domingo, 30 de noviembre de 2008

En busca de Sibak © (Capítulos 12, 13, 14 y final)


DOCE

EN BUSCA DE SIBAK

Únicamente existía un modo de conseguir el fuego de los dragones y era incitándolos, enfadándolos para que abriesen sus enormes bocazas y lanzasen una llamarada. Claro que era peligroso, porque si le pillaban en medio, quedaría chamuscado como un filete demasiado puesto en la parrilla. Los ancianos del Consejo le habían facilitado armas excelentes, pero con ellas no podía sacar a Sibak de su prisión y ahora debía usar su ingenio.

Al ver las colas de los dragones y sus tripas gordas y desagradables cruzadas por rayas horizontales, tragó saliva y estiró un poco el cuello de su camisa que parecía pegado al gaznate. Aquella sensación era pánico y no otra cosa, pero ya es sabido que los valientes son los que se enfrentan con el miedo y lo vencen, de modo y manera que se dirigió con paso resuelto hasta uno de los monstruos. Tan pronto llegó a su lado, se situó al final de la cola, puso la bota encima, tomó aire y luego, con toda su fuerza, arreó un pisotón.

Podéis imaginar el alarido que soltó el dragón al sentir el dolor. Saltó sobre su pata derecha, luego sobre la izquierda y por fin se agarró la punta de la cola y sopló mientras lágrimas gordas y verdes escapaban de sus ojos. El otro dragón le miró alzando las cejas y bufó, dándole la espalda. Godo no pudo reprimir un ataque de risa al ver a tal gigantón saltado y soplando como un loco.

De pronto, el animal se dio cuenta de su presencia y gruñendo con tanta fuerza que pareció la erupción de un volcán, avanzó con sus enormes patazas hacia nuestro amigo, haciendo temblar el suelo. A Godo se le pasó la risa en un segundo y apenas tuvo tiempo para guarecerse tras el escudo cuando una llamarada roja y naranja le chamuscó parte del flequillo. Godo se puso furioso por el ataque, ¡con lo que cuidaba él su peinado! Olvidando el peligro se encaró al dragón.

- ¡Bicho asqueroso! -gritó-.

El monstruo, en un principio, alzó las cejas y respingó. Seguramente era la primera vez que alguien lo insultaba. Pero luego lanzó una nueva llamarada que estuvo a punto de quemar, ya no el flequillo, sino toda la cabeza de nuestro héroe.

- Bueno, hombre... no ha sido para tanto.

Godo saltó a un lado al ver llegar una nueva lengua de fuego y después, convencido ya de que el dragón le seguiría para tratar de freírlo, corrió hacia el interior del castillo en dirección a la celda de Sibak. En efecto, el animal le siguió con toda la velocidad que su enorme corpachón le permitía.

- Vamos, grandullón -pinchó el muchacho-. ¿Es que no puedes correr más aprisa? ¡Lagarto!

¡¡Lagarto!! Oh, eso sí que enfureció de veras al dragón. Sus ojos amarillentos se achicaron al ver a su pequeño enemigo. ¡Llamarle lagarto a él, el más temible dragón del País de las Pesadillas!

Al doblar el recodo, vio a nuestro amigo. El jovencito parecía acorralado, sin saber hacia donde dirigirse, pegado a una enorme puerta cerrada y mirando asustado a todos lados. El dragón soltó algo parecido a la risa y su panza se agitó mientras su nariz lanzaba bocanadas de humo negro.

- Ni siquiera sabes reírte como es debido -incitó aún más Godo-. Me parece que no eres más que un dragón de pacotilla.

Aquello sí que acabó por enfurecerlo. Se tiró de las puntiagudas orejotas, se afiló los dientes e hinchó el pecho. Godo supo que iba a atacar y se preparó para la batalla. Justo en el instante en que el animalote abría la boca y lanzaba una llamarada enorme, saltó a un lado y el fuego se estrelló contra la madera de la puerta. Corrió luego Godo hasta ponerse tras el dragón y sacó su espada. El monstruo se giró, buscándole, pero ya era demasiado tarde, el filo de la espada tocó una de sus pezuñas y entre bramidos fue desapareciendo, aunque tardó un buen rato debido a su enorme tamaño.

Cuando ya no hubo rastro del dragón, Godo corrió hacia la puerta y golpeó la chamuscada madera. En cuanto se hizo el primer boquete saltó dentro. Tosiendo, en medio del humo, buscó a Sibak y al instante, una manita pequeña y tibia se aferró a la suya. Miró hacia abajo y sonrió al ver a un niño que no levantaba un palmo del suelo, rubio como el oro y con inmensos ojos azules, que le sonreía a su vez. ¡Oh, sí, ese tenía que ser el Príncipe de los Sueños! La dulzura de sus rasgos no dejó dudas a nuestro amigo.

Tomó a Sibak entre sus brazos y salió coriendo para escapar del castillo antes de que el fuego lo consumiera hasta sus cimientos. Estaban a punto de llegar a la salida cuando un bramido furioso les sobresaltó.


TRECE

KANAR, REY DE LAS PESADILLAS

- ¡Maldito seas, mocoso!


Kanar, rabioso por la burla de aquel muchachito, estaba delante de ellos. Su capa oscura le confería un halo fantasmal y su rostro, de color vinagre, estaba retorcido por la furia.

Godo alzó el brazo armado con el escudo protegiendo a Sibak. Los rayos lanzados por los dedos de Kanar alcanzaron la pulida superficie y les lanzaron dos metros hacia atrás, haciendo que cayeran dolorosamente sobre su trasero. De inmediato se puso nuestro amigo en pie y protegió el cuerpecito del príncipe de la segunda ráfaga de rayos.

- ¡No saldrás vivo del País de las Pesadillas, muchacho intruso!

Godo miró aterrado a Kanar. En toda aquella endiablada aventura nada había encontrado tan pavoroso como aquel malvado ser; ni las serpientes del pantano, ni los toros-halcón, ni las lilias, ni siquiera los dragones guardianes de la puerta del castillo. Todos esos monstruos parecían abuelitas comparados con Kanar. El rey era más perverso que todos los demás juntos, más fiero y temible.

- Protégete con el escudo, Sibak -le dijo al pequeño-, voy a tratar de burlarlo.
- ¿Qué vas a hacer?
- Lo único que puedo, príncipe. Si no lo consigo, ninguno de los dos saldremos de este castillo.

Dejando a Sibak guarecido tras una columna y el escudo mágico, saltó hacia adelante con rapidez y corrió hacia el otro extremo de la galería; quería llamar la atención sobre él para proteger al pequeño. Kanar le vio pero pensó que el muchacho escapaba al ver el peligro, dejando de nuevo al prisionero en sus manos.

Kanar lanzó de nuevo sus rayos mortales y Godo los esquivó, se estrellaron contra un muro que cayó hecho pedazos formando una gran polvareda. Divertido, el rey de las Pesadillas se propuso jugar al gato y al ratón con su enemigo. ¿Adivináis quien era el ratón y quien el gato?

Pero Godo era listo, valiente y sobre todo imaginativo en la batalla. Saltó de un lado a otro hasta que consiguió marear a Kanar, obligándole a buscarlo tras las columnas, dando vueltas y más vueltas para lanzarle sus mortíferos rayos destructores. Luego, en un momento de descuido, mientras el rey recuperaba el resuello, mareado de tanto girar, se encaramó a la bóveda de la galería ascendiendo por el muro medio destruido. Allí, se quitó el talismán del cuello y se preparó para atacar a Kanar cuerpo a cuerpo. Abajo, el maldito rey se enfureció al no encontrarlo y gritó tan alto que las piedras temblaron y Godo hubo de sujetarse para no caer por el efecto de aquel trueno.

- ¡Sal de tu escondite! -gritó Kanar- ¡Nada te salvará de mi poder!
- No sólo me verás, sino que vas a sentirme - dijo Godo al tiempo que se lanzaba sobre él, cayendo sobre su espalda-.


Kanar gritó y trató de quitarse al muchacho de encima, pero Godo se aferró con firmeza a su cabello y ni las patadas ni los saltos consiguieron que se soltase. Con rapidez hizo resbalar el talismán sobre la cabeza del malvado y luego saltó para escabullirse tras una columna.

- ¿Qué es esto? -se alarmó el oscuro rey-.

Mientras que la incertidumbre de Kanar les daba unos segundos de respiro, Godo cogió a Sibak, se lo cargó sobre el hombro y salieron de allí como alma que lleva el diablo. De inmediato, escucharon los bramidos del rey de las Pesadillas, pero... sólo duraron un segundo porque el talismán comenzó a hacer efecto.

Kanar vio ante sí un inmenso jardín de flores rojas y amarillas y su perverso rostro se dulcificó ante tanta belleza. Ya acudían en su ayuda los vasallos, que quedaron asombrados al ver el gesto risueño de su amo y señor, sonriéndoles beatíficamente.

- Quiero flores -dijo-. Muchas flores -pero de nuevo su mente se volvió negra y cambió el gesto- ¿Qué estoy diciendo, maldición? ¡Quiero rayos y centellas, truenos, terremotos! ¡Que rodeen el castillo con espinos! ¡Que no escapen y...! -de nuevo el talismán cambió su humor-... ¡Que me traigan peces de colores! ¡Este castillo está sucio y huele mal! Un estanque de aguas doradas con cisnes blancos y... -surgió otra vez su malhumor y frunció el ceño de modo horrible- ... ¿Qué diablos me está pasando? ¡No quiero cisnes, quiero buitres y serpientes de largos colmillos!

Y así continuó, luchando entre las visiones maravillosas que el talismán enviaba a su cerebro y la necesidad de seguir siendo tan perverso como siempre, hasta que no pudo resistir más y comenzó a lanzar rayos en todas las direcciones. Los súbditos, corrieron a refugiarse de su ira que iba destruyendo los muros del castillo...

Godo y Sibak consiguieron llegar hasta la falda de la montaña, burlando al único dragón que quedaba en la puerta y desde allí pudieron ver como el castillo negro comenzaba a desmoronarse debido a la locura de Kanar. Había sido demasiado para él ver visiones hermosas y había acabado loco de atar.

Inmensos pedruscos procedentes de las altas almenas comenzaron a caer, rodando montaña abajo. Godo subió a Sibak sobre sus hombros y emprendió el regreso. Ahora que Kanar estaba destruido, llegar a los confines de aquel mundo siniestro y alcanzar el borde de la tierra de nadie, era cuestión de tiempo...



CATORCE

EL REGRESO

Llegaron al borde del abismo montados a lomos de un pequeño unicornio de pelaje sucio y oscuro al que Sibak pudo convencer para que los llevase, ahora que el poder de Kanar había sido destruido. La alegría de nuestros amigo fue inmensa cuando, volando sobre la oscura sima vieron a Noche, sus alas desplegadas con majestuosidad, relinchando a modo de saludo.

Ya no importaba que Kanar supiese de su presencia puesto que Sibak era libre, de modo que Noche se posó esta vez en el suelo, cerró las alas y esperó a que ambos abandonasen el unicornio y subieran a su lomo. Luego de recibir las caricias de los dos, alzó de nuevo el vuelo y emprendió el regreso.

La fiesta que se organizó en el País de los Sueños fue grandiosa. Todo fue algarabía, risas y bromas; el zumo corrió en ríos, los manjares se sucedieron unos a otros, la música de arpas y clarines se extendió por todo el reino como muestra del regocijo general.

Más de cuatro días con sus noches duraron los agasajos a Godo, las muestras de afecto de los súbditos de Sibak, el agradecimiento por su valentía. Nuestro amigo lo pasó estupendamente; tanto, que casi de olvidó que debía regresar a su mundo y abandonarlos.

El último día de festejo, Godo fue llevado a la sala del trono y recibido por Sibak. El pequeño príncipe era tan diminuto que apenas se le veía, embutido entre cojines de colores. Se inclinó ante él, pero el niño le indicó que se levantara.

- Nunca deberás inclinarte ante mi, amigo mío, porque te debo la vida y la felicidad de mi reino -le dijo-.

Después hizo venir a la anciana Galla, la única que conocía el secreto de la fabricación de los talismanes de los Sueños. La mujer había confeccionado uno hermoso, que entregó al príncipe. Sibak lo puso en el cuello de Godo.

- Este talismán ha sido hecho especialmente para ti. Deberás guardarlo como el regalo más preciado de nuestro pueblo. Yo, por mi parte, te concedo desde este momento la facilidad de soñar cada noche.

Después, el más anciano del Consejo le entregó una caja pequeña forrada de raso dorado y el muchachito la tomó, intrigado.

- Es la llave del País de los Sueños -informó el anciano-. Con ella podrás acceder a nuestro mundo cuantas veces gustes, sólo debes introducirla en el tercer agujero de la cuarta rama del gran árbol del parque de tu pueblo y la entrada se abrirá para ti. Sólo para ti.

Godo agradeció tan magníficos regalos con lágrimas en los ojos y se despidió de Antly, que le abrazó con fuerza, de Takia, que esparció sobre su cabeza polvos de oro de sus alas, y de Noche que le acarició la cabeza con su hocico y relinchó con pesar. Luego, triste pero esperanzado de poder volver allí cuando quisiera, dejó que un grupo de chiquillos le acompañasen hasta la salida, atravesando el inmenso jardín de frutales y flores. Antes de empezar a ascender por el empinado tobogán, prometió volver pronto.


Al cabo de unos segundos se encontró saliendo del tronco del árbol y de inmediato el agujero se cerró en silencio, como si jamás hubiese estado allí. Godo estaba solo en el parque, bajo una copiosa nevada que le hizo tiritar. El parque había sido cerrado, por lo que se vio obligado a saltar la verja. Se encaminó hacia su casa, preguntándose qué explicación iba a dar a su familia por su desaparición.


Cuando llamó a la puerta de su casa y abrió su abuela, su sorpresa fue mayúscula. La anciana, sin la menor muestra de preocupación, le hizo pasar.

- ¿Donde te has metido? Te esperábamos hace media hora.

¡Media hora! Entonces... ¿Todo había sido un sueño? ¿Una fantasía? Sintió una lástima infinita al pensar que sus amigos no eran sino una alucinación. Pero palpó su bolsillo y sintió el bulto que formaba la cajita de raso. ¡Y tenía el talismán colgado al cuello! ¿Como era posible entonces que sólo hubiese estado ausente media hora? ¿Acaso toda su aventura había transcurrido en cuestión de minutos?

De pronto, las voces de sus padres, hermanos y amigos llegaron a sus oídos en forma de canto, mientras su madre avanzaba hacia él con una enorme tarta en las manos en la que había doce velas encendidas.

- ¡Feliz cumpleaños! -Godo se rascó la coronilla y les miró absorto, totalmente confundido-.
- Caray -dijo con una sonrisa-. Se me olvidó que hoy era mi cumpleaños.

Comenzó a reír al darse cuenta de que había tenido el regalo más maravilloso de todos, el sueño más bello, la aventura más fascinante.


Y ESTE ES EL FINAL


Godo vivió muchos, muchos, muchos años, hasta que fue un viejecito de larga barba y cabello blancos como la nieve. Durante todos los años que vivió se reunió invierno tras invierno con sus amigos para contarles las más fantásticas aventuras, porque con el don que le dio Sibak era capaz de soñar las cosas más hermosas y sus relatos dejaban a todos con la boca abierta. Hizo muchos viajes al País de los Sueños, cada vez que sus obligaciones le dejaban un momento libre y debido a sus historias y a su bondad, consiguió ser admirado y querido por todos; su fama de narrador llegó hasta los confines de la tierra.

Y ahora, ya podéis cerrar los ojos y soñar con Antly, con Takia, con Noche y con Sibak. Pero por favor, jamás soñéis con el País de las Pesadillas.





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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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9 comentarios:

Anónimo dijo...

Un cuento precioso, Nieves. Me ha gustado muchísimo. Un millón de gracias por tan bonito regalo.

Besos,
Merce

Solima dijo...

¡¡¡Qué bonito!!!

Gracias.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Una preguntita: ¿Estos dos cuentos forman parte de algún libro? ¿Está publicado? ¿Cómo se llama?

Me han gustado muchísimo.

Saludos
Sonia

Anónimo dijo...

Llevaba mucho tiempo sin pasar por aquí y me he encontrado con que también escribes cuentos y son realmente fantásticos. Enhorabuena.

Besos,
Paqui

Anónimo dijo...

Ah, cómo me ha gustado este cuento también. Mis más sinceras felicitaciones.

Mayte

Bego dijo...

Aquí te dejo mi saludo, no te digo que me ha parecido este cuento porque aún no he querido leerlo.

Besos.

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias a todas por pasaros por aquí a leer lo que escribo. Me encanta leer vuestros comentarios.

No,Sonia. Estos cuentos los escribí para mi hijo hace muchos años y ahora he querido compartirlos para apoyar la importante labor de Save the children.

Un beso a todas.

Anónimo dijo...

¡Me ha encantado! Muchísimas gracias.

Saludos

Rosa

Marta Lara dijo...

Una iniciativa preciosa.

Acabo de copiar los dos cuentos para mis niñas. No conocía este blog y he llegado de casualidad a él. Me lo apunto.

Un abrazo y gracias por el regalo. Ahora mismo paso por Save the children.