sábado, 6 de diciembre de 2008

El país de irás y no volverás © (Capítulo 1)

Cuando yo era muy chiquita, mi abuela Mercedes me contó este cuento. A ella se lo había contado su madre y a ésta la suya... Y así fue pasando esta narración de generación en generación.

Yo ahora, os la cuento a vosotros para que no se pierda en el olvido y podáis contarla a vuestros hijos y éstos a los suyos... y así sucesivamente.



UNO

Hace muchos, muchísimos años, en un lugar tan lejano que ninguno de nosotros podríamos llegar antes de un año, sucedió una historia increíble y maravillosa. Tanto, que sólo la imaginación de un niño puede comprenderla.
Corría el año de 1900... y pico, en la aldea de Somerston, al sur de un hermoso bosque de abetos.
Crom, el señor Crom, era uno de los hombres más ricos de la comarca. Tenía una enorme mansión, la más hermosa de todas y un montón de criados que lo querían y respetaban. Había quedado viudo hacía muchos años y vivía con su único hijo, un muchacho llamada Sony, guapo, alto y fuerte pero algo atolondrado.
Sony era un empedernido jugador de cartas. Tan empedernido como pésimo. Perdía una y otra vez, sin remisión. Ya sabéis que el vicio de jugar puede acarrear muchos problemas, y eso fue lo que le ocurrió a nuestro amigo.
Tanto y tanto jugó y tanto y tanto perdió, que acabo dilapidando por completo la fortuna de su padre. Cuando el hombre se dio cuenta de la catástrofe le mando llamar a sus habitaciones.

- Sony, has perdido en el juego de cartas toda nuestra fortuna- le dijo, enfadadísimo-. Ahora habremos de despedir a muchos de nuestros trabajadores, que se quedarán sin empleo y acaso pasen hambre. ¿Como has podido hacer eso?

Crom estaba en verdad indignado y no era para menos. Siempre fue un hombre justo, que pagaba buenos salarios y no escatimaba favores a quienes trabajaban para él. Querido por todos, se vio obligado a dejar en libertad a sus jornaleros, porque ni siquiera podía darles un plato de sopa caliente. Estaba totalmente arruinado. Las facturas comenzaron a llegar y él no podía pagarlas, por lo que los acreedores llamaban constantemente a la puerta de su casa.

- Permanecerás encerrado en el sótano hasta que aprendas a jugar a las cartas y recuperes la fortuna de la familia –sentenció a su hijo-.

Sony acató los deseos paternos con la cabeza baja, avergonzado por su conducta y apenado por haber acumulado un montón de deudas. Por supuesto, no se atrevió a protestar.
Así fue como se encontró encerrado en los sótanos de la gran mansión. Una vez al día le hacían llegar una jarra de agua y un mendrugo de pan. Su única compañía era un camastro, una mesa y una silla y las ratas que corrían libremente por su celda, ofendidas por la presencia de un humano en sus dominios. Por fortuna Sony no era un cobarde y aprendió a convivir con ellas lo mejor que pudo.
Sony jugó y jugó sin parar, tratando de aprender a jugar a las cartas y recuperar de ese modo la fortuna de su padre. Pero todo era inútil. Era un pésimo jugador y después de muchos días encerrado se dio cuenta de que jamás podría aprender a jugar medianamente bien. Su padre estaba arruinado por su culpa, sus sirvientes en la calle y estaban pasando hambre. Soñaba con un buen trozo de carne y una jarra de vino, pero lo único con lo que se podía alimentar, día tras día, era con aquel trozo de pan rancio y agua. Añoraba realmente los suculentos guisos de su antigua cocinera, la señora Aurora.
Tanta era su desesperación y tanta su hambre que, olvidando las enseñanzas de su madre respecto al bien y el mal gritó:

- ¡Mi alma daría al demonio, si me enseñara a jugar a las cartas!
Silencio.
Hasta las ratas del sótano se perdieron en sus negros agujeros, como si percibiesen que algo fantasmal e inhumano sucedería al instante siguiente.
El recinto fue invadido por un fuerte olor a azufre y el aire se hizo cada vez más denso y pesado.
De repente, la figura del mismísimo diablo se presentó ante Sony. El muchacho dio un respingo y cayo sentado sobre sus posaderas, aterrado ante la imagen. Alto y delgado, envuelto en una capa negra con forro rojo, los ojos inyectados en sangre y una sonrisa pérfida, era una aparición como para quedarse mudo de miedo.

- ¿Quien eres? –preguntó el muchacho, notando que la voz le temblaba por el pánico y conociendo ya la respuesta-.
- Deberías saberlo. ¿Acaso no acabas de invocarme?
Sony se le quedó mirando, anonadado.
- Soy el Demonio -dijo entonces el extraño personaje-. Satanás, el Diablo, el Rey de las Tinieblas. Tengo muchos nombres. Y he venido a enseñarte a jugar a las cartas.

Sony no podía articular palabra. Comprendió entonces el grave error que había cometido. Él no quería nada con el Diablo, pero ¿como iba a decirle ahora que se marchase? Se ofendería con seguridad, pensaría que todo era una burla y entonces nadie era capaz de saber la venganza de aquel maligno ser.
El demonio, creyendo que el joven aceptaba, se sentó frente a él y sacando un mazo de naipes comenzó a repartir. Dominaba las cartas como un maestro, con sus larguísimos dedos y sus curvas uñas, acariciaba cada figura de la baraja mientras miraba a Sony. Sin atreverse a llevarle la contraria, nuestro amigo se sentó a la mesa y empezó a jugar con Satanás.
Durante más de dos semanas, nuestro temerario muchacho permaneció en compañía de tan siniestro visitante. El demonio exigía cada vez más, le enseñaba un juego y otro, hasta que el joven caía agotado en el camastro. Entonces desaparecía, se esfumaba en una nueve de intenso olor a azufre, pero regresaba al día siguiente, apenas anochecer.
Cada vez que el padre de Sony bajaba a darle el agua y el pan, Satanás se envolvía en su capa negra y roja y desaparecía de la vista de los humanos. Pero Sony notaba su presencia y el olor a azufre jamás se iba de la celda.

- ¿Aprendes? -preguntaba el anciano-.
- Algo, padre -contestaba siempre Sony-. Algo.
Y así, día tras día, transcurrió mucho tiempo, hasta que una tarde, mientras en el exterior la lluvia encenagaba la tierra , sonaban los truenos y los relámpagos iluminaban el firmamento, el Diablo dio un fuerte puñetazo en la mesa, haciendo saltar todos los naipes y provocando que Sony cayese de su silla por el susto.

- ¡Maldición, muchacho! –bramó el Demonio- ¡Has conseguido ganarme a las cartas!
Sony le miró, aturdido y feliz. ¡Por fin iba a conseguir librarse de tan desagradable compañía y salir para recuperar la fortuna de la familia!
Pero estaba muy equivocado.
En efecto, había aprendido tanto a jugar a los naipes que había ganado al mismísimo diablo, pero la voz del rey de las tinieblas resonó en la estancia de forma horrible.

- Ahora me debes un favor, Sony.
- Yo... -tartamudeó el joven-. Yo no quiero darte mi alma. Fue una locura, Satanás -gimió-.
El diablo se le quedó mirando fijamente, con aquellos ojos rojos y horribles que parecían capaces de adivinar los más íntimos pensamientos de los humanos. Su gesto fue terrible. Incorporándose, si figura se elevó por encima del joven y su voz, sibilante, invadió cada rincón del sótano.

- ¡Te has burlado de mi! ¡Nadie se burla del demonio!
Como comprenderéis, Satanás estaba enfadadísimo. Parecía que era la primera vez que alguien se negaba a pagarle una deuda. Pero Sony estaba dispuesto a no dejar que se llevase su alma, de modo que se armó de valor y se le enfrentó.

- ¿No podemos arreglarlo de otro modo?
Tras un largo silencio, la voz del demonio volvió a retumbar en la celda.
- Sólo existe una manera, jovencito -dijo-.
- ¡La que sea! ¡Haré lo que sea! ¡Todo menos entregaros mi alma!
- Entonces, sal al mundo. Recupera la fortuna de tu padre. Paga tus deudas y vuelve a contratar a tus criados. Luego, deberás visitarme en mis dominios.
- ¿En el infierno? –se le heló la sangre a Sony-.

La risa del diablo hizo ecos en el sótano. Hasta los pequeños cuernos que adornaban su cabeza parecieron temblar y nuestro amigo hubo de taparse los oídos, creyendo que se quedaría sordo.
- Deberás viajar al País de Irás y no Volverás –dijo el diablo-. Allí pasarás unas pruebas. Si logras salir de ellas, podrás regresar a tu casa y serás libre para siempre. En caso contrario me quedaré con tu alma inmortal. ¿Prometes ir?
- ¡¡Lo prometo!! Tan pronto recupere el dinero de mi padre. Pero... ¿dónde está ese país? Jamás escuché de él.
- Pregunta, muchacho -rió Lucifer-. No puedes pretender que te lo diga todo.
Y envolviéndose en su capa, desapareció en medio de una humareda amarilla. Antes de esfumarse, Sony le escuchó gritar:
- ¡Si no vas, Sony, regresaré a buscarte, y entonces, nunca, nadie, podrá arrebatarte de mis garras!

Sony se encontró a solas. Sentía un frío espantoso y el miedo no le dejaba apenas respirar. ¿Había pasado todo realmente o se trataba de una pesadilla? ¿De verdad había estado jugando semanas con Satanás? Cuando pudo recuperar el habla, corrió escaleras arriba y comenzó a golpear la puerta de la celda, llorando:
- ¡Padre! ¡Sácame de aquí! ¡He conseguido aprender a jugar a las cartas!



Mañana continuará...

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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.


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7 comentarios:

Anónimo dijo...

Uyuyuyuyyyyyyyy, este tiene pinta de ser de miedo ¡qué bien!
Espero con muchas ganas la continuación.
Besos
Merce

Anónimo dijo...

Los otros cuentos nos han gustado mucho a mis niños y a mí.

Y este empieza muy interesante. Aquí estaré mañana puntual como un reloj para ver como sigue.

Un abrazo,

Mayte

Bego dijo...

Que emoción, este es un cuento para no tan niños, almenos no para mis niños, tendrían pesadillas.

Pasa por mi blog hay algo para ti.

Hasta mañanaaaaaa!!!!!

Fugaz dijo...

Muy bueno el inicio de este cuento, es más que evidente que intentaré no dejar pasar muchos días para no tener luego deberes pendientes que sino se me acumulan!!!

Feliz fin de semana!

solima dijo...

Empieza muy interesante. Me gusta. Voy a ver el otro capítulo ahora mismo.

Besos

Anónimo dijo...

¡Qué buena pinta!

Saludos

Irene

Nieves Hidalgo dijo...

Nuevamente os agradezco vuestros comentarios. No sabéis lo que me alegra que estéis disfrutando con los cuentos.

Bego, ahora mismo paso por tu blog.

Un beso muy grande a todas.