viernes, 28 de noviembre de 2008

En busca de Sibak © (Capítulos 6, 7 y 8)


SEIS


MUROLL

El sol desapareció para dar paso a tres lunas redondas, blancas y brillantes y el terciopelo azul marino del firmamento se cuajó de millones y millones de estrellas y luceros que titilaban y variaban de color e intensidad.

Recostados sobre unas rocas pasaron la noche, después de alimentarse de productos que los árboles y los matorrales les brindaron generosamente y cuyo sabor dejó perplejo a Godo. Era claro que las frutas de aquel extraordinario País de los Sueños sabían mucho mejor que las que habitualmente degustaba en su casa. Incluso más sabrosas que las tartas de su abuela.

Durmió aquella noche sin preocupaciones; trató de no pensar en nada, ni en su familia ni en sus amigos porque se hubiese puesto muy triste al no tenerlos a su lado. Pero tenía una misión que cumplir y trataría de hacerlo lo mejor posible. Ya habría tiempo después para explicar sus aventuras y el motivo de su larga desaparición porque era indudable que estarían buscándolo.

Antly montó guardia a unos metros del improvisado campamento y les despertó cuando estaba amaneciendo.

Nunca vio Godo un amanecer tan bello y sobrecogedor. El cielo, tras los picos de las lejanas montañas tomó un tinte rojizo-rosado y poco a poco las sombras de la noche se fueron diluyendo con la salida de un sol radiante. Todo parecía estar hecho de oro, cada planta, cada piedra, cada flor. Cuando el hocico de Noche llamó la atención de Godo, absorto mirando el amanecer, el muchacho volvió a subir a lomos del animal para continuar la marcha.

Durante aquel día no tuvieron sorpresas desagradables a pesar de lo cual, Takia abandonó de cuando en cuando el lomo del caballo alado para volar hacia el norte, hacia el lugar en el que habitaba el rey de las pesadillas, y otear el camino en previsión de enemigos.

Se bañaron en las cálidas aguas de un río azul y verde salpicado de florecillas que Godo no conocía y que Antly identificó como yapelos, explicando que tenían el poder de servir de alimento a los caminantes perdidos.

- Una solo de esas flores serviría para alimentarte durante tres días y ya ves lo pequeñas que son.
- ¿A qué saben?
- Parecido a las fresas, pero mucho más dulces - aclaró el hombre de agua-.

Atardeció lentamente y las sombras se fueron alargando. Las rocas parecieron más largas, los árboles más gruesos y las propias figuras de nuestros amigos tomaron formas inverosímiles mientras buscaban un lugar para acampar.

Apenas encontraron el sitio adecuado, un silbido intenso atronó sus oídos. Las estrellas se apagaron, desapareciendo del firmamento y de las tres lunas apenas pudo verse un ligero círculo brillante. Ni siquiera escucharon después el susurro del viento y algo amenazador se cernió sobre ellos.

- ¿Qué sucede ahora? -preguntó Godo intrigado-.
- Nuevas complicaciones, amigo mío -dijo Antly con el gesto preocupado-.

Temo que Kanar ha vuelto a enviar en contra nuestra a otro de sus repugnantes vasallos. Será mejor que nos pongamos a cubierto.

A tiempo llegaron de refugiarse bajo unos matorrales espesos y verdes que lanzaban un aroma picante. Godo se tapó la nariz, incapaz de respirar ese olor tan profundo.

- Caray, no había mejor sitio para esconderse – protestó-.
- Estos matorrales son hidiolos, -explicó entonces Takia- y si no estoy confundida, la desaparición de las estrellas y las tres lunas sólo puede ser debida a la presencia en los alrededores del diabólico Muroll, el hombre murciélago.
- ¿Un hombre murciélago? -se asombró Godo- ¡vaya!

Después de haberse enfrentado con Hattor, el hombre de fuego, la presencia de otro ser maligno le puso de pésimo humor. ¿Es que el rey de las pesadillas no iba a dejarles en paz?

Y efectivamente, Takia no se había equivocado. De repente, el cielo se tornó de azul marino aterciopelado en negro intenso y áspero, y los círculos de las tres lunas acabaron por desaparecer por completo. Nada se escuchaba, salvo el susurro de una respiración silbante y desagradable. Y por encima de sus cabezas apareció un ser tan horrible que Godo hubo de taparse la boca para no proferir un alarido de terror.

Muroll tenía dos cabezas, pero no eran de humano totalmente porque los hocicos se asemejaban al de un murciélago; un enorme y negro murciélago que voló sobre ellos al tiempo que de entre sus colmillos afilados y blancos salía una espuma parecida a la de los perros rabiosos. El cuerpo de la criatura era alargado y tenía brazos y piernas de hombre aunque retorcidos y negruzcos. Pero lo que más impresionó a Godo fueron aquellas enorme alas puntiagudas cruzadas por cartílagos fuertes que abrían en toda su amplitud cubriendo todo el horizonte, y una larga y escamosa cola que parecía una serpiente.

Godo se encogió aún más entre el fuerte brazo de Antly.

- Contra él nada puedo hacer -murmuró con pesar el hermoso hombre de agua-. Tal vez este sea el final de nuestra aventura.
- Intentaré algo -dijo entonces Takia-. No os mováis de aquí, mientras estéis parapetados bajo este matorral de hidiolos el hombre murciélago no atacará. Odia el olor del matorral tanto como nosotros y no se atreverá a acercarse.

Entonces, y antes de que nadie pudiese detenerla, Takia saltó hacía el exterior y corrió cuanto pudo para alejarse de sus compañeros. Muroll la vio al instante y se lanzó sobre ella con intención clara de engullirla, porque eso era exactamente lo que trataba de hacer con todos ellos, incluido Noche. La carne de caballo, según explicó Antly, era la más apreciada por los hombres de su estirpe.

Antly, al ver que su compañera estaba en peligro se concentró hasta llegar a convertirse en un gigantesco géiser de agua helada que saltó hacía Muroll y le empapó de pies a cola. El enemigo lanzo un chillido espeluznante y se revolvió en el cielo para tratar de aplacar la sensación desagradable del agua helada sobre su cuerpo y sus alas que, momentáneamente quedaron inservibles, obligándole a bajar a tierra.

En ese momento, Takia hizo aparecer sus hermosas alas de mariposa y alzó el vuelo, perdiéndose en la lejanía, hacía el este, hacía donde nacería el sol.

Antly volvió a esconderse junto a Godo y Noche, tras el matorral de hidiolos. De momento parecían estar a salvo, al menos hasta ver qué se le había ocurrido a Takia para salvarlos del enviado de Kanar.

Pero poco tardó el malvado ser en pensar una estratagema para poder aniquilar a nuestros amigos. Sabía que los hidiolos tenían su punto débil y basándose en eso, medio voló hasta un cercano río para arrancar de sus orillas millones de flores. Luego, se sentó junto a un árbol enorme y se entretuvo, con paciencia, en separar los pistilos de las flores. Guardó todo el polen que pudo en una bolsa que llevaba a la cintura y cuando tuvo suficiente alzó de nuevo el vuelo abriendo sus inmensas y negras alas hasta llegar encima del matorral donde nuestros amigos aguardaban el regreso de la mujer mariposa.

Antly le vio venir, riendo desagradablemente, las bocas torcidas, alargados más, si cabía, sus hocicos, puntiagudas sus orejotas grandes y negras. Supo que se avecinaba el peligro, que Muroll había encontrado sin duda la forma de vencerlos y trató de proteger a Godo y al caballo. Pero antes de poder convertirse de nuevo en un géiser Muroll dejó caer el polen recolectado sobre el matorral.

Al instante siguiente el picante olor de los hidiolos se fue tornando en un agradable aroma a flores y Godo supo que aquellos matorrales ya no les servían de escondite.

Muroll rió a carcajadas por sus dos bocas, arriba en el cielo, planeando sobres las cabezas de sus víctimas.
- ¿Cómo ha podido hacer eso? Los murciélagos son cegatos.
- Muroll no es ciego de una de sus cabezas -explicó Antly-. Con los ojos de su cabeza derecha puede ver tan bien como tú y yo.
- ¿Nada podemos hacer?
- La única solución sería poder arrojarlo al cráter de aquel volcán -señaló a lo lejos-, pero es imposible enfrentarse a él en estos momentos.
- ¿Dónde está Takia?

Un terrible zarpazo de Muroll destrozó la mitad de los hidiolos, tan cerca de sus narices que Godo y Antly respingaron y Noche relinchó con desagrado ante el acoso del enemigo.
- ¡Salgamos de aquí!
- Si salimos nos engullirá como a una manzana.
- Al menos podemos intentar correr hacia las rocas. ¡Vamos!

Salieron a la carrera tan veloces como les fue posible, tratando además de proteger a Noche porque sabían que era el primer plato del hombre murciélago si conseguía atraparles. Las rocas estaban demasiado lejos pero Muroll, conocedor de su victoria, determinó entretenerse un poco más con sus víctimas y no darse el festín inmediato, de modo que mientras que lanzaba carcajadas se echó contra ellos golpeándoles con sus enormes alas negras y les hizo caer.

Godo, debido a la oscuridad, metió el pie en un agujero y a punto estuvo de romperse la crisma, pero las fuertes manos de Antly lo sujetaron a tiempo de impedirlo.

Muroll se lanzó de nuevo en picado, escupiendo saliva verdosa entre los colmillos de sus dos bocazas infernales, e incluso se permitió dar una dentellada al lomo de Noche, que hubo de defenderse con una coz.

De pronto, cuando ya creían estar completamente perdidos, el hombre agua señaló hacia el horizonte.
- ¡Takia!

Godo miró y quedó boquiabierto. Aquello sí que era una bella aparición. Takia volaba hacia ellos con las alas totalmente desplegadas. Los colores que la rodeaban eran de una belleza increíble; los redondeles rojos eran más rojos, los verdes más verdes y los azules y amarillos relucían de modo incomparable. Toda ella parecía estar bañada por la luz del sol. Y eso era, casualmente, lo que Takia había hecho, bañarse en la luz solar. Había costado mucho esfuerzo llegar hasta el lugar de la tierra en que lucía el astro sol en esos momentos y acercarse lo más posible sin quemarse. La luz del sol se había pegado a sus alas y todo su cuerpo tomó un tono más vívido y hermoso.

Muroll también la vio llegar y aquella visión de luciérnaga volando hacia él en medio de la pastosa oscuridad le hizo daño en los ojos.
- ¿Qué va a hacer? -preguntó Godo-.
- Ahora lo verás -rió Antly-.

Y Godo miró, atentamente, como el bien puede al mal, como la luz vence a la oscuridad y como el resplandor de Takia se acercaba a Muroll para deslumbrarlo. El hombre murciélago quedó cegado y cayó a tierra, retorciéndose entre la arena y las zarzas que se clavaron en sus alas y le hicieron gritar más fuerte.

Noche vio el momento oportuno para actuar. Se acercó al trote hasta el enemigo, aquel que había deseado engullirle como un suculento bocado, agarró con los dientes a Muroll por una de las repugnantes alas negras y le lanzó al aire para dejarlo caer sobre su lomo. El hombre murciélago, atontado por el golpe, apenas se movió.

Godo subió también al caballo siguiendo las indicaciones de Antly y Noche emprendió feliz vuelo, desplegando sus alas hacia el cráter del volcán. Takia les siguió en su estela de luz de colores y el hombre agua se convirtió en nube para llegar a la cima antes que ninguno de ellos. Allí se hizo lluvia que cayó cerca de la boca del volcán; después volvió a tomar figura humana.

Para cuando llegó el resto del grupo ya tenía preparada una provisión de pedruscos. Noche dejó caer a Muroll que seguía bramando y restregándose los ojos, totalmente ciego, y ayudó con el hocico a descender a Godo.

El enviado del rey de las pesadillas no pudo hacer nada para librarse de su suerte. Fue arrojado al cráter sin la menor contemplación y después, desde el fondo del enorme y caliente agujero vio con desesperación como sus hasta entonces víctimas tapaban la boca, hasta dejarlo encerrado para siempre.

Para cuando terminaron la agotadora tarea ya era nuevamente de día y estaban más animados. Reemprendieron camino, pero lo que dijo Antly le hizo tener dolor de estómago.

- Cuando lleguemos al País de Nadie habremos de separarnos.
- ¿Por qué? Deberíais acompañarme, yo sólo no podré enfrentarse a Kanar y sus seguidores.
- Encontrarás el modo o el mundo perecerá bajo el horror. Has de encontrar la manera de vencerle.
- Me he aficionado a vosotros. Os he tomado cariño.
- Apenas pisemos la tierra del País de las Pesadillas, mi pequeño amigo, Kanar notaría nuestra presencia, a pesar de estar muy lejos, en su castillo. Solamente tú, un humano, puede llegar sin ser descubierto.

Godo guardó silencio, enfadado, creyendo que sus amigos tenían miedo de enfrentarse al peligro.



SIETE


EL PAÍS DE NADIE

Y llegaron al anunciado País de Nadie.

La enorme sima que se abría bajo los pies era tan ancha y tan profunda que no se veía ni su final ni el horizonte. ¿De modo que aquello era el final del trayecto? Miró a sus compañeros con pesar, pero antes de que pudiese rogar que no le dejasen solo, Takia sonrió y puso su mano en el hombro.

- Eres valiente y lograrás rescatar a Sibak.
- ¿Como cruzo el abismo? No puedo volar como tú.
- Noche se encargará de ello. Ha sido su misión durante todo el tiempo. Pero ten cuidado, porque tampoco él puede pisar el otro lado y sólo podrá acercarte a unos metros de tierra.

Volvió Godo a mirar el abismo y sintió vértigo, pero con gran fuerza de voluntad se sobrepuso. Se volvió a sus amigos y abrazó a Antly y a Takia.

- Si no regreso con Sibak, decir a mi familia...
- Regresarás -animó el hombre de agua, haciendo esfuerzos para que el jovencito no notase que estaba a punto de llorar-. Y nosotros estaremos esperándote aquí mismo. El tiempo que haga falta.
- Usa las armas, Godo -dijo Takia-. El casco que te hace invisible, la espada que envía al Limbo y el escudo que te protege de los rayos maléficos. Cuida tu Talismán de los Sueños y recuerda que sólo debes utilizarlo en el momento adecuado.

Asintió nuestro amigo, montó a lomos de Noche y el caballo hizo aparecer sus hermosas alas para, momentos después, alzar el vuelo sobre el negro abismo.

Volaron durante horas y horas. Noche lo hacía apaciblemente, Godo nervioso y agotado, pero deseoso de llegar al final. Abajo, la negrura era amenazadora y el muchacho se agarró con fuerza a las crines del caballo, temiendo caerse y perderse en la oscuridad.

No supo Godo el tiempo transcurrido. Las noches se sucedieron a los días y perdió la noción de todo. Pero por fin, sediento y hambriento, vio en el horizonte los primeros vestigios del mundo de las pesadillas. No podía ser otro porque los árboles que colgaban en el borde del precipicio eran horribles, petrificados, totalmente desprovistos de hojas en sus negras y retorcidas ramas. Según se acercaron, Godo comenzó a percibir un fuerte olor acre que hirió sus fosas nasales y sus ojos se agrandaron al ver unos pajarracos negros y picudos que sobrevolaban el territorio.

Poco después, Noche, muy a su pesar, hubo de descender hasta que las patas alcanzaron casi las copas de los árboles. Godo le abrazó, descabalgó y se dejó caer a tierra. Una neblina espesa y amarillenta le envolvió y el jovencito comenzó a tiritar. De veras que era feo el País de las Pesadillas, pensó.

Noche cabeceó, no muy conforme con dejar solo a nuestro héroe, pero el chiquillo, armado de un repentino valor le saludó con la mano.

- No te preocupes. Nada podrá detenerme ahora y encontraré a Sibak. No importa que el terreno sea horrible y que huela mal, soy capaz de soportarlo. Cerraré los ojos ante la fealdad y las narices a los malos olores. Regresa y vuelve a buscarme dentro de un tiempo. Imagino que sabrás cuando...

El caballo relinchó y Godo hubiese jurado que era una contestación en toda regla. Sí, con seguridad en el País de los Sueños sabrían si había tenido éxito en su empresa.

- ¡Deséame suerte, caballito! –gritó. Noche, le respondió con otro relincho-.



Tras una inspección cuidada del lugar en el que se encontraba, Godo avanzó con sigilo. Kanar no podía conocer su presencia de momento, pero no estaba a salvo de las fieras que podía encontrar por el camino.

Taponó la nariz con trozos de su camisa porque el aroma rancio era insoportable y puso el escudo frente a él para protegerse del helado viento que soplaba. Luego, poco a poco, con temor al principio y más confiado después, emprendió la marcha hacia el interior de aquel país maldito, en busca de Sibak, en busca del final de un ser depravado y maligno.

Y aunque el rey de las Pesadillas no podía saber de su llegada sí lo hizo, para desgracia de Godo, un cuervo negro y aceitoso de pelaje que revoloteó sobre su cabeza un par de veces lanzando graznidos. Trató de derribarlo pero escapó sobre las copas de los árboles.

OCHO


EN EL PAÍS DE LAS PESADILLAS

- ¡¡Rayos y centellas!! -bramó el soberano al enterarse de la intromisión en su territorio-.

Sus súbditos, temerosos de su furia, se apartaron con rapidez, guareciéndose tras las columnas de mármol negro de la sala de audiencias. Kanar se levantó de su trono, hecho por huesos de infelices que habían caído en sus trampas, se arropó más en su capa de piel de lobo y comenzó a pasear por el salón, colérico, dando patadas a cuanto se ponía por delante, ya fuesen muebles o vasallos.

- ¡Que venga mi lugarteniente!

Poco después los criados de Kanar se apartaron para dar paso a un hombre altísimo, ancho como un toro, cubierto por una capa roja, que se inclinó ante el rey.

- ¿Mandaste llamar, mi amo?
- Tenemos un intruso -dijo Kanar-. Un idiota que viene de lejos, del mundo de los humanos. Seguramente esos desgraciados, los seguidores de Sibak, le han enviado. Es un muchacho.
- Pero mi señor, si es un chiquillo nada debemos temer de él.
- ¡¡Imbécil!! -se acercó haciendo temblar hasta las piedras del salón-. Si ha conseguido llegar hasta nuestro territorio, atravesando el gran abismo, no debe ser un vulgar tonto, sino un valiente. Quiero que le quites de en medio. Jamás debe llegar al castillo.
- Como ordenéis.

Boron, que así se llamaba, marchó del salón de audiencias, dispuesto a cumplir los deseos de su amo. Sabía que si fallaba, el rey de las pesadillas le cortaría la cabeza y la echaría a las serpientes.

Fue así como diez enormes monstruos, de más de dos metros de altura, con cuerpo de toro y cabeza de halcón, salieron de los sótanos del castillo en dirección al lugar en el que avistasen a Godo.

Poco se imaginaba nuestro amigo lo que le esperaba y mientras tanto, ajeno a todo lo que se estaba fraguando en contra suya, había conseguido encontrar un poco de agua potable que, a pesar de saber rancia, le sirvió para calmar su sed; unas hierbas azuladas de sabor a vinagre le sirvieron de alimento. Gracias a eso se encontró más animado.

Arrugó la nariz al observar el territorio que se extendía ante él una vez comenzó a caminar. Más abominable que el que acababa de dejar, sin duda. El País de las Pesadillas parecía ser más y más horrible según se adentraba en él. Allí no penetraba jamás la luz del sol, sólo había tinieblas y brumas, las únicas plantas eran aquellas azuladas que comiese y que debían servir de alimento a los monstruos. Las aves volaban en aquel cielo lleno de nubarrones, todas negras, con grandes picos; abundaban buitres y cuervos.

Divisó un lago, o un pantano, no hubiese sabido decir de qué se trataba, tan oscuro estaba todo. Su superficie estaba repleta de hojas podridas y troncos de árbol negruzcos. El viento, al pasar por entre las resecas ramas, producía un silbido desagradable. Godo se procuró unos cuantos troncos y unas lianas arrancadas de la selva que le rodeaba, los ató y confeccionó una pequeña balsa. Una vara larga le hizo las veces de pértiga y con tan frágil nave, se lanzó a cruzar el pantano.

Cuando estaba a punto de llegar al otro lado, donde el espectáculo era igual de abominable, un intenso murmullo llamó su atención y giró la cabeza para ver qué sucedía.

Burbujeaba el agua, cada vez más intensamente. Nuestro amigo impulsó la pequeña balsa con más fuerzas, seguro de que tras él había un monstruo. Hizo bien, porque segundos después de tomar tierra, las enormes fauces de una serpiente gigantesca le hicieron lanzar un grito de terror.

Avanzó el horrible animal hacia Godo produciendo olas de más de dos metros sobre la superficie del pantano, asomando su cuerpo escamoso y gris y agitando su enorme cola provista de cascabeles. Era como para helarle la sangre a cualquiera, pero Godo no se dejó intimidar y tras el primer momento de pavor desenvainó la espada mágica que le había regalado el Consejo y aguardó al temible animal al borde mismo del agua.

La serpiente escupió agua sucia entre sus afilados dientes, ondeó de nuevo el cuerpo y avanzó, intentando devorarlo. Godo esperó a que estuviese más cerca, mucho más cerca y entonces, con todas sus fuerzas, lanzó la espada contra ella. La punta de la espada se clavó en la garganta de monstruo, que silbó, herida de muerte. Arrancó nuestro amigo el arma y de nuevo atacó, seccionando en esta ocasión la garganta del animal. La cabeza de largos colmillos y ojos verdosos cayó al pantano, salpicando a todos lados. Aún estuvo el cuerpo escamoso más de diez minutos coleteando sobre la sucia superficie hasta que por fin, con un estruendo sobrenatural, desapareció tragada por el cieno y la bruma.

Godo se dejó caer al suelo, junto a un tronco de árbol, se secó el sudor frío que le cubría la cara y el cuello y miró obsesionado, por si aparecía otra. A lo lejos, el agua parecía hervir y supo que existían más monstruos de aquella especie.

Agotado por el esfuerzo y la tensión, se quedó dormido, medio tapado por el escudo.

Mientras, los horribles seres enviados por Borom, se acercaban...



(Mañana continuará...)

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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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5 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial, Nieves, como siempre.

Besos,
Pili

Anónimo dijo...

Está muy interesante. Sigue, sigue.

Un abrazo
Merce

Anónimo dijo...

Otro cuento que está resultando estupendo y que también voy copiando.

Por cierto, a mis niños les encantó el del viejo que hacía las estrellas, jaja, y a mi marido.

MªJosé

ISABEL dijo...

Qué buena historia. Me gusta mucho. La voy copiando.

Un blog estupendo.

Un abrazo.

Cory dijo...

He caído de casualidad en este blog. Me ha encantado todo lo que he leído. Esta idea de los cuentos me parece muy bonita y solidaria. Me apunto a ella y desde luego voy copiando los cuentos.

Felicidades por tu novela. Sin ninguna duda te la mereces.

Saludos