martes, 24 de febrero de 2009

Acero azul (Extracto de otro capítulo)


CERCA DE BARBADOS. A BORDO DEL EXILE.


Cristina gimió y abrió los ojos. Sintió que el estómago saltaba y volvió a cerrarlos, conteniendo una arcada. Respiró acompasadamente tratando de controlar el malestar. Era la primera vez que perdía el conocimiento. Se relajó y poco después se encontró mejor.
Estaba en un camarote. Se incorporó y se sentó en el borde del amplio catre. El edredón que la cubría era de seda verde estampado con hojas y por un momento se quedó mirándolo fijamente, hasta recobrarse por completo. Dio un vistazo al camarote y se asombró. Ella conocía el lujo de las recias casas de Castilla, pero aquella estancia podía compararse con las estancias particulares de la reina madre. Las paredes estaban forradas de madera y lo que creyó que era un simple catre era una amplia cama de doseles cuyas columnas eran una verdadera obra de arte. Había dos sillones y la tapicería y cojines combinaban con el tono verdoso del lecho. Una de las paredes estaba cubierta por estanterías repletas de libros y protegidas por una cristalera y sobre la mesa, varios mapas esparcidos en singular desorden. Los candelabros eran una maravilla. Había dos estatuas de alabastro que flanqueaban un espejo de cuerpo entero y que representaban dos mujeres desnudas. Todo estaba convenientemente sujeto al suelo, para evitar su deterioro en caso de tormenta.
Con las piernas temblorosas acabó por levantarse y anduvo hasta el espejo. Su propia imagen la hizo gemir en voz alta. Por Dios ¿aquélla mujer era ella? ¿Cristina de Orozco? La muchacha que la miraba desde el otro lado era delgada, como ella, pero el cabello en otro tiempo sedoso y cuidado era un desastre de nudos. El rostro estaba demasiado pálido y tenía ojeras alrededor de los ojos. En cuanto al vestido, daba pena verlo. Lo que a bordo del Aguilar fuera un traje casi de princesa no era ahora más que un amasijo de harapos de color guinda, con un desgarro en el hombro que dejaba ver un arañazo profundo sobre el que se había secado la sangre. La falda estaba destrozada y se veían parte de sus enaguas, sucias y ajadas. Claro que, pensó con los ojos clavados en su otro yo, su hermano Luis debería tener peor aspecto, puesto que debía estar muerto.
Al recordarlo todo, estalló en sollozos y se dejó caer al suelo, donde quedó hecha un ovillo, la larga melena cubriéndole el rostro.
Desde el balcón que daba a la popa del barco, Ryan había estado observando cada movimiento de la muchacha. La había estado mirando desde que Leander entrase con ella y la depositase, desmayada, sobre su cama. El bucanero no había dado explicaciones, sólo dijo que la joven quería hablar con el capitán y antes de que él pudiera oponerse, se había largado y cerrado la puerta.
Ryan comprendió a su segundo, al que todos consideraban un hombre rudo, porque también él se sintió cautivado por la dulzura de la muchacha a pesar de su desastroso aspecto. Había salido al balcón y aguardado, pacientemente, a que ella despertara.
Cuando se recobró, Ryan permaneció en completo silencio, estudiando sus reacciones. Cierto que había visto una chispa de asombro en sus ojos cuando despertó y echó un vistazo al camarote, pero no fue la misma reacción que hubiera podido tener una buscona. Ella había aceptado el lujo como algo a lo que parecía estar habituada. Y su idea de que no era otra cosa que una de las prostitutas que salvaran del naufragio, se fue al garete cuando ella, en lugar de tratar de mejorar su aspecto, se echó a llorar.
Abandonando el balcón, se acercó a ella y la tomó de los hombros.
Cristina dejó de llorar y dio un respingo, girándose para mirarlo. Los ojos oscuros cuajados de lágrimas provocaron un vuelco en el corazón del bucanero. Enormes, orlados de negras y largas pestañas. Ojos cargados de horror.
Ella gritó y retrocedió, volviendo a caer al suelo. A gatas, se alejó de él. No sabía dónde se encontraba y no conocía a aquel hombre.
Ryan puso las manos en las caderas y la miró desde su altura, fruncido ligeramente el ceño.
-Creía que deseabas hablar conmigo, muchacha.
Cristina le miró como a una aparición, sentada sobre sus talones y tratando de cubrir su cuerpo con la tela desgarrada de su vestido.
El sujeto era alto, delgado, de anchísimos hombros y largas y poderosas piernas. Su cabello oscuro y algo revuelto enmarcaba un rostro severo de grandes ojos grises y fríos como el acero. La nariz ligeramente aguileña, los labios distendidos en una media sonrisa. Parecía un halcón. Y estaba tostado por el sol. Enfundaba sus piernas en calzones ceñidos y negros y las altas botas le llegaban por encima de las rodillas. Su amplio tórax apenas estaba cubierto por una abullonada camisa de seda blanca, abierta hasta la cintura. Se sintió amedrentada ante el poder innato que emanaba de aquel hombre. Pero sus palabras la hicieron reaccionar.
-¿Sois el capitán?
-Ajá.
Cristina se incorporó. Se atusó la sucia falda y trató en vano de regresar la tela desgarrada a su hombro. Le temblaban las piernas.
-Señor –le dijo-, creo que ha habido un mal entendido.
-¿Y eso?
-Con seguridad –continuó ella, bajando la mirada hacia sus desnudos y arañados pies-, durante el naufragio del galeón Aguilar, me confundieron con una de esas… de esas mujeres de la bodega.
-Prostitutas –aclaró Ryan-.
-Sí. Bueno –le ardía la cara-. Lo cierto es que viajaba en el Aguilar en calidad de pasajera y…
-¿Una inglesa como pasajera de un galeón español?
Cristina se dio cuenta que le había contestado en su idioma pero no quiso aclarar su confusión.
-Used es… –los iris de acero la aturdían-. Usted es un pirata y…
-Bucanero, preciosa –le interrumpió él- No pirata, sino bucanero. Sólo ataco barcos españoles, aunque no fue mi intención cargar contra el Aguilar. Tampoco al Constanza. Mis hombres solamente trataban de rescatarme del segundo, pero vuestros compatriotas dispararon primero.
La explicación se le atragantó a Cristina en la garganta. De modo que estaba en manos de un bucanero. Había escuchado historias sobre aquellos hombres, verdadera peste para los galeones españoles. Pero, de todos modos, se movían por el botín.
-Podría obtener una sustanciosa ganancia si me devuelve a mi familia.
-No tengo intención de acercarme de momento a Inglaterra.
-No. No a Inglaterra, capitán, sino a España.
Las mandíbulas de Ryan se encajaron y sus ojos adquirieron un brillo peligroso.
-España –repitió-.
-Mi familia pagaría un alto precio por mi rescate.
Ryan la miró con más atención. Hablaba un inglés perfecto y fluido, con un ligero acento londinense. Sin embargo, aseguraba ser española.
-Por descontado, tampoco pienso viajar a España –zanjó, malhumorado-.
-Tengo familia en La habana. Si pudiera dejarme en…
Wesston soltó un bufido. ¡Qué clase de loca había metido Leander en su camarote?
-Mire, preciosidad –le dijo con los dientes apretados-, si lo que desea es ser tratada con cierta deferencia cuando lleguemos a puerto, ni se la ocurra decir que es española. Los españoles no son bien recibidos en Barbados.
-No comprendo…
-Nuestro destino es Barbados. No España. Ni cuba. ¡Mucho menos Cuba! –rezongó, recordando su estancia en la isla como esclavo-. El resto de las mujeres parece haber aceptado que trabajarán en la isla, ¿por qué no puede hacer usted lo mismo?
-Decían que iban a trabajar en… en… burdeles.
-¿Acaso tú te acostabas con los de la corte? –se burló Ryan, en tono demasiado cortante-.
Cristina había soportado más de lo que su orgullo herido le permitía. Dio un paso hacia el hombre, alzó la cabeza para mirarlo directamente a los ojos y, sin previo aviso, le cruzó la cara con todas sus fuerzas. Ryan se quedó perplejo.
-¡Estoy hasta las narices de que todos me traten como una furcia! –le gritó-. ¡Ni soy una ramera ni pienso serlo, señor mío! Os digo que soy una dama española que viajaba en el Aguilar con don Diego de Ahumada y con mi hermano y… -al recordar a Luis la ira se alojó en su alma. Una ira dirigida contra el hombre que había provocado su muerte- ¡Vos le matasteis!
Sin pensar lo que hacía se lanzó hacia él y comenzó a golpearlo con fuerza en el pecho, sus uñas demasiado cerca de los ojos de Ryan.
Wesston se vio en verdaderas dificultades para parar el torbellino que se le vino encima y sólo después de recibir unos cuantos golpes pudo atrapar las muñecas de Cristina, llevar los brazos a la espalda y dejarla pegada a él. Ella, impotente, se deshizo en sollozos.
Ryan era incapaz de soportar las lágrimas de una mujer y acabó por soltarla.
-Vamos, cálmate –pidió-.
Al sentir las manos masculinas sobre sus hombros, masajeándolos, Cristina se puso en guardia y le empujó con fuerza consiguiendo separarse un par de pasos. Realmente Ryan ni se movió, sino que fue ella quien retrocedió. Le miró con los ojos convertidos en dos carbones ardientes.
-¡Asesino! –le insultó-. Podéis creerme o no, pero ¡no volváis a ponerme las manos encima!
¡Por todos los piratas de Caribe! Aquella chica era una fiera y estaba loca de atar. Primero se mostraba sumisa, luego guerrera, estallaba en llanto y casi se abrazaba a él y ahora le tildaba de asesino.
-Según me informaron mis hombres, la mayoría de los que iban en el Constanza, salvo quince a los que tengo a buen recaudo en las bodegas del Exile, consiguieron llegar al Aguilar. Y el Aguilar no se hundió, señora mía, sino que pudo escapar de nuestro acoso y dirigirse hacia la Española.
Cristina recibió la noticia como una espada que le atravesó los pulmones. ¡El Aguilar, salvado! ¡Luis podía estar aún vivo!
Mezclando la risa histérica con el llanto, su cabeza comenzó a girar vertiginosamente. El camarote dio una vuelta de campana y, por segunda vez en su vida, Cristina Orozco volvió a desmayarse.

(Extracto de otro capítulo al azar)


Bueno, Bego, aquí tienes el trocito que me pedías.

8 comentarios:

Bego dijo...

Muchas gracias mi querida Nieves, eres un sol, me ha encantado.
La perfecta presentación.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Ay, snif, ya no sé si es mejor o peor que hayas puesto otro capítulo porque ahora me he quedado con ganas de más. Cómo me gustaaaaaaaaaaa.

Besos.
Coni

solima dijo...

¿O sea que si pedimos un bis como en los conciertos nos haces caso? Vaya vaya, es bueno saberlo.

Gracias, me ha encantado.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Lo bueno de llevar unos días sin pasar por aquí es que me he leído 3 capítulos seguidos y me han sabido a gloria. Lo malo es que quiero seguir leyendo porque me está encantando.
¿Para cuando esa novela entera de la que hablaste?

Muchos besos.
Mayte

Anónimo dijo...

Esta novela promete. Me ha gustado mucho lo que he leído.

Saludos. Carmen

ISABEL dijo...

Llevaba unos días sin poder leerte y me he encontrado con la sorpresa de tres capítulos, qué bien me lo he pasado leyendo.

Besos.

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias por vuestros comentarios, chicas. Me alegra que os haya gustado.

Muchos besos para todas.

Elena dijo...

Recientemente he terminado Orgullo Sajón y ha sido como esperaba.. emocionante, no podía dejar de leer.
Ahora veo una de piratas y no me puedo resistir!
Gracias por estos trocitos que nos dejas aunque nos quedemos con las ganas de mucho más.