sábado, 29 de noviembre de 2008

En busca de Sibak © (Capítulos 9, 10 y 11)

NUEVE


LOS TOROS-HALCÓN


Godo dormitaba pacíficamente, recostado contra la corteza del árbol, a orillas mismo de donde librase la terrible batalla con la serpiente, pero lo suficientemente alejado para protegerse del resto de las serpientes que había sin duda en el pantano. De pronto, una voz dulce, aterciopelada, resonó en sus oídos. Sin duda era la voz de un niño pequeño, y consiguió despertarlo y ponerlo en guardia.

- Cuidado, Godo. Los toros-halcón van hacia el lugar en el que te encuentras -decía-. Son temibles. No duermas o perecerás...

Aquella voz, que no sabía de donde provenía, acababa de avisarle de otro peligro. Godo tomó el casco, colgándolo de su cinturón, se protegió con el escudo y blandió la espada en su mano derecha. El filo azulado brilló y le procuró un poco de seguridad. Apenas se despejó, un terrible rugido hizo temblar la tierra. El suelo retumbó bajo las pezuñas de los enemigos que se acercaban y el horizonte apareció cubierto por una polvareda que indicaba la proximidad de huestes rivales.

Godo se subió a la rama más alta de un árbol y oteó el horizonte hasta descubrir a los enviados de Kanar. Sintió que el vello del cogote se le ponía de punta y hubo de tragar saliva dos veces antes de poder hablar para sí mismo.

- Son muchos...

Había que idear una estrategia de combate, pensó. Descendió del árbol y se dirigió al borde del pantano. Allí, aguardó la llegada de los seres con cuerpo de toro y cabeza de halcón. No tardaron en llegar, al mando de Borom, que montaba el que iba en cabeza.

Nuestro pequeño héroe se escondió tras unos matorrales, dejó el escudo oculto y la espada a un lado y se puso el casco mágico. Al momento, desapareció, sólo eran visibles sus huellas sobre la tierra, pero sus enemigos no estaban al tanto de su poder y no podían descubrirlo. Arropado en su invisibilidad se aproximó al borde del pantano y comenzó a agitar las aguas para llamar la atención a las serpientes que estaba seguro habitaban en sus aguas.

Sus esfuerzos resultaron premiados al momento, cuando los toros-halcón al mando de Borom llegaban al borde del pantano. Dos enormes serpientes, más feas aún que la que atacó a Godo, emergieron de las profundidades, abiertas las bocas, lanzando fuertes silbidos y agitando sus enormes cuerpos. Borom y los seres que comandaba frenaron en seco al ver los afilados colmillos, pero ya era demasiado tarde para retroceder y el lugarteniente de Kanar y su montura fueron los primeros en ser engullidos por los hambrientos reptiles, como si se hubiesen tratado de salchichas. Eso ocasionó el caos entre las huestes de Kanar, que trataron de alejarse al mismo tiempo de los monstruos.

Invisible como era en ese momento, Godo se armó de una vara larga y golpeó el trasero de algunos toros-halcón, obligándolos en medio de la confusión, a avanzar hacia el agua. En pocos minutos las serpientes dieron buena cuenta de ellos y el manjar debió resultarles suculento porque después del festín, se relamieron con sus lenguas largas y verdosas, entrecerraron los ojos y con las barrigas llenas retornaron al fondo del pantano.

Godo se quitó entonces el casco y lo miró sonriente. Aquel sí que era un sombrerito encantador, se dijo. Una carcajada alegre y nerviosa subió a su garganta. Tomó el resto de su equipaje y, alzando la voz cuanto pudo, gritó al viento. Su voz se alzó sobre las nubes negras y las montañas tenebrosas del País de las Pesadillas.

- ¡Tiembla, Kanar! ¡Voy a por ti!



DIEZ


LAS LILIAS

Habían pasado dos días desde que nuestro amigo acabase con los toros-halcón y con el lugarteniente de Kanar, se las prometía fáciles y felices al darse cuenta de que era capaz de enfrentarse con aquellos monstruosos seres. ¡Iluso jovencito! Kanar era un personaje terrible, por algo había llegado a ocupar el trono del País de las Pesadillas y, tan pronto se enteró del final de Borom -gracias a la información del cuervo a su servicio-, no sólo se enfureció sino que se propuso acabar cuanto antes con el chiquillo que amenazaba su mundo.

- ¿De modo que gritó que temblase? -su rostro se retorció en un rictus de rabia mientras golpeó la madera de la mesa donde estaba degustando un pato asado. Barrió con su poderoso brazo cuanto estaba encima haciendo añicos las copas de vino y los platos y se levantó- ¡Por Satanás en persona que tiene agallas ese mocoso! ¡He de acabar con él! ¡Que venga mi lugarteniente!

- Mi señor -dijo alguien entre los presentes-, Borom ha perecido en la tripa de una serpiente.
- ¡Pues que venga mi segundo lugarteniente! -rugió-.

Ante él, se personó poco después un hombre de iguales características que Borom, tan alto y corpulento y con el semblante tan oscuro y siniestro como el anterior.

- Borom fracasó en su misión -dijo Kanar-, por lo tanto espero que vuelvas victorioso o haré que te corten la cabeza. Busca a ese pequeñajo y acaba con él. Luego trae su cuerpo para que sirva de comida a los buitres.

Burgo, que así se llamaba el segundo lugarteniente, asintió, temeroso de la ira de su amo y señor, y se alejó presuroso para cumplir las órdenes recibidas. Pensó el soldado que si su antecesor había fracasado al no saber dar con el jovenzuelo, había sido por falta de astucia. El era mucho más listo que Borom y no fracasaría porque iba a utilizar para la misión a los seres más horripilantes del reinado de Kanar: las lilias, unos monstruos con cuerpo de serpiente y cabeza de perro que corrían a una velocidad pasmosa. Ellas se encargarían de olfatear al intruso aunque se escondiese en el mismo centro de la tierra.

Y así fue como Burgo salió del castillo y avanzó en busca de Godo sobre un terreno escurridizo por la sucia escarcha.

Pero nuevamente aquella voz dulce puso a nuestro amiguito en guardia.
- Cuidado con las lilias, porque pueden olfatear tu rastro y corren a gran velocidad. Sólo podrás vencerlas con astucia y valor.

Godo se preparó para el inminente ataque. De modo que corrían a gran velocidad, pensó. Y pueden olfatearme, se dijo. Bien, pondría en práctica su imaginación y vería como resultaban las cosas.

Preparó en primer lugar una zanja ancha con ayuda de la espada mágica, haciendo desaparecer la tierra al tocarla con el filo. Luego cubrió el enorme agujero con hojarasca, ramas secas y cuantos desperdicios encontró en los alrededores. Por último, tomó varias hojas azuladas, de esas que sabían a vinagre, se desnudó y se restregó todo el cuerpo con ellas, volviendo a vestirse. Después esperó.

No hubo de hacerlo demasiado porque poco después escuchó el rápido siseo de los cuerpos al arrastrarse y escuchó los ladridos de las lilias. Un hombre les gritaba para acelerar su marcha. Entonces se subió a un árbol.

Minutos después aparecieron los monstruos y Burgo. Godo tembló ligeramente al verlos porque eran en verdad asquerosos. El enviado de Kanar era casi más temible que el anterior, su larga melena al viento, oscura como la noche y sus ojos fríos y hundidos, le confirmaron que era más fiero que el otro. ¡Y las lilias! ¡Dios, eran espantosas! Sus repugnantes cabezas de perro babeaban y sus cuerpos eran aún peores que las serpientes del pantano.

Pero como su antecesor, Burgo cayó en la emboscada de Godo. Tanto él como sus secuaces se precipitaron en la zanja en cuanto pisaron las ramas que cubrían la trampa. Lanzando alaridos de rabia, Burgo trató de salir pisoteando a sus compañeras, poniendo sus enormes botas sobre las cabezas de perro. Las lilias quisieron trepar por las paredes de la zanja, pero Godo ya estaba listo y corrió hacia el borde con la espada en la mano. Burgo, al verlo, lanzó un bramido de frustración.

- ¿Como has hecho para que no te olfateasen?
- Vinagre, mi buen amigo -rió el jovencito-. ¿No hueles?

Tras la corta explicación, que dejó a su rival con dos palmos de narices, el filo de la espada descendió sobre su cabeza y el malvado personaje desapareció en el Limbo entre palabrotas y vanas amenazas. Después, una por una, fueron desapareciendo las lilias, sumergiéndose en el olvido para siempre, donde nunca jamás volverían a hacer mal a nadie.




ONCE

EL CASTILLO NEGRO

A dos días más de marcha consiguió descubrir la guarida de Kanar y la vista del tétrico castillo negro le hizo dudar sobre sus posibilidades de salvar a Sibak de las garras del malévolo rey.

La montaña era de piedra negra y sobre ella se alzaba la enorme y lúgubre construcción. Además, pensó Godo, Kanar estaría ya alerta al no haber recibido noticias de sus lugartenientes. Decidió ponerse el casco que le hacía invisible para evitar que cualquier guardián le viese. Se alejó hasta el abrigo de unas rocas y durmió cinco largas horas para recuperarse del viaje.

Mientras tanto, Kanar, que en efecto había sido avisado del fracaso de Burgo y estaba mosqueado como una mona, obligó a salir del castillo a varios hombres armados hasta los dientes con el fin de recorrer los alrededores de la montaña. Su misión era encontrar al niño si estaba en las cercanías, pero como Godo tenía puesto el casco, aunque pasaron muy cerca de él fueron incapaces de verlo, de modo que regresaron al castillo e informaron a su señor que nadie rondaba por allí.

Cuando Godo despertó, sin enterarse de lo sucedido, siguió ascendiendo la empinada ladera de la montaña. A unos metros del castillo sintió que el miedo retornaba. La fortaleza era inmensa y oscura, fría y escalofriante. Para más dificultad, Kanar había mandado que dos enormes dragones custodiasen la puerta de entrada.

Nuestro amigo pensó y pensó en la forma de burlar la vigilancia de aquellos dragones. A fin de cuentas el casco le hacía invisible, de modo que avanzó más seguro pero con cautela hasta llegar a las puertas de la fortaleza. Los dragones eran tan altos como una casa de tres pisos, cubiertos de escamas verdes y brillantes. Las colas se cruzaban ante la puerta impidiendo el paso de cualquiera y sus cabezas feroces tenían unas narices que lanzaban humo y llamas de cuando en cuando. Hubiesen hecho empalidecer al más valiente, pero Godo pensó con rapidez, buscó un palo y lo utilizó a modo de pértiga, saltando por encima de las colas. Ya al otro lado, se coló por uno de los agujeros de la puerta y entró en el castillo. Le resultó tan fácil que se asombró.

Bien, se dijo, ya estaba dentro. Ahora debía ponerse a buscar a Sibak, eso era lo principal, dar con el Príncipe de los Sueños y sacarlo de aquel lugar apestoso.

Se quitó el casco y lo colgó de su cinturón. Avanzó despacio, tratando de grabar en su cabeza cada rincón del castillo, cada columna, cada revuelta de las galerías, con el fin de saber el camino de vuelta una vez localizase al príncipe.

Las pisadas y voces airadas de algunos hombres le hicieron correr y esconderse entre las sombras. No respiró mientras veía, con los ojos dilatados, como el propio Kanar pasaba a menos de un metro de él, furioso como un toro, ondeando su capa de lobo negro.
- ¡¡Malditos vasallos!! -gritaba. Los que le seguían, acobardados por su ira, trataban de no levantar demasiado la vista por temor a que mandase que les decapitaran- ¡He de hacerlo todo, no me servís para nada! Menos mal que ahora, con ese pequeñajo de Sibak encerrado en la mazmorra sin salida, estaremos más seguros.

¡Que se atreva a venir ese mocoso ahora!

Godo solamente respiró con normalidad cuando el cortejo hubo pasado, perdiéndose en las brumas de las galerías.

- Así que Sibak está encerrado en la mazmorra sin salida -pensó-.

Haciendo marcas en las esquinas con su espada, fe dejando un rastro claro para su regreso. Ahora entendía muchas cosas. Sabía que las tres puertas a las que se referían en el Consejo de Ancianos, no eran sino las tres pruebas que hubo de pasar para llegar al castillo.

Pensó que sería difícil dar con Sibak, pero de inmediato se dio cuenta de que todas las dependencias del castillo tenían enormes puertas sin cerraduras, de modo que el Príncipe debía estar en una que sí la tuviese. Y eso fue lo que buscó afanosamente nuestro amigo. Hasta dar con el lugar. Pero aquella puerta que cerraba el paso era tan grande y pesada que ni siquiera el filo de la espada hizo una muesca en ella.

Golpeó la madera con fuerza, desesperado ante lo que parecía no tenía solución. El era muy pequeño y no encontraba el modo de abrir una puerta de aquellas dimensiones. Pero para su asombro, aquella dulce voz que escuchase durante el camino, volvió a resonar en su cabeza.

- Godo, esta puerta es inmune al poder del filo de la espada. Sólo podrás derribarla con el fuego de los dragones verdes que guardan el castillo.
- ¿Como sabes mi nombre? ¿Quien eres?
- Yo lo sé todo y soy el que has venido a rescatar. Ahora, guarda silencio y busca la ayuda de los dragones.
- ¿Como voy a conseguir...?
- Utiliza tu ingenuo. Ve.

La voz de Sibak se esfumó y Godo quedó apoyado en la puerta, pensativo. Tenía que encontrar el modo de usar el fuego de los dragones para destruir la puerta, pero eso le parecía tan difícil como conseguir la misma luna. De repente, una idea se le vio a la cabeza.

- ¡Pues claro! -exclamó, jubiloso-.

Corrió hacia la salida, guiándose por las marcas dejadas, hasta salir del castillo.



(Mañana continuará...)

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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

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4 comentarios:

Fugaz dijo...

Como esta semana anduve algo alejada de los blogs, llego y veo que voy a tener deberes durante un buen rato, jajajaja pero desde luego no voy a quedarme sin leerte, así que me voy en busca del primer capítulo y así no los leo desordenados.

Nos tienes a todos enganchadisimos, eh?

Que tengas un buen fin de semana!

solima dijo...

Cada capítulo es mejor que el anterior. Me gusta mucho.

Besos

Anónimo dijo...

Pues nada, a la espera de los próximos capítulos... ¡Está super emocionante!

Besos
Isabel

CONRA dijo...

Hola Nieves:
Con la velocidad que vas no puedo seguirte. Cuando trabajo de tarde no abro el blog y me quedo mirando al cielo. Luego tengo que leer varios capítulos como estoy haciendo hoy... pero no me lo pierdo.
Que forma tan bella de escribir, me fascina.
Un fuerte abrazo y buen fin de semana.