domingo, 21 de diciembre de 2008

Noches de tabú © (Sinopsis y extractos de los capítulos 1º y 2º)


Sinopsis:


Aileen Roschill necesita urgentemente un esposo para no perder la herencia legada por su abuelo. Theobald Holden no es el candidato más adecuado. Por eso decide salir a buscar a un hombre que ocupe su puesto a cambio de una buena cantidad de dinero.
Regis Dambert se encuentra en el lugar al que acude Aileen. Por suerte para ella y por desgracia para él, no en condiciones de oponerse a que un juez extienda el certificado de matrimonio. Cuando se recupera, ya es demasiado tarde.
La Corona está en peligro. Jorge IV se encuentra amenazado y sólo un grupo de leales pude frenar al enemigo. El duque de Kimberland es uno de ellos. Ocupado en la difícil y peligrosa misión, desaparecer de la vida pública por unos días se le antoja inmejorable. Pero él cuenta solamente con su cerebro y no con el corazón; éste último es quien le traiciona.




Londres.1827

El duque de Kimberland avanzó con paso decidido y dobló hacia el callejón para alcanzar la plazuela donde le aguardaba su carruaje. Soñó con el fuego de la chimenea y la copa de brandy que le prepararía su valet. ¡Miserable Phillip! Debería haber sido él quien acudiera a la cita en los barrios bajos, pero le convenció al referirse a una cita con una dama. Bueno, a fin de cuentas Phil era su hermano y el muchacho necesitaba divertirse de vez en cuando.
Casi había llegado al final del callejón cuando algo duro le golpeó en la cabeza.
De inmediato, cuatro pares de manos le voltearon y comenzaron a arrancarle el abrigo.
-Rápido, Hill, la cartera.
Cartera, guantes y reloj desaparecieron en los bolsillos de uno de los asaltantes.
-Buena ropa.
-Vamos con ella.
Le quitaron la chaqueta y la camisa de seda, el corbatín, el sombrero. Con prisas, el que se quedó con la chaqueta le vistió con la suya, raída y sucia.
-Que no se diga que no somos caritativos –rió entre dientes-. Mi ropa no abriga como la suya, pero le dejo vestido.
-Yo quiero sus pantalones –dijo el otro asaltante-.
Habían comenzado ya la engorrosa tarea de quitárselos cuando sonaron pisadas cercanas.
-Larguémonos, Bill.
-¿Y mis pantalones?
-En esa cartera debe haber dinero suficiente para comprarte una docena. ¡Vámonos ya!




Aileen intento que no se le notara el miedo. Pero el lugar era poco recomendable. Las callejuelas olían a mil desperdicios, a orines y a cosas peores. Se tapó la nariz y miró a Watson con gesto contrito.
-Ya le dije que era una locura. Lo único que podemos encontrar por aquí es un pillo que nos asalte.
-Confío en tu protección, Adrián.
-Al primero que se acerque le rompo la crisma, señorita, si se refiere usted a eso.
Doblaron la calleja y el candil de la taberna “El paraíso”, se meció con el viento, iluminando el rincón en el que dos sombras se alzaban de otra caída en el suelo y escapaban a toda prisa.
-Adrian, ¿qué…?
-Quédese aquí.
Watson se acercó al hombre inconsciente y Aileen le siguió a pesar de todo.
-Es un pordiosero –le dijo-. Seguramente una riña entre borrachos, señorita. ¿De veras quiere seguir con esto?
-¿Está… está muerto?
Watson dio una ligera patada en el costado del caído y el hombre gimió.
-No lo parece.
Aileen observó con detenimiento al vagabundo. Podía estar bebido, desde luego. Tenía la chaqueta a medio colocar, no llevaba camisa y el barro del callejón había manchado sus facciones. Pero parecía fuerte.
-Creo que éste nos servirá, Adrian.
-¡Santa María!
-Vamos, carga con él.
-Señorita, su abuelo decía que usted era…
-¡Por favor, Adrián! –se desesperó, mirando a todos lados-. He de hacerlo. O Theobald conseguirá sus propósitos, ¿no lo entiendes? Tal vez ahora mismo esté buscándome por todo Londres.
-Pero este miserable maloliente…
-Aunque fuese el mismísimo Satanás me serviría. He de regresar a casa con un marido –se empecinó la joven-. Este u otro da lo mismo. Cárgalo y vayámonos de una vez de aquí. ¿Queda lejos la casa de ese juez de paz?
-A un par de calles, si no nos hemos perdido entre estas malditas callejuelas –rezongó Watson, tomando al herido por debajo de los brazos y echándoselo al hombro-. Pesa como el plomo –se quejó-.
-Tiene la constitución adecuada para hacer ver a Holden que necesita replantearse las cosas.
Watson comenzó a caminar seguido por la muchacha, maldiciendo mentalmente el olor nauseabundo que desprendía la ropa del hombre con el que cargaba. Parecía que hubiera salido de una cochiquera.



Eran casi las tres de la madrugada cuando llegaron a la casa y entraron por la puerta de servicio. Watson rezó para que no les descubrieran porque no se le ocurría ninguna excusa que dar si les pillaban entrando de hurtadillas y cargando con un apestoso vabagundo. Pero Aileen estaba contenta. Casi se echó a reír cuando el juez preguntó por el nombre del esposo. Habían rebuscado en los bolsillos y sólo encontraron una nota dirigida a un tal R. Dambert citándole en la taberna El paraíso. Y eso pusieron en el documento matrimonial. Sólo R. ¡A saber cómo demonios se llamaba su recién adquirido marido!
Pero tenía el documento en el bolsillo. Incluso firmado por el sujeto. El juez le hizo beber una copa que le despejó en parte. No del todo, pero lo suficiente como para que le pusieran el papel delante y una pluma en la mano y consiguieran que garabateara su firma. Al menos no era una simple X.
-¿Dónde quiere que ponga a su esposo, señorita? ¿En las caballerizas?
Ella le miró con el ceño fruncido.
-No seas bruto, Adrián. Vagabundo o no ahora es mi marido y además está herido. Tiene un buen chichón en la cabeza. Súbele a la habitación de invitados y mira si puedes hacer algo con la brecha. Mañana ya veremos el modo de adecentar su patibulario aspecto.
Watson protestó por lo bajo, pero volvió a cargar el peso muerto del herido y ascendió hasta el piso superior. Aileen corrió a refugiarse en su propio cuarto. Se quitó gorro y abrigo, haciendo una mueca de disgusto al verlo arruinado de barro. Lo echó a un lado, junto con los zapatos y las medias. Se quitó el vestido, se lavó a conciencia y luego se puso un camisón y se metió en la cama. Antes de dormirse, agotada por la experiencia, sonrió.
-Veremos qué cara pone ese malnacido de Theobald mañana, cuando conozca la noticia. La paloma se le ha escapado, señor mío. La paloma tiene un esposo.

(Extractos de los capítulos 1º y 2º)





7 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué bien! otra vez vuelves a colgar trocitos de novelas. Hala, a quedarnos con la miel en los labios. Ay, pero ¡cómo me gustan!

Un beso,
Mayte

P.d. esta también promete... Como todas...

Anónimo dijo...

Qué estupendo!
Lo cuentos me encantaron pero ya echaba en falta las novelas. Lo malo es que vas a seguir poniendo trocitos y nos dejas enanchadas y sin poder continuar.
snif

CARLOTA

Anónimo dijo...

Genial Nieves, otra vez volvemos a las novelas. Estoy encantada.

Un beso,
Merce

solima dijo...

Con los cuentos estaba feliz, pero ay, qué ganitas tenía de leer otro trocito de una novela.

Sigue,sigue.

Besos.

Anónimo dijo...

Siempre me dejas con ganas de más. Empiezo a leer y me engancho, pero luego se me acaba y hala, a esperar hasta que la publiques. ¿Algún día te animarás a colgarnos una novela cortita como hiciste con los cuentos?

Un beso,
Coni

Anónimo dijo...

Me gusta tu blog. Seguro que ya lo he dicho en mas de un comentario mio de los que he ido dejando por aqui.

Me encanta que pongas trocitos de novelas. Poco a poco me voy haciendo una idea de como escribes y de lo que me voy a encontrar en tus libros.

Gracias por los buenos ratos que me haces pasar.

Un abrazo
Pili

Anónimo dijo...

Madre mía, si hasta el título es genial. Qué penita no poder seguir leyendo toda la novela.

Un beso
Helena