jueves, 22 de enero de 2009

El secreto de la abadía © (Extracto del capítulo 2º)



LANDSBURY MANOR. EN LAS AFUERAS DE LONDRES.



Samantha Wallston se encasquetó con rabia el gastado sombrero bajo el que ocultaba su larga y rizada cabellera cobriza y sus ojos, verde musgo, lanzaron llamaradas de furia mientras veía alejarse el carruaje.
-¡Así te lleve Satanás! –dijo entre dientes-.
Dio media vuelta, cerró de golpe las verjas que daban acceso a la enorme propiedad y regresó, con pasos largos y poco femeninos, hacia la casa. Al darse cuenta, aminoró el paso. Su abuelo siempre le recriminó eso. Y también otras muchas cosas, como vestirse de forma inapropiada, a fin de cuentas era la nieta de un conde. En ese momento, sin embargo, parecía un chicuelo, con los gastados pantalones remetidos entre las botas de caña alta, la raída chaqueta y el sombrero usado. Había estado trabajando en la abadía, a media milla de la mansión, en uno de esos pocos momentos que se tomaba para ella.
La abadía de Northwell era su lugar secreto, su paraíso desde que descubriera hacía ya ocho años las primeras vasijas del siglo V. Su facha y su olor en aquellos momentos deberían haber sido suficiente para espantar a un hombre de tan refinados gustos como el conde de Berston. Sin embargo, él había intentado incluso besarla. Debía estar loco. Sobre todo sabiendo que ella le odiaba porque fue la causa de la muerte de su padre. Guy Wallston no se habría mezclado en un estúpido duelo si aquel desgraciado no le hubiera ganado aquella condenada partida de naipes en la que se jugó hasta… un escalofrío le hizo apretar los dientes. No quería recordar. No debía recordar. Pero lo hacía una y otra vez, cada noche, cuando veía a Berston. ¡Por amor de Dios, su padre se la había jugado en una partida de cartas y la había perdido! De estar en la Edad Media, ella pertenecería ahora a aquel desalmado. Afortunadamente ahora un hombre no podía reclamar ciertas deudas de juego. Pero que Peddler no la pudiera poner una mano encima, no eliminaba el amargo sabor de boca.
Mientras se acercaba a la mansión sintió que el corazón se le encogía. A pesar de su magnificencia, la casa necesitaba urgentes reparaciones. La pintura y las maderas de las ventanas estaban deslucidas, el jardín estaba penosamente abandonado. Todo se había venido abajo.
Con un suspiro de resignación giró a la derecha y entró por las cocinas.
-¿Se ha marchado, milady?
La joven sonrió a Lighton. Era un hombre alto y delgado, de canosa cabellera y ojos terriblemente azules. Le conocía desde que nació y le estimaba como si les uniera la sangre. Era la única familia que le quedaba: él, Millie, Berta, la pequeña Jeannette y tía Augusta.
-Se marchó, sí.
-Debería haberme dejado que le echara a patadas.
-Clarance Peddler puede que no sea honorable, Sebastian, pero es el maldito conde de Berston y tiene poder. Era mejor tratarlo con delicadeza o podríamos vernos durmiendo en el asilo.
-Que su abuelo le debiera una buena suma, no es motivo para ciertas insinuaciones, milady –repuso el hombre mientras la acompañaba a la cocina-. Además, ya se cobró ¿no es cierto? ¿Acaso no se ha quedado con los perros y las tres mejores yeguas? Si la señora Swanson hubiera estado en casa, ese pelagatos habría acabado con la escoba en las costillas.
Sam le sonrió. Cierto que Millie no se hubiera andado con contemplaciones si hubiera escuchado la palabra deuda en labios de Berston. Por fortuna, solamente ella y tía Augusta conocían la última apuesta de su padre. Suspiró y se dejó caer en una silla. De inmediato, la joven Berta le puso una taza de té en las manos.
-Imaginé que después de atender a lord Berston le haría falta.
-Sois todos un encanto –sus ojos se cubrieron de lágrimas- No sé que hubiéramos hecho Jean y yo sin vosotros.
-Vamos, vamos, milady –Sebastian palmeó su hombro con afecto-.La hemos visto nacer y nos agrada seguir en esta casa.
-Pero hace meses que no puedo pagaros. Lo mejor será que busquéis otro trabajo.
-Mis huesos están demasiado desgastados para empezar a buscar otro lugar, milady. Y creo que a la señora Swanson le pasa otro tanto.
-¡Oh, vamos! –el argumento la hizo reír-. Usted no tiene más de cincuenta años y Millie no ha llegado a los cuarenta y cinco.
-Cincuenta años son demasiados, se lo digo yo.
Sam se limpió las lágrimas. Sabía que Sebastian podría encontrar trabajo en cualquier buena casa, pero Millie se negó a abandonarles y él sentía cierta atracción por la vivaracha ama de llaves. En cuanto a Berta, era una joven que se conformaba con tener un techo bajo el que cobijarse y un plato de sopa caliente que casi nunca tuvo en el orfanato de donde su abuelo la sacó. A pesar de las deudas nunca les faltó el sustento, pero si las cosas seguían así incluso la comida empezaría a escasear.
-Puede que el nuevo conde arregle las cosas, milady –dejó caer Berta-.
La mención del hombre que ocuparía el lugar de su abuelo hizo envararse a Samantha. Se acabó el té y se marchó si decir palabra. Sebastian la vio atravesar el hall y perderse.
-No debiste nombrarlo, muchacha. Es un asunto espinoso para milady.
-No deseaba molestarla, señor Lighton.
-Lo sé.
-De todos modos, no comprendo su postura. Landsbury Manor necesita algo más que cariño para salir adelante. La despensa está ya medio vacía y no sé cuánto tiempo durará lo poco que nos queda.
-Tienes razón, pero es muy duro para ella. Debería haber heredado la propiedad y el título del viejo conde. Por otro lado, está la tutoría de la pequeña Jeannette. Milady se siente responsable de todos nosotros.
-Pero ella es mujer y las mujeres no heredan títulos. No debería cargar con todo el peso de los problemas. Y tampoco debería dejar que un hombre como Berston la viera vestida como un pilluelo.
-Sí, Berta, es una mujer –dijo, alzando los ojos hacia el cielo plomizo que amenazaba tormenta-. Una mujer con más agallas que muchos hombres. Pero las leyes son las leyes y ahora deberá depender de la caridad de ese hombre, ese americano, único pariente varón del viejo señor. Él se hará cargo de todo. Y es muy probable que acabe por derribar esta casa y venda los terrenos para pastoreo.
Berta lanzó una exclamación.
-¿Usted cree, señor Lighton?
-Yo no creo nada, hija, pero he oído que en ese continente la mayoría de los terrenos los utilizan para criar vacas.
-¡Vacas en Landsbury Manor!
Sebastian se encogió de hombros.
-Veremos, muchacha. Ya veremos cuando llegue el nuevo amo.





8 comentarios:

solima dijo...

Jejeje, esta vez has sido generosa y nos has colgado dos capítulos bien larguitos. Gracias. Lo malo es que me he quedado con ganas de más.

Un beso.

Anónimo dijo...

Como con todas las novelas que cuelgas, siempre me quedo pillada. Lástima no poder seguir leyendo.

Un abrazo, guapa.

María

ISABEL dijo...

Me gusta.

Una preguntita tonta ¿estas novelas se van a publicar pronto? Es que me engancho a ellas y luego me quedo con la duda de cómo seguirán.

Besitos

Fugaz dijo...

Mira que eres malaaaaaaa!!!!! Nos dejas con el bombón en los labios y luego nos lo quitas...

Para qué negarlo, me sumo a los otros comentarios pues para no ser menos yo también me he quedado con ganas de leer más.

CONRA dijo...

Hola Nieves:
Tu blog siempre va rapidísimo. Hoy me encuentro con dos extractos del “Secreto de la abadía”. Me ha gustado mucho. Facilítame información sobre la novela. ¿Piensas publicarla?
Que tengas un buen fin de semana.
Besitos.

Nieves Hidalgo dijo...

Solima, María, no me había dado cuenta de que me habían salido más lasrgos estos dos capítulos. Chicas, siento que os hayáis quedado con ganas de más... Bueno, no lo siento, jajaja, la verdad es que me encanta que os apetezca seguir leyendo.

Isabel, como verás, tengo muchas novelas y no todas las ha leído aún mi editorial. Poco a poco irán saliendo algunas pero... son muchas, así que no sé cuales terminarán viendo la luz.

Fugaz, a lo mejor algún día cuelgo una novela entera... A ver si tengo tiempo y elijo una.

Conra, creo que te contesto con lo que le digo a Isabel. Buen fin de semana también para ti.

Un beso enorme a todas y, como siempre, mil gracias por vuestros cariñosos comentarios.

Bego dijo...

Otra novela como todas las demás que promete.
Con respecto a lo de que no sabes que novelas se quedarán sin ver la luz,... ejem, ejem, ejem, nos las vendes a nosotras...

Un beso.

Anónimo dijo...

Me sumo a lo que dice Bego.
Yo las quiero. Todas.
un beso

CARLOTA