jueves, 4 de diciembre de 2008

La ciudad de coral © (Capítulos 5, 6 y 7)


CINCO


Paco se encogió de hombros.
- No me parece buena idea -dijo-.

Todo el grupo se congregaba ahora junto al lago esmeralda. Cristalia se había quitado el disfraz, al igual que Misha, y los niños se quedaron asombrados de su belleza.
- A mi tampoco me lo parece -dijo ella-.
- Es la única manera. No podemos ir todos porque Squalo podría darse cuenta y atraparía a unos cuantos. Debo ir solo y será más difícil que me descubra.
- No tienes armas y ese tiburón es un sanguinario. Aún no me explico la causa por la que decidió encerrarnos y no comernos.
- Erais más útiles de otro modo -explicó Cristalia-. Vuestra fuerza vital ha sido usada en contra de las huestes de mi padre, Neptuno.
- No puedo perder más tiempo -dijo Misha-.
- No te dejaré ir solo -argumentó Paco-. Voy contigo.
- Eso es de tontos.
- ¡Voy contigo! Recuerda que me debes cien canicas y si te pasa algo no podrás pagarme la deuda -sonrió-.

Misha miró a los ojos de su amigo y vio decisión en ellos. No era la deuda, sino la amistad la que le arrastraba a acompañarlo en la misión. Estuvo a punto de llorar de agradecimiento y asintió en silencio.
- Los demás irán a Coralia. Cristalia os llevará.

Misha y Paco abrazaron a cada uno de sus amigos y se despidieron de la sirenita.
- Tened cuidado -rogó ella-.

Paco, después de ver alejarse al grupo, tragó saliva. En un segundo, toda su valentía se vino abajo. Deseaba ayudar a Misha para vengarse de Squalo, pero sólo pensar en el enorme tiburón le hacía sentirse muy mal. Su enorme cuerpo, brillante y poderoso, su tenebrosa aleta, sus afilados dientes... todo le aterraba. Tiró de la manga de Misha y dijo:
- Sería mejor largarnos.
- ¡De eso nada!
- No has visto sus dientes.
- Pero los imagino -le llevó hasta un rincón y trató de transmitirle una confianza que estaba lejos de tener él mismo-. Escucha, Squalo acabará con todo el mundo si antes no acabamos con él. Nébula me dijo que...
- ¿Quien es Nébula?
- Una sirena, hermana de Cristalia.

Paco le miró con los ojos entrecerrados.
- ¿Donde has estado metido, amigo?
- Ya te lo contaré. Squalo y sus seguidores no son todo el océano. Ya oíste a Cristalia. Es la hija menor de Neptuno.
- Creí que bromeaba. Y tú ahora. El baño te ha sentado mal, chico.

Misha rió. Tal vez era así.
- Loco o no, quiero acabar con ese tiburón. ¿Me ayudas o debo ir al final solo?
- ¡Maldita sea, hombre! Te echaré una mano, pero te aseguro que estoy muerto de miedo.
- Confía en mí o te quedarás sin las canicas que te debo.
- ¡Al infierno las canicas!

Como cualquiera, las hordas de Squalo también dormían. Cuando la oscuridad se cernió sobre el océano, los seguidores del monstruo buscaron cobijo y sólo algunos quedaron de guardia alrededor de la caverna en la que descansaba el tiburón.

El momento era más que apropiado, pero debían ir con mucho cuidado para que aquellas repugnantes anguilas no les descubriesen.
- Entraremos en la caverna, Paco.
- ¿Y como saldremos?
- Nadando lo más aprisa que puedas -rió Misha-.
- Creo que tengo las piernas paralizadas.
- Pues tenemos dos soluciones: o nadamos aprisa o acabamos entre los dientes de ese monstruo.
- Me gustaría que no fueses tan claro -gruñó Paco-.
- Tú decides.

Paco miró a su amigo y luego a la entrada de la cueva. Suspiró y asintió. Aguardaron hasta que la oscuridad fue total y luego se arrastraron por el fondo. Un par de veces Misha estiró el brazo para comprobar que Paco le seguía. Cuando notaron el desagradable olor que provenía del interior de la caverna, se detuvieron, llenos de temor. Pegados a la roca, recobraron el valor poco a poco y acabaron por entrar.


Squalo dormitaba levantando surtidores de arena con su poderoso ronquido. Su cuerpo blanco y brillante se veía cien veces más grande que lo que era realmente.
Fue Paco el primero en hablar muy bajito.
- Necesito un lavabo.

Misha hubo de taparse la boca para no reír a carcajadas.
- Y yo -dijo-.

Paco le miró en la penumbra, asombrado. Luego, el cuerpo de ambos se retorcía por la risa ahogada. ¡Qué ocurrencia, un lavabo en el fondo del mar! Tardaron un par de minutos en calmarse. Luego Misha buscó en su mochila y sacó el reloj.
- Ese reloj es...
- El que me regalaste -asintió el otro-. Creo que jamás lo he apreciado como ahora.
- ¿Qué vas a hacer con él?
- ¿Sabías que el agua transporta muy bien los sonidos y los aumenta?
- No.
- Pues vas a comprobarlo ahora.

Misha dio cuerda al despertador. Puso el timbre para que sonase en un par de minutos. Si Squalo reaccionaba como él pensaba, tendrían tiempo justo para escapar. Se arrastró hasta el fondo de la caverna, hasta que los ronquidos del tiburón le hicieron daño en los oídos.

Paco, desde el otro lado, achicó los ojos tratando de verle. No escuchaba más que el sonido del monstruo y empezó a preocuparse por su amigo cuando Misha apareció a su lado.
- Estás pálido como un muerto.
- Le he rozado -tembló la voz de Misha-. Dios, es asqueroso.

Paco sintió un escalofrío. El no se hubiese atrevido a pasar tan cerca de Squalo ni por todo el oro del fondo de los mares.
- ¿Y el reloj?
- Temo que lo hemos perdido para siempre.
- Si salimos de esta, juro que te compraré otro.
- Pero que no arme tanto escándalo por la mañana, Paco.
- Bien -rieron-.

Se alejaron nadando lo más aprisa posible. En cuestión de segundos estalló el caos en la caverna. El despertador sonó y sonó de forma estridente y el agua extendió el sonido de las campanillas de una forma tal, que ambos amigos hubieron de taparse los oídos.


Si eso les sucedía a los niños, imaginar lo que le estaba pasando Squalo, que nunca había tenido que soportar semejante ruido. Pensó, con lógica, que la caverna se le caía encima. Trató de escapar a campo abierto, pero el sonido era tan fuerte que le aturdió. Clamó y barruntó pidiendo ayuda a sus esbirros, pero su guardia escapaba ya debido al fuerte sonido del despertador, que les lastimaba los oídos y que parecía salir del infierno.

Squalo, enloquecido por el dolor, comenzó a dar coletazos en la cueva y las rocas empezaron a caer sobre él, haciéndolo bramar más alto. Estaba enfurecido, rabioso, pero sobre todo asustado. Parte de las rocas taparon la entrada de la caverna.

De repente, un grito que no correspondía al monstruo, salió de la cueva.

Misha miró asustado a Paco. También él lo había escuchado. Era un grito de mujer. Pensaron lo mismo a la vez: Squalo tenía a alguien prisionero y si no le rescataban perecería junto al tiburón.
- ¡Hay que sacarla de ahí! -gritó Misha-.

Paco asintió. No esperaron. El mismo miedo les había convertido en valientes en un segundo. No pensaron en los dientes de Squalo, sólo en salvar a la prisionera. Nadaron aprisa, consiguieron entrar en la cueva de nuevo y sortearon las rocas que les caían sobre la cabeza. Squalo, mientras, seguía bramando y lanzando coletazos a diestro y siniestro, loco de dolor y miedo.

La vieron por fin. Al fondo. Misha había pasado tan cerca de ella antes que se preguntó como no la había visto. Era una sirena adulta y muy hermosa. La cola de Squalo estuvo a punto de alcanzar a Misha, pero el niño, preocupado por la sirena, ni se dio cuenta. Paco ayudó; la cogieron cada uno de una mano y nadaron hacia el exterior, consiguiendo salir justo cuando el tiburón lanzaba un coletazo más fuerte y, con un estrépito espantoso, la entrada de la cueva se derrumbaba. Miles de moluscos se esparcieron por el fondo del mar y la arena lo cubrió todo, cegando a nuestros amigos. La onda expansiva alcanzó a los tres, lanzándolos lejos. Antes de perder la consciencia, Misha escuchó el último alarido de Squalo. Luego, otro derrumbamiento. Después, nada.

Alguien le golpeaba la cara, cada vez más fuerte. Pero Misha no quería despertar. Le dolía todo, hasta las pestañas. Pero como aquella mano seguía dándole bofetadas acabó por abrir los ojos.
- ¡Qué demonios...!
- Despierta -decía Paco-.
Misha acabó por sentarse y mirar a su alrededor. El cuartel de Squalo había desaparecido. No quedaba nada, salvo rocas y algunas colas de anguila atrapadas bajo las piedras. Del monstruo, ni rastro.
- ¿Te encuentras bien? -preguntó una voz dulce y armoniosa-.

Era la sirena. Más hermosa incluso que Nébula, pero con el cabello tan rojo como el de Cristalia, aunque despeinado y sin cuidar. Sus ojos, de un azul intenso, le miraban con simpatía.
- ¿Quien eres? -se incorporó- ¿Qué hacías en la caverna de Squalo?
- Estaba prisionera -dijo ella-. Mi nombre es Sofra.
- ¿Sofra? -sacudió la cabeza para despejarse. Había escuchado ese nombre antes, pero... -¡Sofra! La madre de...
- Larguémonos de aquí -interrumpió Paco-. Podrían venir los seguidores del tiburón.
- No vendrán -dijo la sirena-. Squalo ha quedado en la caverna y nadie podrá sacarlo nunca. Ahora la guerra contra Neptuno ha finalizado.
- Pensaban que habías muerto -Misha la miró con una sonrisa de satisfacción-. Vieron la sangre-.
- Un rasguño en mi larga cola. Curó en poco tiempo.
- Pero...
- Ya habrá tiempo de contarlo todo. Ahora deseo llegar junto a los míos.

Paco se dijo que Misha debía explicarle muchas cosas.


SEIS

Los caballitos de mar lucieron sus hermosos colores, los delfines se afanaron en que todo estuviese a punto, las rayas asearon sus cuerpos, los cangrejos afilaron sus pinzas, los peces de colores formaron. Todo parecía irreal. Un mundo maravilloso. La fiesta resultó perfecta y Coralia estaba engalanada en honor a Misha y sus amigos.

Las sirenas habían adornado sus largas cabelleras con perlas regaladas por las ostras y los niños estaban perplejos ante tal despliegue de belleza.

La celebración por la victoria sobre Squalo y por el regreso de la reina Sofra se prolongó durante tres largos días y sus noches. En el mundo submarino reinaba de nuevo la paz y la alegría. Y todo gracias a Misha que fue homenajeado como héroe y nombrado hijo adoptivo y predilecto de Coralia. Neptuno estuvo tan contento por el retorno de su esposa que palmeo la espalda del niño, con tanta fuerza, que le hizo caer de bruces, levantando la carcajada general.

Pero como todo, aquella maravilla tocó a su fin. Los niños no podían estar siempre en Coralia, debían regresar a sus hogares, en tierra firme; deseaban volver a ver a sus familias y amigos.

Al jolgorio de la fiesta siguieron las lágrimas de despedida y aunque tristes por dejar a sus amigos marinos, emprendieron el ascenso hacia la superficie.


Una procesión de delfines compuso un maravilloso cortejo. Los más veloces montaron sobre sus brillantes lomos a los niños y los transportaron hacia el exterior. Les seguían los caballitos de mar, las rayas, las merluzas, cientos de pulpos, estrellas marinas, bacalaos y meros. Neptuno, montado sobre un enorme caballo de mar, tridente en mano, precedía la enorme comitiva. Sofra y el resto de las sirenas iban tras él, moviendo con gracia su colas plateadas y dejando que los rayos arrancasen reflejos irisados de sus adornos de perlas y coral.

Por fin avistaron la costa. Apenas salieron a la superficie, Misha y los demás niños se vieron libres de las escamas que tenían tras las orejas y que les habían permitido respirar dentro del mar. Con toda la majestuosidad de un gran rey, Neptuno ordenó a sus huestes avanzar hacia tierra.

Misha distinguió a su abuelo. Sentado en la playa, tenía la cabeza entre las manos. Se le veía desolado y él gritó con todas sus fuerzas. El abuelo le escuchó y alzó la cabeza, pero quedó tan maravillado por lo que veía que no fue capaz de abrir la boca. Cuando pudo moverse corrió hacia el pueblo, alertando a sus habitantes.


Mientras se acercaron a la playa, montados a lomos de los delfines, vieron como los vecinos de la aldea salían de sus casas y gritaban al ver a los niños, pasmados por el sucedo. Fue un momento histórico en el que los gritos de alegría se mezclaron con los llantos. Los niños agitaban los brazos llamando a sus padres y hermanos y ellos respondían de igual modo. Algunos se lanzaron al agua para llegar al lado de sus hijos y la playa se convirtió en una fiesta. Hasta el viejo Onofre, que tenía ganada fama de tacaño, corrió a su casa y volvió con una caja llena de cohetes que comenzó a lanzar al aire. Los fuegos artificiales llenaron el cielo y los habitantes del mar gozaron de aquella maravilla desconocida.

Los delfines se acercaron hasta el borde mismo de la playa y los chiquillos les acariciaron el lomo mientras reían.

Tardaron más de una hora en calmarse, en darse cuenta de que realmente los pequeños habían regresado y no se trataba de un sueño; de que los habitantes del fondo submarino se los habían devuelto.

Misha se deshizo del abrazo de su abuelo y se volvió para ver como, poco a poco, los seguidores de Neptuno regresaban al mar. Neptuno le saludó desde su montura y lanzó hacia él un enorme medallón que pendía de su cuello. El muchacho lo atrapó y le gritó las gracias. Luego, entre la algarabía buscó a Cristalia.

La sirenita estaba sentada sobre una roca, mirando aún los fuegos artificiales. Fue hacia ella.
- Debemos despedirnos -dijo-.
- ¿Vendrás alguna vez a Coralia? -ella tenía sus hermosos ojos arrasados por las lágrimas-.
- Siempre que me prestes un par de escamas para respirar -asintió Misha-.
- Vendré a buscarte un día de estos. Pero mientras... quiero que guardes un recuerdo mío -tomó una concha, cortó uno de sus hermosos bucles, abrió el medallón de su padre y se lo entregó-. No te olvides de nosotros, niño terco. Ni de nuestra cita. Sigue así, mi valiente guerrero- antes de que la viese llorar, le besó y se lanzó al agua, desapareciendo entre la espuma.


SIETE

Era noche cerrada. Todos los habitantes de la aldea dormían, llenos de felicidad por el regreso de los muchachos. Pero Misha, sentado en la playa, miraba aún las aguas oscuras recordando a Cristalia, a Nébula, a Sofra, a Neptuno. Si no hubiese sido por el medallón que colgaba de su cuello y dentro del cual tenía el rizo de Cristalia, hubiese pensado que todo había sido un sueño. Abrió el medallón, frotó el rizo de la sirenita contra su cara y volvió a guardarlo. Lo conservaría siempre.

El cansancio hizo que Misha se durmiese sobre la arena, soñando con regresar alguna vez a Coralia.

A la mañana siguiente, las voces asombradas de los vecinos le despertaron. Las risas y los bailes atronaron la playa. Misha se incorporó, frotándose los ojos y lo que vio le dejó perplejo. Sobre la arena, había más de diez cofres cargados de oro y piedras preciosas. Regalo de Neptuno. Paddon el alcalde, trataba de poner orden para poder repartir el tesoro de forma adecuada. Nunca más pasarían necesidades, los padres podrían regresar de sus trabajos en la ciudad y la vida en la aldea sería de nuevo perfecta. El pueblo crecería, las casas se arreglarían, podrían comprar vestidos bonitos...

Misha sonrió y abrazó a su abuelo. El anciano, a punto de llorar, revolvió el cabello del muchacho.
- ¿Cuando irás? -preguntó-.

Misha le miró asombrado. El anciano había leído sus pensamientos. En efecto, estaba pensando en volver al reino submarino.
- Cristalia dijo que uno de estos días.
- ¿Me llevarás?
- ¡Por supuesto! -rió Misha- Creo que tú y Neptuno os llevaréis estupendamente- y ambos prorrumpieron en carcajadas mientras observaban la felicidad de sus vecinos.





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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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10 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bonito el cuento. En cuanto tenga un ratito me copie este también enterito.

Gracias y un beso.
Helena

solima dijo...

Precioso final. Gracias por el regalo de tus cuentos.

Besos

Anónimo dijo...

¡OH, qué bonito!

Un abrazo

Maylo

Anónimo dijo...

Este también ha sido precioso. Muchas gracias por el regalo.

Besitos

Merce

Anónimo dijo...

Qué cuentos más bonitos escribes. Me copio también La ciudad del coral para mis niños.

Un besito,
Paqui

Anónimo dijo...

Es la primera vez que caigo en tu blog. Llevo más de tres horas dando vueltas por él. Me gusta como esribes y este detalle de los cuentos es precioso.

Saludos.

María

Bego dijo...

Muy bonito y tierno final.
Que magia hay en los cuentos, necesitamos un poquito de ella.

Besos.

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias a todas por vuestros comentarios, la verdad es que me hace mucha ilusión leer cada día lo que escribís.

Bienvenida, María.

Un abrazo.

CONRA dijo...

Hola Nieves:
Me encanta tu libro y los cuentos que cada día pones en tus páginas.
Gracias por dejar tus huellas en mi blog.
Hasta pronto
Besitos.

Nieves Hidalgo dijo...

Conra, gracias a ti. Da gusto leer lo que escribes y animo a todo el mundo a que te visite y te lea.

Un beso grande.