jueves, 27 de noviembre de 2008

En busca de Sibak © (Capítulos 3, 4 y 5)


TRES


EL CONSEJO DE ANCIANOS

El Consejo de los Ancianos estaba reunido a lo largo de una gran mesa ovalada y tan reluciente que reflejaba la luz de los candelabros. Todos los componentes del grupo vestían túnicas azules y parecían exactamente iguales; las mismas largas barbas blancas, idénticas cabelleras. Hubo de hacer un verdadero esfuerzo para identificar al anciano que le recibió a su llegada.

Hasta celebrar la reunión, le alojaron en una habitación de tonos verdes con una inmensa cama de dosel, en la que descansó antes de ser requerido por el Consejo; le habían servido una bandeja de plata con frutas variadas y ricas, zumos frescos, pastelillos recién horneados... Nuestro amigo estaba anonadado por todo lo que le estaba sucediendo, pero disfrutó cada segundo en aquel retiro maravilloso hasta que, después de descabezar un sueñecito, su diminuto amigo le acompañó a presencia de los que parecían gobernar aquel reino de fantasía.

Tomó asiento justo enfrente de la cabecera de la mesa, donde se encontraba el hombre al que ya conocía, y él, con voz suave, le fue presentando al resto de los doce componentes del grupo. Sus nombres eran tan extraños que apenas pudo retener en su memoria dos o tres, pero trató de agradar a todos y cada uno de ellos. Después de las presentaciones, Soulo, que así se llamaba el anciano líder del Consejo, pregunto:

- ¿Estarías dispuesto a ayudarnos?
- Por supuesto -contestó-, siempre y cuando sepa en qué debo ayudar, dónde me encuentro y por qué estoy aquí.
- Estás en el País de los Sueños, Godo -dijo el anciano-. Aquí se fabrican todas las aventuras fantásticas que los humanos viven durante sus horas de descanso. Estás entre nosotros porque hemos querido traerte, porque eres el único humano que no sueña, que jamás ha tenido una aventura dormido, y eso nos resulta positivo para la misión que deseamos encomendarte.
- ¿Misión?
- Verás.... No sólo existe el País de los Sueños. Seguramente ya sabrás eso. Existe un mundo muy distante del nuestro, oscuro, tenebroso, sucio y peligroso en el que seres depravados y fieros trabajan sin cesar para crear otro tipo de aventuras nocturnas con las que llenar la mente de las personas mientras duerme. Es el País de las Pesadillas. Kanar es su rey y siempre estuvo en guerra con nuestro país, siempre quiso ganar la partida, conseguir desterrar los sueños hermosos de la mente de los humanos para poner en ellas las más horribles de las pesadillas -explicó-. Nuestro príncipe, el pequeño Sibak, ha caído prisionero, y ahora se encuentra en las mazmorras del castillo de Kanar.
- Pero.... ¿qué puedo hacer yo para ayudar? Sólo soy un muchacho, no conozco la forma de liberar a vuestro príncipe y además no creo ser lo suficientemente valiente como para enfrentarme a un ser como el que acabáis de describir -tembló-.
- Kanar solamente puede atacar con sus imágenes feroces, con sus pesadillas. Tú nunca has soñado, de modo que no pueden afectarte ni nuestros sueños ni los horrores de ellos. Por eso te hemos traído, eres el único que puede ayudarnos a recuperar a Sibak. Kanar ha amenazado con tenerle prisionero de por vida si no cesamos de enviar sueños bellos a las personas y dejamos el camino libre para que él y sus secuaces hagan llegar sus horrores.
- Últimamente mis amigos ya no contaban aventuras tan estupendas, en ellas había monstruos -pensó Godo en voz alta-.
- A eso me refería, muchacho. Ellos están ganando terreno a cada instante que pasa. Para proteger la vida de nuestro príncipe hemos tenido que ceder un poco, y ese ser infernal se está apoderando, poco a poco, de las mentes de las personas.
- ¿Quieres decir que de no hacer algo, mis amigos comenzarán a soñar cosas terribles? -se alarmó- ¿Murciélagos, dragones, y cosas así?
- En efecto.

Godo se dejó caer contra el respaldo del alto sillón y cerró los ojos. Ante él se encontraba un problema muy grave y, por lo que decía el anciano, parecía que la solución dependía sólo de su valentía. Era una gran responsabilidad, desde luego. Por una parte, si se negaba a ayudar al Consejo de Ancianos, ese tal Kanar, rey del País de las Pesadillas, acabaría por hacer que todos los humanos se revolviesen en sus camas, aterrados, mientras dormían. Por otro lado, si aceptaba ayudar a los componentes del País de los Sueños, debería enfrentarse con tan siniestro personaje. Y eso, no le hacía gracia. Ninguna.

Se levantó y miró uno a uno al grupo de hombres de larga barba.

- Creo que necesito pensarlo.
- Estás en tu derecho -asintió Soulo-. Pero, por favor, piénsalo pronto. Ya no nos queda mucho tiempo. Si Kanar consigue atravesar la Quinta Barrera, todos estaremos perdidos.
- ¿Qué es la Quinta Barrera? -quiso saber el muchacho-.
- Una zona limítrofe entre los sueños y las pesadillas. Hasta ahora la hemos gobernado nosotros, pero si Él la ocupase, nada libraría al mundo de su maldad.

Godo regresó a sus habitaciones apesadumbrado, agitado por lo que, sin desear, se le había venido encima. Pasó muchas horas en solitario, pensando, pensando, preguntándose si debía ayudar a Sibak, si debía regresar a su pueblo... A fin de cuentas, él no soñaba y en nada podían afectarle las batallas entre unos y otros. Pero de pronto, la imagen de sus padres, de sus abuelos y de sus compañeros, llenó su mente. Se le puso la carne de gallina al imaginarlos sumidos en terribles sueños, gimiendo de horror entre las sábanas de sus camas.

Se miró al espejo. No vio más que la imagen de un muchacho de corta edad, demasiado pecoso para su gusto, demasiado flaco para ser un héroe, y sobre todo, demasiado asustado para llevar a cabo una misión como la que querían encomendarle. Pero tomó una resolución. Si él podía evitarlo, nadie en el mundo sería esclavo de ese malvado Kanar. Lucharía contra él.

Cuando salió de sus habitaciones para buscar a Soulo, sintió correr por su cuerpo una sensación extraña, como un intenso picor agradable. Se preguntó si esa cosquilleante alegría sería la puerta hacía la valentía o hacía la locura.



CUATRO


ANTLY, TAKIA Y NOCHE

Los preparativos duraron muchas horas, tantas que Godo volvió a sentirse agotado.

Según palabras de Soulo iban a convertirlo en un gran guerrero, y Godo rió, realmente divertido, al imaginarse como uno de aquellos valientes de los cuentos que algunas veces le relataba su abuelo. Pero al ver lo que traían para él, dejó de reír. Miró muy serio a los ancianos y se adelantó para ver mejor los objetos.

Había una gran espada, pero tan liviana que podía levantarla con un dedo; brillaba como si estuviese hecha de oro. La empuñó y tomó pose de atacante, ante las sonrisas del Consejo.

- Esta espada no sirve para matar -dijo Soulo-, pero tiene un poder mejor: a quien toques con su filo viajará al Limbo, desapareciendo al instante. Te será útil para enfrentarte con los secuaces de Kanar. Y ahora, mira esto -le mostró un casco del mismo material que la espada-. Al poner este casco sobre tu cabeza te volverás invisible. Pasar las Tres Puertas, hasta el castillo Negro, no te será fácil.

Otro de los ancianos se le acercó, entregándole un escudo no demasiado grande, igualmente hermoso y brillante.

- Los rayos que lancen sobre ti podrán ser parados y desviados por el escudo.

Godo comenzó a sentirse mal. Por las palabras de los ancianos estaba claro que Kanar iba a enviar en su contra mil y una maldición. Se sentó en un sillón y suspiró sin saber qué hacer.

- ¿Te sientes capaz? -se interesó Soulo-. No podrás fallar una vez comenzada la misión o todo se vendría abajo y ya no habría tiempo para intentar buscar otro que nos ayude.

- Siento miedo.
- Eso es normal.


En esto estaban cuando se acercó una mujer vestida con una túnica color malva, de edad indefinida aunque sus cabellos eran tan blancos como el de los hombres del Consejo. Llevaba un estuche entre sus manos, una caja forrada de terciopelo rojo.

- Me llamo Galla -se presentó-. He sabido que vas a ayudarnos y he querido venir para entregarte el tesoro más preciado del País de los Sueños.

Le entregó la caja y él la abrió. Brilló en su interior un medallón hecho de oro con una gran piedra azul en su centro. Lo tomó, alzándolo para verlo mejor, y después miró a la mujer.

- Es el medallón de los Sueños -sacó de dudas a nuestro amigo-. Habrás de llevarlo siempre contigo, colgado de tu cuello. Te protegerá en el caso de que Kanar encuentre un resquicio por el que enviar pesadillas a tu cerebro. Pero has de tener cuidado, Godo, porque es un medallón muy valioso; sólo existen dos en todo el País de los Sueños y es posible que Kanar quiera quitártelo para destruirlo.

- Entonces... ¿por qué llevarlo?
- Tiene un poder mágico. Al ser que consigas ponerle ese colgante al cuello comenzará a tener visiones maravillosas -dijo-. Puede que resulte útil para convencer a alguno de los seguidores del rey de las Pesadillas.

Y así, armado con casco, espada, escudo y medallón, nuestro héroe iba a lanzarse a la más vertiginosa aventura de la que nadie haya tenido noticia. Una aventura que podía salvar a los humanos, si podía acabarla con éxito; de fracasar, podía sumir a las persona en la angustia de las pesadillas por siglos y siglos.

Para ayudar en la primera parte del recorrido, el Consejo de Ancianos hizo llegar hasta las puertas mismas del castillo a unos extraños personajes.

El primero se le presentó en forma de cántaro de agua cristalina. Godo lo tomó en sus manos, pero de repente el cántaro comenzó a vibrar hasta que cayó al suelo y rodó unos metros. El agua que contenía se esparció por el terreno y después, ante los asombrados ojos del muchacho, fue tomando forma, ascendiendo, modelándose, llegando a la altura de una persona... Poco a poco, la pequeña cantidad de agua fue convirtiéndose en un hombre joven, alto, de cabello rubio. Su transparencia cristalina desapareció para dar paso a un ser hermoso y perfecto, que sonrió a Godo.

- Me llamo Antly, y soy el hombre de agua. Puedo ser, como ya has visto, una pequeña porción metida en una vasija, o volverme el río más impetuoso, o la catarata más bella, o el manantial más fresco.


Godo permaneció con la boca abierta hasta que apareció el segundo personaje. Esta vez se trataba de una bella muchacha de largo cabello negro y ondulado que vestía una corta túnica color miel. Cuando estaba ante él, aquél ser de fantasía abrió los brazos, y de ellos surgieron miles de hilos de colores que se alargaron hacía arriba, entremezclándose, susurrando en su carrera, obligándole a parpadear. Un instante después, unas enormes alas de mariposa adornaban el cuerpo de la muchacha convirtiéndola en algo tan hermoso que apenas podía creerlo.

- Mi nombre es Takia -dijo ella-. Cuando decido desplegar mis alas de mariposa puedo elevarme hasta el cielo, hasta el mismo sol.

Pero no habían terminado los asombros para nuestro amigo, ni mucho menos. Después de sentirse atontado ante la belleza de los dos seres que iban a acompañarle durante el primer recorrido de su peligrosa aventura, casi se sintió agradecido al ver al tercero de sus acompañantes.
Era un caballo de color azabache, negro como la noche, una mancha en forma de estrella de pelo blanco, adornaba su frente. Las patas eran delgadas y firmes, el cuerpo esbelto, brillante el pelo y las crines, majestuosa su larga cola.

- Al menos, -dijo Godo en voz alta- este es un caballo y nada más.

Pero su sorpresa fue mayúscula cuando el magnifico animal lanzó un relincho y de sus costados, con una celeridad que le dejó mudo, comenzaron a crecer unas alas tan negras como el resto del caballo. Unas alas que recogió después de desplegarlas para mostrar su hermosura. Godo no supo qué decir.

Así fue como poco después, montados Godo, Antly y Takia sobre el caballo, al que nuestro amigo bautizó con el nombre de Noche, se despidieron del Consejo de Ancianos y partieron, surcando los cielos azules del País de los Sueños, hacía aquél otro mundo distante y tortuoso en el que él, y solamente él debía entrar.

Pensó nuestro amigo que conseguiría convencer a sus tres acompañantes para que siguiesen juntos después de pasar el límite de las fronteras y con esa idea viajó mas contento.
Pero no sabía que ni Antly ni Takia, ni siquiera Noche, podrían salir del País de los Sueños para ayudarlo.


CINCO


HATTOR

Durante los dos primeros días de marcha, a lomos de Noche, que no parecía jamás cansado por el viaje, nuestro amigo y sus compañeros de aventura no encontraron dificultades. Vagaron por parajes inmensamente verdes, plagados de lagos cristalinos y ríos de aguas profundas y azules. Lo que más asombró a Godo fue la cantidad de nenúfares que encontró y las plantas extrañas que le fue indicando Antly y que él desconocía.

Sin embargo, al tercer día iban a encontrarse con el primer conflicto.

De pronto, la tierra comenzó a temblar bajos sus pies, Noche relinchó y movió la cabeza preocupado y un segundo más tarde una tormenta de lava comenzó a avanzar hacía ellos de forma vertiginosa y amenazadora.

Takia desplegó sus alas y alzó el vuelo hacía el cielo, que se iba tornando a cada paso más rojo de un color parecido al de un incendio. Voló lejos, casi hasta que la perdieron de vista y después regresó con el rostro alterado por la preocupación.

Les hizo detenerse y explicó, en breves palabras, lo que sucedía a unas cuantas millas de distancia.

- Se trata de Hattor, el hombre de fuego, -dijo- y es más que probable que consiga destruirnos a todos si no encontramos un refugio lo suficientemente bueno.

Godo no preguntó si era cierto o no el hecho de que un hombre de fuego viniese a destruir el placer de la cabalgata, porque después de ver como Antly había pasado de ser el agua de una triste vasija a un hombre de carne y hueso, todo le parecía la mar de real, de manera que condujo a Noche hacia el lugar que Takia indicaba y rogó para tener tiempo de escapar de tan terrible enemigo.

Casi achicharrados por el fuego de su oponente llegaron a una cueva profunda, en las faldas de una gigantesca montaña de piedra. Y allí se escondieron los cuatro.

Comenzó a pensar que toda aquella aventura no era más que una locura desmedida y que si debía enfrentarse con enemigos tan temibles y malhumorados, más valía abandonar ahora que aún estaba a tiempo. Sin embargo, una vez más venció su sed de justicia y, pensando que no debía abandonar a sus amigos a su suerte, preparó el plan de ataque que fue escuchado con ansiedad por el resto del grupo.

Una vez conocida la estratagema a seguir, aguardaron en silencio hasta que en el exterior estalló un trueno que hizo temblar toda la ladera de la montaña y a punto estuvo de sepultarlos en la cueva. El azul del cielo se había tornado de un rojo intenso y ante la mismísima entrada del refugio, una llama de proporciones gigantescas elevaba las chispas a alturas increíbles.

Godo se armó de valor, tomó el casco y se lo puso sobre su cabeza, desapareciendo de la vista de sus amigos al instante. Luego, pudieron seguir sus pasos debido a las huellas que sus sandalias dejaron en la fresca y húmeda tierra de la cueva. Las huellas se acercaban a la salida.

Ya en el exterior, rodeó con cuidado lo que ya no era llama sino hoguera y sintió un escalofrío al ver que se iba transformado en una figura humana de retorcida apariencia. El hombre, si es que podía llamársele de esa forma, que acabó por aflorar el extinguirse la hoguera, bramó rabiosamente y lanzó juramentos feos contra los que se escondían de su cólera.

- ¡Salid de ahí, cobardes! -les gritó sin darse cuenta de que Godo se encontraba ya a sus espaldas-. ¡Salid o me convertiré en lava y os asaré dentro de esa cueva para poder comeros después como si fueseis chuletas!
- ¿Por qué no me asas primero a mí, grandullón? -rió entonces tras él nuestro héroe-.


Hattor, el hombre de fuego, respingó y giró para ver quién osaba ya no sólo dudar de su palabra sino reírse de su poder. Pero a nadie vio y pensó que había escuchado el aullido del viento.

- ¡Vamos, cobarde! -volvió a gritarle Godo-.

De nuevo el hombre de fuego giró para encontrar al atrevido y loco intruso que le desafiaba. Aquella vez se quitó el casco, sólo un segundo, lo suficiente como para que Hattor pudiese verle. Y cuando el malvado ser se lanzó en su persecución, Godo volvió a burlarlo, desapareciendo.

Bramó Hattor, rabioso por ser incapaz de dar con tan pequeño enemigo y recorrió todos los rincones alrededor de la entrada de la cueva para hallarlo. Únicamente escuchó la risa de nuestro amigo, tras su espalda, a su lado derecho, al izquierdo, encima de su cabeza, bajo sus piernas...

Mientras tanto, Antly había conseguido salir de la cueva y situarse encima mismo de ella, escondido entre unas rocas. Aguardó pacientemente a que la valentía de Godo pusiese al hombre de fuego en posición idónea para atacarle. Y consiguió lo que se proponía al quitarse el casco frente a la entrada de la cueva y hacer que Hattor corriese hacia allí con ánimos de convertirle en un buen asado.

Fue entonces, justo cuando el malvado enviado del rey de las pesadillas se plantó frente a la entrada del refugio, que Antly actuó, con toda la fuerza y la sabiduría de que era capaz. Se concentró hasta el extremo de que su cuerpo se fue diluyendo rápidamente, convirtiéndose primero en un chorro casi ridículo de agua que comenzó a mojar las piedras; luego pasó a ser una limpia cascada que corrió libremente, más tarde un río que tomó proporciones enormes en cuestión de segundos. Para cuando Hattor quiso entrar en la cueva y convertir a nuestros amigos en teas ardientes, Antly era ya una inmensa catarata de agua que cayo desde lo alto de la montaña.

El enviado de las pesadillas lanzó un alarido que puso a Godo los pelos de punta y luchó desesperadamente por librarse a toda costa de aquella inmensa cantidad de agua que se le venía encima. De poco le sirvió ya que segundos después estaba totalmente apagado.

Antly se convirtió de nuevo, poco a poco, en un hombre, mientras que Godo, Takia y Noche salían aún asustados del interior de la cueva.

De Hattor sólo quedaba un montón de cenizas empapadas que los cascos de Noche pisotearon mientras lanzaba un relincho de satisfacción y hacía reír a nuestros amigos.


(Mañana continuará...)


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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

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6 comentarios:

Anónimo dijo...

Al igua que en Lo que dure la eternidad y en el resto de los primeros capítulos de todos los libros que has colgado aquí, tus cuentos enganchan desde la primera palabra. Es un placer leerte.
Ya estoy loca por que llegue mañana.

Un beso
Isabel

Anónimo dijo...

Otro estupendo cuento que promete mucho. Sigue, sigue, que mañana vuelvo.

Mayte

Anónimo dijo...

Creo que este cuento me va a gustar más que el otro, jajaja ¡está muy interesante! ¡qué miedo!

Besos
Merce

Solima dijo...

Por aquí vuelvo otra vez para ver cómo sigue la historia.
Yo también vuelvo mañana.

Un beso.

Aurora dijo...

He estado dando una vuelta por tu página. Me ha gustado mucho todo lo que he leído. Volveré, porque hay mucho y no tengo tiempo para leerlo de una vez.

Saludos

Nieves Hidalgo dijo...

Siempre es un placer leer las bonitas cosas que me decís. No sabéis cómo os agradezco que dediquéis unos minutitos a dejarme vuestras palabras.

Aurora, bienvenida a mi casita virtual.

Un abrazo a todas.