viernes, 14 de noviembre de 2008

Tierra salvaje © (Sinopsis y extracto del capítulo 1º)

Sinopsis
Kenneth Malory ha perdido a su esposa y al bebé que esperaban. Culpándose por haberla dejado sola aquella mañana, ya no le importa vivir o morir. Por eso abandona su rancho y va en busca de los asesinos. Se ha prometido encontrarlos y acabar con ellos. Uno a uno.
Abbyssinya St.James, Abby, es periodista. Sin embargo, en Boston se ve obligada a publicar los artículos con seudónimo masculino. Por eso, cuando hereda de su tío Thomas un pequeño periódico en Santa Fé no lo duda y acepta el reto.
Mientras atraviesa el país, emocionada por la aventura, ni se imagina que no sólo va a tener que enfrentarse a unos criminales, sino al hombre más exasperante de todo el Oeste. Un maldito cazador de recompensas.



BOULDER. ESTADO DE COLORADO.


Se estaba muriendo.
El hecho en sí apenas importaba.
Lo que importaba, lo que le obligaba a maldecir mentalmente era la sensación de haber perdido, de haberle fallado a Lidia.
Desde aquel día en el que sucedió todo, había tratado de vengar la muerte de su esposa y ahora, mientras la oscuridad se cernía sobre él como un manto suave, lo único en lo que pensaba era en que no había sido capaz de llevar a cabo su misión.
Alguien dijo algo a su lado, pero Kenneth Malory apenas fue capaz de captar las palabras; los sonidos se desvanecían a su alrededor lo mismo que las luces y los colores, dejando solamente un vacío frío, irritante, contra el que no podía hacer nada.

Como en un sueño, las imágenes de aquella tarde aciaga desfilaron ante sus ojos...
Había salido con la mayoría de sus hombres para recuperar algunas cabezas de ganado dispersas por el valle. Nada indicaba aquella madrugada fría y desapacible, que su mundo podría volverse cabeza abajo. No había despertado a Lidia al marcharse. La noche anterior la había tenido despierta hasta altas horas, jugando ambos sobre el lecho revuelto como dos críos de poca edad, entre risas y caricias. Habían hecho el amor de una forma tranquila, después de los juegos. Lidia era una chiquilla, apenas cumplidos los diecisiete años. Morena y delgada como los juncos del río. Suave, delicada, femenina. Una criatura capaz de convertirle en buena persona con sólo mirarla. Todo en ella era tranquilo y sereno y él pensó, al conocerla, que era justo eso lo que le hacía falta después de haber participado en la guerra.
Lidia esperaba un bebé. Faltaban apenas tres meses para el acontecimiento y Ken se encontraba en el séptimo cielo desde que recibiese a noticia. Contaba con veintiséis años, tenía un próspero rancho heredado de su abuelo, más de dos mil cabezas de buen ganado y las ganas suficientes como para ampliarlo y conseguir para su joven esposa un hogar plagado de belleza y tranquilidad.
Pero la tormenta de la noche anterior había dispersado algunas vacas y él hubo de salir en su busca.

Desde que finalizase la guerra de Secesión apenas había habido conflictos en el territorio. Por otra parte, su rancho se encontraba lo suficientemente alejado de la ciudad más próxima y apenas recibían visitas, aunque iban con frecuencia al rancho de su hermana, Vicky, ahora felizmente casada con el bueno de Clay.
Había dejado a Lidia con dos hombres. Conrad Thyssen, un muchacho hacendoso, casi de aspecto femenino, lleno de pecas y Bob Bradfort, un cascarrabias que ya servía a su padre y que había preferido quedarse a sus órdenes en vez de buscar otro puesto de trabajo; a fin de cuentas, conocía el rancho como su mano derecha y aunque protestaba por cualquier cosa, Ken le tenía cariño.

La recuperación de las reses les llevó más tiempo del previsto, pero al final del día, cansados, sudorosos, pero con buen ánimo, sus hombres y él regresaron a Siete Estrellas. Había sido su padre quien pusiese el nombre al rancho, basándose en las creencias de los indios, por quienes siempre sintió un respeto que pasó a sus hijos. Los Lakotas hablaban de Siete Personas Originales y tenían Siete Fuegos de Consejo; los pawnis se basaban en la posición de Siete Estrellas (las Pléyades) para determinar el año ceremonial.

Faltaba algo menos de una milla para llegar al rancho cuando Ken sintió que sucedía algo extraño. El humo negro se elevaba en medio del horizonte rojizo del atardecer. Notando el corazón oprimido por un miedo repentino, espoleó a su caballo dejando al resto de sus hombres atrás.
La casa ardía por el lado que daba al oeste.

Se tiró de la montura antes incluso de que el caballo frenase su alocada carrera y gritó el nombre de su esposa como un demente. Cuando vio el cuerpo sin vida y acribillado a balazos del viejo Bob, ya no le cupo duda de que la tragedia había alcanzado a su mujer. Parte del tejado de la casa comenzó a derrumbarse cuando Ken atravesó el umbral mientras escuchaba las maldiciones de sus hombres a sus espaldas. Esquivando cascotes y vigas ardiendo cruzó el salón. Algo parecido a la locura le invadió al no recibir respuesta a sus gritos. Aunque temía lo peor, le quedaba la esperanza de que su joven esposa hubiese podido escapar a la desgracia y que estuviese escondida en alguna parte.

Cuando empujó la puerta del dormitorio conyugal, aquella vaga esperanza se desvaneció como el humo que le ahogaba.
Ella estaba aún sobre la cama.
Sus ojos terriblemente grandes en vida, tenían un tono sucio, apagado.
La visión de la mujer a la que amaba, atada a los postes de la cama y cubierta de sangre, le hizo sentir ganas de vomitar. La sangre lo cubría todo.
Doblado en dos, medio ahogado por el humo y por la tétrica visión de su joven esposa asesinada salvajemente, gritó su dolor como un demente.

Dos brazos fuertes tiraron de él para sacarle de aquel infierno en el que se había convertido la casa; entonces reaccionó. Echando a un lado a quienes trataban de salvarle, atravesó la pieza, desató a Lidia y consiguió sacarla al exterior. Apenas pisó el porche se derrumbó, medio asfixiado por el humo. Uno de sus hombres le arrebató el cuerpo de Lidia y luego le arrastraron a lugar seguro. Una mano negra le hizo perder el conocimiento y ya no supo más.

Cuando despertó, la casa aún seguía ardiendo, irremisiblemente perdida. Se apoyó sobre un codo y buscó con la mirada enrojecida a su esposa. Piadosamente, sus hombres habían tendido a la muchacha sobre unas tablas y cubierto su cuerpo desnudo con sus propias chaquetas. De no ser porque sabía que estaba muerta, Lidia podía perfectamente estar dormida.

Desestimó con un gesto brusco la ayuda que uno de sus vaqueros trató de darle y se levantó solo. Se tambaleó y estuvo a punto de caer de bruces de nuevo. La garganta le dolía de forma terrible debido al humo respirado, pero el corazón dolía aún más. Cuando se aproximó hasta la mujer, no se atrevió a destaparla. Se limitó a acariciar su rostro de niña dormida. Fue la primera vez que las lágrimas acudieron a sus ojos. No recordaba haber llorado desde que era un mocoso de cuatro años y vio al bueno de Bob matar a uno de los caballos de su padre atacado por los coyotes y casi despedazado.

Tragó saliva con esfuerzo y su voz sonó muy ronca cuando preguntó:

-¿Conrad?
-Lo colgaron en el patio posterior –informó uno de los vaqueros, apenas sin voz-
-Dios...

Lidia fue enterrada en la pequeña loma que dominaba la casa y el valle. Junto a Conrad y el viejo Bob. Por lo que pudieron averiguar más tarde, ambos habían tratado de proteger a la muchacha, pero no les había servido de mucho. Quienes atacaron Siete Estrellas debían ser hombres sin conciencia, asesinos, y no dejaron testigos de sus crímenes tras ellos. Sin embargo, dejaron pistas. Habían robado seis de los mejores caballos del rancho y uno de los sementales era inconfundible: un caballo de alta estampa, blanco y con pintas negras en las patas. Ken lo había cazado a lazo como regalo especial para su esposa seis meses antes, cuando ella le dio la noticia de que esperaba un hijo. Aquel caballo era fácil de seguir, y se propuso hacerlo.
En el pueblo habían visto a seis hombres que llevaban caballos. Uno de ellos era el de su esposa. Con una paciencia aprendida de su vivencia con los comanches, interrogó a cuanto hombre, mujer y niño hubiesen visto a los asesinos de su mujer.

La suerte le hizo saber no sólo la estampa de los asesinos, sino incluso el nombre de uno de ellos, al parecer el jefe de la banda: Larry Timms, más conocido como El Tuerto, aunque gozaba de perfecta visión por los dos ojos.

Enterarse del nombre de los restantes componente de la banda no fue muy difícil.
Un mes después, encontró al primero de ellos. Se trataba de un hombre alto y desgarbado llamado Will Williams, de rostro cetrino y ojos demasiado juntos, oscuros. La banda, después del asalto a Siete Estrellas, se había dividido, acaso temerosos de que el hecho de seguir juntos diese pistas a los hombres de la Ley.
Era de noche cuando entró en el pueblo donde le dijeron haber visto a Williams, gastando más dinero del que parecía tener en sus bolsillos.

Preguntó por el sujeto en la cantina, le dijeron que estaba con una prostituta en el piso superior y nadie pareció muy interesado en cortarle el paso cuando ascendió las escaleras del sucio local. Abrió la puerta de una patada salvaje. El hombre que estaba sobre la ramera dio un brinco y la mujer protestó por la interrupción.

-¡Qué demonios...! –juró Williams-.
-¡Oiga amigo, espere su turno, aún no he terminado con este! –escuchó decir a la prostituta-.
Ken sonrió, aunque en sus ojos esmeralda no había atisbo de diversión.
William abrió mucho los ojos al ver que él sacaba el revolver y le apuntaba.
-Hey, viejo –dijo, saltando de la cama, desnudo, y buscando sus ropas-, si tanta prisa tiene, le cedo el sitio.
-¿Recuerdas a una muchacha morena y embarazada, Will? –preguntó Malory- Los ojos del asesino se dilataron al escucharle-. Te manda sus saludos.

Luego disparó. A sangre fría. Sin pensarlo. Y en las tripas. Ningún médico podría salvar a aquel hombre y tardaría horas en irse al infierno, de donde no debería haber salido jamás.
Los gritos de la prostituta hicieron torcer el gesto a Malory.

-¿Te había pagado? –le preguntó. Ella, aterrada, negó con la cabeza y Ken sacó un par de billetes y los lanzó sobre la sucia cama-. Por las molestias.

Tardó únicamente quince días en localizar al segundo. Se llamaba Potters. A aquél le metió una bala entre las cejas mientras jugaba al póker en una cantina.

Lamentablemente para Ken Malory, la tercera de sus presas se encontraba acompañada de dos nuevos compinches. Ni siquiera había reparado en ellos cuando vio al hombre. El velo rojo de la venganza era demasiado fuerte para prevenirle contra el peligro o contra la estupidez. Cuando entró en el bar sólo vio al sujeto que andaba buscando. Reía y babeaba sobre el cuerpo de una mujer rolliza apenas vestida, que se estaba dejando manosear segura de poder sacarle unas cuantas monedas.

-¡Kenyon! –ladró-.

El asesino no fue lo suficientemente rápido para soltar a la mujer y sacar su arma cuando vio el gesto huraño de Malory. La bala de Ken le entró por el ojo derecho y le lanzó contra una de las mesas de juego sobre la que cayó causando un alboroto. Pero sus dos compinches, creyéndose amenazados por algún representante de la Ley, desenfundaron a la vez y dispararon al unísono. Sus balas alcanzaron a Malory en el pecho.
Por eso ahora se estaba muriendo.
Por eso, en ese preciso instante, estaba a punto de reunirse con Lidia.

Sin embargo, hasta los idiotas tienen un momento de suerte y Ken no podía ser menos. Justo cuando la guadaña estaba sobre su cabeza dispuesta a segar su vida, la voz airada de una mujer penetró en su cerebro.

-¡Resiste, Ken, maldito seas!

Malory identificó el grito y medio sonrió al abrir los ojos y ver la cara arrobada de su hermana Vicky. Hizo un esfuerzo para enfocar la imagen. Debía de estar a punto de entrar en el Paraíso; la muchacha estaba sujetando un pañuelo sobre su pecho.

-Hola, mocosa –susurró, tratando de sonreír-.
-¿Duele?

Ken tuvo un acceso de risa al escuchar la pregunta de ella. Lanzó un lastimero gemido, pero asintió.

-Como mil diablos, chica.

Sintió que le incorporaban entre varias manos para tenderle sobre el mostrador y se dejó hacer. ¡Qué importaba ya! El dolor era tan lacerante que sólo deseaba acabar, dormir, sumirse en la bruma negra que comenzaba a rodearle de nuevo y que le acercaba a marchas forzadas hacia su esposa.

-¡Ni se te ocurra morirte, Ken! –ordenó Vicky- ¿Me oyes, maldito hijo de perra? ¡Si te mueres soy capaz de... de... asesinarte!

A pesar de todo, Malory se escuchó reír antes de perder la conciencia.


(Extracto del capítulo 1º)





18 comentarios:

Anónimo dijo...

Eres genial, Nieves. Yo no sé cómo te las ingenias para que hasta ahora, todo lo que has colgado me enganche y me haga querer seguir leyendo.

Este libro tiene una pinta magnífica. Por favor, sigue.

Un abrazo,
Pilar

Bego dijo...

Solo puedo unirme al comentario de Pilar.

Un beso.

Merce dijo...

Yo también me uno al comentario, ¿qué otra cosa puedo decir?

Un beso,
Merce

Anónimo dijo...

Cómo me gusta, Nieves. Todo lo que escribes me encanta. Estoy loca porque salga otro libro tuyo.

Cariños,
Mayte

Anónimo dijo...

Este también es estupendo. Del Oeste por lo que veo ¿no? ¡¡¡¡LO QUIERO!!!!

Un beso
Pili

Anónimo dijo...

Este Kenneth promete ¡guauuuuuuu!
quiero leer la novela entera. ¿Para cuándo?

Un beso,
Ana Maria

solima dijo...

Empieza fuerte ¡me gusta!

Un beso.

Nieves Hidalgo dijo...

Muchas gracias a todas por seguir por aquí cada día y por vuestros comentarios tan cariñosos que tanto me animan.

Espero que, poco a poco, todas mis novelas puedan estar al alcance de todas vosotras.

Un beso.

CONRA dijo...

Hola Nieves:
Hoy he tenido más tiempo y he leído algunos capítulos más. Muy entretenido... me gusta mucho.
¡Si te mueres soy capaz de... de... asesinarte! Muy bueno.
Seguiré tus pasos.
Besos

Nieves Hidalgo dijo...

Conra, me alegro mucho de que te guste, sobre todo viniendo de alguien que escribe tan bonito como tú.

Un beso

CECI dijo...

Gran historia lei el primer y segundo cap. espectacular
segui así!!!!!!!!!!!

Cecilia de Uruguay

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias por tu comentario, CECI, me alegro mucho de que te guste.

Un beso

Unknown dijo...

Me ha interesado mucho la historia. Cuando cojo un libro estoy tan emocionada e interesada hasta que llega el final

Nieves Hidalgo dijo...

Unknown,

Mil gracias por entrar a comentar.

Te mando un beso muy grande

rociodc dijo...

He tenido el gran placer de leerlo, y te felicito Nieves es una novela maravillosa. Me a encantado. Gracias. Besos.

Nieves Hidalgo dijo...

Rocio,

Desde luego hoy me lo has dedicado, jajaja.

Gracias por haber leído esta novela y por decirme que te ha gustado. Es lo que importa: que os entretengan las historias.

He perdido la cuenta ya de los besos que te he enviado hoy... pero te mando un millón más.

rociodc dijo...

Jajajaja Sii hoy me he estado poniendo al dia. Es que lleva tiempo que tenia abadonado tu blog, (aunque antes no estaba registrada y lo poco que comentaba era Anonimo)te he estado siguiendo por el RNR. Pero ahora he vuelto , ¿¡se nota no?!
Perdona por si te he entretenido, solo queria dejar mi opinion, lo que pasa que los hice el mismo dia!! Jajaja No hace alta que me contestes jajaja. Miles de besos para ti tambien. Lo siento.

Nieves Hidalgo dijo...

Rocio,

tengo la mala costumbre de responder tooooooooooooodos los comentarios, jajaja, aunque me lleven la tarde entera.

¡Eres un encanto!

Besitos