sábado, 6 de diciembre de 2008

El país de Irás y no volverás © (Capítulo 2)


DOS

Después de ocho largos meses, los Crom volvieron a ser ricos. Sony jugó por todo lo largo y ancho del país y su padre acabó por sentirse orgulloso de él. Los criados regresaron, la prosperidad volvió a la mansión familiar y todos parecían felices. Incluso celebraron una gran fiesta para agasajar al joven.
En medio de la celebración, Sony se acercó a su padre y le dijo:
- Debo irme.
- ¿Ahora? Estamos en medio de la fiesta y van a lanzar fuegos artificiales y...
- Debo partir, padre.
- ¿A qué lugar? No hace falta que te marches, hijo. Volvemos a ser los más ricos de la comarca. Más aún que antes.
- He de cumplir una promesa.
El anciano se entristeció. No le agradaba la idea de que su hijo partiese lejos de él y sus conocidos.
- ¿Puedo saber, al menos, hacia donde te diriges?
- Ni siquiera yo lo sé.
- ¿Cuando regresarás?
- Pronto. Muy pronto.
Sony recordó el extraño nombre del país en el que habitaba el demonio: Irás y no Volverás. Un escalofrío le recorrió la espalda.
- A tu vuelta, hijo mío, celebraremos tus esponsales con Gisselle, la hija del viejo Olson -dijo su padre-. Ya sabes que estáis prometidos desde vuestro nacimiento.
- Lo sé -Sony torció el gesto. Apreciaba a Gisselle; era una muchacha bonita y muy rubia, que hubiese deseado cualquier joven, pero a él no le agradaba para casarse-.
Preparó su maleta, se despidió de sus amigos, dio un beso a su padre y a su anciana ama y partió.
Dos días más tarde, ya en la costa, alquiló los servicios de un barco enorme que se hacía a la mar en breves horas, dispuesto a buscar el país en el que vivía el demonio. Sony había sido un cabeza loca, pero siempre cumplía las promesas que hacía. Incluso si eran al mismísimo Lucifer.
Confiaba, de todos modos, poder vencer al diablo.
Algunos meses más tarde, la nave atracó en un solitario puerto. El capitán del barco en el que Sony viajaba, un hombre grande de espesa cabellera oscura y ojos saltones, con brazos como tronco de árbol, se acercó a su único pasajero y le dijo:
- Lo siento, muchacho, pero aquí termina tu viaje.
- ¿Como es eso? ¿Estamos acaso en mi lugar de destino?
- Más o menos, imagino -se rascó la barba con aire pensativo-. En cada escala he ido preguntando por ese extraño país del que hablabas. Nadie sabe donde se encuentra. Nadie conoce ese lugar, hijo.
- Pero... ¿entonces?
- Yo debo dejarte aquí y regresar. Estamos en el fin del mundo.
Sony recogió la pequeña maleta que llevaba consigo, pagó al capitán por el viaje y bajó de la nave. Se alejó hacia un grupo de pequeñas casitas muy blancas y pintorescas, como las que hay en cualquier puerto del mundo. Estaba dispuesto a llegar a su destino, saldar la cuenta que tenía con Satanás y regresar a su casa lo antes posible.
Preguntó y preguntó en cada casa y nadie supo contestar a su pregunta acerca del país del diablo. En la última casa, salió a recibirle una mujer gruesa, con una gallina a medio desplumar, que le miró extrañada. Allí no solían llegar viajeros.
- Señora, ¿conoce usted el país de Irás y no Volverás?
La mujer le miró de arriba abajo y dijo:
- La única persona que puede saberlo es una mujer que vive montaña arriba, en la última casa. Tiene tres hijas que son águilas y acaso ellas, como viajan constantemente...
Sony agradeció las indicaciones de la mujer con una sonrisa y, ni corto ni perezoso, se encaminó a la montaña, por un sendero tan empinado que, en ocasiones, debió arrastrarse para seguir ascendiendo.
Cuando llegó a la cima, divisó una pequeña casucha. Apenas sin resuello, se acercó y llamó a la puerta. La mujer que le abrió era muy anciana y nada sabía del lugar que Sony buscaba. Sus hijas estaban de viaje y nada podía decirle.
El gesto de desesperación del joven apiadó a la mujer, que le hizo pasar y sentarse. Le sirvió una jarra de cerveza y un plato de riquísimo asado de cordero. Mientras el joven se reponía le dijo:
- Mis tres hijas están al llegar, de modo que según aparezcan les iremos preguntando. Ahora debes descansar, se te ve agotado.
Mientras Sony echaba una cabezadita, llegó la primera de las hijas de la mujer. Un águila enorme de casi cinco metros de cola a pico, con las plumas negras.
- Esta es Águila Negra -presentó la anciana-.
El muchacho preguntó por su destino, pero el águila negó con la cabeza.
- No tengo ni idea de donde puede encontrarse ese país.
Desapareció hacia sus habitaciones dispuesta a descansar del largo viaje recorrido.
Dos horas después, el aleteo de otra águila hizo alzar la cabeza al muchacho. Era más pequeña. Mediría unos cuatro metros de cola a pico y sus alas eran verdes.
- Esta es Águila Verde -indicó la anciana-.
Tampoco ella pudo decirle donde se encontraba el país del diablo y Sony comenzó a pensar que nunca lo encontraría y que todo había sido un truco del demonio para ganar su alma.
- No desesperes, muchacho -dijo la mujer-. Con toda seguridad mi hija la menor sabrá indicarte el sitio. Ella es la más viajera, la más atrevida. Ha llegado a lugares a los que sus hermanas mayores nunca han ido.
Con esa esperanza Sony aguardó la llegada de la tercera de las águilas. Por fin, al cabo de tres horas angustiosas, apareció la más pequeña de las hermanas, un águila que medía unos dos metros de cola a pico. Sus alas eran de un hermoso tono azul. Sony le preguntó.
- ¿El país de Irás y no Volverás? ¡Claro que lo conozco! Posiblemente, soy la única águila que ha llegado hasta allí -dijo con petulancia-.
- ¿Podrás llevarme, entonces?
El águila pareció disgustada.
- Acabo de llegar de un largo viaje. ¿Pretendes que salga de inmediato? No, no y no.
- Te daré lo que quieras -dijo Sony-. Cualquier cosa.
- Necesitaría mucha carne para el camino.
- ¡Llevaremos seis corderos!
El águila lo pensó durante un rato y luego asintió:
- De acuerdo. Encárgate de comprar los corderos y cárgalos en una bolsa bien grande. Partiremos al amanecer, el camino es muy largo.
Sony consiguió los corderos en el pueblo y aquella noche durmió tranquilo, con la seguridad de encontrar al diablo y pagarle la deuda contraída.


Mañana continuará...

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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.


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6 comentarios:

Anónimo dijo...

Esto se pone muy interesante. Creo que me va a encantar.

Besos

Mayte

Anónimo dijo...

Se me ha hecho muy cortooo ¡¡quiero más!!

Hasta mañana. Besitos.

Merce

Solima dijo...

A mí también se me ha hecho corto. Me gusta mucho, Nieves. Me paso mañana de nuevo para ver cómo sigue. Estoy enviciada.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Hacía tiempo que no pasaba por aquí ¡hay que ver lo que ha cambiado el blog!

Me encantan los cuentos, un detalle precioso.

Un saludo.
Conchi

ISABEL dijo...

Me gusta este cuento. Sigue, sigue...

Un beso.

Nieves Hidalgo dijo...

Mayte, Merce, Solima, Conchi, Isabel, gracias a todas. Espero que el resto os guste mucho.

Un beso.