miércoles, 18 de marzo de 2009

Orgullo sajón (Capítulo 2º completo)


DOS

Wulkan se confundió de medio a medio pensando que la vida en un castillo, como señor de inmensas tierras, iba a ser aburrida. Apenas llevaba una semana en Kellinword y ya habían tenido que hacer varias incursiones para acabar con una banda de ladrones primero, y los asesinos de un campesino después.
Ahora se presentaban nuevos conflictos.
En la aldea de Caberdin un grupo de mercenarios, de los que Inglaterra comenzaba a poblarse, había mutilado a tres hombres y matado varias reses después de emborracharse y destrozar la taberna.
Wulkan tomó sus armas, salió al patio y montó sobre su caballo sin saber que él y sus hombres iban derechos a una trampa. Ninguno lo presintió.
Los mercenarios eran soldados rudos, acostumbrados a las escaramuzas y a las batallas. Como ellos mismos. Pero había una diferencia: aquellos hombres habían hecho un trato sustancioso. Cincuenta monedas de oro si el nuevo señor de Kellinword no regresaba con vida a su castillo. No importaba el nombre de la persona que les pagaría, sólo el color de su dinero. Vivían y morían por eso. Era su trabajo. Y lo hacían bien.
Confiados, Wulkan, Gugger y los diez hombres que les acompañaban, entraron en Caberdin por lo que podía haberse llamado la calle principal. Casi de inmediato una lluvia de flechas comenzó a caer sobre ellos. Parapetarse tras unos carros con carga de leña sirvió de poco a tres de ellos, que cayeron atravesados incluso antes de saber lo que sucedía.
Wulkan sintió apenas el impacto de una flecha clavada en su muslo izquierdo mientras ladraba instrucciones a la partida.
Como una jauría de lobos hambrientos, los mercenarios cayeron sobre ellos. Era más de quince. Wulkan espoleó su montura y arremetió contra sus enemigos profiriendo un alarido que les paralizó durante unos segundos preciosos. Su brazo armado se elevó y bajó con tanta rapidez que el primer esbirro que se le enfrentó apenas tuvo tiempo de saber que moría. Su cráneo se abrió como un melón maduro y su cuerpo se estrelló contra el suelo levantando una nube de polvo.
La pelea fue brutal y la partida de Kellinword comenzó a notar la diferencia numérica.
Wulkan escuchó un grito de advertencia pero no pudo girarse a tiempo para esquivar al que se le venía encima, a la vez que paraba las acometidas de otros dos adversarios. El golpe en la cabeza le hizo tambalearse. Luchando contra la inconsciencia, notó un dolor espantoso en el pecho, cerca del corazón y sintió la sangre caliente resbalando entre sus ropas. Quiso olvidarse del dolor, seguir combatiendo. Le pareció que iba a morir pero deseaba hacerlo peleando junto a sus hombres. Al lado de Gugger, al que escuchaba bramar como un condenado. Una rabia sorda le invadió al sentir que se le nublaba la vista y que sus brazos perdían fuerza, espada y escudo. El aliento de la muerte heló su nuca, allí, en aquella aldea perdida de Inglaterra, lejos de Francia. Sólo existía ya el dolor y la inmensa oscuridad que comenzaba a absorberle.
Antes de desmayarse sobre su semental escuchó el estampido de un trueno y el agua que caía sobre su cuerpo. Solamente pudo agarrarse a las crines de su caballo, que se lanzó hacia adelante con un relincho.
Horas después, el caballo de guerra del normando, llevando su inerte carga sobre la silla empapada de sangre, seguía avanzando, negándose a parar, como si en sus ojos tristes tuviera escrito que debía buscar ayuda para el hombre que le había conducido en las batallas, de las que siempre salía victorioso.


John Plowman trabajaba encorvado cuando escuchó el ruido de los cascos. De inmediato, se olvidó de sus hermosas y cuidadas zanahorias, soltó las herramientas de labranza y corrió hacia el intruso. No le hizo falta más que un vistazo para saber que tanto caballo como jinete llegaban agotados y maltrechos.
El caballo de Wulkan cabeceó y una espuma blanca se escapaba de sus belfos. Luego, como si presintiera su hazaña, dobló las patas delanteras y se desplomó, arrastrando a su amo. Plowman se sobresaltó cuando vio caer al soldado y, aunque lo intentó, no fue capaz de sujetar el peso inerte de aquel cuerpo desmayado. Ya no era joven y sus reflejos se perdieron hacía tiempo.
Hellen escuchó el traqueteo del carro de su esposo y sonrió. Se limpió las manos manchadas de masa en el delantal y miró a través de la ventana. Siempre era agradable que él regresase al hogar tras la jornada de trabajo. Pero lo que vio la dejó perpleja: John tiraba de las riendas de la mula, casi tan vieja como él, con desesperación. De inmediato supo que algo extraño sucedía.
-Jacky, John necesita ayuda –avisó-.
Poco después, mientras Hellen dejaba a la mula en la parte trasera de la casa, al abrigo de un cobertizo simple, Jacky y Plowman cargaron con el cuerpo inerte del extraño herido y le entraron en la humilde vivienda.
Las casas de los campesinos eran apenas chozas, pero John alardeaba siempre de tener un hogar confortable. En lugar de paredes de ripia las había construido de madera y el armazón era más sólido. El techo era suficientemente alto, con un amplio agujero para el escape del humo, de pizarra. En vez aperturas estrechas y escasas, la casa de Plowman tenía amplias ventanas que daban al este, lo que le proporcionaba claridad. Las contraventanas estaban pintadas de un marrón vistoso y brillante. No se componía de una única pieza, como era la norma general, sino de dos y amplias, una de ellas para las camas. Hellen había colgado tapices que ella misma tejiera en las paredes y el suelo estaba cubierto de pieles en invierno y de ramas olorosas en verano.
John hizo una seña e indicó a Jacky su propia cama, y Wulkan fue depositado con cuidado sobre el jergón. Ni siquiera se movió y el campesino dudó si estaría vivo.
Hellen entró en la casa cuando su esposo y Jacky contemplaban al herido y de inmediato se hizo cargo de la situación, mientras se recuperaba.
-¿Qué es lo que estáis esperando?
-Me parece que está muerto.
La mujer chascó la lengua y se inclinó sobre el herido. Buscó el latido en su cuello y lo encontró, aunque muy débil.
-Si no nos damos prisa, lo estará. Jacky, pon agua a hervir y tú, John, ve a la bodega y trae vino para calentarlo. Trae también un trozo de tela blanca... –John ya se movía-. ¡Que esté limpia! ¡Es para vendar!
Ella buscó un cuchillo y cortó el brial negro que cubría al herido. Lo arrancó del cuerpo aunque le costaba una barbaridad mover aquel peso muerto. Luego la emprendió con la pelliza y por fin con la camisa. La ropa era de calidad, se veía que pertenecía a un soldado con la bolsa provista. Sentía tener que destrozar tan buen paño, pero no había tiempo para contemplaciones. Lo primero era ver el estado del enfermo.
Jacky se paró a su lado y examinó aquella cara tostada. Completamente afeitado, con el pelo negro como ala de cuervo y lo suficientemente corto como para proclamar su procedencia. Mentón poderoso, pestañas negras y espesas, pómulos marcados, nariz ligeramente aguileña.
-Ayúdame –pidió la anciana-.
-Es sólo un asqueroso normando –dijo-.
La campesina miraba con reproche a Jacky, aunque en sus ojos cansados se escondía un destello de cariño. Parecía un muchachito, se dijo. Los ajustados calzones, las botas, la camisa amplia y suelta, el justillo de piel, el cabello recogido sobre la coronilla y tapado con aquel gorro que le cubría parte del rostro.
-Es un hombre medio muerto, niña –regañó-. Normando o no, nuestro deber es tratar de salvarlo.
-Si estuvieras en su mismo caso, él no haría nada por salvar tu vida.
-A veces me asusta tu sangre fría –suspiró Hellen mientras arrancaba la camisa-. Centró un gesto de desagrado ante aquella herida. Era profunda, demasiado profunda. Cruzaba desde el hombro hasta casi el estómago y la sangre se había secado sobre ella-. Soy cristiana. Deberías recordar que tú también lo eres. Y él.
-Eso no ha impedido a estos bastardos devastar nuestras aldeas, quemar nuestros castillos y pasar por las armas a quienes les hicieron frente. Como mis padres.
Había tanto rencor en las palabras de la joven.
-Olvida eso ahora y ayúdame a quitarle la ropa. La pierna también está ensangrentada.
Jacky accedió por fin a los ruegos y puso manos a la obra. Se asombró de la fortaleza de aquel cuerpo que, aún próximo a la muerte, conservaba un halo poderoso. El normando estaba curtido por el sol, como si fuera gustoso de vivir al aire libre, con los músculos del pecho, de los hombros y de los brazos endurecidos por una vida de acción.
-Trae el agua –pidió Hellen antes de quitarle los calzones-.
Jacky, a pesar de todo, sonrió y se retiró del jergón. Sabía lo que Hellen pensaba acerca de los contactos entre jóvenes y, aunque era la tradición que las hijas atendieran las necesidades de los invitados de una casa, incluyendo la ayuda para el baño, no lo aprobaba. Cuando regresó a su lado con el agua caliente, el herido ya estaba cubierto por una sábana de cainsil y una manta de piel de zorro.
John regresó de la bodega con dos cuencos de vino tinto. Bastó una mirada de Helen y él disculpó con una mueca.
-Una para el joven –dijo-, y otra para nosotros. Vamos a necesitarla si conseguimos arrancarle de la guadaña de la muerte.
Ella no dijo nada. Un vaso de vino de cuando en cuando no hacía mal a nadie, pensó, y ciertamente que lo necesitarían después de curar al enfermo... si es que lo conseguían.
Hellen empapó un paño en el agua caliente, lo escurrió y comenzó a limpiar la herida.
Al principio, Wulkan no se movió. Nada en su rostro daba señal de vida. Sin embargo, cuando la anciana acabó de limpiar la sangre y hurgó en el corte dejó escapar un gemido y se revolvió en el jergón.
-Si aún siente el dolor, está mejor de lo que pensábamos.
Desinfectó la herida lo mejor que pudo y supo, haciendo caso omiso de los lastimeros quejidos del herido. Jacky, que se había hecho a un lado para no estorbar, sintió que el vello de la nuca se le erizaba y acabó por escapar de la casa para, una vez fuera, apoyada en la tosca pared, inhalar todo el aire que pudo en sus pulmones.
-Me preocupa- murmuró Hellen mirando a su esposo-.
-No se le puede pedir que quiera a los normando, mujer –se encogió de hombros-. Nadie puede pedírselo.


La dama reía mientras cabalgaba sobre sus rodillas emitiendo gorjeos de felicidad. Era rubia como el oro, delicada de rostro, de piel sedosa y blanca. Sus ojos parecían carbones encendidos, contrastando con su claro pelo, suelto, como una nube formada por rayos de sol, cayéndole sobre los hombros. Se inclinó sobre él y le besó en la punta de la nariz, con delicadeza infinita.
-Mi amor... –susurró-.
Aquella voz se perdió entre la bruma en tanto las manos de Wulkan aferraban con frenesí el medallón que colgaba de su pequeño cuello: un medallón de oro con un halcón en reposo grabado.
El tañido de unas campanadas lejanas le hizo abrir los ojos. Se encontró tumbado en alguna parte, no sabía dónde. Lo primero que vio fue un techo burdamente encalado a través del cual se adivinaba la pizarra oscura. Luego, unas paredes que no le resultaban familiares. Sin apenas mover la cabeza observó el lugar, preguntándose dónde se encontraba. Buscó en la sala a la dama que viera hacía un instante, pero ella había desaparecido y un sentimiento de frustración le embargó.
Trató de incorporarse y se le escapó lo que pareció ser un grito de ayuda. El dolor en el pecho fue insoportable y sintió el cuerpo bañado en sudor. Volvió a dejarse caer sobre el jergón.
Algo fresco se posó sobre su frente y Wulkan volvió a abrir los ojos.
Jacqueline se sintió incómoda cuando aquella mirada oscura se clavó en ella. Instintivamente, se caló más el sombrero que le cubría.
-¿Dónde estoy?
La voz fue apenas un susurro dolorido y Jacqueline sintió algo parecido a la lástima por él. Habían luchado contra la muerte durante dos días seguidos, turnándose en su cuidado y parecían haber ganado esa batalla. Ahora se estaba recobrando.
-En casa de John Plowman –contestó-.
El ceño dibujó un profundo surco intentando recordar aquel nombre.
-Debéis descansar – volvió a cubrirle con la sábana-. Atizaré el fuego, esta mañana hace frío.
Wulkan hizo un esfuerzo para seguir los movimientos del rapaz vestido con desgastadas ropas de campesino. Era delgado y no demasiado alto. Le calculó unos quince años, acaso menos. ¿Le habría encontrado él? ¿Serían amigos o enemigos? Realmente su estado no le permitía pensar, el dolor le traspasaba como una daga al rojo y sentía los miembros laxos.
Jacqueline echó un par de leños al hogar y aguardó hasta que empezaron a prender. Luego, se volvió y quedó frente al normando. No parecían tan temibles, pensó.
-¡Agua!
Llenó un pichel y se lo acercó, ayudándolo a incorporarse. Mientras él calmaba la sed, le observó. Su piel, cenicienta cuando John le llevó a la casa, había recuperado parte del color. El rostro era severo, de rasgos duros y tan viriles que la asombró. Ahora, las mejillas y el mentón estaban cubiertos de barba de dos días y sombreaban el tostado de su piel. Jacqueline parpadeó cuando se dio cuenta de que el normando había dejado de beber y la miraba con ojos enfebrecidos. Depositó nuevamente la cabeza del enfermo sobre la almohada y se separó con una zozobra incómoda.
La puerta de la cabaña se abrió y Plowman entró frotándose las manos.
-Esta maldita niebla acabará conmigo –dijo. Observó la recuperación de su huésped y se acercó con una sonrisa-. ¿Cuándo ha despertado, Jacky?
-Hace apenas unos minutos.
-¿Cómo os encontráis, muchacho? –Preguntó, sentándose a los pies el jergón-.
-No lo sé –repuso Wulkan, temeroso de moverse y volver a sentir el dolor penetrante en el pecho. Pero se llevó la mano a la herida-. ¿Qué pasó?
-Bueno –John se levantó y se quitó el gorro que le cubría las orejas y la pelliza de piel-, llegasteis en estado deplorable hasta mis tierras. Vuestra montura también, con un corte en el cuello y ambos perdisteis demasiada sangre. Sin espada ni escudo, que supuse perdierais en una batalla, por lo que no hemos sabido a quien avisar-.
-¿Cuánto tiempo...?
-Dos días, muchacho. Horrorosos, por cierto. Ni mi esposa, ni Jacky, ni yo hemos dormido demasiado mientras tratábamos de amarraros al mundo de los vivos.
Lo dijo sin rencor.
-Lo siento.
-La culpa es de vuestro caballo, hijo. Él fue quien os trajo hasta aquí. Y debo decir que acaso le debáis la vida a ese precioso semental. Si se hubiera encaminado hasta el oeste, a estas horas estaríais ambos pudriéndoos en cualquier zanja.
Wulkan medio sonrió y cerró los ojos. Estaba cansado, muy cansado. Habría deseado seguir hablando con aquel vejete dicharachero y agradable, enterarse de todo cuanto pudiera, saber si sus amigos estaban con vida. La idea de que Gugger hubiera muerto se le clavó en el alma, pero la fiebre le estaba consumiendo y era incapaz de pensar con claridad. Se quedó dormido sin darse cuenta.
John se acercó y le miró fijamente.
-No es un vulgar patán –dijo-. ¿A quién diablos servirá?
-Sirva a quien sirva, será a un normando –repuso Jacqueline, quitándose por fin el sombrero y dejando resbalar su larga caballera hacia la espalda-.
-No deberías descubrirte.
-Llevo casi tres semanas escondiéndome bajo este disfraz de muchacho. Apenas salgo de la cabaña, no he visto a nadie salvo a ti, a Hellen... y ahora a este normando. ¿Qué peligro puede haber en dejar el cabello suelto mientras estoy aquí? Además, me pica la cabeza –empezó a dar masaje en el cuero cabelludo-.
-Eso dímelo tú, pequeña –John se sirvió un plato de avena cocida para desayunar. Cortó un trozo de pan y empezó a engullir la comida. Sólo después de un par de cucharadas y un trago de leche miró a la joven-. Cuando viniste a mi casa escapando de las órdenes que tu abuelo recibió, nada dije del asunto. Incluso estuve de acuerdo contigo en que te escondieras una temporada. La idea de vestirte de rapaz fue tuya y sólo tuya, niña. Me pareció adecuada. Puede que alguien busque a lady Jacqueline, la nieta de Enric de Lynch, pero de seguro que nadie buscará a Jacky, un jovenzuelo desgarbado que vive con dos viejos en medio del bosque –tomó otra cucharada de avena y otro trago de leche-. Ahora bien, si alguien descubre que el tal Jacky no es sino una muchacha, empezarían las conjeturas y acaso acabarías casada con ese normando del que estas huyendo.
Jacky no se lo pensó. Volvió a recogerse la melena y se encasquetó el sombrero de un manotazo. En su pecho, brotó de nuevo el odio más sordo hacia el hombre del que escapaba. Hubiera deseado desollar a todos y cada uno de los malditos normandos que arrasaban Inglaterra.
-No es justo que tenga que ser fugitiva en mi propia tierra, John. ¡Maldita sea, no es justo!


(Segundo capítulo completo)




8 comentarios:

Anónimo dijo...

Ayyyyyy, babeando estoy ya con ente libro. Quiero que llegue abril para comprarlo.

Besitos
Coni

Anónimo dijo...

Un digno segundo capítulo como no podía ser de otra manera después de lo fantástico del primero.

Un beso.
Mayte

Anónimo dijo...

¡¡Si, si, si, esto promete pero bien!! Qué ganitas, madre, qué ganitas de pillarlo.

Besossss
Pili

Anónimo dijo...

Leí Lo que dure la eternidad y me encantó. No dudes que compraré esta novela en cuanto salga a la venta. Con que sea la mitad de buena que la otra tengo asegurada una estupenda lectura.

Un cordial saludo.
Teresa

solima dijo...

Ya falta muy poquito ¡bien!

Besos

Anónimo dijo...

Tiene una pinta buenísima y viene muy bien recomendado por dos webs que me merecen mucho respeto.

Saludos.
Belen Maria

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias por comentar el post. Espero que la novela os guste.

Un beso a todas.

Bego dijo...

Nieves, me ha encantado, que larga se me hace la espera.

Un beso.