lunes, 12 de enero de 2009

Hijos de otro barro © (Extracto de otro capítulo)



Baker nos deslomó limpiando de hierbajos la parte trasera de la mansión de los Raims. Al pleno sol que ya comenzaba a calentar demasiado para la época en la que nos encontrábamos y bajo la atenta mirada de Dalton, su segundo ayudante, que no parecía dispuesto a soltar la vieja escopeta que llevaba siempre bajo el brazo y que, de cuando en cuando, acariciaba como a una mujer.
Cuando llevábamos más de tres horas arrancando arbustos inservibles y despellejándonos las manos en el intento de hacer lo mismo con las raíces que sobresalían afanosa y tercamente de entre la tierra, Dalton lanzó un cubo de madera hacia Chester.
A pesar de nuestros temores, obedeció a la primera. No supimos si por pura iniciativa o si lo hizo para evitarnos complicaciones. Tomó el asa del enorme cubo y se dirigió a la parte lateral de la casa, donde Rais había hecho construir hacía mucho tiempo un gran pozo que abastecía a la mansión y a las cabañas de los esclavos. Le vimos doblar la esquina y respiramos aliviados por su actitud.
Apenas le perdimos de vista, se le vino encima un torbellino de melena rojiza y faldas de mujer.
La muchacha chocó literalmente con el poder de su cuerpo. Apoyó las manos en el pecho y retrocedió, asustada. Él reaccionó con celeridad, endulzando el rostro con una sonrisa pícara y desvergonzada mientras intentaba, en vano, sujetar el cubo, que cayó y rodó unos metros.

-Milady, debería mirar por dónde va.
Las mejillas de Terry Darnell se volvieron escarlata por la recriminación.
-Lo siento -balbució-.
-Acepto las disculpas, encanto, pero insisto en que no es forma de asaltar a un pobre prisionero.
Ella se recobró al instante, alzó el mentón con gesto orgulloso y le miró con ira contenida.
-Suelo disculparme solamente una vez -le dijo-. Por otra parte, no creo que sea la persona adecuada para corregirme.
-¿Huís de algo?
Terry abrió mucho los ojos. Aquel sujeto era un espejismo. Se vio forzada a alzar la cabeza para mirarle a los ojos y eso la puso en una postura de inferioridad que la irritó más.
-No estoy huyendo de nada y aunque así fuera, me basto y me sobro yo sola para escapar.
Chester lanzó una risita divertida.
-Una damita valiente.
Ella giró sobre sus tacones, airada y dispuesta a retirarse, pero él la retuvo del brazo, lo que aumentó la perplejidad de la muchacha.
-Milady, no he tratado de ofenderos. Sé que vuestra condición y la mía no se avienen a una conversación amistosa, pero si en algún momento tenéis necesidad de chocar con algo, os cedo gustosamente mi pecho -sonrió, divertido-. Me tomaría muy a mal que buscaseis otro para vuestros tropiezos. Preguntad por Clayton cuando os haga falta.
Terry soltó un bufido de impotencia ante la clara burla y el ardor de su mirada que se paseaba indecorosamente por el escote de su vestido, demasiado reducido para el gusto de él y bastante atrevido para el de ella en esos momentos. Se zafó de aquellos fuertes dedos de un tirón y se dirigió con pasos largos hacia la delantera del edificio, donde Caroline la buscaba infructuosamente después de haber contado hasta veinte, mientras jugaban con Martino al escondite.

Aquella noche, Carolie se disponía a apaga la luz de la lamparilla cuando la puerta se abrió de par en par y en el umbral apareció el semblante irritado de su prima.
-¿Sucede algo?
Terry se acercó a la cama, frotándose los desnudos hombros. Se había quedado helada después de estar más de tres cuartos de hora dando vueltas por su habitación intentando conciliar el sueño.
-No puedo dormir -dijo con fastidio, sentándose en el borde del lecho-.
Caroline se incorporó, abrió el embozo de la cama e instó con la mirada a Terry a protegerse del frío. Ella aceptó el ofrecimiento, agradecida.
Durante un momento largo, Caroline intentó averiguar qué era lo que le pasaba, pero Terry callaba. Acabó por sentarse.
-¿Vas a contarme, o nos pasaremos la noche mirando al techo?
Terry la miró como si acabara de descubrir que no estaba sola. Parpadeó con aire confundido y por fin chascó la lengua.
-Esta mañana he tenido un encuentro... desagradable.
-¿Encuentro?
-Con uno de los prisioneros recién llegados -explicó-. Uno de esos hombres acusado de no sé qué delito, que el tío ha traído a Ireland hace unos días.
-Ah. Los prisioneros que vinieron de Rhode Island.
-Los mismos.
-¡Qué ha pasado? -se alarmó Caroline- ¿Te faltó alguno de ellos?
-Se atrevió a...
-¡Acaba de una vez!
-Choqué con él. Se burló de mí.
La otra la miró, pasmada de asombro. Luego se echó a reír y se dejó caer cuan larga era.
-Me habías asustado.
-¡Oh, Carol! No te rías. Es un hombre... ¡horrible!
-¿Horrible? -volvió a alarmarse-.
-Irónico. Sarcástico. Irrespetuoso y descarado. Parece no tener conciencia de su posición en Ireland y me trató como a una estúpida.
-Díselo a papá.
-Mandaría que le arrancasen la piel a tiras si le cuento la forma en que me miró. Me sentí desnuda, Carol. Sin embargo -dudó-, no creo que el incidente sea para tanto.
-¿En qué quedamos? ¿Te ha molestado o no? ¿Ha sido muy atrevido o no? ¿Quieres que le enseñen respeto o no, Terry?
-Deberían enseñarle, sí. Si dejamos que los esclavos nos traten de modo irrespetuoso... Tampoco... Bueno, no me agradó su forma de mirarme, eso es todo.
-Tal vez no supiera quién eres.
-Lo sabía, sí. En Ireland no hay más damas que nosotras y tía Freda.
-Venga, mujer. No seas quisquillosa. Anda, durmamos un poco y olvídate de ese monstruo. Si vuelve a molestarte yo misma me encargaré de que Baker le ponga en su sitio.

Chester, por su parte, dio más vueltas de las acostumbradas antes de dormirse. El rostro afable de su hermana menos, Merlina, le acompañó durante toda la noche mezclándose con paisajes de Los Sauces, las propiedades de los Clayton en el norte. Pero el dulce rostro de Merlina se fue transformando. Su pelo azabache, siempre recogido en un rodete, se convirtió en una melena suelta de cabellos rojizos, largos y sedosos, que retenían la luz entre sus rizos. La azul mirada de su hermana desapareció para dar paso a otra de tono verde cristalino. Al final, acabó tumbado en el camastro, aterido de frío y mirando en sueños el rostro de Therese Darnell.
Se sentó de golpe, entre asustado, asombrado y furioso.
-¡Demonios!
Ra, que dormía en el jergón de al lado, se despertó.
-¿Qué pasa?
-Duerme -le dijo-. Ha sido una pesadilla -volvió a taparse y cruzó los brazos bajo la nunca-.
Eran las cuatro de la madrugada y ya no pudo conciliar el sueño.


(A petición de Bego, Mayte y Coni, cuelgo el extracto de otro capítulo de esta novela)



8 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Gracias Nieves! Creo que este libro me va a encantar.

Un beso,
Mayte

Anónimo dijo...

Pinta estupendo, sí señora. Me gustaría mucho seguir leyéndolo, aunque supongo que ya no cuela ¿verdad?, jajaja.

Besitos,
Pili

solima dijo...

Gracias por esta nueva entrega. Me gusta mucho el tema. Ese esclavo promete y mucho.

Mañana me paso a ver si has decidido ponernos un cuarto capítulo, jejejeje.

Besos.

Anónimo dijo...

Gracias Nieves. Me gusta mucho. Que bien me lo paso en este blog.

Un beso muy grande.
Coni

Bego dijo...

Gracias Nieves por haber tenido esta deferencia con nosotras.

En este nuevo capítulo se huelen los tiras y aflojas que tendrá esta parejita.
La emoción está servida.

Un beso.

ISABEL dijo...

He leído los tres capítulos seguidos y no veas la pena que me da dejarlos aquí. Me encantaría poder seguir con la historia.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Estupendo como siempre.

Un beso.
María

Anónimo dijo...

Siempre es un placer visitar tu blog y leer tus historias. Me gusta mucho.

Un beso,
Helena