lunes, 30 de marzo de 2009

Noches de Karnak © (Capítulo 1º)

Capítulo 1º


TEBAS. Año 1290 a.de C.


El Dios Ra comandaba en un cielo sin nubes.
Su dorada y abrasadora luz levantó una llaga más en la espalda del guerrero, que se humedeció los labios, resecos y cortados y deseó, más que nada en el mundo, poder refrescar su garganta y su cuerpo dolorido. Pero aún no. No hasta haber cumplido el sacrificio ofrendado. Faltaba aún una larga hora para poder incorporarse, sacudirse la arena ardiente que se le clavaba en la espalda y dejar que Nofis, su fiel sirviente, cuidara sus heridas. Una interminable hora hasta que el dios Sol se sepultara como cada día en el horizonte, para renacer al alba. Mentalmente, mientras sentía el dolor lacerante en su hombro izquierdo y en su costado, pidió perdón por desear que Ra cediese paso a Nut lo antes posible.
Desde la distancia y bajo la sombra del porche de la tienda de campaña, Nofis se retorcía las manos, preocupado por la vida de su señor. Para él, la promesa de Karemheb era una verdadera locura y solamente podía acarrearle la muerte o quedar lisiado. Las heridas recibidas en la refriega contra aquellos forajidos del desierto, mugrientos hijos de Seth con los que se enfrentara horas antes, no revestían mayor importancia. Su amo tenía las cicatrices de anteriores enfrentamientos y estas serían solamente un recuerdo en el futuro, pero la exposición al sol podía volverle loco. Ra era la vida… y la muerte. Conocía a hombres que habían terminado completamente desquiciados después de vagar por el desierto. Además, las heridas podían infectarse y él no tenía los conocimientos de un gran médico, apenas sabía limpiar un corte y coserlo malamente. Pidió con toda humildad a la diosa de la noche su pronta aparición.
Nofis estaba al lado de Karemheb desde que éste era un crío de apenas unos días. Su madre, la hermosa Atit, llegó al poblado, cerca de la tercera catarata, hacía ya casi treinta años. Ciertamente, la encantadora Atit pagó su ayuda y sus servicios, pero Nofis habría cuidado de aquel cachorro berreón, tozudo y arrogante según pasó el tiempo, aunque la mujer no hubiera soltado ni una de las hermosas piedras de su collar. Y luego, cuando el cachorro creció, convirtiéndose en un joven alto, esbelto, de tez cetrina y ojos grises, como los de su madre, Nofis se sintió orgulloso de él como un verdadero padre. Ufano, cuando los soldados del faraón Horemheb, buscando nuevos brazos para defender el imperio, le reclutaron a pesar del llanto de su madre y sus vanos intentos de comprar su libertad. Se lo llevaron con 15 años y regresó al poblado con veintidós, convertido en un soldado curtido, cubierto de heridas, honores y riquezas y con los títulos de Protector del Valle de los Reyes y Guardián del Valle de las Reinas. El magnífico medallón de oro y lapislázuli de uno y la gruesa cadena de oro que le destacaba con el segundo, no abandonaron desde entonces el pecho de Karemheb, luciéndolos con satisfacción pero sin endiosamiento. Atributos que le comprometían ante el faraón y le distinguían en la Corte y entre el pueblo.
Karemheb, Atit y él mismo hubieron de trasladarse entonces a Tebas, dejando atrás el tranquilo pueblo donde vivieron hasta entonces. Ocuparon un verdadero palacio con jardines, un elevado número de habitaciones y un par de decenas de esclavos cedidos por el propio faraón que, a lo largo de los años, aumentaron según crecía la fortuna y la fama de Karemheb.

Nofis no se quejaba de su suerte, por descontado. De ser un simple destripaterrones que araba la fértil tierra egipcia de sol a sol, pidiendo incesantemente que el Nilo regalase cada año el limo suficiente que le proporcionara una cosecha decente, pasó a ser el hombre de confianza de su señor, responsable de cada esclavo y de cada esclava y, lo que era más problemático, responsable de las cuentas del palacio. Podía llevar a cabo su trabajo gracias a que Karemheb contrató los servicios de un hombre sabio para que le enseñara a leer y escribir y lo suficiente de números como para sentirse capacitado y administrar las propiedades. Cuando le preguntó al joven amo el motivo de gastar su dinero en lugar de contratar directamente al profesor para esos menesteres, la respuesta de él fue concisa:
-Tú eres mi amigo, Nofis. Y ¿quién mejor que un amigo para dirigir y guardar mi casa?
No le falló. Antes hubiera dado la vida que fallarle. Llegó a convertirse en un hombre, aunque no sabio, con la suficiente pericia para desempeñar sus funciones a plena satisfacción de su señor.
Todas, menos una.
No le importaba bregar con los sirvientes libres ni con los esclavos, pero en lo que se refería a las jóvenes bellezas que habitaban en la casa, se sentía indefenso. Todas y cada una de ellas quería ocupar un sitio al lado del amo y disfrutar de su cama. Muchas veces, el propio Karemheb hubo de poner orden. Incluso vender a alguna de las esclavas para desterrar las rencillas.
Debería haberse casado ya.
-Debería haberlo hecho –refunfuñó Nofis-, mirando de hito en hito hacia el resto del campamento levantado a poca distancia-.
Algunos de los hombres curaban sus heridas mientras otros acababan de cargar a los enemigos muertos en carros. Los pocos egipcios que perdieran la vida en el enfrentamiento descansaban ya, a buen recaudo, bajo la ardiente arena del desierto. Los cuerpos de los soldados que pertenecían a familias pudientes serían rescatados días después para ser embalsamados, de acuerdo a su poder adquisitivo. A lo lejos, las laderas montañosas erosionadas por los siglos, daban la impresión de haber sido atacadas por los picos de millones de pájaros.
Nofis echó un vistazo a su alrededor. El inmenso desierto, dunas y más dunas de dorada arena, salpicada de cuando en cuando por plataformas tabulares, donde sólo podían encontrarse algunos pozos salobres y muy escasa vegetación. Tierra de serpientes y escorpiones. La tierra de Seth, donde reinaba desde que asesinó a su hermano, Osiris. Un territorio despiadado, fiero y candente, constantemente castigado por Ra, donde los espejismos podían volver loca a una persona y los granos de arena podían sepultarla por los siglos. Una tierra maldita, sí, pero a fin de cuentas también bendecida por los dioses. Una tierra de faraones.
Ra era ya solamente medio círculo solar desapareciendo en el horizonte y él dio gracias al dios por marchar, sabiendo que al día siguiente regresaría revitalizado, en una nueva vida, después de viajar por el mundo de los muertos.
Minutos después, el horizonte se tornó una línea rojo sangre y la inmensidad de la arena, de un ocre intenso, perdió su brillantez para convertirse en una cama oscura que, poco a poco, se volvería fría. Entonces corrió hacia su amo.
Karemheb, de rodillas, no fue capaz de incorporarse cuando Nofis llegó hasta él protestando entre dientes su locura. Dejó que el menudo hombrecillo le tomase por debajo de los brazos y apretando los dientes, para no gritar por el dolor que le produjo la herida del costado, consiguió ponerse en pie. Un vahído le obligó a apoyarse en los flacos hombros del sirviente.
-Vamos a la tienda antes de que te desmayes o no podré alzarte de nuevo. Mis huesos ya no son jóvenes, muchacho.
A pesar del dolor, del escozor de la piel quemada, de la insoportable sed, los resecos labios de Karemheb se curvaron en una leve sonrisa. Nofis había nacido renegando y moriría haciéndolo, pensó.
Medio arrastrándole hasta la tienda que ocuparan durante una larga semana, esperando a sus enemigos, consiguió ponerle a cubierto y le hizo tumbar sobre una esterilla construida con plantas acuáticas ya secas, medio recostado. Karemheb ahogó un suspiro de alivio. De inmediato recibió un pellejo de agua y bebió con mesura.
El interior de la tienda estaba en penumbra y un agradable olor a menta flotaba en el denso y caliente aire, casi irrespirable. Un par de esterillas para dormir, las armas, algunas cestas con alimento y pellejos de agua era todo el mobiliario y el criado volvió a echar de menos el lujo y las comodidades del palacio. Empezaba a estar más que harto de levantarse con la arena en los labios y dormirse con ella en las orejas y entre los dientes, pero su promesa a Atit de no abandonar al joven le había arrastrado a seguirle en aquella cacería de hombres. Por fortuna, todo había acabado y pronto regresarían a casa.
Nofis le quitó las sandalias y el faldellín con cuidado, dejándolo totalmente desnudo. Karemheb se tumbó boca abajo y le escuchó moverse bajo la lona, jurando en voz baja y haciendo sonar cestos y frascos. Oyó sus pasos ligeros y cortos y aguardó, sabiendo que ahora comenzaría a cuidarlo como a un bebé. Eso sí, sin dejar de protestar.
-No sé qué hacemos aquí cuando podíamos estar en casa y tú recibirías las atenciones de varias esclavas en lugar de tener que soportar mis burdas e inútiles manos de labrador –soltó, como para no defraudarle-.
-Estoy bien –repuso con voz ronca y desmayada-.
-¡Bien! –Nofis alzó su oscura mirada, olvidando momentáneamente el frasco de crema que dejó a un lado y tomando el pellejo de agua, clavándola en el oscuro cabello de su amo- ¿Bien? Ya sabía yo que el sol te secaría los sesos lo mismo que los momificadores secan las tripas del dios Apis. Tienes un corte en el hombro, un agujero en el costado, la piel quemada... ¿Y aún dices que estas bien?
Karemheb guardó silencio, notando el agua fresca sobre su cuerpo como una bendición. Una vez que Nofis eliminó la arena pegada a la piel y se sintió satisfecho, dedicó su atención a las heridas.
-La del hombro no es demasiado grave –dictaminó después de observarla-, pero el boquete del costado va a necesitar aguja e hilo. Y va a dolerte.
-Calla y cose –ordenó Karemheb-. Lloras más que una vieja plañidera, Nofis.
Indignado, el criado trajinó de nuevo por la tienda hasta encontrar lo que buscaba en uno de los cestos y regresó a su lado. Volvió a sentarse en el suelo y restañó el corte en la parte posterior del hombro cubriéndolo después con una pomada que olía a rayos, para finalizar vendándolo con cierta maestría. Karemheb se mordió los labios, ahogando un gemido, cuando le hizo incorporarse un poco para pasar los vendajes alrededor del pecho. No pudo reprimir un siseo de dolor cuando el hombrecillo clavó la aguja en su costado y comenzó a coserle.
Para cuando Nofis finalizó la tarea, apretando de cuando en cuando un paño de lino sobre la herida, que no dejaba de sangrar, estaba de nuevo completamente cubierto de sudor y su rostro tenía un tono ceniciento. Acabada la segunda cura, Nofis extendió más de aquel maloliente ungüento y puso otro vendaje. Luego, tomó el frasco de crema a base de aceite y menta y comenzó a extenderlo con mucho cuidado sobre la piel. Cauterizaría las quemaduras con rapidez.
Karemheb ansiaba el momento en que Nofis le dejase en paz. Sólo deseaba dormir veinte horas seguidas y abandonarse en los brazos de Nut para escapar del dolor.
Respingó cuando las poco expertas manos de su criado masajearon el hombro sano y la base del cuello y le escuchó rezongar de nuevo.
-¡Basta ya, Nofis! Tenía que hacerlo.
-Sé que se lo prometiste a la diosa Sekhmet, a la Grande, a la Soberana de Menphis, si te concedía la victoria. También yo ofrecí mis sacrificios si te salvaba la vida cuando vi a esos tres condenados hijos de Anubis atacarte por la espalda. Pero ¿quién te mandaba cumplir la promesa sin antes curarte? Mandaste remendar a tus hombres heridos y enterrar los cadáveres y, sin embargo, tú te arriesgas a quedar inválido expuesto al sol.
A su pesar, Karemheb dejó escapar una corta carcajada que acabó en gemido agónico cuando el boquete del costado le lanzó una punzada de advertencia.
-Sekhmet es mi diosa principal desde mi nacimiento. Todo se lo debo a ella. El sacrificio merece la pena.
El criado acabó por encogerse de hombros.
-De poco vas a servirle al faraón si te mueres, cabezota.
Acabó el masaje, cubrió el cuerpo del joven con un paño limpio y blanco y luego bajó la tela que cubría la entrada, afianzándola en el suelo con un par de piedras para evitar que la arena del desierto penetrase durante la noche. Sabía que no era muy efectivo, pero al menos evitaría despertarse con las pestañas repletas de partículas. Echó un último vistazo a su amo, torció el gesto al ver que se había quedado dormido y se acostó, cubriéndose a su vez, rezando a los dioses por ambos.


12 comentarios:

rosamina dijo...

Vaya, pues el primer capítulo me ha dejado con las ganas de saber qué será del pobre Karemheb. Muy interesante, nos pondrás más ¿verdad? Está genial Nieves, me encanta como nos introduces en las historias y lo bien que cuentas las cosas. Espero que pongas pronto el 2º. Un beso,

Rosa

solima dijo...

Un primer capítulo que me ha dejado con la miel en los labios. Tú sí que sabes enganchar.

Un beso

Anónimo dijo...

Una novela diferente que me apetece un montón leer.

Besos
María

Anónimo dijo...

Muy interesante. Espero el segundo capítulo con muchas ganas. Tiene pinta de ser muy distinta a lo que nos tienen acostumbradas.

Saludos
Mayte

Anónimo dijo...

Huy Nieves, qué buen aspecto tiene esta historia. Estoy impaciente por seguir leyendo.

Besos,
Merce

Nieves Hidalgo dijo...

Me alegro mucho que os guste.

Gracias a todas por seguir visitándome y dejando vuestras impresiones y cariñosos comentarios.

Besos a todas.

GLADYS dijo...

Me encanto como escribes, tus historias son como misterio, aventura, ternura y pasión, como dijo alguioen la historia nos ubica en lugares y tiempos, admiró lo histórico en una novela, es un regalo más, me encantaría poder comprar alguna novela publicada, por ahora espero lo que publicas. Gracias.

GLADYS dijo...

Me encanto todo lo que hasta el moemnto he laido, espero más deLobo.Gracias.

GLADYS dijo...

Gracias por todo.

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias a ti, Gladys, por estar aquí, en tu casa. Ya sabes que para mí es n honor teneros como amigas.

Besos 1000

bombom dijo...

ME ENCANTAN LAS AMBIENTACIONES, LA PARTE HISTÓRICA EN BREZO BLANCO ES GENIAL, ME TRANSPORTASTE AL PASADO EN UNA VERDE ESCOCIA, GRACIAS, LA PAZ ES MUY BUENA.

Nieves Hidalgo dijo...

Bombom, me alegro si te ha gustado, aunque Brezo es un borrador sin arreglar.

Muchos besitos