miércoles, 3 de diciembre de 2008

La ciudad de coral © (Capítulos 3 y 4)


TRES

La sonrisa del niño fue franca.
- La carne estaba deliciosa. ¿Cómo es posible que dentro del mar haya...?
- Son algas -cortó el vozarrón de Neptuno-.

El jovencito hizo un gesto de asco. ¿Aquello que se había comido eran algas? ¿Esas babeantes y escurridizas algas que se enroscaban a sus pies cuando caminaba por la playa? Miró con sospecha el plato de frutas que hasta entonces le había parecido apetitoso y Neptuno lanzó una fuerte risotada.
- No temas, renacuajo, eso sí son frutas verdaderas, aunque también marinas. De modo que esta es la ayuda que has traído del exterior, Nébula -dijo, mirando a su hija, como dudando-.
- Conoce mejor que nosotros las reacciones de los humanos. ¡Quien mejor para ayudarnos!
- Lo cierto es que no le veo capacitado para enfrentarse a Squalo.

Una pipa de fruta se atragantó en la garganta del niño y debió toser para no ahogarse.
- Tendrás ayuda, por supuesto.
- Pero yo sólo soy un niño. ¿Cómo voy a enfrentarme a un monstruo?
- Conoces a los niños que tiene prisioneros.
- ¡Claro! ¡En el supuesto que sigan vivos, cosa que ni tú ni nadie puede asegurarme! Pero eso no quiere decir que pueda escapar de los dientes de ese tiburón. Mi abuelo dice que tienen una terrible dentadura y que les gusta la carne humana. ¡Demonios, ponerme frente a él! -dejó a un lado la fruta y se incorporó- Quiero volver a mi casa ahora mismo.

Neptuno también se levantó y le miró con desdén. Su voz retumbó al hablar.
- Si es tu deseo volver a la costa, mi hija te llevará. En realidad, nunca creí que pudieses ayudarnos.

Dicho eso se alejó seguido por su corte de caballos de mar y delfines. Los peces regalaron una mirada fastidiada al niño, que miró a Nébula desilusionado.
- Lo siento, pero no me creo capaz -dijo-.
- De todos modos, agradezco que vinieses. Descansa hoy y mañana te regresaré a tu playa.

Misha se quedó solo en el enorme salón. Abandonó la mesa y se acercó a los ventanales. Un pez de color azul pasó cerca de su nariz y le hizo respingar. A lo lejos, la profundidad marina le fascinó. Coralia era una ciudad muy activa y los habitantes, tanto rayas como sirenas, boquerones o medusas, iban y venían en su ajetreado trabajo. Se estaban preparando para la batalla final contra Squalo y portaban entre sus dientes arena y objetos para fortificar las murallas. Le resultó extraño que personajes de tan dispares especies colaborasen juntos por una causa común. ¡Si los humanos hiciesen lo mismo...!
- Así que tú eres ese Misha del que todos hablan -dijo una voz dulce a sus espaldas-.

Misha se volvió y que quedó con la boca abierta al ver un cabello rojo como el fuego y unos ojos tan inmensos y azules como el mar. Era una sirena, pero no como Nébula, ni como las otras que habían estado acompañandoles durante la comida. Aquella era más pequeña, de su mismo tamaño.
- ¿Quien eres?
- Me llamo Cristalia -se acercó ella, ondeando su larga cola plateada con desparpajo-. Soy la hija menor de Neptuno y la reina Sofra. Escuché decir que un niño humano, valiente y decidido, había llegado a Coralia para ayudarnos -le miró de arriba abajo-. Pero ya veo que no eres más que un muchacho llorón y asustadizo que quiere volver a su casa lo antes posible.
- ¿Y tú? -se defendió Misha- ¿No deberías estar junto a la cola de tu madre, en lugar de venir a incordiar a los invitados?

Cristalia medio sonrió y se encogió de hombros.
- Mi madre, la reina Sofra, fue muerta por Squalo hace tiempo.
- Lo... lo siento -se consternó Misha-. No quería...
- No tenías forma de saberlo.

La sirenita se acercó al ventanal y se apoyó en él, con la mirada perdida en el exterior. Misha no pudo dejar de admirar su belleza.
- ¿Todas las sirenas son tan bonitas como tú?

Cristalia se volvió y le miró. Luego, su risa cantarina llenó la sala y el crío la miró mosqueado.
- ¿Qué he dicho tan gracioso?
- Lo siento. No me río de ti, es sólo que.. bueno, es el primer piropo que recibo.
- ¡Piropo! ¡Bah! -se volvió para que no le viera sonrojarse hasta la raíz del cabello-.
- ¿De veras quieres volver a casa?
- No creo poder ser de mucha ayuda. He visto desaparecer a mis amigos y a los hombres de mi aldea. ¿Qué puede hacer un niño contra ese demonio de Squalo?
- Oh, yo no lo sé, Misha, pero... -le guiñó un ojo- tus amigos dicen que eres el más valiente de la aldea, que no te importa ir solo a la playa, ni bañarte por la noche en el mar...
- ¡Mis amigos! ¿Les has visto? ¿Están bien? ¿Dónde se encuentran? ¿Cómo...?
- Oh, vale, vale -ella se alejó, como enfadada-. Demasiadas preguntas para alguien que quiere dejar a sus amigos en la estacada y escapar con el rabo entre las piernas.
- ¡Yo no he dicho que...!
- Dijiste que querías volver a tu casa! -le pinchó Cristalia-.
- Ni mucho menos.
- ¿Quieres decir que escuché mal? ¿Que mi padre y mis hermanas escucharon mal? ¡Oh, vamos, niño estúpido, lo dijiste claro y alto! Estabas a punto de llorar de miedo.
- ¡Yo no tengo miedo!
- Cualquiera lo diría -hizo un gesto de hastío-.

Se alejó con un rápido movimiento de su cola y Misha nadó vigorosamente hacia ella.
- Espera.
- No tenemos nada de qué hablar.
- Espera, te digo.

Consiguió agarrarla de cabello cuando ya traspasaba la puerta del salón. Cristalia se revolvió, lanzando una buena cantidad de espuma hacia él, pero Misha no se amedrentaba por tan poco y de manera ágil consiguió agarrarla de la cola con ambas manos y arrastrarla hasta el interior. Luego se sentó sobre ella para no dejarla escapar.
- No seas tan belicosa. Aún no he dicho mi última palabra, mujer, al menos dame un minuto para pensarlo.
- ¡Está bien, pero bájate de mi cola! He pasado media mañana acicalándola.

La soltó y la sirenita hizo ondear sus abundantes rizos rojizos. Se acomodó en un sillón y se cruzó de brazos, con gesto airado.
- Primero me dirás cómo es que tú has podido hablar con mis amigos, cuando en teoría están prisioneros de Squalo.
- No he hablado con ellos, pero los he oído -dijo ella-. Y no dudes de eso, muchacho incrédulo, porque no existe nadie tan osado como yo. Algunas veces burlo la guardia y me adentro en los dominios de nuestro enemigo. Sólo por diversión –dijo, con un gesto airoso-.
- ¿Lo sabe tu padre?
- ¡Por descontado que no! Y espero que no se lo digas o me daría una buena zurra. Nos está prohibido salir de Coralia, salvo unos pocos guerreros bien entrenados y Nébula, que es capaz de pasar desapercibida delante de las mismas narices del monstruo. Tiene un don especial heredado de nuestra madre.
- ¿También tú tienes ese don? -sonrío Misha-.
- Sí, pero aún soy muy pequeña y no lo he desarrollado del todo -se encogió ella de hombros-.
- ¿Dónde está el territorio de Squalo?
- No demasiado lejos. Hay que cruzar las colinas rosas. Luego existe un cementerio de barcos. Después del último, un antiguo galeón español, está la entrada de una cueva. Hay un lago de color esmeralda.
- ¿Y luego?
- El cuartel general de Squalo. Tus amigos están allí, metidos en cestas.

Misha la miró con algunas dudas.
- ¿Cómo pudiste llegar?
- Por casualidad. Me aburre estar todo el día encerrada y la guerra dura demasiado. De cuando en cuando me escapo, ya te lo he dicho; cuando mis hermanas pierden el tiempo en peinar sus largas cabelleras o acicalar las escamas de sus colas y no me prestan atención -explicó-. Hay cosas hermosas dentro de esos barcos hundidos. Collares, diademas, monedas de oro... No todo lo del exterior es feo.
- Corres grave peligro.
- También es peligroso aburrirse -dijo la atrevida sirenita-.

Misha paseó por la sala mientras trataba de pensar lo más aprisa posible. La miró frunciendo el ceño.
- ¿De veras mis amigos dijeron que era valiente?
- Lo hicieron, sí, aunque yo lo dudo.

La miró disgustado. ¡Diablos con aquella sirena! Le espoleaba como a un jamelgo quejumbroso mientras ponía cara de inocente. Paseó de arriba abajo de la amplia sala. En su cabeza una loca idea iba tomando forma poco a poco. Cristalia había visto a sus amigos, lo que quería decir que existía una posibilidad. Lo cierto era que siempre se portaron bien con él, a pesar de las peleas. Les quería. Aún recordaba los días que se pasó llorando por su pérdida, sentado junto al mar, preguntándose si alguna vez volvería a verlos. Ahora estaba tan cerca. Tan cerca para ayudarles a escapar, para colaborar con Neptuno y Nébula, a aquella coqueta y espinosa Cristalia.

Se quedó mirando a la sirenita y decidió. Ahora tenía la oportunidad de ser útil a los demás, de hacer algo importante. Ella le miraba con una sonrisa irónica en los labios, como sabiendo que había ganado aquella partida. La burla de aquella preciosidad de cabellos rojos acabó por decidirle del todo.
- De acuerdo -dijo-, tú ganas. Iré a rescatar a mis amigos, pero habrás de indicarme el camino.

Cristalia lanzó una carcajada divertida, abandonó el asiento y nadó hacia él. Se alzó sobre su cola y le dio un beso en la nariz.
- Me gustaría saber quién va a impedírmelo -rió-.


Neptuno tomó de muy buen grado el cambio de opinión de Misha, aunque torció el gesto cuando supo que Cristalia debería acompañarlo. Pero no podían arriesgarse. Se asombró cuando el muchachito desestimó la ayuda de algunos guerreros e insistió en que sólo contaría con la presencia de la sirenita.
- ¿Cómo vas a vencer a Squalo? -Preguntó Nébula-. Sois solamente unos niños y él tiene un ejército completo.
- Llevo mis armas -sonrió Misha-.

Una vez fuera de Coralia, aprovechando la oscuridad de la noche, cuando todo el reino estaba sumido en la penumbra, nadaron con rapidez hasta las colinas rosadas. Debían llegar a ellas antes de que la luz del nuevo día volviese a brillar.

Fatigados, consiguieron su objetivo cuando ya el primer rayo de sol atravesaba las profundidades y se estrellaba contra la torre del palacio de Coralia. Cristalia se acomodó en una roca y miró a su compañero de aventura.
- ¿De veras eres un valiente y no un loco?
- ¿Por qué lo dices?
- Llevo mis armas, dijiste. ¿Qué armas? No veo ninguna y ellos tienen poderosos tridentes y la energía de tus amigos. Recuerda que hasta ahora les ha dado resultado.
- Vosotros sois peces -sonrió Misha-. No, no te ofendas. Lo sois. Yo no. ¿Qué puede hacer la energía de mis amigos en contra mía? Squalo puede absorverla con algún método singular y luego la suelta contra el ejército de tu padre.
- ¿Como vas a combatir eso?
- Bueno, sólo necesito tres cosas: entretener a los guardianes, asustar a sus soldados y aterrorizar a Squalo.
- Ya veo -sonrió la sirenita- Muy fácil, sí.

Misha rió a carcajadas. La primera vez desde que comenzase aquella peligrosa aventura.
- Lo conseguiré, incrédula -dijo, tirando de los rizos de ella-, pero debes prometer que me darás uno de tus mechones cuando lo haga.
- Sería capaz de darte mi cabellera completa con tal de ver desaparecer a Squalo y unido de nuevo el reino de mi padre.
- Verás eso, Cristalia. Lo verás.

La sirenita sonrió tristemente.
- Me gustaría tanto que mi madre hubiese vivido también para ver ese momento.
- ¿Como murió?
- Nadie lo sabe con certeza. Un grupo de guerreros de Squalo la persiguió un día, cuando se aventuró a salir de Coralia. En esos momentos la guerra no estaba en su apogeo, como ahora, pero Squalo era ya un comandante díscolo y se podría decir que tenía ejército propio. Mi madre, la reina Sofra, luchó valientemente contra los atacantes, los peces que lo vieron lo contaron luego. Y vieron como uno de esos guerreros clavaba un tridente en el cuerpo de mi madre. La sangre enturbió las aguas. Después, todos desaparecieron y jamás volvimos a saber de ella.
- Imagino lo que sientes -la abrazó por los hombros para calmarla-.
- Eres un humano bueno, Misha. Y valiente -Cristalia se secó las lágrimas-. Ahora debemos olvidar todo y concentrarnos en vencer.
- Hemos nadado casi toda la noche y tú dijiste que te escapabas mientras tus hermanas se peinaban. Lo entiendo eso.
- Ahora debo nadar a tu ritmo. Los hombres surcáis las aguas a una velocidad ridícula comparada con la nuestra. Yo misma, aunque soy pequeña, puedo nadar más de cien millas en una hora.
- Te estoy retrasando, entonces.
- No hay otro remedio. Si fuera mayor te llevaría sobre mí.
- Sigamos entonces. Tardemos lo que tardemos hemos de encontrar a mis amigos.

A un barco de ancho casco al que se adherían infinidad de moluscos y cuyas velas no eran más que jirones de tela carcomida por las aguas, seguía una nave vikinga de casco estilizado; algunos escudos estaban aún sujetos a los costados de la nave y sus colores, misteriosamente, aún parecían tener vida.

Después de eso, Misha pudo ver más de un centenar de barcos. Todos se habían hundido en el mar muchos años antes. Posiblemente muchos tripulantes perecieron. Había barcos de todas las épocas; naves romanas, griegas, egipcias, veleros y barcos más modernos que carecían de velamen y mostraban orgullosos sus chimeneas.

Tal como dijese Cristalia, el último barco era un galeón español. Su panza redonda y abultada le daba el aspecto de un gran mero. Mantenía aún, sobre el palo más alto, una ondeante y deshilachada bandera roja y dorada.
- Está lleno de tesoros -dijo la sirenita-.
- Imagino lo que darían algunos por encontrarlo.
- A esta profundidad no lo conseguirán nunca. El barco está definitivamente perdido para los de vuestra especie. Te asombrarías de la cantidad de cofres con monedas de oro, perlas y joyas que hay en el interior. Y vestidos.
- ¿Vestidos?
- De mujer -rió ella-. Oh, fue genial ver a mis hermanas tratando de meterse en esos vestidos. Realmente hermosos, de rica tela. Debieron pertenecer a alguna gran dama porque estaban adornados con pedrería. Resultó gracioso.
- ¿Por qué?
- Sus largas colas sobresalían por el bajo de los vestidos y no podían moverse con facilidad. Son bonitos pero incómodos, con esas mangas llenas de frunces.
- Ya veo -sonrió Misha, imaginando la escena-.
- Acabaron por entregarlos a los peces para que jugasen. Imagino que una mujer estaría hermosa con ellos.
- No más que vosotras luciendo solamente vuestros cabellos y escamas.
- ¿Sabes? -ella hizo un mohín gracioso- Ya es la segunda vez que me dices una galantería.
- ¡Oh, vaya! -Se enfadó el niño- Todas las mujeres sois iguales.

Cristalia rió de buena gana, sacudió su cola y lanzó espuma al rostro de Misha. Nadó más aprisa y le obligó a seguirla. Poco después, tras abandonar el cementerio de barcos, la sirenita frenó su carrera y señaló adelante.
- La cueva del lago esmeralda -dijo-.

Nadaron hacia la entrada. La roca estaba resbaladiza debido a la cantidad de algas pegadas a ella y Misha sintió que se le erizaba el vello de la nuca al tocarlas, pero no era el momento de zarandajas, de modo que se aferró a ellas y penetró en la gruta seguido por Cristalia. Estaba oscura como boca de lobo y sintió frío. La manita de ella se aferró a la suya.
- No temas, no corremos peligro. La primera vez que vine aquí sentí lo mismo que tú, pero pronto daremos con el lago y la claridad del agua lo ilumina todo.

Ella llevaba razón. Tras el primer y sinuoso recodo, como si el sol estuviese oculto en algún lugar, la cueva se iluminó. El lago, de un verde esmeralda, hacía daño a los ojos. Era de una belleza increíble.
- Hay que atravesarlo.
- No hay peligro, ¿eh?
- Palabra de sirena -alzó ella la mano-.
- Me parece que estás loca. Aunque posiblemente yo estoy más loco que tú. Meterme en esta aventura es lo más descabellado que...
- Deja de protestar. Cada minuto cuenta y el poder de Squalo crece. Tus amigos, Coralia, el océano, el mundo entero está en peligro, Misha. ¡Caray, eres quejumbroso como una anciana! -le pinchó-.
- ¡¡Por las barbas de Neptuno que...!! -exclamó el niño. Pero se calló de golpe, poniéndose colorado al ver la expresión de asombro de la sirena. La frase, típica de los lobos de mar como su abuelo, no era acertada en el mundo submarino-. Lo... lo siento, yo...

Cristalia le miró muy seria y de repente lanzó una carcajada larga y armoniosa.
- ¡Me encanta! -gritó- Oh, de veras me encanta. ¡Por las barbas de Neptuno!

Y siguió riendo mientras se zambullía con agilidad en las verdes aguas del lago. Misha la vio desaparecer y se quedó pasmado. Aquella chiquilla era extraordinaria. Otra, en su lugar, se hubiese ofendido. Cristalia, no. Cristalia se había reído, alborozada, por una expresión que jamás había escuchado antes. El niño sacudió la cabeza, aturdido por la vivacidad de la sirenita. Estaban convencido de que, si salían de aquella aventura, ella sería capaz de utilizar la frase delante mismo de Neptuno.

Buceó tras ella hasta que salieron por la otra orilla. Su buen humor se esfumó al ver el gesto de horror de la sirena. Giró y su corazón se quedó paralizado por el miedo. Delante de ellos, a una distancia corta, una docena de anguilas negras y de abultados ojos, dos enormes morenas y cuatro tiburones blancos, montaban guardia.


CUATRO
Los problemas comenzaban, se dijo Misha, sin poder apartar la mirada de los guardias de Squalo. Lo que más miedo le daban eran las anguilas.

Cristalia nadó en silencio hasta llegar al abrigo de unas rocas y él la siguió una vez más.
- ¿Qué vamos a hacer? -preguntó ella-.
- Creí que tú lo sabrías.
- No te burles. Puede que sea osada, pero estoy muerta de miedo.
- ¿Cómo llegaste otras veces más allá? ¿No hubiste de burlar a estos guardianes?
- No estaban. Esta caverna es la entrada al campamento de Squalo, pero estaba sin vigilancia. La situación ha debido variar.
- Bueno -sonrió Misha a pesar de todo-. Las sirenas conocéis los mares, pero de estrategia militar, parece que no sabéis mucho.
- ¿De qué hablas?
- Lo normal es que el campamento enemigo esté vigilado, mujer. Pero no te preocupes, vengo preparado.
- ¿Qué vas a hacer?
- Quédate aquí y observa, sirena escandalosa.

Si pensaba que ella iba a poner alguna pega, estaba confundido. De veras que Cristalia estaba asustada. Era verdad que en otras ocasiones había entrado allí, burlando la vigilancia de algún tiburón, pero ahora era muy distinto y tenía el estómago encogido por el miedo. Habría deseado salir de allí a escape, pero después de meter en aquella aventura al niño humano, no podía dejarlo en la estacada.
- Dime qué hago -pidió-.
- Rodea las rocas y trata de hacerte con sus tridentes mientras yo les distraigo. ¡Que no te vean, por el amor de Dios!
- ¿Nada más?
- Con eso es suficiente, aunque deberíamos pensar en el modo de burlarlos cuando regresemos con mis amigos... si es que regresamos. ¿Hay otra salida?
- Ninguna.
- ¡Divino! -gruñó Misha-. Bueno, ya no tiene remedio. Manos a la obra.

Cristalia se zambulló con sigilo y el niño la vio rodear las rocas hasta situarse a la izquierda de los enemigos. Era hora de actuar y de actuar bien; se jugaban demasiado. Buscó en el interior de su mochila y encontró la bola de cristal con un pequeño barco en su interior. Le dio una pena inmensa tener que sacrificar aquel regalo, pero no había otro remedio.

La sirenita le observó con creciente interés y su carita palideció al ver el extraño objeto en la mano del niño. Nunca antes había visto otro igual. Interesada, estiró el cuerpo para admirarlo mejor y Misha hubo de hacer frenéticas señas para que volviese a ocultarse. Lo hizo un segundo antes de que una de las anguilas mirase hacia donde se escondía. Misha se apoyó en una roca y respiró lentamente, tratando de controlar los latidos desbocados de su corazón. Una alegría infinita le invadió. La bola de nieve era algo muy extraño para los habitantes de los océanos. ¿Como explicar que dentro de un cristal había un barco? La cara de asombro de Cristalia acabó por decidirle; si la sirenita se había quedado prendada de la bola de cristal, los seguidores de Squalo, sin lugar a dudas, harían otro tanto.

Contento, colocó la bola sobre el agua del lago esmeralda y la empujó hacia los secuaces del tiburón. Se ocultó, tomó una concha pequeñita y la lanzó. La concha salpicó y llamó la atención de los guardianes. Luego, siguió los pasos de Cristalia y se reunió con ella.

El plan de Misha dio resultados inmediatos. Fue una morena la que primero vio la bola. Lanzó un sonido gutural y su cola señaló el extraño objeto. Anguilas, morenas y tiburones centraron su atención en la burbuja que flotaba y se aproximaba a ellos. Una de las anguilas se zambulló y llegó cerca de la bola. Mientras tanto, Cristalia y Misha, con el corazón en un puño, miraban la escena. Habían conseguido distraer de momento a los guardianes y ahora podrían llegar hasta los niños. El problema sería la vuelta.


La extrañada anguila tomó entre sus dientes la bola de cristal, una vez estuvo segura de que era inofensiva, regresando junto a sus camaradas. Todos quisieron ver aquella maravilla más de cerca y formaron un círculo estrecho y compacto, acercando sus horribles hocicos a la bola, observando extrañados los copos de nieve que caían sobre las velas del barquito.

Misha tomó la mano de Cristalia y tiró de ella dispuesto a sacarla de allí, pero la sirenita señaló hacia el techo de la cueva. Una enorme red, sacada sin duda de algún barco hundido, adornada la bóveda.
- ¿Estás pensando lo mismo que yo?
- ¿Por qué dejarles sueltos? -rió ella-.
- A trabajar.

Ascendieron hasta la bóveda procurando o ser vistos, aunque podían haberlo hecho con estrépito y los guardias de Squalo no se habrían dado cuenta, tan absortos estaban con la bola de nieve. El bicharraco que la descubriese la reclamaba; otro tanto hacía quien la había atrapado; uno de los tiburones quiso quedarse con ella porque era el jefe, otra morena porque era la más vieja. Y así, cada uno de los guardianes quiso hacerse con la bola. Comenzaron a discutir entre ellos. Misha y Cristalia aprovecharon la oportunidad, cortaron la red y se prepararon. Cuando estuvieron listos soltaron la red que cayó sobre los secuaces de Squalo, asustándolos. De inmediato olvidaron la bola y trataron de escapar, pero eran tantos y tan dispares sus cuerpos que resultó un caos. Se enredaron unos con otros y a pesar de las dentelladas que lanzaron, fueron incapaces de soltarse. Misha y Cristalia hubieron de esforzarse muy poco para formar un enorme paquete con todos ellos. Ataron los extremos y lo dejaron a un lado de la caverna.
- Perfecto regalo para un acuario -rió el niño-.

Misha vio que Cristalia recogía algo del suelo. Era la bola. En el revuelo, había rodado fuera del alcance de los secuaces del tiburón blanco. Se la entregó con una sonrisa.
- ¿Todas tus armas son iguales?
- Más o menos.
- ¡Me gustan! -sus ojos bailaron en las órbitas, haciendo reír al niño-.
- Quédate con ella. Te la has ganado.

La sirenita lanzó un grito de alegría y le besó en la punta de la nariz. El niño se sonrojó, pero acabó riendo con ella.
- No podemos entretenernos más. Toma alguno de los tridentes y partamos.

Y dejando allí a las nerviosas anguilas, a las enfadadas morena y a los coléricos tiburones, se alejaron hacia el interior del imperio de Squalo.

Sintió un escalofrío cuando las algas tocaron su cuerpo; luego, los moluscos cubrieron parte de las mismas y cualquiera hubiese jurado que Misha no era sino una roca. Olía asquerosamente y además, los caracolillos producían un cosquilleo desagradable en la nariz. Si estornudaba todo se iría al garete. Cristalia estaba tan cubierta como él mismo, pero no parecía incómoda. Le entró la risa al mirarla.
- Estás fea.
- Tampoco tú eres una maravilla -gruñó la sirenita-.
- Esto huele mal.
- Peor olerías si Squalo te clava sus dientes.
- De acuerdo, no he dicho nada -protestó el niño-. ¿Me explicarás para qué nos hemos disfrazado así?
- Vamos a atravesar el campamento enemigo para llegar hasta tus camaradas. ¿Quieres hacerlo a cara descubierta? Tardarían dos segundos en cazarnos.
- De acuerdo, no hace falta que seas tan irónica.
- Arrástrate lo más lento que puedas. Hacia allí. Si actuamos con pausa no nos notarán.

La suerte volvió a acompañarles. Moviéndose con extrema lentitud se fueron acercando. Misha descubrió a un hombre-pez y a punto estuvo de salir corriendo. Eran medio humanos, y su larga cola en nada se parecía a la de las sirenas, sino que estaba dividida en dos partes desiguales, a modo de piernas. Sus fuertes cuerpos tampoco eran de la delicadeza de Nébula y sus hermanas, sino cubiertos de escamas finas y verdes. La cara fue lo que más aterró al niño. Era más verde que el cuerpo, de escamas más gruesas y ásperas. Los ojos, de un repugnante color rojizo, eran pequeños y muy centrados sobre una enorme protuberancia que les servía de nariz; las orejas puntiagudas, completamente calvos y con una espina que iba desde la frente a lo largo de la espalda. Portaban tridentes enormes y parecían más fieros que los mismos tiburones.

Cristalia le hizo una señal y Misha casi gritó al descubrir la celda en la que estaban sus amigos. Los niños encerrados, veintidós en total, no notaron el movimiento de las repugnantes rocas marinas. Misha se dio cuenta de que parecían débiles.
- Hey... -llamó- Paco...

El aludido dio un respingo y miró a todos lados.
- Paco. Soy yo, Misha.

Los ojos del otro se abrieron como platos al descubrir, rozando su brazo, una viscosa roca. Dejó escapar un sollozo y se apretó contra los demás. Los niños miraron atemorizados, pensando que se trataba de una estratagema de Squalo.
- Muchachos, parecéis gallinas mojadas -dijo Misha, medio riendo-.

La frase les hizo despertar. Hacía tiempo, cuando todos estaban en el segundo curso del colegio, Misha se peleó con cuatro de ellos por una tontada que nadie recordaba ya. La pelea fue al borde del mar y Misha consiguió tirarlos al agua a todos. Luego, riendo, les dijo que parecían gallinas mojadas, como ahora. Paco fue el primero en reaccionar.
- ¡Misha! ¿De veras eres tú?
- ¿Crees que existe otro tan majareta para venir a buscaros?
- ¿Como has podido...?
- Las explicaciones más tarde. Y baja la voz. Voy a abrir las cadenas pero no debéis salir hasta que esa... otra roca, os lo indique -escuchó reír a Cristalia bajo su disfraz-. Os aseguro que es mucho más bonita de lo que parece.
- Humano bobo -rezongó ella-.

Con calma, Misha abrió las cadenas y Cristalia ayudó a ir saliendo a los niños. En pocos minutos, todos estaban libres.
- ¿Qué hacemos ahora?
- Conseguir que los hombres pez huyan despavoridos.
- ¿Como vas a hacerlo? -preguntó Paco- ¿Les has visto las caras? ¡Por Dios, con sólo mirarlos se le pone a uno el pelo de punta!
- Exacto. Eso es lo que va a ocurrirles a ellos.

Durante la travesía, Cristalia había hablado mucho, había contado muchas cosas acerca de los secuaces de Squalo. Misha sabía que debido a la rígida espina dorsal, los hombres pez no podían acercarse unos a otros por miedo a lastimarse, de modo que jamás se habían visto de frente. Tenían una especie de radar en sus orejas que les avisaba de cualquier movimiento a su alrededor y eso les convertía en excelentes luchadores, pero apenas veían a un metro de distancia. Eso, facilitaba mucho las cosas.


Rebuscó en su mochila y sacó el espejo. Su abuelo, sin duda, se habría enfadado mucho al no descubrirlo para acicalarse la barba. Lo sujetó con fuerza y avanzó hacia el más cercano de los hombres-pez. El monstruo notó la presencia de algo cerca de él pero debido a lo lento que se movía, nuestro amigo pudo colocarse a su lado. Con una sonrisa pícara tomó una piedrecita y la lanzó, dando al monstruo en la punta de su oreja.

El gruñido de la bestia fue terrible. Se giró, buscando a su atacante y otro alarido puso el vello de punta a todos. Su rostro verde y horrible estaba reflejado en el espejo y éste, a un palmo de sus narices, le devolvía una imagen tan horrorosa que distorsionó su cara de miedo. Dejó escapar el tridente y se alejó coleteando, tan aprisa, que chocó con otro y ambos cayeron desvanecidos.

Los restantes hombres-pez miraron, alarmados. El espejo del abuelo había conseguido su objetivo. Uno a uno fueron atacados de igual manera. Algunos pudieron escapar pero Paco y sus amigos no se quedaron parados, tomaron los tridentes y lucharon valientemente contra ellos. Gracias a la poca vista de los monstruos y al susto recibido al verse en el espejo, fueron presas fáciles y algunos acabaron clavados en la arena. Por mucho que coletearon, no pudieron soltarse y entre todos los ataron y dejaron fuera de combate.



(Mañana continuará...)

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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta, jejeje, esos rifi-rafes entre el niño y la sirenita están muy graciosos. Espero los siguientes capítulos con ganas.

Un beso,
Pili

solima dijo...

Sí, es verdad. Ahí se te ha visto el plumero. Se te nota la vena de escritora romántica, jajajaja.

Me encanta en cuento.

Besos

Anónimo dijo...

Qué bien, como ayer no pude pasar, voy a poder leer ya todo el cuento del tirón.

Un beso
Merce

Anónimo dijo...

Me gusta el cuento y los dibujitos.

Un beso,
Mayte

Bego dijo...

Bien...como ya comentan por ahí arriba el romanticismo ha querido aparecer en esta aventura.
Me gusta.

Nieves Hidalgo dijo...

Sí, es verdad, he dejado entrever mi venilla de escritora de novela romántica, jeje.

Pili, Solima, Merce, Mayte, Bego, me encanta que os guste y sobre todo, veros por aquí tan a menudo.
Un abrazo a todas.

Anónimo dijo...

He estado fuera y hace tiempo que no entraba. Y de repente me encuentro con estos cuentos.
Son preciosos.
Gracias por el regalo. Me los voy a copiar todos para mis sobrinitos.
jejeje

carlota

Nieves Hidalgo dijo...

Bienvenida de nuevo Carlota. Espero que a tus sobrinos les gusten mucho.

Un beso.