miércoles, 26 de noviembre de 2008

En busca de Sibak © (Capítulos 1 y 2)

Soñar.
Cerrar los ojos y navegar por el mundo de los sueños hermosos, llenos de colorido y aventuras.

Soñar.
Cerrar los ojos y sumergirnos en el horrendo mundo de las pesadillas.

¿Quién elegiría lo segundo pudiendo tener los primero?

Sólo un niño podría salvar El País de los Sueños. Sólo un niño, con su valentía, sería capaz de vencer al Rey de las Pesadillas.


UNO

EL NIÑO QUE NO SABÍA SOÑAR

Corría el año de 18.... no sé cuantos, en el pequeño pueblo de ... no recuerdo, en un país muy, muy, pero muy lejano...

Godo era un muchacho de doce años, algo delgado, alto, de pelo rojizo y cara repleta de pecas, sobre todo en la nariz donde se acumulaban del mismo modo que las lentejas en un plato. Tenía unos ojos vivarachos, grandes y muy azules, que parecían verlo todo. También tenía unos padres que le adoraban, unos abuelos que procuraban darle caprichos, un perro muy lanudo, un tren de madera pintado de verde y rojo, un pato al que cuidaba personalmente... pero se estaba quedando sin amigos. ¿Que cómo era posible? La razón era simple: durante los meses de invierno, cuando las altas montañas se cubrían de nieves que, poco a poco, bajaban hasta posarse en el pueblo convirtiéndolo en una postal navideña, los muchachos de la localidad solían reunirse alrededor de una gran chimenea y, mientras tomaban chocolate caliente con bizcochos, contaban mil y una aventuras y cientos y cientos de sueños.

Todo el mundo sueña, unas veces los sueños son agradables y otras no, pero al despertar nos da la sensación de haber estado durante toda la noche tomando parte de la andanza. Sin embargo, nuestro amigo Godo no soñaba. Jamás pudo contar nada en las reuniones a las que asistía, una y otra vez, maravillado ante el despliegue de fantasías que sus amigos relataban.

Evidentemente, sus compañeros comenzaron a pensar que no deseaba contarles sus sueños. Al principio insistieron, luego se burlaron, y más tarde comenzaron a hacer un gran vacío a su alrededor. Godo se sentía cada vez más desdichado.

Aquella tarde de invierno había salido de la reunión más apesadumbrado que de costumbre. ¿Acaso él no era un muchacho normal? ¿Por qué entonces no soñaba? ¿Tan difícil era poder cerrar los ojos y vagar por el mundo de la fantasía?

Como tampoco sabía mentir era incapaz de inventar algo que se pareciese a un sueño; por otra parte, al no haber sido jamás protagonista de ninguno, no tenía ni idea de la forma en que comenzaban, ni en la que acababan, y mucho menos cómo podía desarrollarse uno de aquellos fenómenos maravillosos. Estaba seguro de que si hubiese tratado de inventar alguno, sus amigos lo hubieran notado, y le habrían llamado mentiroso.

Caminó en dirección a su casa con la cabeza gacha, temeroso de que sus amigos acabasen por despedirle de sus reuniones, porque él adoraba a sus compañeros y hubiera hecho cualquier cosa por ellos. Todo, salvo contarles lo que le era imposible. Y tan ensimismado iba en sus pensamientos que casi chocó contra una figurita menuda que se le vino al paso. Respingó y miró con mucha atención al niño que tenía delante. No podía tener más de cuatro años, rubio, de grandes ojos. Se alarmó al darse cuenta de que el pequeño llevaba como única prenda de vestir una liviana túnica de un extraño tono dorado. De inmediato se quitó el abrigo de los hombros y lo arropó mientras el pequeñín que lo miraba sonriente.

- ¿Te has perdido? –Preguntó, alterado ante la posibilidad de que el crío pillara una pulmonía- ¿Cómo te llamas? ¿Dónde están tus padres? ¿Dónde vives?

A ninguna de las preguntas hubo respuesta, pero el niño le tomó de la mano y tiró de él. Godo le siguió, convencido de que quería llevarlo seguramente a su casa. Pero aquella frágil criaturita le condujo con determinación hacia el parque. No era aún muy tarde y las altas verjas que lo rodeaban estaban abiertas. A Godo le extraño y trató de impedirle que siguiera.
- No podemos entrar ahí, cerrarán pronto y debemos encontrar a tu familia para...

Estaba metido en explicaciones cuando el pequeñito se le escapó de la mano y corrió hacía el interior. Asustado, le siguió tratando de darle alcance. Le vio ocultarse tras un inmenso árbol, el más antiguo del pueblo, tan grueso que un carro podría entrar a través de su tronco, siempre y cuando el alcalde consintiera en practicar el túnel. Sonrió, pensando que el niño no quería otra cosa que jugar, y lentamente se acercó hasta la corteza rugosa para, entre juego y juego, conseguir averiguar el paradero de los padres del pequeño. Pero cual no sería su sorpresa al rodear el árbol y ver que no había nadie. Sin embargo, algo alertó a nuestro amigo: un enorme agujero practicado en el tronco parecía invitarle a adentrarse en el gigantesco cuerpo del árbol.

- ¿Estas ahí? -gritó. Al no obtener respuesta se enfadó de veras- ¡Oh, vamos, sal de una vez! Voy a llevarme una buena reprimenda si llego tarde a casa y todo será por tu culpa.

Como nadie contestó a sus ruegos decidió meterse en el enorme agujero, que por otra parte, no recordaba haber visto jamás. Pensó, mientras se internaba en el árbol, que el alcalde se pondría hecho una furia cuando se enterara de la salvajada practicada en el árbol más antiguo de lugar. Tal vez el más antiguo y gigantesco de todo el país.

La oscuridad era total y absoluta y Godo, a pesar de ser un muchacho valiente, comenzó a sentir el cosquilleo del temor y el vello de la nuca se le erizó al escuchar la risa lejana del niño. Luego, como si una mano invisible hubiera atrapado sus tobillos, resbaló, cayó en el suelo, y comenzó a deslizarse por una pendiente inclinada, muy inclinada, como un enorme tobogán que lo engullía hacia el corazón mismo del árbol.
Godo gritó, ahora ya muy asustado, mientras seguía sin ver nada y caía, caía, caía.....,


DOS

EN EL PAÍS DE LOS SUEÑOS

Esperó el golpe durante todo el tiempo que duró la vertiginosa bajada por aquel oscuro tobogán, y sin embargo, cuando sus ojos sintieron el calor de la luz del sol, su cuerpo se precipitó sobre el mullido colchón de millones de flores que amortiguaron lo que podía haber resultado un tortazo de campeonato. Abrió los ojos y se olvidó de respirar.

Se encontraba en el paraíso. Tenía que tratarse del paraíso porque jamás había visto un lugar tan hermoso. Las flores, de múltiples colores, alfombraban un inmenso valle en donde los caminos estaban trazados por amapolas rojas como la sangre, había árboles frutales por todos los lados y sus ramas se vencían cargadas de un sin fin de apetitosos manjares. Al fondo unas montañas plateadas y brillantes, a su derecha un río de aguas cantarinas, transparentes, invitaba a nadar....

Se preguntó qué lugar sería aquél. No había salido del pueblo, pero de repente se encontraba en un paisaje de ensueño donde hacía calor y le estorbaba la rebeca de lana, regalo de su abuela.

Comenzó a caminar, atontado ante tanta maravilla, admirado ante el hecho de que al pisar las flores, estas no se rompían sino que se inclinaban bajo el peso de su cuerpo para, una vez libres, volver a quedar tan erguidas como antes. Se acercó hasta un melocotonero y las yemas de sus dedos tocaron, casi con miedo, la suavidad de uno de los frutos.

- Si quieres, puedes comer -dijo una voz suave-.

Godo respingó y miró hacía todos los lados buscando al dueño de aquella voz, pero no vio a nadie. De repente, en su mente aturdida se hizo una luz. ¿Estaría soñando? ¿Eso era un sueño? ¿Por fin lo había conseguido? Contento con ese pensamiento tomó el melocotón y le dio un mordisco. Era sabroso, como jamás recordaba haber probado otro, de modo que tomó uno más y lo guardó en el bolsillo de su pantalón de pana. Y así, andando y andando, siguiendo siempre el camino trazado por las rojas amapolas, recorrió un gran trecho hasta que por fin apareció la majestuosidad de un castillo altísimo. Hubiese jurado ante cualquiera que el castillo estaba esculpido en mármol blanco. Sus altas almenas reflejaban la luz del sol cegando sus ojos y hubo de hacer visera con la mano para poder admirar la regia construcción.

Sintió algo a su derecha y al mirar su sorpresa fue mayúscula al descubrir, pegado a sus pantalones, al pequeño al que persiguiese en el parque. Llevaba aún su abrigo sobre los hombros y le sonreía de oreja a oreja, seguramente divertido por haberle burlado.

- De manera que tú formas parte de este sueño -rió Godo-. Bien, estoy dispuesto a seguir con esto hasta el final, de manera que... ¿dónde vamos ahora?


El niño le tomó de nuevo de la mano y señaló hacía el blanco castillo. Sin una palabra se dirigieron hacía allí y aunque la caminata fue larga, no se sintió cansado ni mucho menos. Estaba disfrutando de lo lindo de su primera experiencia en lo que a sueños se refería.

Al llegar cerca del castillo, un inmenso lago azul les cerró el paso, pero antes de poderse preguntar la manera en que pasarían, el pequeño acompañante de Godo lanzó una amapola al agua. Casi de inmediato dos enormes cisnes blancos hicieron acto de presencia y, siempre bajo las indicaciones de su acompañante, Godo montó sobre uno; el niño hizo lo mismo en el otro y ante el constante asombro del muchacho las dos aves se pusieron en camino, atravesando el lago con una rapidez extraordinaria, para llevarles a la isla situada en el centro del mismo, donde se erigía el castillo. A él le pareció ya de cerca, más inmenso que antes.


La gran puerta dorada que daba acceso al interior de la fortaleza se abrió para ellos en silencio y entró para encontrarse con la suntuosidad de unos suelos de mármol blanco, enormes ventanales acabados en pico con cristales de mil colores, cortinajes amplios, candelabros de oro, estatuas de cristal y alabastro, y muchas maravillas más que sería imposible describir aquí.

Después de admirar todo aquello, giró, y se asustó al ver que el pequeño había vuelto a desaparecer. Sin embargo, la voz aterciopelada y lenta de un anciano le hizo alzar la cabeza para descubrir, en lo alto de una escalera tan blanca como el resto del castillo, la figura delgada de un hombre de larga barba nívea que le llegaba casi hasta los pies, y larga cabellera del mismo tono, ataviado con una túnica de color azul pálido.

-Te esperábamos –dijo el anciano, dejando a nuestro amigo sumido en el asombro-.


(Mañana continuará...)


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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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6 comentarios:

Anónimo dijo...

Uy, qué bien empieza este cuento. Gracias, Nieves, me lo voy guardando.
Un beso,
Amalia

Anónimo dijo...

Me parece que este cuento me va a encantar.

Un abrazo

Pili

Anónimo dijo...

Hala, ya me he enganchado a otro cuento, jejeje. Pues nada esperaré pacientemente hasta mañana.

Un beso,

Mayte

solima dijo...

Yo también estoy ya enganchada. ¡¡¡Me gusta mucho tu forma de escribir!!!

Besossss

Anónimo dijo...

Pinta estupendamente.

Besos
Pila

Nieves Hidalgo dijo...

Estoy encantada de que os guste.
Como siempre, vuestros comentarios me animan a seguir.
Un abrazo, chicas.