domingo, 8 de febrero de 2009

Lady Shessy © (Sinopsis y extracto del capítulo 1º)


SINOPSIS


Era la guerra por el poder. La división del reino. El rojo y el blanco eran sus emblemas.
El condado de Landsor tomó las armas apoyando a los lancasterianos; el señor de Forenham enarboló sus estandartes junto al Duque de York.
Desde siempre amigos, aquella contienda les enfrentó y distanció.
Pero lo que ni Gilles ni Adalto imaginaban era que sus herederos se enfrentarían incluso antes que ellos mismos.
Creftgar de Forenham es acusado de un asesinato que no ha cometido, hecho prisionero por un grupo de gitanos y condenado a morir en la horca. En el mismo momento en que la soga estira su cuello, la flecha lanzada por una mujer le libra de la muerte. Y ella reclama al prisionero.
Sin embargo, según las costumbres de los gitanos, solamente se le puede llevar en calidad de esposo. Su salvadora acepta. Cualquier cosa con tal de ahorcar ella misma al conde de Forenham.
Creftgar la confunde con una cazafortunas y está muy lejos de saber que la mujer que quiere verlo muerto es la nieta de su enemigo: lady Shessy de Landsor.


Entre los condados de Landsor y Forenham. AÑO 1460.


Quiso encomendarse al Altísimo pero la rabia que anidaba en su pecho no se lo permitió. Una bota empujó la sucia tarima donde le subieran. Intentó mantenerse erguido sin conseguirlo. La tarima acabó venciéndose y sintió el vacío bajo sus pies mientras la soga comenzaba a ahogarlo y sus sentidos se nublaban.
Era absurdo morir de aquella forma. Absurdo e irritante, al menos para él, un caballero llegado del campo de batalla. Se sintió ridículo por estar siendo ahorcado por un grupo de harapientos que lo culpaban de algo de lo que no tenía idea.
La soga se ciño más a su garganta… Todo estaba perdido.
Un segundo después el tirón fue más fuerte… y el doloroso golpe en las costillas al estrellarse contra el duro suelo, lo devolvió al mundo de los vivos. El aire le llenó los pulmones dolorosamente. Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que seguía sintiendo el frío del invierno en su piel y un lacerante dolor en el brazo herido. La sangre seca había formado una costra sobre la camisa.
Siguió las miradas asombradas de los mismos gitanos que le culparan de un crimen, le condenaran y le colgaran. Supuso que aquel personaje menudo, cubierto con una oscura capa, montado sobre un caballo y que aún mantenía el arco en posición, era su salvador. Su aspecto, aunque pequeño, era inquietante. El cielo plomizo y el resplandor de las hogueras del campamento le conferían un halo especial. Pero el sombrío aspecto desapareció cuando su mano enguantada echó hacia la espalda la capucha que le cubría, dejando al descubierto una larga cabellera canela y oro.
El murmullo de desconcierto bailó en los labios de los gitanos y Creftgar clavó su mirada en la mujer que le observaba altanera.
Los ojos dorados de su salvadora dejaron de mirarle para clavar la vista en el anciano que comandaba el grupo y su voz, cortante, le hizo parpadear.
-Reclamo al prisionero.
-¿Quién sois, muchacha? –Le preguntó el líder-.
-No es de vuestra incumbencia, señor. Simplemente, reclamo al prisionero.
Durante un momento el silencio se alojó en el campamento.
-Debes llevártelo como esposo, si lo quieres.
-Conozco vuestras costumbres –contestó la joven-. Acepto.
Creftgar se puso trabajosamente en pie. ¿Estaban todos locos?
El anciano sopesó la respuesta y acabó asintiendo.
-Sea, entonces.
-Podéis prescindir de los atuendos típicos, buen hombre –volvió a decir ella, descabalgando con agilidad-.
Lo que hasta entonces fue una multitud enfebrecida por el ajusticiamiento se tornó en un grupo de personas sonrientes. Le aflojaron las muñecas, aunque no lo desataron. Fue empujado al centro del círculo formado por los carromatos adornados con prendas multicolores y cacharros usados. Las palmadas en su espalda eran ahora de salutación y enhorabuena.
Aguardó junto al carro contra el que le apoyaron hasta que su salvadora se le acercó. Era joven. Sus dorados ojos brillaban de ira contenida y un rictus amargo se dibujaba en sus labios, gruesos y rosados. Con un movimiento brusco le dio la espalda y prestó atención a la mujer que se aproximaba con una jarra de barro entre las manos. Los gitanos formaron un apretado círculo entorno a ellos y el anciano tomó la vasija, ofreciéndosela a la joven. Ella parecía conocer ciertamente sus ritos, porque la aceptó y la alzó sobre su cabeza mostrándola a los presentes.
-Rómpela y que los hados te acompañen –le dijo el viejo-.
Creftgar sacudió la cabeza. Hubiera deseado decir algo, pero el dolor de la garganta no le permitía hablar mientras aquellos locos llevaban a cabo el extraño ritual.
-De acuerdo a vuestros ritos –escuchó a la joven-, me comprometo a tomar a este hombre como esposo y ser, durante un año, responsable de sus actos.
Luego estrelló la vasija contra el suelo, haciéndola añicos.
Un susurro de desaprobación serpenteó entre el grupo de nómadas. El anciano se agachó y tomó los cuatro trozos de la vasija y miró a la muchacha con cierto aire de disgusto.
-Permanecerás al menos cuatro años en compañía del hombre, así lo manifiesta la Providencia. Tendrás con él dos hijos. Solamente dos. No es demasiado –se le notaba molesto porque la suerte no acompañaba a la pareja-. Las aristas son cortantes. Demasiado. Vuestra relación será placentera pero plagada de adversidades. El trozo grande le representa a él. Las puntas son afiladas.
-¿Y el trozo pequeño? –le preguntó con una media sonrisa, conociendo ya la respuesta del anciano-.
-El pequeño te representa a ti y sus aristas son tanto o más afiladas que las suyas –hizo un silencio-. No conozco las razones por las que quieres salvarlo de la muerte, pero el hombre es testarudo, guerrero y fiero como un halcón. Será difícil doblegar su voluntad.
Ella se giró hacia Creftgar y una sonrisa divertida estiró sus labios.
-También es muy difícil doblegar la mía, abuelo.
El conde de Forenham fue montado sobre su semental negro y momentos después abandonaban el campamento, internándose en la oscuridad del bosque.
Creftgar cabalgó en silencio tras la muchacha, sin abrir la boca, observando a su salvadora y captora. Desde luego no creía en la estúpida ceremonia que se llevó a cabo y que le ligaba a aquella mujer. Comenzó a pensar en el mejor modo de desembarazarse de ella. Pagaría el favor de salvarlo de la horca, desde luego, siempre fue un hombre generoso. Sin embargo, admirando el movimiento de su cuerpo sobre el caballo pinto, se preguntó cómo sería ser el dueño de semejante belleza.


Hacía más de media hora que perdieran de vista el campamento gitano y la joven seguía sin mediar palabra. Creftgar taconeó el flanco de su semental y le hizo detenerse, obligando a la joven a hacer otro tanto.
-¿Por qué os detenéis? –le increpó. Al mirar aquellos ojos verdes y helados sintió un remolino en el estómago. Hasta ese momento todo salió como planeaba, pero ahora, sintiéndose carcelera del león, su decisión flaqueaba. Sí el anciano tenía razón: él era un halcón. Un ave de presa. Su envergadura y su mirada la hicieron sentir un escalofrío que disimuló-.
-No es que me desagrade viajar en compañía tan bella, señora –el atezado y varonil rostro se iluminó con una sonrisa que no llegó a los ojos-, pero tengo asuntos importantes y puesto que la función ha terminado, lo mejor es que me digáis vuestro precio y cada uno siga su camino.
-¿Precio? ¿De modo que pensáis que existe un precio?
Ella descabalgó y él pasó la pierna derecha sobre el semental dejándose caer al suelo. La vio conducir ambas monturas para atarlas a una rama baja y acarició el hocico del caballo negro, siendo respondida con un relincho disgustado.
-Es tan hosco como vos –dijo al volverse-.
-No le agradan los extraños. Y a mí tampoco, aunque en este caso haré una excepción.
Creftgar aguardó a que ella recogiera algunas ramitas y formara un montón para encender fuego. Sentía los huesos helados y parte de sus ropas desparecieron en manos de los gitanos. Francamente, unas calzas y una camisa eran poco abrigo y agradeció el detalle de la joven. Se sentó junto a la pequeña hoguera y esperó mientras ella desaparecía para volver segundos después con un tronco más grueso que colocó sobre el fuego.
El conde de Forenham se removió, incómodo, al darse cuenta de que había permanecido sin respirar admirando el rostro de ella bañado por las llamas.
-De modo que queréis saber el precio por salvaros la vida –dijo ella-.
-Pedid lo que sea. Estaré de acuerdo.
Los gatunos ojos dorados le envolvieron en una mirada gélida y sus labios se apretaron con fuerza. Luego, su tono ácido hizo parpadear a Creftgar, sumiéndole en el total desconcierto.
-Mi precio es, casualmente, vuestra vida, milord.

(Extracto del capítulo 1º)


7 comentarios:

ISABEL dijo...

Cada trocito que pones de otro libro tuyo me deja con ganas de leerlo entero. Esta Lady Shessy tiene caracter, me gusta mucho.

Un beso.

Anónimo dijo...

Otro libro que quiero leer y ya van un montón. ¿Será posible poder leerlos todos algún días?

Un beso guapa.
Coni

Anónimo dijo...

Hacía mucho que no me pasaba por aquí y veo que se me ha acumulado el trabajo. Madre mía la de nuevos libros que has colgado. Voy a ponerme al día.
Lady Shessy tiene pinta de ir a estar muy bien.

Saludos
Maylo

solima dijo...

Sin duda tú sí que sabes dejarme con ganas de seguir leyendo. Chica, ¿es que no sabes escribir ninguna novela que no enganche desde la primera página?
Otra que compraré en cuanto la publiques.

Besos

Anónimo dijo...

Preciosa la foto.
esta novela también me gusta. Claro que... ¡me gustan todas las que vas poniendo!

CARLOTA

Anónimo dijo...

Otra novela que pinta maravillosamente.

Besos
Merce

Anónimo dijo...

Una sinopsis y un comienzo la mar de adictivo. Tú si que sabes cómo dejarnos enganchadas.
Saludos
Mayte