martes, 2 de diciembre de 2008

La ciudad de coral © (Capítulos 1 y 2)

¿A quién no le gusta el mar?

¿Quién no ha soñado, alguna vez, en poder bajar a las profundidades del océano y ver los barcos hundidos, conocer a las sirenas y encontrar los tesoros de algún pirata?

Si me seguís en esta aventura podréis hacer eso... y mucho más.


UNO

Misha alzó la cabeza hacia el cielo. Aquella noche las estrellas brillaban más que nunca y la luna, totalmente redonda, lanzaba destellos plateados sobre la negra superficie del océano. Siguió con la mirada la trayectoria de uno de los rayos lunares para ver como atravesaba las oscuras aguas, allá a lo lejos, preguntándose qué habría en las profundidades marinas.
- ¡Misha!

El pequeño giró para ver la figura alta y delgada de su abuelo caminando sobre la arena de la playa, fría a aquellas horas. Cuando el hombre, de cabello canoso, llegó a su lado, se sentó.
- ¿Qué haces?
- Miraba el mar, abuelo. Es tan hermoso...
- Y tan peligroso, no lo olvides -dijo el anciano-.

Misha asintió. Sí, sabía que el mar era peligroso. Demasiado. Hacía casi un año que en la aldea se había abandonado el arte de la pesca. Sólo algunos valientes, entre los que se contaba su abuelo, se arriesgaban aún a salir al mar para procurar pescado fresco a la población. Y a veces, alguno de aquellos desinteresados, no volvía...

Todo había comenzado cuando los muchachitos de la aldea, todos buenos nadadores, habían ido desapareciendo poco a poco, tragados por las aguas. Nadie supo dar explicación al hecho y se hicieron correr historias sobre monstruos marinos que querían vengarse de los hombres. Como consecuencia, escaseó el alimento principal y el dinero, ya que se exportaba pescado a la ciudad. La industria de los cestos no era suficiente para vivir, porque casi nadie compraba artesanía. Los niños eran alejados de la playa con fuertes reprimendas y la tristeza imperó en la aldea. El alcalde, el bueno de Paddon, no pudo conseguir más que un aplazamiento para las deudas del pueblo.
- Abuelo, ¿crees de veras que existe un monstruo que ha raptado a mis amigos?

El anciano se encogió de hombros. Nunca le gustó meter tontas ideas en la cabeza del muchacho; quería que creciera como un hombre. El padre de Misha se tuvo que ir a trabajar a la ciudad y su nuera, Selena, hubo de acompañarle. Trabajaban tanto y tan duro que no podían permitirse el lujo de tener al niño con ellos, por eso lo cuidaba él. Eduardo procuró educar el pequeño lo mejor posible, pero no estaba seguro de haberlo conseguido porque era revoltoso, inquieto y entrometido. Sobre todo, aventurero.
- Puede que eso del monstruo sea cosa de viejas, Misha, pero por lo que pueda suceder, no te acerques al agua.
- Pero me encanta bañarme, jugar con las olas, buscar piedrecitas de colores -protestó el niño-.
- También les gustaba a tus amigos y ahora mira lo que ha pasado. Diles a sus padres que les gustaba retozar en las olas.

Misha guardó silencio. Sabía que su abuelo tenía razón.
- ¿Puedo quedarme un ratito más?
- Ya es hora de dormir, jovencito.
- Sólo un poco más, abuelo. No tengo sueño y no hay que madrugar porque son vacaciones en la escuela.

Eduardo acabó riendo y aceptando. El niño conseguía de él lo que quería cuando le miraba con aquellos ojos grandes y hermosos.
- De acuerdo -dijo-. Un rato más. Pero no llegues tarde o te quedarás mañana sin postre.

Misha rió. Sabía que su abuelo no le dejaría sin la tarta de chocolate que solía hacer y de la que estaba muy orgulloso. Vio alejarse al anciano y se asombró de su fortaleza. ¿Cuántos años tenía ya el abuelo? ¿Setenta? ¿Ochenta? No importaba; seguía siendo un hombre fuerte y vigoroso. Y él lo amaba mucho. El viejo marino siempre jugaba con él cuando tenía un minuto libre.

El silencio envolvió al niño una vez más. Se medio tumbó en la arena y su mirada se perdió en la lejanía. Su abuelo le había contado muchas veces cosas acerca de los peces, de los tiburones, de las mantas, de las morenas... Decía el anciano que existían especies que el hombre no conocía, unas buenas y otras malas. ¿Serían peligrosas las criaturas que hicieron desaparecer a sus amigos?

Llevaba unos diez minutos mirando el mar cuando una ola mayor que el resto se arrastró en la superficie. Venía directa a la playa y casi rozó sus pies desnudos. No se asustó, pero algo oscuro le hizo dar un respingo. ¿Qué era? Al principio, el temor le invadió, pero luego se acercó un poco y vio que se trataba de una raya. Lo supo por los dibujos de su abuelo. Una Altavela. Tenía un precioso color rosa moteado de puntitos marrones y negros y se debatía en la arena, lejos del agua. Al acercarse más vio que tenía un pequeño arpón clavado en un costado. La raya sufría por el dolor y la asfixia.

Eduardo le había enseñado a pescar, pero también a amar a los animales marinos. El anciano pescaba únicamente para poder alimentarse y nunca cobraba piezas que dejase pudrir al sol.

La raya seguía debatiéndose, levantando surtidores de arena, y Misha no lo pensó más. Se acercó y arrancó el arpón de su cuerpo. Salió un poco de sangre pero no mucha y eso tranquilizó al niño. Luego, cargó con la raya, se metió en el mar sin importarle el peligro y la dejó entre las olas. Esperó a que el animal se hiciese de nuevo a su elemento y luego salió corriendo hacia tierra seca, dispuesto a regresar a casa y contarle al abuelo.

Un extraño sonido le hizo dar un brinco y volverse hacia las aguas con gesto de temor. No vio nada, solamente las olas, pero se le puso el vello de la nuca de punta. De pronto, el mar parecía más oscuro y más silencioso.
- ¡Misha!

La voz que le llamaba le hizo tragar saliva. Luego pensó que había sido el viento. No había nadie en la playa y, por tanto, nadie podía llamarle.
- ¡Misha!

La voz sonó de nuevo y el niño, temblando, corrió hacia las rocas. Oteó el horizonte en busca de alguna persona, pero nada pudo ver. Comenzó a pensar que estaba loco.
- ¡Misha! ¡No temas, no voy a hacerte daño! -Volvió a sonar la voz. Y era una voz suave, hermosa-.

Todo eso estaba muy bien. Lo de no hacerle daño. Pero el niño no se fiaba ni un pelo a pesar de lo armonioso de aquella voz.
- ¿Quien me llama?

Estaba a punto de salir corriendo hacia su casa cuando una luz cegadora se estrelló contra sus pupilas y del mar emergió una figura que le dejó boquiabierto.

La aparición era lo más hermoso que él viese nunca. Era una dama, sin duda, pero no como las de la aldea, no como la mujer del alcalde, ni como la hija del herrero, aquella boba de Nadia. Si Nadia hubiese visto a aquella mujer se habría muerto de envidia. El cabello era digno de admiración; largo y sedoso, tanto que le llegaba hasta abajo del ombligo y... bueno, lo cierto es que aquella dama no parecía estar demasiado vestida. Misha se sonrojó y deseó apartar la mirada, pero le era imposible. Aquel cabello largo y rizado, de color platino, le tenía perplejo. Y los ojos, tan azules como el mar durante el día, no podían pertenecer a un monstruo. Imposible.
- Acércate.
- ¿Quien eres?
- Puedes llamarme Nébula -dijo la aparición-.
- Extraño nombre.
- A mi me resulta raro el tuyo.
- ¿Eres de la ciudad? -quiso saber el niño-.
- No.
- ¿De algún pueblo de los alrededores?
- No, Misha. De más lejos. De mucho más lejos.

La figura parecía flotar sin esfuerzo, con una gracia infinita.
- Vas muy poco... muy poco vestida -dijo el niño-.

La risa de ella resonó en el silencio de la playa como el canto de mil jilgueros y Misha acabó riendo también.
- No sería cómodo ir vestida dentro del agua.
- Pero cuando salgas...
- Nunca salgo.
- ¿Jamás? -se extrañó el niño- Bromeas, sin duda
- Una sirena no puede salir del océano, Misha.
- ¡Sirena! -Ahora lo que se escuchó fueron las carcajadas del niño-. ¡Las sirenas no existen!
- Yo estoy aquí.
- Bueno sí, pero... ¡Vamos! He visto algunos dibujos y no te pareces en nada. Las sirenas tienen... tienen...
- Medio cuerpo de pescado -acabó ella-. ¿Como este?

Y haciendo una pirueta en el aire hizo desaparecer la mitad de su cuerpo bajo las olas y emergió una cola plateada y muy bonita. ¡Una cola de pescado! Tras otro chapoteo, la cola desapareció y salió a la superficie su medio cuerpo de mujer. Misha quedó fascinado.
- ¡De veras eres una sirena! -exclamó-.
- Yo nunca miento.
- ¿Para qué has venido a la playa?
- Para agradecerte que salvases a una de mis rayas-escolta. Estaba herida, pero he visto el modo en que has arrancado el arpón y la has vuelto a poner en el agua.
- ¿Seguro que no eres un monstruo de bonita apariencia?

Nébula volvió a reír y con un chapoteo salpicó de agua al niño. Luego se quedó tendida sobre la cresta de una ola, como si estuviese tumbada en un cómodo sofá.
- ¿Qué sabes de los monstruos? -preguntó-.
- Nuestra aldea ha sufrido por ellos. Muchos de mis amigos han desaparecido tragados por el mar y los ancianos dicen que fue una criatura marina quien se los llevó.

Nébula se irguió sobre su larga y plateada cola y le miró con detenimiento.
- ¿Niños? ¿Dices que han desaparecido niños? -él asintió con la cabeza-. ¡De modo que así es como...! ¡Claro!

La sirena se sumergió, volvió a emerger, de nuevo desapareció en las aguas. A cada pirueta, su cola salpicaba de agua a Misha. Se la veía furiosa. Luego acabó por sentarse sobre una roca y le miró fijo.
- Ven. Debo hablar contigo.
- ¿De veras no vas a hacerme daño?
- ¿Tengo cara de comerme a los niños crudos? -se enfadó la sirena aún más-.
- No, pero...
- Vamos, Misha, ven aquí. Necesito de tu ayuda. Y tú necesitas de la mía para recuperar a tus amigos -golpeó la roca en la que estaba acomodada-. Charlemos.
- He de volver, mi abuelo me espera -dudó el muchacho-.
- Eduardo se ha quedado dormido y no se enterará.
- ¿Conoces a mi abuelo? -Se asombró él-.
- Lo sé casi todo. Conozco el nombre de tu abuelo como conozco el tuyo. Las sirenas sabemos esas cosas y yo más que ninguna, por algo soy la hija mayor del rey.
- ¿Qué rey?
- Jovencito, me asombras. ¿Nunca oíste hablar de Neptuno?
- Otra fábula -chascó la lengua Misha-.
- A mi padre no le agradaría escuchar eso. Tiene un genio de mil diablos cuando se enfada.
- No creo una palabra de lo que dices.
- ¿Y si te digo que puedo ayudarte a rescatar a tus amigos? ¿Me creerías entonces?

Misha la miró con muchas dudas. Caray, eso de que apareciese una dama, medio mujer, medio pescado, le dijese que iba a rescatar a sus amigos y que era la hija de Neptuno, resultaba muy extraño. ¿Estaba loca? ¿O el loco era él? Se pellizcó para comprobar que no soñaba y dio un grito de dolor.
- ¿Convencido? -rió ella-.
- Más o menos.
- Ven aquí, por favor.

Misha acabó por acceder, pero sin dejar de sentir un nudo en el estómago, sin acabar de tenerlas todas consigo. Cuando se sentó, lo hizo a cierta distancia de la sirena.
- Desde hace tiempo -comenzó ella a explicar-, la ciudad de mi padre está siendo atacada por las hordas de Squalo. Parte de las murallas norte han sido destruidas y algunos de los sirvientes de palacio han muerto.
- ¿Quien es Squalo?
- Un enorme y terrible tiburón que se reveló contra el poder de mi padre. Los hombres-pez se le unieron y algunos otros peces. Desean tener el poder absoluto de los océanos, por eso se enfrentan a nosotros y tratan de acabar con Coralia, mi ciudad.
- Ya.
- Al principio, las bajas no eran demasiadas, pero desde hace un tiempo parecen tener más fuerza. Si no conseguimos vencerles acabarán por hacerse dueños del mar. Pero creo que tú acabas de darme la clave de su repentino poder.
- Sigue.
- Últimamente los maremotos se producen con regularidad, las olas alcanzan a veces 20 metros de altura. Squalo destruye todo lo que encuentra a su paso y aunque mi padre trata de frenarlo es cada vez más poderoso. Pero tú has dado con la clave.
- ¿Yo? -se extrañó el niño-.
- Los niños. Los niños desaparecidos.
- ¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?
- Su fuerza vital, Misha. ¿Has notado que aunque estéis todo el día corriendo y jugando, no parecéis nunca cansados? No os pasa como a los adultos.
- ¿Y eso qué significa?
- Squalo debe estar usando la fuerza vital de tus amigos para hacer más poderosas a sus huestes. Por eso se están volviendo más peligrosos cada día que pasa. Por eso nuestros peces espada no pueden apenas vencerles, nuestros delfines son incapaces de ganarles en la lucha. ¿No lo entiendes? Squalo se vale de tus amigos para vencer a mi padre, para hacerse dueño del mundo marino. Si lo consigue, Misha, todos los habitantes del planeta perecerán. Nadie podrá volver a pescar, nadie podrá volver a bañarse. Todo el mundo, escucha bien Misha, todo el mundo será destruido.

Misha había escuchado en las noches de invierno muchos cuentos de fantasmas, de monstruos y de brujas. En ese instante, pensó que todo eso no eran más que bobadas y lamentó haberse asustado por historias tan tontas. Lo que Nébula contaba era más terrorífico. Mucho más que una bruja volando sobre su escoba o convirtiendo a alguien en sapo. ¡Demonios si era más temible!


DOS

Misha era un muchacho muy valiente. Durante más de una hora estuvo charlando con Nébula. Aquella mujer, o pez, o lo que fuese, parecía sincera y acabó por convencerle. Cuando regresó a su casa era casi media noche. La aldea estaba silenciosa, como si una nube fantasmal se hubiese apoderado de ella.

Su abuelo dormitaba, en efecto, en un sillón. Con cuidado de no despertarle, escribió una nota rápida:

"Abuelo, he de irme. No puedo explicarte nada ahora, pero lo haré a mi regreso.
Dile al alcalde y a los demás que traeré de vuelta a mis amigos. No te preocupes por mi. Te quiero mucho, Misha. "

Con sigilo se acercó al anciano, le besó en la frente y fue a su cuarto. Cogió una mochila y cargó en ella solamente tres cosas: una bola de cristal, regalo de sus padres en la última visita, con nieve en su interior; un espejo y un antiguo reloj que había sido de su mejor amigo, ahora desaparecido en el mar, que tenía campanillas y sonaba con estridencia. Solía asustar con él al abuelo cuando se quedaba dormido. No sabía la causa para tomar aquellos tres objetos, pero los tomó de todos modos.

Cuando llegó de nuevo a la playa, Nébula le aguardaba impaciente.
- Apúrate, no conviene que el alba nos encuentre aquí. Los hombres de la aldea podrían querer pescarme y eso sería nuestra perdición.

Misha se metió en el agua, siguiendo su estela, pero de repente se paró y la miró aterrado.
- Espera. Me ahogaré.
- Oh, lo había olvidado -dijo ella. Ante su asombro, se arrancó dos escamas de la larga cola plateada y puso una tras cada oreja del niño. Milagrosamente quedaron adheridas a la piel y parecía que no hubiese forma de arrancarlas de allí-. Prueba a bucear.


El niño se sumergió, atisbó las piedrecitas del fondo, las algas, algunos pececillos diminutos. Luego sacó la cabeza del agua y sonrió.
- Bonito.
- Has estado bajo el agua cinco minutos.
-¡Imposible!
- Hay muchas cosas que los humanos desconocéis y esta es una de ellas. Las escamas harán de agallas y podrás respirar en el agua como yo -Misha arrugó la nariz, no muy convencido y ella se echó a reír-. Vamos, está casi saliendo el sol.

Se zambulló la sirena con un chapoteo elegante y el niño la siguió con rapidez, antes de que los rayos solares comenzasen a inundarlo todo y la negrura de la noche desapareciese.

Misha no supo el tiempo transcurrido desde que se dejó arrastrar por la corriente marina. Nada parecía real, pero resultaba maravilloso poder bucear sin necesidad de aire durante millas y millas. Cuando se encontró cansado, Nébula lo echó sobre su cintura; ella seguía nadando con velocidad, sin cansarse, y el niño se maravilló de todo cuanto pasaba a su alrededor.

Tras ellos, varias rayas moteadas -entre ellas la que salvase él-, les servían de escolta. Miríadas de peces de colores les saludaron a su paso. Misha pudo ver peces rojos como el coral, azul intenso, verdes esmeralda, amarillos chillones, negros, plateados y violetas. Parecía imposible que tanta hermosura existiese bajo las oscuras aguas del océano. ¡Había tantos animales y tan bonitos!

Los que menos gustaron al niño fueron los meros. Tenían cara de buena gente, pero eran feos en el color y en la forma. Bueno, pensó el muchachito, tampoco la hija mayor de Orlando era una belleza. Le entró la risa al pensar en eso y aquel sonido hizo escapar a los peces, aterrados.
- Tu risa es muy fuerte para ellos -explicó Nébula-. Las sirenas nos reímos de forma más cristalina.

Pasaron cerca de unas rocas anaranjadas y unos agujeros oscuros llamaron la atención de nuestro amiguito; algo parecía asomar.
- ¡Más meros!
- Son morenas. Muy voraces. Vasallos de Squalo.

Misha se agarró fuerte a la sirena. Había oído decir a su abuelo que aquellos animales podían tragarse el brazo entero de un hombre después de arrancárselo.
- No tengas cuidado. Mientras vayas conmigo no te atacarán, las rayas escolta nos protegen.

A su derecha quedaron unos peces de color naranja vivo, totalmente cubiertos de espinas. Aunque eran bonitos, le parecieron también peligrosos.
- Son escórporas. Sus espinas dorsales son muy venenosas, pero estos son fieles a mi padre.

A lo lejos, descansando sobre el fondo arenoso, un pulpo pareció saludarles. Era enorme. Calculó el niño que cada tentáculo mediría casi diez metros de largo. Se acercaron y Nébula pasó nadando sobre él al tiempo que le acariciaba la cabeza. El pulpo emitió algo parecido a la risa y muchas burbujas salieron de debajo de su cuerpo.
- Es el guardián de la puerta norte -dijo la sirena-que acabamos de atravesar.
- No he visto ninguna puerta.
- Porque todo os parece igual bajo las aguas. Sólo veis rocas y algas. ¿Ves aquella formación rocosa? ¿Y esa otra, al extremo opuesto? -señaló. Misha asintió-. La puerta norte.

Una medusa de tono blanco pasó rozando la cara del niño y él dio un respingo, se soltó del cuerpo de la sirena y cayó hacia atrás. Fue como caer de un caballo al galope y... Hablando de caballos, una multitud de caballitos de mar de color rojo rodearon al intruso Misha, mirándole con extrañeza. Después de una corta inspección debieron de decidir que fuese quien fuese el extraño ser, debían seguir su camino, y se alejaron del niño dejándole maravillado.

Misha había supuesto -imagino que como muchos de vosotros- que una vez adentrados en las profundidades marinas, donde la luz no llega, la negrura era insondable. Se confundía. Apenas atravesar un territorio que le pareció inhóspito, el panorama cambió radicalmente. Nébula rió al escuchar la exclamación del pequeño, pero no era para menos. Antes los ojos del niño se abría el lugar más maravilloso que uno se pueda imaginar. Habían dejado atrás la oscuridad y el peligro del viaje y ahora se encontraban sumergidos en una inmensa luz de tonos tan dispares como el azul-violeta o el rojo-azafrán.

La sirena señaló hacia adelante y Misha pudo ver entre una miríada de peces de colores, caballitos de mar y pulpos pequeñitos, una construcción que le dejó sin habla.
- Coralia -dijo ella-. La casa de Neptuno.


La ciudad, se alzaba poderosa. Torres del más bello coral rosado y blanco, ventanas alargadas y adornadas con multitud de conchas de colores por las que entraban y salían los peces. Alrededor de las almenas se agitaban los cuerpos fantásticos de la Guardia Real de los Delfines, atentos a cualquier incursión enemiga. La puerta de entrada era tan gigantesca que Misha se sintió diminuto cuando la traspasaron.

Ya en el interior, el niño pudo admirar lo que en tierra firme serían unos hermosos jardines, sólo que no estaban compuestos por árboles y flores como los que nosotros conocemos, sino por animales y plantas hermosas. A la derecha, formando una línea ondulante, se encontraban unas extrañas plantas cuyo tronco, pegado al suelo rocoso, parecía una continuación del mismo. Eran blancas y en lugar de hojas verdes tenían unos finos hilos traslúcidos.
- ¿Como se llaman esas flores? -Preguntó-.
- Son celentéreos, no exactamente flores. Y esos otros -señaló Nébula otra fila-, son espirógrafos; gusanos que permanecen toda la vida fijos en el suelo del mar.

Las algas componían una sinfonía de colores; las había de tonos verdes y de varios tonos marrón y rojo. Mezcladas con aquellos gusanos eran tan sugestivas como un mullido colchón de césped. A la izquierda había corales de todos los gustos: rojos brillantes, amarillos vivos, blancos anacarados...
- Trata a Neptuno con respecto, Misha -dijo la sirena-. Ya te dije que tiene mal genio y no espera tu visita.

Dos delfines se interpusieron ante ellos obligándoles a nadar suspendidos durante un momento, cuando quisieron traspasar la puerta que daba a las dependencias reales. Misha vio con asombro como Nébula hablaba con ellos en un extraño lenguaje de sonidos metálicos. Los delfines se apartaron, dejándoles el paso franco.

Ya en el interior del palacio, Misha no dejó de asombrarse. Tanta belleza le tenía confundido y volvió a preguntarse si todo aquello no sería más que un sueño. Nébula le hizo bajar de su espalda, le tomó de la mano y atravesaron un salón de brillantes suelos de coral pulido, semejante al mármol; ascendieron por una escalera engalanada con medusas y llegaron hasta las habitaciones donde habitaba el rey de los océanos.

Apenas Nébula empujó la puerta adornada de moluscos y penetraron en el salón del trono, cientos de ojos se volvieron a mirarles. Las exclamaciones de asombro de sirenas y peces hicieron retroceder un poco al niño, pero Nébula tiró de él mientras Misha se quedaba con la boca abierta viendo lo que le rodeaba. Se sintió un intruso al caminar entre tanta belleza. Había sirenas de cabellera cobriza, rubias y morenas, platino y hasta de pelo azul. Una de ellas se acercó lo suficiente como para tocarle la mejilla. Un trueno de cantarinas carcajadas hizo a Misha encogerse protegiéndose tras el cuerpo de Nébula. Rojo como un tomate, bajó la mirada al suelo, incapaz de aguantar ser observado por tantas sirenas. Sólo levantó la vista cuando tropezó con un escalón.

Entonces le vio. Sentado en un enorme trono formado por una gigantesca concha adornada con mullidos cojines de algas, flanqueado por caballos de mar rojos, coronado de oro y pedrería y portando en la mano un enorme tridente, se hallaba un personaje de edad indefinida, pelo canoso y largo y barba nívea. Unos ojos azul intenso le miraron sin vacilación y Misha creyó que se desmayaba. Ante él, con todo su esplendor, con todo el poder que le otorgaba ser el amo absoluto de las profundidades marinas, estaba nada más y nada menos que Neptuno.




(Mañana continuará...)

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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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9 comentarios:

ISABEL dijo...

Otro cuento que empieza de rechupete. Empiezo a copiar.

Un beso.

Anónimo dijo...

Qué genial, un cuento del fonfo del mar. Yo también voy copiando.

Hasta mañana.
Besos

Mayte

solima dijo...

Esto es como las series de la tele, hay que esperar para ver como sigue ¡qué nerviosssss!

Besos

Anónimo dijo...

Gracias por este otro cuento. Estaré atenta a los siguientes capítulos.

Un beso,
Pili

★DreamgirL★ ツ dijo...

Hola Nieves, qué tal? Yo estuve de exámenes un poquito agobiada pero ya se van acercando las vacaciones de Navidad. Por cierto, me encanta tu iniciativa. Ole, ole y ole! :)
Yo te dejo dos besitos, guapa.

Anónimo dijo...

¡Qué buena pinta tiene este cuento también!

Un beso grande, Nieves.

Merce

Anónimo dijo...

Espero que con esta iniciativa, la ONG Save the children esté consiguiendo mucha ayuda para los niños.

Gracias por los cuentos.

Helena

Bego dijo...

Hola Nieves, yo también quiero para mi esas escamas y poder ver el fondo de ese mar de cuento.

Besos.

Nieves Hidalgo dijo...

Nuevamente os agradezco a todas que paséis por mi blog y me dejéis tan amables comentarios. Me encanta que lo hagáis.

Un beso muy grande a todas.