dama muy bien podía ser Clara de Eveling, la muchacha a la que sus padres tomaron como protegida al quedar huérfana.


(Sinopsis y primer capítulo completo)



14 comentarios:

Bego dijo...

Estoy deseando leer el segundo y ni te imaginas como espero que llegue el momento de tener la novela en mis manos.

Un beso.

Anónimo dijo...

Ay Nieves, no sabes las ganas que tengo de leer esta novela.

Un beso,
Coni

Anónimo dijo...

Ya me gustó en su día cuando leí de lo que iba. He visto que del prota se hablan maravillas por ahí. Estoy deseando hincarle el diente.

Besos,
Pili

Anónimo dijo...

¡He visto el vídeo en Youtube, es alucinante! Como agua de mayo espero esta novela.

Saludos
Ana María

Anónimo dijo...

Ya queda menos y estoy deseando tenerla en mis manos.

Besos
Merce

solima dijo...

La espera se me está haciendo eterna. En cuanto salga voy de cabeza a por él.

Un beso.

MONICA PEÑALVER dijo...

ya me he leido los capitulos y me encnatan, deseo mas y mas... besos
Mónica Peñalver

ISABEL dijo...

¡Qué nervios! Ya queda menos, no sabes con las ganitas que lo espero. Te deseo mucha suerte.

Un abrazo,

Anónimo dijo...

Muy interesante este primer capitulo. Me ha llamado la atención este libro desde que he oído hablar de él.
Lo compraré seguro.

Saludos.
Paqui

Nieves Hidalgo dijo...

Espero que os guste la novela y que no olvidéis decirme lo que os parece.

Un beso a todas y gracias por estar ahí.

Anónimo dijo...

Hola Nieves, estoy leyendo Orgullo Sajón, y he de decirte que me ha enganchando desde las primeras líneas. Me encanta como escribes, y como explicas los detalles. Es una lectura amena, bien documentada y de los libros que no puedes soltar.
Te diré que me encanta leer , y deseo que publiques todo lo que has escrito, porque estoy segura de que llegarás muy lejos, eres una gran escritora.
Un beso,
Gloria

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias por tus palabras, Gloria. Estoy encantada de que te guste, esa es mi mayor recompensa.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Hola Nieves, he de decirte que Orgullo Sajón que terminé de leerla hace como 2 meses es sin duda, mi novela romántica favorita. Gracias de verás por crear una historia de amor, tan salvaje, tierna y adorable!! Por cierto ya la he releído 2 veces. Gracias por Wulkan y por Jacky, sin duda una de mis parejas favoritas!! Seguiré pillando todo lo que encuentre por ahí que hayas escrito. De verás gracias!!

Nieves Hidalgo dijo...

Hola, amiga anónima.
Gracias a ti por dejar este comentario.
Me alegro que Wulkan y Jacky te hayan entretenido unas horas.
Y si lees alguna novela más, ya me pasarás el comentario.

Montones de besos