martes, 31 de marzo de 2009

Noches de Karnak © (Capítulo 2º)


Capítulo 2º


Valle de los Reyes. En la actualidad.


La estela de entrada a la tumba era verdaderamente hermosa. De unos noventa centímetros por sesenta. Dibujos del difunto, de Anubis y de Isis, mezclados con una oración por el alma del que se unió a ellos, cubrían la parte alta de la misma. En la parte inferior, las alas extendidas del buitre, pintadas delicadamente en amarillo, naranja y negro. Justamente en el centro, el nombre de la momia.
El túnel olía a tierra y a humedad a partes iguales y el calor resultaba insoportable. En el exterior era peor. Aquel día habían llegado a los cuarenta y dos grados.
El profesor Connor pasó la yema de los dedos por la superficie de los jeroglíficos y suspiró.
-¿Ves este cartuch? –preguntó, volviéndose hacia la muchacha que se encontraba a sus espaldas y que no se alejó de él desde que los operarios consiguieran abrir el túnel que daba acceso al templo funerario. De eso hacía más de dos días- ¿Leila?
La aludida parpadeó, mirándole como si acabara de descubrir su presencia.
-¿Qué?
-¡Por Dios, pequeña, estás en estado catatónico! –Se divirtió, haciéndose a un lado-.
Leila se contagió del buen humor del profesor y se ruborizó, un tanto azorada.
-Es mi primera tumba –comentó a modo de excusa-.
-Profanada seguramente, como todas, pero sí, es la primera –asintió el profesor en voz baja, lanzando una ojeada de disgusto a las rocas a su izquierda, que delataban un desprendimiento que podía haber malogrado la hermosa estela y que le dificultaba el trabajo-. Pero tumba a fin de cuentas. Demos gracias porque no está roto el sello y aún parece intacta, carbonilla.
Leila Fenton sonrió al escucharle y echó de sí, con un esfuerzo, los recuerdos dolorosos que amenazaron herir de nuevo su corazón. El profesor usaba aquel apodo cariñoso desde que la rescatase de debajo de la maldita grúa que se desplomó sobre sus padres, truncando la vida de ambos. En aquel tiempo, ella era una criatura de diez años. Como tal, ajena al peligro, se precipitó hacia el desastre tras escuchar el estruendo y el grito de agonía de su madre, intentando con sus pequeñas manos retirar el amasijo de hierros que sepultaban a sus progenitores, gritando sus nombres con desesperación. La tumba en la que trabajaban se convirtió en un caos, en un pozo lúgubre y oscuro cuando las lámparas se apagaron por la polvareda levantada por el accidente. Y ella, inmersa en aquella oscuridad, sólo pensaba en encontrar sus cuerpos para salvarles. La arena y la herrumbre la dejaron cubierta desde la cabeza a los pies. Las fuertes manos de Moses Connor la arrancaron de allí, justo a tiempo de evitar que una parte aún en pie de la grúa la sepultara también a ella.
Miró el rostro enjuto y satisfecho de aquel hombre que había trabajado codo a codo con sus padres y que la había cuidado al quedar huérfana. Moses, a pesar de sus sesenta y cinco años cumplidos, de su cabeza completamente rasurada y de su cuerpo delgado, seguía siendo un hombre muy atractivo. Sobre todo cuando sonreía como en ese momento y sus ojos, grandes y redondos, de un bonito color azulado, escondidos tras gafas de montura fina y dorada, brillaban como los de un jovenzuelo.
Ella sabía que aquel regocijo era la consecuencia de haber dado por fin con la tumba después de casi diez meses de arduo trabajo.
La encontraron por pura suerte. Estaba situada en la ladera, a unos treinta metros del nivel del suelo y a unos cien de la de Tutmosis III. A primera vista, su construcción parecía muy similar a la otra. Los trabajadores hubieron de sufrir varios días hasta acabar la escalera metálica que les procuraba el acceso a aquella altura. Pero todo merecía la pena si encontraban un trocito más de la historia de Egipto.
Leila observó los jeroglíficos en la piedra que, curiosamente, mantenían casi su colorido original y, tras la invitación silenciosa del profesor, se adelantó un paso y los tocó, traduciendo el nombre con reverencia.
-Hta.
-Exacto. Rompamos esta estela –al ver la mirada alterada de la joven dejó escapar una carcajada-. Quiero decir quitemos, carbonilla.
Moses no permitió que ninguno de los operarios nativos se encargara de aquel trabajo. Tampoco había dado permiso para que los fotógrafos y reporteros se colasen en el túnel y comenzasen a hacer su tarea de informar al mundo sobre el nuevo descubrimiento. Nunca tuvo necesidad de salir en National Geographic. Le agradaba su trabajo, pero odiaba las entrevistas.
Custodiado desde la entrada por el representante del Departamento de Antigüedades Egipcio, que vigilaba las obras y que regularmente visitaba el campamento, tomaron escoplo y martillo y comenzaron a golpear con infinito cuidado los bordes de la puerta que les abriría la entrada al mausoleo de aquel desconocido. Aquel trozo de historia egipcia ornamentada con jeroglíficos era tan importante como lo que pudieran encontrar en el interior. El Museo, desde luego, agradecería infinitamente que les llegara en inmejorables condiciones.
El calor pegajoso y húmedo del túnel, reforzado por las potentes lámparas halógenas, se volvió insoportable. Después de algunos minutos, la frente de Moses estaba perlada de sudor y su camisa color caqui se pegaba a su delgada espalda. Pero no iba a desistir. Deseaba hacer aquel trabajo él mismo. Leila por su parte, comenzó a sentir los cortos pantalones adheridos como una segunda piel y el sujetador comenzaba a ser un suplicio, pero continuó con su cometido aunque la arena y las piedrecitas de la galería la estaban despellejando las rodillas.
-¡Debería trabajar alguien más con usted, profesor Connor! –Gritó el enviado del gobierno desde la entrada del túnel-.
-Nadie va a tocar nada hasta que yo lo diga.
-Recuerde que la tumba es nuestra, profesor.
-Y usted recuerde, mi querido amigo –se giró para mirarle, entornando los ojos cuando la lacerante luz del halógeno frente al que estaba situada la esquelética figura del egipcio, eclipsó la imagen-, que yo tengo un permiso especial de su gobierno. No voy a robar nada, pero no quiero a ningún papanatas arreando golpes aquí.
-Podría dar un informe negativo de su trabajo –fue una amenaza-.
Moses dejó las herramientas en el suelo, se limpió el sudor del rostro con el antebrazo y se incorporó trabajosamente, maldiciendo el dolor de sus rodillas y pensando que el tiempo no respetaba a nadie.
-Creo que voy a romperle las narices –gruñó-.Sigue tú, Leila.
-¿Yo sola?
Moses alzó sus pobladas y blanquecinas cejas en un arco perfecto.
-¿Cuánto tiempo llevas entre reliquias egipcias, jovencita? Tu madre te entretenía en la cuna con una estatuilla de Apis rellena de bolitas metálicas en lugar del típico sonajero. Amas Egipto tanto como yo. Y me fío más de tus manos que de las de ningún otro, ¡qué coño! Ponte al tajo mientras voy a aclarar algunos puntos con se gilipollas, o no acabaremos hasta Navidad.
La mano de la muchacha se posó en su brazo, conciliadora.
-No le hagas caso. Esto es más importante.
Moses pareció pensarlo y acabó por encogerse de hombros. Volvió a arrodillarse y tomó de nuevo las herramientas. El otro, al ver que no obtenía respuesta, acabó por marcharse, secándose el sudor de la frente con un pañuelo arrugado.
-Con cuidado en ese punto –avisó-.
Con el corazón latiéndole como un tambor en el pecho, Leila golpeó con infinita prudencia por el lado contrario en el que se afanaba el profesor.
La tumba hasta el punto donde se encontraban no era demasiado grande: una entrada, un corredor de unos diez metros y la sala funeraria, pero dado que el túnel, excavado en plena montaña, impedía la entrada directa de la luz del sol, no se percataron de la hora. Allí dentro, la noche y el día eran iguales. Amortajados por miles de toneladas de roca y arena, Leila tenía la sensación de pertenecer a la montaña, de ser parte de ella, como si una fuerza invisible la arrastrase hacia las profundidades de la Tierra transportándola en el tiempo y el espacio.
Unidos en un mismo fin, Leila y Connor trabajaron con ahínco, parando de cuando en cuando para descansar o tomar un sorbo de agua caliente de las cantimploras.
Silas Turner, el capataz, asomó su poblada cabeza cobriza y gritó desde la entrada:
-¡Los hombres se van ya, profesor!
Moses echó un vistazo rápido a la esfera de su reloj y otro especulativo a la estela y se sintió satisfecho de los adelantos. Casi habían terminado. La entrada a lo que prometía ser la cámara principal estaba a punto de ser abierta, pero no podía obligar a todos a permanecer insomnes por su obsesión. Los hombres habían trabajado deprisa y bien y merecían un descanso. Le parecía que había pasado un siglo desde que el grito alterado de uno de los trabajadores alertara a todo el campamento anunciando haber encontrado la entrada. Sonrió al recordar la algarabía general, los gritos de júbilo, las risas y los cantos de todo el equipo. Encontrar por fin la tumba significa un buen plus para los hombres. Después de una semana de arduo trabajo, todos necesitaban descansar un poco.
Una rápida ojeada hacia Leila le indicó que debían parar por aquel día. La muchacha, una verdadera beldad de ojos verdes y cabello dorado muy corto, tenía un aspecto desastroso. El pelo estaba sucio y de punta y su cara, tostada por el sol, surcada de mil churretones, mezcla de arena y sudor. Además, los dos olían como orangutanes.
-Mañana continuaremos.
-¡Pero si queda muy poco para...!
-Mañana, cariño. Nos conviene descansar o acabaremos haciendo compañía al difunto. Y tomar una buena ducha, por Dios, estoy pringoso.
-Oh, vamos…
-Te aseguro, que Senphta, sea quién demonios fuese, no se va a marchar a ningún lado –bromeó-.
Leila asintió con cansancio y dejó caer los hombros. Sólo entonces se dio cuenta de que estaba realmente agotada. Dio un último repaso a los jeroglíficos y sus ojos se quedaron unos segundos clavados en el cartuch que contenía el nombre del que ocupara aquel sepulcro durante miles de años. Notó un fogonazo en su cabeza y durante un segundo le pareció poder ver el interior de la tumba. La visión acaso no durase ni ese tiempo, pero resultó lo suficientemente demoledora como para hacerla retroceder y caer sentada sobre su trasero. Un escalofrío incómodo le recorrió la espalda.
-No –dijo bajito, tratando de que Moses no se percatase de su temblor-. La momia de Senephta no irá esta noche a ninguna parte.


6 comentarios:

Bego dijo...

Si ya decía yo que esta novela tenía un olor distinto.

Un beso.

Anónimo dijo...

¿Y piensas dejarme con la intriga de cómo sigue? ajjjjjjjjjjj

Yo quiero seguir leyendo esta novela snif,snif,snif.

Un beso.
Carmen

solima dijo...

¿Y nos vas a dejar así? Esta novela parece distinta a todas las demás y me había emocionado leyéndola. ¡Seguro que me gustará un montón!

Un beso.

Anónimo dijo...

¡Qué buena pinta por dios!

Saludos

Marta

Érika Gael dijo...

Hola, Nieves!

Paso a dejarte un besote y a desearte suerte para el gran día de mañana, q seguro que estás nerviosa (aunque no tienes por qué ;)).

Un abrazo!

Nieves Hidalgo dijo...

Sí, esta novela es diferente. Espero que un día podáis leerla.

Gracias por tus deseos Érika.

Un beso grande a todas.